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GOLPE DE ESTADO
Me dice mientras baja como un huracán por la rampa de su nave humeante: «Han capturado a mi padre».
Va rodeada de varios obsidianos guardaespaldas ataviados con armaduras deterioradas por la batalla. Una docena de grises salen de la lanzadera tras ellos, con Sun-hwa, de la Luna, a la cabeza. Todos son mercenarios lurchers, sin duda peligrosos. Los cazadores del Chacal. Raven los mira con recelo. A nuestro alrededor, hay cientos de alas ligeras y una docena de cigüeñas aparcadas en la bodega, un lugar lo bastante grande para tragarse toda el área común de Lico y sus sectores. Los naranjas hablan a gritos en torno a los barcos, preparando verificaciones de mantenimiento antes de la invasión final de Marte. Recibo a Mustang con mi propia camarilla: Charles, Raven, los Aulladores, Octavia y Ragnar. Monty no ha respondido a mi convocatoria. Quiero lanzarme sobre ella y abrazarla, pero está furiosa. Escupe al hablar. Sus ojos furibundos están rodeados de círculos oscuros. El agotamiento le cubre la cara.
—Plinio ha dado un golpe de Estado. Ha arrestado a mi hermano. Mi tía está muerta, y sus hijos, asesinados junto con seis de nuestros pretores. Más de veinte de los portaestandartes de mi padre han tomado nuevos juramentos de lealtad. Y hemos perdido el control de la flota.
Le pregunto a Mustang si está herida.
—¿Herida? —repite con desprecio—. Como si eso pudiera importar. Han matado a mis hombres. Llegamos furtivamente a la Academia y, en cuanto lancé mis naves sanguijuela hacia la estación espacial y los barcos de entrenamiento, una flota Belona surgió de detrás de un asteroide y las destruyó una por una. Diez mil hombres. Muertos. No tenían por qué hacerlo. Nos estaban apuntando con tantas armas que no podíamos hacer nada que no fuera rendirnos. Fue despiadado.
—Parece típico de Karnus —aventuro.
Ella asiente.
—Y Plinio. No despistaron a los Belona. Los llevaron directos hacia mi misión.
—¿Por qué no te ha matado Plinio? —pregunta Raven.
—Los hombres como Plinio ansían la legitimidad —dice Charles, que está a mi lado. Hace un gesto con la cabeza para saludar a Mustang. Si la chica considera que la presencia del anciano aquí es extraña, no lo deja traslucir en su expresión—. Es su naturaleza. Acudió a ti con antelación, ¿verdad?
Mustang intercambia una mirada de indignación con mi mentor.
—El florecilla me puso bajo vigilancia en mis aposentos mientras ponía mi flota capturada rumbo a Hildas. Durante el viaje, vino a mí y me mostró la holograbación de la incursión fallida de mi padre en Ganímedes. —Se estremece de rabia—. Y me dijo que aunque mi casa había caído en desgracia, él no vería el final de mi estirpe. La soberana y él habían alcanzado un acuerdo. Si él podía proporcionarle la paz, entonces ella le concedería una buena posición, legitimidad y un premio de su elección. Así que batió sus preciosas pestañas ante mí mientras las naves de mi padre ardían en el holo y me dijo que se divorciaría de su esposa y me concedería el honor de concederme su mano en matrimonio.
No digo nada. Los Aulladores murmullan descontentos.
—¿Y cuál fue tu respuesta? —pregunta Octavia.
Mustang la ignora.
—Dijo que siempre había tenido los ojos puestos en mí. —Se mete la mano en el bolsillo, saca algo y lo deja caer al suelo—. Así que le saqué uno.
Raven y Arpía se destornillan. Charles emite un gruñido de desaprobación. Como si él tuviera alguna autoridad moral en asuntos de crueldad.
—Me alegro de volver a verte, Caballero de la Furia —dice Mustang—. Siento que te hayas visto involucrado en esto. Pero ahora te necesitamos más que nunca.
—Estoy empezando a darme cuenta.
—¿Dónde está tu hermano? —le pregunto a Mustang tras levantar la mirada del ojo.
—Prisionero. Hay más cosas que contar. —Echa un vistazo a los naranjas y los grises del hangar—. En privado.
—Por supuesto. Continuaremos en la sala de guerra… —sugiero.
—A su debido tiempo, Lexa. —Charles se vuelve hacia Mustang con el rostro teñido por una preocupación casi de abuelo—. Mi señora, acabas de pasar por una situación complicada. Tal vez deberías descansar y podríamos…
Los Aulladores y yo nos apartamos de Charles.
—¿Descansar? —La voz de Mustang se eleva—. ¿Por qué iba a necesitar descansar?
—Perdón —se disculpa Charles educadamente.
—Teodora —llamo. Mi asistente da un paso al frente—. Café, estimulantes y comida en la sala de guerra. Para diez personas. —Recuerdo a los dos Telemanus—. Que sean veinte.
Se le escapa una carcajada.
—Sí, dominus.
Teodora se aleja para llamar a su plantilla. Mustang señala su barco con la cabeza.
—¿Vas a dejar que se quede ahí sin más?
—¡Jefe! —llamo al naranja que está al cargo del hangar. Tiene la barba manchada de grasa. Se acerca con paso tranquilo, limpiándose las manos recias en el mono naranja—. Tira esa nave por la compuerta.
—Puede salvarse —apunta el naranja.
Miro a Mustang.
—¿Te escapaste o te dejaron escapar?
—No lo sé. Fue mi hermano quien me salvó. Su barco fue capturado cuando ayudaba al mío a escapar.
El Chacal está lleno de sorpresas.
—¿Y si tiene una bomba dentro? —pregunta Raven, que observa el barco con inquietud.
—No habrá ninguna bomba —repongo.
—Plinio sigue queriendo cogerme, y también quiere coger a Lexa para la soberana. Pero, sobre todo, quiere tu flota, Lexa. Cuando no apareció en Hildas, debió de darse cuenta de que te habían avisado o de que estabas esperando una confirmación en clave que él no conocía.
—Y dedujo que si alguien sabía dónde estaba, esa serías tú.
—De modo que encontrará esta flota rastreándome a mí —concluye Mustang.
Charles nos mira a una y a otra.
—¿Cuándo habéis hablado de esto?
—Ahora mismo —contesta Mustang, confusa ante la pregunta.
Raven le da una palmada en el hombro a Arcos.
—No te preocupes. No estás senil. Es que son raras.
Charles se queda mirando la sucia mano de Raven. El mitón está cubierto de puré de patatas y salsa marrón. La enorme sonrisa de Raven desaparece y mi amigo aparta la mano avergonzada.
Me vuelvo hacia el naranja.
—Tíralo por la compuerta. Rápido. —El hombre parece dubitativo. No para de balancearse adelante y atrás sobre los dedos de los pies—. A no ser que tengas una idea mejor.
Se rasca la cabeza, parece preocupado con todos estos rostros dorados mirándolo fijamente. Los empleados de la cubierta contemplan el intercambio con disimulo.
—Suéltalo —ladra Raven.
—Claro. Pues… podría tirarlo por la cubierta, dominus. O, bueno, podría encontrar los escáneres y el material radiado, si es que han tirado por ahí. Tenemos unos cuantos chismes ingeniosos por aquí. Podría encontrarlos y meterlos todos en un explorador de largo alcance, sin problema. Podría estar bien hacer que los sabuesos de Plinio fueran ladrando en la dirección equivocada, ¿no?
—¿Cuáles son tu nombre y tu mundo? —pregunto.
—Dominus… eh. —Parpadea pesadamente—. Me llamo Cyther. Luna. Tres hijas. Mi esposa trabaja en el Centro de Desarrollo Automotriz, así que tenemos…
Lo interrumpo.
—Haz esto bien y las llevaremos a Marte para que formen parte de la plantilla de la Ciudadela, Cyther. Tienes diez minutos.
—¡Sí, señor!
Entusiasmado, se vuelve hacia sus hombres. Guío a Mustang y a mi camarilla hacia los ascensores.
—Plinio me dijo que te había matado —susurra ella mientras caminamos.
—Indra y una flota de los Belona nos esperaban, tal como nos imaginábamos. —Le dedico una sonrisa torcida y luego saco mi terminal de datos—. Orión, toma el mando de la flota. Quiero que nos alejemos de este sector antes de que tengamos más compañía. Raven, convoca a los Telemanus. Los quiero en el… ¿Raven?
Me vuelvo para buscarla. Está unos veinte metros más atrás, merodeando en torno al ojo de Plinio. Nos volvemos para mirarla y ella arrastra los pies, incómoda.
—¿Puedo…?
Señala el ojo.
—¿Qué? —pregunta Mustang.
—¿Puedo quedármelo?
Mustang la mira con curiosidad.
—Todo tuyo.
Raven levanta el globo ocular y se lo guarda en el bolsillo con una gran sonrisa dibujada en los labios. Corre para alcanzarnos.
—La primera pieza del kit, con un poco de suerte.
