32
MORIR JOVEN
Mustang ha insistido en ver a Roan antes de la reunión. Teodora nos guía. Encontramos a Monty sentado junto a su cuerpo en el área médica del barco. Por cómo está sentado con las manos cruzadas, se podría pensar que Roan aún tiene alguna posibilidad de conservar la vida. Tal vez en otro mundo, donde no existan hombres como Charles.
—Lleva aquí desde Europa —me informa Teodora en voz baja.
—No me habías contado que estaba aquí abajo —digo.
—Me pidió que no lo hiciera.
—Eres mi sirvienta, Teodora.
—Y él es tu amigo, domina.
Mustang me da un codazo.
—Deja de comportarte como un idiota, ¿no te das cuenta de que ella está tan exhausta como él?
Miro a la anciana. Mustang tiene razón.
—Deberías dormir un poco, Teodora.
—Creo que es una idea estupenda, domina. Siempre es un placer verte, domina —le dice a Mustang antes de fulminarme con la mirada—. La señora ha estado bastante malhumorada en tu ausencia.
Clarke observa a mi asistente mientras se aleja.
—Tuviste suerte con ella.
Le toca un hombro a Monty con delicadeza. Él abre los ojos.
—Clarke.
Se hicieron buenos amigos durante el año que pasamos juntos en la Ciudadela. Ninguno de ellos consiguió que los acompañara a la ópera. No es que no me interesara la música. Más bien se trataba de que Charles exigía tiempo.
Le da un apretón cariñoso en la mano.
—¿Cómo estás?
—Mejor que Roan. —Me mira. Apuesto a que diría algo más si yo no estuviese aquí. Se da cuenta de que Mustang está hecha un desastre y frunce el ceño con preocupación—. ¿Qué ha pasado?
Cuando terminamos de contárselo, se pasa suavemente una mano por el pelo ondulado.
—Vaya, eso es horrible. Nunca pensé que Plinio pudiera llegar a comportarse de un modo tan osado.
—Vamos a reunirnos dentro de diez minutos para discutir los planes —anuncio.
Monty me ignora.
—Siento lo de tu padre y tu hermano, Clarke.
—Todavía están vivos, espero. —Mira a Roan y su rostro se tensa—. Siento lo de Roan.
—Se fue como vivió —dice Monty—. Solo desearía que hubiera podido vivir más tiempo.
—¿Crees que habría cambiado? —pregunta Mustang.
—Siempre fue nuestro amigo —contesta él—. Era nuestra responsabilidad ayudarlo a intentarlo. Aunque fuera como abrazar una llama.
Me mira durante un instante.
—Sabes que yo no quería que muriera —aseguro—. Quería que regresara con nosotros.
—¿Igual que querías atrapar a Indra? —pregunta Monty resoplando ante mis palabras.
—Ya te he dicho por qué lo hice.
—Claro. Ella mata a nuestra amiga. Mata a Harper, pero dejamos que se escape por el bien de la gran estratagema. Todo cuesta algo, Lexa. Puede que pronto te canses de hacer pagar a tus amigos.
—Eso no es justo —interviene Mustang de inmediato—. Sabes que no lo es.
—Lo que sé es que nos estamos quedando sin amigos —replica Monty—. No todos somos tan duros como la Segadora. No todos queremos ser guerreros.
Por supuesto, Monty cree que esta vida es elección mía. Él pasó su niñez jugando y leyendo, viajando de la hacienda de sus padres en Nueva Tebas a las tierras altas de Marte. Sus padres no creían en las cargas de mejora del conocimiento, así que contrataron a violetas y blancos para que lo enseñaran de manera pedagógica: paseando y conversando en prados tranquilos y junto a lagos serenos.
—Roan no vendió el violín —dice Monty al cabo de un momento.
—¿El que le regaló Lexa?
—Sí. El Stradivarius. Lo vendió, pero luego se sintió tan culpable que no permitió que concluyera la venta de la casa de subastas. Los obligó a cancelar el pedido. Estaba ensayando en privado, desoxidándose un poco. Decía que quería sorprenderte con una sonata, Lexa.
Me siento aún más abatida. Roan siempre fue mi amigo. Simplemente se perdió al intentar ser el hombre que su familia quería que fuera, cuando en realidad sus amigos querían al hombre que ya era. Mustang me pone una mano en la parte baja de la espalda, sabedora de lo que estoy pensando. Monty se agacha para darle un beso a Roan en la mejilla y bendecirlo.
—Mejor marcharse a ese otro mundo con la gloria de haber vivido con pasión que debilitarse y marchitarse con la edad.
Monty se aleja y nos deja a Mustang y a mí a solas con Roan.
—Tienes que solucionarlo —me dice ella refiriéndose a Monty—. Arréglalo antes de que lo hayas perdido.
—Lo sé —digo—. En cuanto solucione otro centenar de cosas.
Todo el consejo está sentado en torno a una gran mesa de madera en la sala de guerra. Hay vasos de
café y bandejas de comida por todas partes. Mustang está sentada a mi lado, con las botas encima de la mesa, como siempre, y explica lo que salió mal en la misión de su padre. Kavax se echa hacia delante con dificultad en su silla, aterrorizado ante la mera idea de que Augusto pueda sufrir una derrota. Se retuerce las manos con nerviosismo, tan inquieto que Daxo coge a Sófocles de su regazo y se lo pasa a una incómoda Octavia. La voz de Mustang llena la habitación y el holo que le dio Plinio cobra vida encima de la mesa. Una brigada de corbetas se desplaza silenciosamente por el espacio en dirección a los afamados astilleros de Ganímedes, que, verdes moteados, azules y blanquecinos, rodean la luna industrial.
—Envió un escuadrón de grises lurchers escondido en el vientre de dos petroleros. Desactivaron tres de los reactores nucleares de la plataforma defensiva. Después mi padre atacó violentamente con sus alas ligeras y sus corbetas, como es su costumbre: quemando motores y lanzando municiones antes de darse la vuelta de nuevo.
»Era un cofre del tesoro: unos diecisiete destructores y cuatro acorazados en dique seco, la mayor parte terminados o casi. Suponiendo que las naves estaban tripuladas por el personal justo, las abordó todas a la vez. Incluso, acompañado por dos de sus Sucios, comandó la nave sanguijuela que abordó el destructor de lunas. Pero la tripulación de los barcos no era escasa. En realidad no había tripulaciones. Todos estaban cargados de pretorianos, escuadrones de grises lurchers. Y Caballeros Olímpicos.
—Y… ¿se rindió? —pregunta Kavax presa del pánico.
Mustang se echa a reír.
—¿Mi padre? Estuvo a punto de conseguir liberarse. Mató al Caballero del Hogar, pero luego se encontró con algunos de nuestros viejos amigos.
El holo muestra a Augusto abriéndose camino entre doce grises, como un hombre que camina entre tallos de hierba alta y seca. Su filo canta y chilla, chisporrotea contra las paredes, se desliza a través de los hombres y sus armaduras hasta que da con otro hombre con una armadura del color del fuego. El Caballero del Hogar. Se produce un alboroto de embestidas apretadas y luego llega la neblina roja. Una cabeza cae al suelo. A continuación aparecen dos hombres, uno con un yelmo coronado por el sol y Titus con su yelmo de lobo. Juntos, matan a los Sucios y dejan a Augusto sangrando en el suelo.
Charles me mira.
—Señora… Mustang, ¿quién era el hombre de la armadura coronada por el sol?
Guarda silencio.
—Esa es la armadura del Caballero de la Mañana —contesto—. Bellamy. Deben de haberle arreglado el brazo. O de haberle puesto uno nuevo.
Mustang continúa.
—También había barcos de los Julii en los alrededores. —Mira a Octavia—. Remataron el ejército de mi padre.
Raven le lanza una mirada asesina a Octavia y le quita a Sófocles como si ni siquiera pudiéramos confiarle al zorro.
—¿Te sientes incómoda? Deberías.
—Ya hemos pasado por esto —dice ella, que parece estar bastante aburrida de las acusaciones—. La soberana amenazó a mi madre. A ella le da igual la política. Le importa el dinero y poco más.
—Entonces ¿no le importa la lealtad? —pregunta Mustang—. Interesante.
—Bah. Agripina es una perra malvada —gruñe Kavax—. Siempre lo ha sido.
—Cuidado, grandullón —le advierte Octavia—. Sigue siendo mi madre.
Kavax cruza los fornidos brazos.
—Lo siento. Que sea tu madre.
—¿Y cómo sabemos que no estás confabulada con ellos, Octavia? —pregunta Daxo con voz suave—. Tal vez seas su espía. Quizás estés a la espera. ¿Por qué confías en su lealtad, Lexa? Bien podría haber dado aviso…
Mustang me mira.
—Yo me estaba preguntando lo mismo.
—¿Por qué confío en ti, Daxo, o en ti, Kavax? —pregunto—. Cualquiera de los dos estaríais en una buena posición, se ganaría el perdón y más territorio y dinero si le enviara mi cabeza a la soberana.
—Y tu corazón a la madre de Bellamy —me recuerda Raven.
—Gracias, Raven.
—¡Estamos para ayudar!
Coge un muslo de pollo de la mesa y se lo ofrece a Sófocles. Pero al final se lo piensa y se lo come ella misma mientras le susurra algo al zorro.
—Confío en Octavia por el mismo motivo que confío en cualquiera de vosotros: amistad —digo cuando consigo apartar la mirada de Raven.
—Amistad. Ah. —Mustang deja su taza de café sobre la mesa con brusquedad—. Seré clara: mi confianza en un Julii no llega más allá de hasta donde podría lanzarlo.
—Eso es porque te sientes intimidada por mí, niñita.
Mustang se yergue en su silla.
—¿Niñita?
—Te saco una década, querida. Algún día volverás la vista para mirarte y te reirás. ¿De verdad era tan estúpida, tan simple? Además, no eres muy alta, así que puedo llamarte niñita.
—No me dedico a las peleas de gatas —dice Mustang con frialdad—. No confío en ti porque no te conozco. Lo único que sé es que la reputación de tu madre no es apolítica. Es una intrigante. Una sobornadora. Mi padre lo sabía. Yo lo sé. Tú lo sabes.
—Sí, hasta cierto punto mi madre es una intrigante. Al igual que yo y que tú. Pero si hay algo que no soy es una mentirosa. Nunca he dicho una mentira, y nunca lo haré. Al contrario que otras.
Su arqueamiento de cejas deja bastante claro a qué se refiere.
—Las manzanas podridas engendran semillas podridas, Lexa —advierte Daxo—. Deja tus sentimientos a un lado en este caso. La crio una mujer peligrosa. No hay razón para maltratarla, pero no puede ser miembro de este consejo. Te animaría a acomodarla en sus aposentos hasta que esto haya terminado.
—Sí. —Kavax golpea la mesa con sus nudosos nudillos—. Estoy de acuerdo. Semillas podridas.
—No puedo creerme que me hayas metido en este lío, Lexa —masculla Charles. Parece estar fuera de lugar en esta sala. Demasiado viejo, demasiado gris para formar parte de estas riñas—. Ni siquiera puedes confiar en tu propio consejo.
—Gruñón. ¿Tienes el azúcar bajo, tal vez?
Raven le lanza el muslo medio mordisqueado. Charles permite que se estampe contra la mesa y no se deja impresionar por el alarde.
—Nos gustaría escuchar tu juicio, Arcos —sugiere Kavax respetuosamente.
—Yo escucharía a tus consejeros, Lexa. —Charles hace chascar sus dedos huesudos—. Tengo cicatrices más viejas que ellos, pero no son del todo ingenuos. Mejor prevenir que curar. Confina a Octavia a sus aposentos.
—¡Ni siquiera me conoces, Arcos! —protesta Octavia, finalmente empujada a levantarse de su silla. Ahora se ve la guerrera que lleva en su interior, fulgurante bajo su calma civilizada—. Esto es una afrenta contra mí. Yo ya estaba luchando junto a Lexa cuando tú todavía estabas en tu castillo flotante fingiendo que estamos en el año 1200.
—El tiempo no demuestra la lealtad de una persona —se burla Charles, y se pasa el dedo por una cicatriz del antebrazo—. Las cicatrices sí.
—Las recibiste luchando a favor de la soberana. Eras su espada. ¿Cuánta sangre derramaste por ella? ¿A cuántos hombres viste arder al lado del Señor de la Ceniza?
—No me hables a mí de Rea, niña.
Los dientes de Octavia destellan en una sonrisa cruel.
—O sea que hay un Caballero de la Furia bajo las arrugas y los harapos apolillados.
Charles la evalúa, ve en ella la cólera de la juventud y me mira, como preguntándose qué tipo de mujer coloca a su lado a dorados como Roan y Octavia. ¿Acaso me conoce?, preguntan sus ojos.
No, se está dando cuenta de que la respuesta es no.
Por supuesto que no.
—«Honor en el primero. Honor en el último». Esas son las palabras de mi familia. Mientras que tú…, señorita, bueno, el nombre Julii no lo eleva a uno precisamente hacia propósitos más nobles, ¿verdad? No sois más que comerciantes.
—Mi nombre no tiene nada que ver con quién soy yo.
—Las víboras engendran víboras —replica Charles ahora ya sin siquiera mirarla—. Tu madre era una víbora. Ella te engendró. Ergo, tú eres una víbora. Y ¿qué hacen las víboras, querida? Reptan. Esperan entre la hierba, a sangre fría, crueles, y entonces muerden.
—Podríamos pedir un rescate por ella —propone Raven—. Amenazar con matarla a no ser que Agripina se una a nosotros o al menos deje de mearse en todos nuestros planes.
—Eres una mierdecilla siniestra, ¿verdad? —le espeta Octavia.
—Soy dorada, perra. ¿Qué te esperabas? ¿Leche caliente y galletitas solo porque soy de tamaño bolsillo?
Monty se aclara la garganta y atrae las miradas hacia él.
—Parece que estamos siendo injustos, incluso hipócritas —observa—. Aquí todos sabéis que mi familia está llena de políticos. Puede que algunos de vosotros hasta penséis que procedo de sangre noble y de semilla noble. Pero nosotros, los Fabii, somos una estirpe deshonesta. Mi madre es una senadora que se forra los bolsillos con fondos de la agricultura y subsidios médicos de los colores inferiores para poder vivir en más casas de las que vivió su madre. Mi abuelo paterno envenenó a su propio sobrino por una joven actriz violeta cuatro veces más joven que él y que terminó acuchillándolo a él y sacándose los ojos al descubrir que había matado al sobrino, su amante. Pero eso no es nada en comparación con lo de mi tío abuelo, que alimentaba lampreas con sus sirvientes porque leyó que el emperador Tiberio fue pionero en esa extraña pasión. Y, sin embargo, aquí estoy yo, engendro de todo ese pecado, y apuesto a que nadie de esta saña cuestiona mi lealtad.
»¿Por qué, entonces, dudamos de la de Octavia? Ha permanecido inalterable junto a Lexa desde la Academia. Ninguno de vosotros estuvo allí. Ninguno de nosotros sabe nada de lo que ocurrió, así que insisto en que cerréis las bocas. Aun cuando su madre le exigió que abandonara a Lexa y a Augusto, ella se quedó. Aun cuando los pretorianos vinieron a matarnos en la Luna, ella se quedó. Ahora está aquí, cuando somos poco más que una panda de bandidos, y vosotros la cuestionáis. Me dais asco. Me da pena estar entre camorristas como vosotros. Así que si otro hombre u otra mujer vuelve a cuestionar su lealtad, perderé la fe en esta hermandad. Y me marcharé.
La sonrisa que le dedica Octavia es como un amanecer: progresiva, lenta y después deslumbrantemente brillante. Desaparece más despacio de lo que pensaba que lo haría. Su calidez sorprende también a Monty, y las pálidas mejillas de mi amigo se ruborizan con rapidez.
—Yo no soy mi madre —anuncia Octavia—. Ni mi hermana. Mis barcos son míos. Mis hombres son míos. —Sus ojos abiertos como platos son fríos, parecen casi adormilados, pero brillan cuando se inclina hacia delante—. Confiad en mí y obtendréis vuestra recompensa. Pero lo único que importa es lo que opine Lexa.
Todas las miradas se vuelven hacia mí y mi silencio. La verdad es que no estaba pensando en Octavia, sino en Roan, en la facilidad con que se percató de que lo mantenía a cierta distancia de mí. Cuando al principio le demostré mi cariño y él rechazó el violín, me sentí avergonzada y herida. Así que me aparté de él. Habría sido mejor que hubiese sido fiel a mis sentimientos y mantenido el rumbo. Sus murallas se habrían caído. Nunca se habría marchado. Podría estar todavía aquí. No cometeré el mismo error de nuevo, y menos aun con Octavia. Le tendí la mano en el pasillo, y haré lo mismo en esta compañía.
—El azar nos hizo dorados —digo—. Podríamos haber nacido de cualquier otro color. El azar nos puso en nuestras familias. Pero elegimos a nuestros amigos. Octavia me eligió a mí. Yo la elegí a ella al igual que os elegí a todos los demás. Y si no podemos confiar en nuestros amigos —miro a Monty lastimeramente, buscando la absolución en sus ojos—, entonces ¿qué sentido tiene respirar?
Vuelvo a centrar mi atención en Octavia. Sus ojos dicen mil cosas y recuerdo las palabras que pronunció el Chacal mientras yacía en la cama quemado a causa de la bomba. Octavia me ama.
¿Podría ser así de simple? Hace todas estas cosas no por el carácter Julii, que siempre busca las ganancias y el beneficio, sino por una sencilla emoción humana. Me pregunto si yo podría llegar a amarla alguna vez. No. No; en otro mundo Mustang no sería una guerrera, nunca sería cruel.
Octavia lo sería en cualquier mundo. Siempre una guerrera, como Costia, en realidad. Siempre demasiado salvaje y llena de fuego para encontrar la paz en ninguna otra cosa.
Mustang nota que algo fluye entre Octavia y yo.
—Entonces está decidido —dice—. Volvamos al asunto que nos ocupa. Plinio está esperando ahora con la flota principal. Ha hecho que todos los portaestandartes de mi padre redacten un documento de rendición formal ante la soberana y una reestructuración de Marte. El trato, hasta donde yo entiendo, lo convertirá en cabeza de su propia casa. Él, junto con los Julii y los Belona, serán los poderes de Marte. Una vez que se llegue a un acuerdo de paz, se sellará con la ejecución de mi padre en el patio de nuestra Ciudadela de Agea. —Mustang echa un vistazo en torno a la mesa para permitir que la gravedad se acumule en sus palabras—. Si no rescatamos a mi padre, esta guerra está acabada. Los señores de las Lunas no acudirán en nuestro auxilio. De hecho, enviarán sus naves contra nosotros. Las fuerzas de Vespasiano se darán la vuelta hacia Neptuno. Estaremos solos contra toda la Sociedad. Y moriremos.
—Bien. Eso simplifica las cosas —digo—. Reconquistamos nuestra flota y luego reconquistamos Marte. ¿Alguna idea?
