33
UN BAILE
Duermo con un sueño del pasado. Con la mano enredada en los bucles de su pelo. A nuestro alrededor, el valle está sumido en un sopor silencioso. Ni siquiera los niños se desperezan todavía. Los pájaros están posados en las nudosas ramas del pinar cercano y no oigo nada más que la respiración de mi acompañante y el crepitar del viejo fuego. La cama olía a ella. Nada de aroma a flores o perfume. Solo la fragancia terrosa de su piel, de los aceites del vello que me rodea las manos, de su aliento cálido, que me incendia la mejilla. Su pelo era de nuestro planeta. Tan alborotado como el mío, tan sucio como el mío, tan rojo como el mío. Afuera un pájaro canturrea enérgicamente. Sin cesar. Alto. Cada vez más alto.
Y me despierto al oír a alguien en mi puerta. Aparto de una patada las sábanas sudadas y me siento al borde del colchón.
—Visual.
Aparece un holo de Mustang en el pasillo. Instintivamente, me levanto para dejarla entrar, pero cuando llego a la puerta, me detengo. Ya tenemos el plan preparado. No hay nada más de lo que hablar a estas horas. Nada de lo que pueda salir algo bueno. La observo en el holo. Cambia el peso de un pie a otro y lleva algo en las manos. Si la dejo entrar… al final nos saldrá caro a las dos. Ya le he hecho daño a Monty. Ya he matado a Harper, a Roan y a Lincoln. Volver a acercarla a mí en estos momentos sería egoísta. En el mejor de los casos, ella sobrevive a esta guerra y descubre la verdad sobre mí. Me aparto de la puerta.
—Lexa, deja de comportarte como una imbécil y ábreme.
Mi mano elige por mí.
Lleva el pelo mojado. Ha sustituido su uniforme por un kimono negro. Qué frágil parece junto a Ragnar, que acecha en el pasillo.
—Te lo dije —le espeta a Ragnar. Después, dirigiéndose a mí, continúa—: Sabía que estarías despierta. Ragnar se ha puesto un poco cabezota. Me ha dicho que necesitabas dormir. Y se niega a aceptar la comida que le he traído.
—¿Necesitas algo? —le pregunto con más frialdad de la que pretendía.
Arrastra los pies con exagerado nerviosismo.
—Tengo… miedo a la oscuridad.
Me hace a un lado y entra en la habitación. Ragnar la observa, pero sus ojos no dejan translucir nada.
—Te dije que te fueras a dormir, Ragnar.
No se mueve.
—Ragnar, si no estoy a salvo aquí, no estoy a salvo en ningún sitio. Vete a la cama.
—Duermo con los ojos abiertos, domina.
—¿En serio?
—Sí.
—Bueno, pues hazlo en tu catre, Sucio. Es una orden —digo, y odio esas palabras de amo en cuanto abandonan mis labios.
A regañadientes, asiente con la cabeza y se aleja en silencio por el pasillo. Me quedo mirándolo hasta que se cierra la puerta. Me vuelvo para encontrarme a Mustang inspeccionando mi suite. Es más de madera y piedra que de metal, las paredes están talladas y labradas con paisajes de bosques. Es curioso lo que se esfuerzan estas personas para hacerse sentir parte de la historia y un pedazo del futuro.
—Raven debe de estar cabreada porque ya no es la única que merodea detrás de ti.
—Raven ha madurado un poco desde la última vez que la viste. Incluso duerme en camas.
Mustang se echa a reír.
—Bueno, Ragnar insistía tanto en que me marchara que pensé que tal vez tuvieras compañía.
—Ya sabes que yo no empleo rosas.
—Es grande —comenta refiriéndose a la suite—. Seis habitaciones para ti solita. ¿No vas a
ofrecerme algo de beber?
—¿Te ape…?
—No, gracias. —Pronuncia las claves de control de la habitación para poner música. Mozart—. Pero en realidad no te gusta la música, ¿verdad?
—Este tipo no. Es… demasiado conservadora.
—¿Conservadora? ¡Mozart fue un rebelde, un bandido de genio monolítico! Rompía con todo lo que era conservador.
Me encojo de hombros.
—Tal vez. Pero entonces la gente conservadora se hizo con él.
—A veces eres un palurdo tremendo. Creía que Teodora se las habría ingeniado para enseñarte algo de cultura. Entonces ¿qué te gusta? —Pasa las manos por encima de la talla de un alce que guía su manada—. Espero que no te agrade esa locura electrónica con la que los Aulladores se martillean la cabeza. Tiene sentido que fueran los verdes quienes la inventaran…, es como escuchar a un robot sufriendo convulsiones.
—¿Tienes mucha experiencia con robots? —pregunto mientras Mustang se mueve alrededor de la Armadura de la Victoria en una habitación situada a un lado del vestíbulo de entrada.
La soberana se la regaló al Señor de la Ceniza cuando quemó Rea. Los dedos de la chica acarician el metal de color escarcha.
—Los naranjas y verdes de mi padre tenían unos cuantos robots en sus laboratorios de ingeniería. Cosas antiguas y oxidadas que mi padre había renovado y llevado a los museos. —Se ríe para sí misma—. Solía llevarme allí cuando aún me ponía vestidos y mi madre todavía estaba viva. Odiaba aquellas cosas con toda su alma. Recuerdo que mi madre se reía de su paranoia, sobre todo cuando Finn intentó reiniciar uno de los modelos de combate de Eurasia. Mi padre estaba convencido de que los robots habrían derrocado al hombre y ahora gobernarían el Sistema Solar si los imperios de la Tierra no hubieran sido destruidos.
Resoplo y me hecho a reír.
—¿Qué? —me pregunta.
—Es solo que… —sigo riéndome en voz baja—. Estoy intentando imaginarme al gran archigobernador Augusto sufriendo pesadillas con los robots. —Se me escapa una carcajada más estruendosa—. ¿Acaso piensa que querrán más aceite? ¿Más días de vacaciones?
Mustang me observa, divertida.
—¿Estás bien?
—Sí. —Consigo superar el ataque de risa y me llevo las manos al estómago—. Estoy bien. —Pero no dejo de sonreír—. ¿También tiene miedo de los extraterrestres?
—Nunca se lo he preguntado. —Le da unos golpecitos a la armadura—. Pero están ahí fuera, ya lo sabes.
La miro con fijeza.
—Eso no aparece en los archivos.
—Ah, no, no. Es decir, nunca los hemos encontrado. Pero la ecuación Drake-Roddenberry sugiere que la probabilidad matemática es N = R*× fp × ne × fl × fi × fc × L. Donde R* es la velocidad media de formación de estrellas en nuestra galaxia, donde fp es la fracción de esas estrellas que tiene planetas… Ni siquiera me estás escuchando.
—¿Qué crees que pensarían de nosotros? —pregunto—. De los hombres.
—Supongo que pensarían que somos hermosos, extraños e inexplicablemente terribles los unos con los otros. —Señala hacia un pasillo—. ¿Es esa la sala de entrenamiento? —Se quita las zapatillas y se aleja por un pasillo de mármol. Me lanza una mirada volviendo la cabeza por encima del hombro y la sigo. Las luces van cobrando vida con sigilo a medida que pasamos ante ellas. Mustang avanza más rápido de lo que me apetece seguirla. La encuentro unos momentos después en el centro de la sala de entrenamiento, que es circular. Siento la suavidad del tatami blanco bajo los pies. Las paredes de madera están forradas de tallas—. La Casa de Grimmus es muy antigua —dice al tiempo que señala el fresco de un hombre vestido con armadura—. Ahí puedes ver al primer ancestro del Señor de la Ceniza. Séneca au Grimmus, el primer dorado que tocó tierra en la Lluvia de Hierro que arrasó la costa occidental americana después de que uno de los antepasados de Bellamy, no me acuerdo de su nombre, destruyera la Flota Atlántica. Y luego está Vitalia au Grimmus, la Gran Bruja, justo ahí. —Se vuelve hacia mí—. ¿Conoces siquiera la historia de las cosas que intentas romper?
—Fue Escipión au Belona quien derrotó a la Flota Atlántica.
—¿Ah, sí? —pregunta.
—He estudiado historia —aseguro—. Tan bien como tú.
—Pero te mantienes al margen de ella, ¿no es así? —Camina a mi alrededor—. Siempre lo has hecho. Como si fueses una extraña que la mira desde fuera. Es porque te criaste lejos de todo esto en el asteroide minero de tus padres, ¿verdad? Por eso puedes formular una pregunta como «¿Qué pensarían de nosotros los extraterrestres?».
—Tú eres tan extraña como yo. He leído tus tesis.
—¿En serio?
Está sorprendida.
—Lo creas o no, también sé leer. —Niego con la cabeza—. Es como si todo el mundo olvidara que solo fallé una pregunta en la prueba de jerga de ingenio.
—Uf. ¿Fallaste una pregunta? —Arruga la nariz al tiempo que coge un filo de entrenamiento de un banco—. Supongo que por eso no entraste en Minerva.
—A todo esto, ¿cómo se las ingenió Lincoln para que lo escogiera la Casa de Minerva? Siempre me lo he preguntado… No era precisamente un erudito.
—¿Cómo acabó Monty en Marte? —contesta encogiéndose de hombros—. Todos tenemos fortalezas ocultas. Cierto, Lincoln no era tan brillante como lo es Daxo, pero la sabiduría se encuentra en el corazón, no en la cabeza. Eso me lo enseñó Lincoln. —Sonríe ligeramente—. La única gracia que me concedió mi padre después de que mi madre muriera fue dejarme visitar la hacienda de los Telemanus. Nos mantuvo separados a Finn y a mí para dificultar el asesinato de sus herederos. Yo tuve la suerte de estar cerca de ellos. Aunque si no hubiera sido así, tal vez Lincoln no se habría mostrado tan leal. Quizá no habría pedido estar en Minerva. Puede que estuviera vivo. Lo siento… —Se sacude la tristeza y vuelve a mirarme con una sonrisa tensa—. ¿Qué te han parecido mis tesis?
—¿Cuál de ellas?
—Sorpréndeme.
—Los insectos de la especialización. —Crac. Un filo de entrenamiento me golpea el brazo y me provoca un desagradable escozor en la piel. Grito sorprendida—. ¿Qué demonios haces?
Mustang me mira con aspecto inocente mientras blande el filo adelante y atrás.
—Asegurarme de que me estabas prestando atención.
—¿Prestando atención? ¡Te estaba contestando!
Vuelve a encogerse de hombros.
—Vale. Puede que solo quisiera pegarte.
Vuelve a lanzarme un latigazo.
Lo esquivo.
—¿Por qué?
—Por nada en particular. —Ataca de nuevo. Me aparto—. Pero dicen que incluso los tontos aprenden algo una vez que se les golpea.
—No vengas… —Ataca. Lo esquivo— citándome… a Homero.
—¿Por qué es esa la tesis que más te gusta? —pregunta con frialdad al tiempo que intenta golpearme de nuevo.
El filo de entrenamiento no tiene el borde afilado, pero es tan duro como un bastón de madera. Levanto los pies y giro hacia los lados para apartarme de su camino como un volteador de Lico.
—Porque… —esquivo otro.
—Cuando tienes los talones apoyados, eres una mentirosa. De puntillas, escupes la verdad. —Vuelve a atacar—. Escupe ahora. —Me alcanza en la rodilla. Me alejo girando sobre mí misma para
intentar llegar hasta los demás filos de entrenamiento, pero ella me lanza una salva de golpes y me lo impide—. ¡Escupe!
—Me gustó —doy un salto hacia atrás— porque decías que «la especialización nos convierte en insectos limitados, simples; un hecho… al que… los dorados no son inmunes».
Deja de atacarme y me lanza una mirada acusadora. Me doy cuenta de que he caído en una trampa.
—Si estás de acuerdo con eso, entonces ¿por qué insistes en transformarte únicamente en guerrera?
—Es lo que soy.
—¿Es lo que eres? —se ríe—. Tú que confías en Octavia au Julii. Tú que confiaste en Roan. Tú que permitiste que un naranja te ofreciera recomendaciones estratégicas. Tú que le concedes el mando de tu barco a una estibadora y mantienes un séquito de bronces. —Menea un dedo delante de mi cara—. No seas hipócrita, Lexa au Andrómeda. Si vas a decirle a todos los demás que pueden elegir su condenado destino, más te vale hacer lo mismo.
Es demasiado inteligente para engañarla. Por eso estoy tan incómoda en su compañía cuando me hace preguntas, cuando investiga cosas que no puedo explicar. No hay motivación comprensible para muchas de mis acciones si de verdad soy una Andrómeda que creció en un asteroide, en la colonia minera de sus padres dorados. Mi historia le suena a hueco. Mi forma de actuar le resulta confusa… si nací dorada. Todo esto debe de parecer ambición, sed de sangre. Y sin Costia, lo sería.
—Esa mirada… —dice Mustang dando un paso atrás para alejarse de mí—. ¿Adónde vas cuando me miras así? —Su cara pierde el color, y su sonrisa, la fuerza—. ¿Es Octavia?
—¿Octavia? —Casi me entra la risa—. No.
—Entonces ella. La chica que perdiste.
No digo nada.
Mustang nunca ha fisgoneado. Nunca me ha preguntado por Costia, ni siquiera cuando pasamos tanto tiempo juntas después del Instituto en mi época de lancera prometedora. Ni cuando montábamos a caballo en la hacienda de su familia, o paseábamos por los jardines, o buceábamos en los arrecifes de coral. Creía que se había olvidado de que susurré el nombre de otra chica mientras yacía con ella en las nieves del Instituto. Qué estúpida por mi parte. ¿Cómo podría olvidar algo así? ¿Cómo podría no perdurar en su interior forzándola a preguntarse, mientras estaba tendida con la cabeza sobre mi pecho escuchando los latidos de mi corazón, si este no pertenecería a otra chica, a una chica muerta?
—El silencio no es la respuesta en estos momentos, Lexa.
Al cabo de un momento, me deja sola en la habitación. El ruido de sus pies se desvanece. Cesa la música de Mozart. Echo a correr tras ella y la alcanzo antes de que llegue a la puerta que da al pasillo. La agarro por la muñeca. Ella se suelta.
—¡Para!
Retrocedo tambaleándome, sobresaltada.
—¿Por qué haces esto? —pregunta—. ¿Por qué vuelves a atraerme si lo único que vas a hacer es alejarme de nuevo? —Cierra la mano en un puño como si quisiera golpearme—. No es justo. ¿Lo comprendes? No soy como tú… Yo no puedo… No puedo segar las cosas sin más.
—Yo no hago eso.
—Me segaste. Después de ese discurso sobre Octavia…, sobre la importancia de los amigos… —Chasquea los dedos delante de mi cara—. Puedes seguir apartándome así. Tan pronto te importo como no. Puede que por eso le caigas tan bien.
—¿A quién?
—A mi padre.
—No le caigo bien.
—¿Cómo podría ser eso cierto? Tú eres él.
Me aparto de ella y encuentro descanso en el borde de la cama.
—No soy como tu padre.
—Lo sé —dice liberando parte de su rabia—. No he sido justa contigo. Pero te convertirás en él si sigues este camino en solitario. —Pone la mano en los controles de la puerta—. Así que pídeme que me quede.
¿Cómo puedo permitírselo? Si me entrega su corazón, se lo partiré. Mi mentira es demasiado grande para construir un amor sobre ella. Cuando descubra lo que soy, me rechazará. Aun en el caso de que ella pudiera sobrevivir a esa situación, yo no sería capaz. Me miro las manos como si la respuesta estuviera en ellas.
—Lexa. Pídeme que me quede.
Cuando levanto la vista, se ha ido.
