34
HERMANOS DE SANGRE
Los exploradores de Charles capturan la embarcación camello cuando trata de proveer de víveres a la flota de Plinio reunida en torno a la estación de Hildas, un centro comercial y de comunicaciones con forma de estrella situado en los límites del cinturón de asteroides que hay entre las órbitas de Marte y Júpiter. Durante quince horas, me escondo con Monty, Octavia, Raven, los Aulladores, los Telemanus, Charles, Mustang y Ragnar entre cajas y baúles de raciones de protofibra envasadas al vacío. Ragnar reventó la primera caja sobre la que se sentó e hizo que la comida saliera disparada por todas partes. Al final abandonó la húmeda bodega de carga para dirigirse a la unidad de congelación bajo cero. Raven abre con un cuchillo media docena de raciones y se pasa el viaje picando, compartiéndolas con los Telemanus y sus Aulladores mientras Monty y Octavia hablan sentados en una esquina. Mustang está apoyada contra Daxo, recordando con Kavax historias sobre Lincoln. Evita mi mirada. Intenté disculparme antes de subir a bordo del barco, pero me interrumpió de inmediato:
—No hay nada por lo que disculparse. Somos adultas. No nos enfurruñemos y riñamos como niñas. No hay nada que hacer.
Sus palabras se vuelven cada vez más frías a medida que les doy vueltas y más vueltas en la cabeza. Charles me da unos golpecitos con su bota.
—Trata de disimular un poco, chica. No dejas de mirarla.
—Es complicado.
—El amor y la guerra. La misma moneda. Caras diferentes. Yo tengo demasiadas arrugas para cualquiera de ellas.
—Puede que la guerra le insufle algo de vida a tus viejos huesos.
—Bueno, probé lo del amor el mes pasado. —Se inclina hacia mí—. No funcionó como solía hacerlo.
—Demasiado honesto, Charles.
No puedo evitar que se me escape una carcajada. Él resopla e intenta acomodarse sobre las cajas, pero suelta un gruñido intenso cuando algo le golpea la espalda.
—O sea que esa es la razón de todo esto. Ayudar al pobre viejo de Charles a conseguir su chute de guerra. —Su enfado no ha desaparecido todavía, ni espero que lo haga—. Deja que te devuelva el favor. Hoy la clave será la diplomacia. Los pretores, legados y portaestandartes a los que pretendes atraer no son tontos. Y tampoco soportan a los tontos. Plinio les ha ofrecido un argumento válido. Ha alineado los intereses de esos hombres con los suyos. Tú debes contraatacar con lo mismo.
—Plinio es una sanguijuela —aseguro—. Es tan mentiroso como tú honesto.
—Y eso lo convierte en un hombre peligroso. Los mentirosos hacen las mejores promesas.
Charles juguetea con su anillo del grifo, sin duda pensando en el animal y los nietos que viajan en sus barcos de la flota. Se ha traído a toda su casa de Europa, tres millones de hombres y mujeres de todos los colores. «No podía dejarlos —me dijo cuando reparé en el tamaño de su flota cuando salimos de esa luna acuática—. Abby vendría y quemaría la casa mientras estuviéramos fuera».
Así que todos abandonaron sus ciudades flotantes y partieron hacia las estrellas. Los civiles se apartarán pronto de mi flota para esconderse en el infinito espacio negro que separa los planetas. Las tres nueras de Charles que aún conservan la vida los guiarán.
—Y Plinio cuenta con el respaldo del poder de la soberana —continúa el anciano—. Será difícil disuadirlos. Hablando de la soberana… Me he dado cuenta de que tienes algo suyo.
—¿El Lincoln?
—No. Algo más pequeño. Aunque no mucho más. El Sucio que estaba aquí.
—¿Ragnar?
—Si es que esa cosa tiene nombre —contesta Charles.
—Si es que él tiene nombre —replico—. Abby tenía la intención de regalárselo a los Julii por haber traicionado a Augusto.
—Lo vi una vez en el estadio de la Ciudadela… Esa cosa da tanto miedo como algunas de las criaturas que se esconden en los mares de Europa.
—Puede que sea obsidiano, pero sigue siendo un hombre.
—Desde el punto de vista biológico, tal vez. Pero ha sido criado para una sola cosa. No lo olvides.
—Tú tratas a tus sirvientes con amabilidad. Espero que trates a los míos del mismo modo.
—Yo trato a las personas con amabilidad. Los rosas, marrones y rojos son personas. Tu «Ragnar» es un arma.
—Él me eligió. Las herramientas no eligen.
—Haz lo que quieras, pero sé consciente de las consecuencias.
Charles se encoge de hombros y masculla algo más para el cuello de su camisa.
—Di lo que quieres decir.
—Caerás en la ruina porque crees que las excepciones a la regla crean nuevas reglas. Que un hombre malvado pueda abandonar tal condición solo porque tú así lo quieras. Los hombres no cambian. Ese es el motivo por el que maté al chico de los Rath. Aprende ahora la lección para no tener que aprenderla más tarde con un cuchillo en la espalda. Los colores existen por una razón. Las reputaciones existen por una razón.
Por primera vez, me parece un hombre pequeño y viejo. No es por las arrugas. Es por lo que dice. Es una reliquia. Ese tipo de pensamientos pertenecen a la época que estoy intentando destruir. No puede evitar creer en lo que cree. Él no ha visto lo que yo he visto. Él no viene de donde yo he estado. No tuvo a Costia para empujarlo, ni a Marcus para guiarlo, ni a Mustang para darle esperanza. Creció en una Sociedad donde el amor y la verdad son tan escasos como la hierba en los residuos de helión. Pero siempre ha deseado ambas cosas. Es como un hombre que planta semillas, que las ve crecer hasta convertirse en árboles solo para que sus vecinos los corten de raíz. Esta vez será distinto. Y si todo va bien, le devolveré un nieto.
—Una vez fui tu alumna, Charles. Soy una mujer mejor por ello. Pero ahora ha llegado el momento de que yo te enseñe a ti. Los hombres pueden cambiar. A veces tienen que caer. A veces tienen que saltar. —Le doy unas palmaditas en la rodilla y me pongo en pie—. Antes de morir, te darás cuenta de que matar a Roan fue un error, porque no le diste la oportunidad de creer que era un buen hombre.
Encuentro a Ragnar tumbado en el suelo del enorme congelador, cómodo en el frío penetrante. Se ha quitado la camisa, así que veo los aterradores ángulos de su cuerpo tatuado. Runas por todas partes. «Protección» en la espalda. «Malicia» en las manos. «Madre» en la garganta. «Padre» en los pies. «Hermana» tras las orejas. Las misteriosas marcas de la calavera de «Sucio» sobre la cara.
—Ragnar —digo mientras me siento a su lado—. No te gusta mucho tener compañía, ¿verdad?
Niega con la cabeza y su coleta blanca culebrea por el suelo. Unos ojos como dos manchas de alquitrán me observan, me evalúan. Su segundo par de ojos, los tatuajes que tiene en los párpados, es extraño; las pupilas son como las de un dragón o una serpiente, de manera que, cuando parpadea, su alma animal ve el mundo que la rodea. Lo miro con fijeza y me pregunto cómo decirle lo que quiero decirle. Los obsidianos son el más extraño de los colores.
—Al ofrecerme las manchas, estás ligado a mí. ¿Qué significa eso para ti?
—Quiere decir que obedezco.
—¿Incondicionalmente? —No contesta—. ¿Y si te pidiera que asesinaras a tu hermano o a tu hermana?
—¿Me lo estás pidiendo?
—Hablo hipotéticamente.
No entiende el concepto cuando se lo explico.
—¿Por qué hacer planes? —pregunta—. Tú planeas. Tú decides. Yo hago o no hago, no hay plan. —Sopesa cuidadosamente sus siguientes palabras—: Los mortales que planean mueren mil veces. Los que obedecemos no morimos más que una vez.
—¿Qué es lo que quieres? —pregunto. Ragnar ni siquiera se inmuta—. Te estoy hablando, Sucio.
—¿Querer? —Se echa a reír—. ¿Qué es «querer»? —El escarnio que tiñe su voz viene de un lugar más profundo que nuestro reino impío. Ragnar es un extraño aquí porque nosotros criamos a los de su especie en mundos de hielo, monstruos y dioses antiguos. Obtenemos aquello por lo que pagamos—. Tú lo dices y, por tanto, crees que lo conozco. «Querer».
—No juegues conmigo y yo no jugaré contigo, Ragnar. —Espero durante un largo instante—. ¿Acaso tengo que repetirlo?
—Los dorados planean. Los dorados quieren —murmura lentamente y haciendo pausas entre cada frase—. Querer es vuestro pulso. Los que procedemos de la Gran Madre no queremos. Obedecemos.
—¿De rodillas? —No abre la boca para replicar, así que continúo—: Una vez llevaste grilletes, Ragnar. Ahora esos grilletes ya no te pesan. Así que… ¿qué quieres? —No contesta. ¿Es petulancia?—. Estoy seguro de que quieres algo.
—Arrancaste los grilletes de otros y buscas amarrarme con unos como los tuyos. Tus deseos. Tus sueños. Yo no deseo. —Lo dice una vez más—. Yo no sueño. Soy un Sucio. La Gran Madre muerte me ha destinado a distribuir su promesa. —Su rostro no revela nada, pero percibo la petulancia de este hombre—. ¿No lo sabías?
Lo estudio con cautela.
—Consigues aparentar ser más tonto de lo que eres.
—Bien. —Se incorpora a toda velocidad, antes incluso de que yo tenga tiempo de apartarme. Maldita sea, es rápido. Saca un cuchillo y se corta la palma muy deprisa—. Cuando te ofrecí las manchas, me vinculé a ti. Para siempre. Por nada.
Sé que este es su modo de vida. Y sé los horrores que tuvo que superar para ganarse el título de Sucio. No es un hombre de medios juramentos o medias tintas. Ser obsidiano es conocer la miseria. Ser Sucio es ser la miseria. Y es orientarse en una sola dirección en la vida: la de servir a sus dioses dorados, como yo, si es que tienen esa suerte. Nos llevamos a los fuertes. Abandonamos a los débiles. Enviamos a violetas con tecnología para preparar espectáculos de relámpagos en las laderas de las montañas. Sembramos la hambruna y después descendemos con comida. Mandamos plagas y luego los bendecimos con amarillos que curan a sus enfermos y devuelven la vista a sus ciegos. Hacemos que los tallistas atesten sus océanos de monstruos y sus montañas de grifos y dragones. Y cuando nos disgustan, destruimos sus ciudades con bombardeos desde la órbita. Nos convertimos en sus dioses. Y luego los traemos a nuestro mundo para que sirvan a nuestros codiciosos objetivos. Nosotros queremos. Ellos obedecen. ¿Cómo podría Ragnar llegar a ser lo que necesito que sea?
—¿Y si yo quisiera que fueras libre?
Da un respingo. Su mirada expresa un terror profundo.
—La libertad ahoga.
—Pues aprende a nadar. —Le pongo una mano sobre el ingente hombro. Bajo su piel, los músculos son como piedras—. De un hermano a otro hermano.
—No somos hermanos, nacido en el Sol —señala con voz temblorosa—. Tú eres el amo. ¿No lo entiendes? Yo obedezco. Tú mandas.
Le digo que él me escogió como amo. Yo no lo tomé, como él piensa. Y fue él, no yo, quien encabezó el equipo de asalto que se hizo con el barco de Kellan au Belona. Lo hizo él. Ningún dorado lo guio. Ningún dorado lo convirtió en el líder. Pero eso no basta. ¿Qué le diría Costia? ¿Qué le diría Marcus?
—Nuestro color es el mismo —le digo.
No lo comprende, así que me corto en el dedo. La sangre roja brota y la extiendo sobre los emblemas negros de sus manos, que indican su color. Luego cojo su sangre y la unto sobre el dorado dorso de mis manos.
—Hermanos. Todos agua. Todos carne. Todos hechos de polvo y destinados a convertirnos en polvo.
—No lo entiendo —asegura asustado, y de hecho retrocede y se aparta de mí hasta que lo tengo acorralado en una esquina como a un niño pequeño—. No somos lo mismo. Tú eres del Sol.
—No es así. Nací a veinte centímetros del suelo. Ragnar Volarus, te libero de mi servicio, te guste o no. No permitiré que estés atado. No permitiré que te manden. Quédate en esta nevera hasta que seas lo bastante hombre para decidir lo que quieres. Pégate un tiro en la cabeza. Muere por congelación. Adelante. Pero hagas lo que hagas, será porque tú elegiste hacerlo. Tal vez escojas seguirme. Quizá decidas matarme. Sea cual sea tu decisión, debes tomarla por ti mismo.
No aparta la mirada de mí, aterrorizado, con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué? —ruge—. ¿Por qué me humillas? Ni un solo hombre rechazaría a un Sucio en ningún mundo. Yo elijo ofrecerme y tú me escupes en la cara. ¿Qué he hecho?
—Cuando te ofreces a ti mismo, también ofreces a tus hermanos y hermanas, a tu pueblo, a la esclavitud.
—Tú no lo sabes. —Ragnar está furioso—. Vivimos para servir. Si no lo hacemos, los dorados nos exterminarán. Dejaremos de existir. He visto la lluvia de fuego del cielo.
Hace siglos, durante la Revolución Oscura, los dorados asesinaron a más del noventa por ciento de su color. Los exterminaron como si de una matanza selectiva de predadores se tratase. Esa es la única historia que conocen. La que les damos.
El miedo.
—Se os oculta la historia de los hombres, Ragnar. Los dorados os enseñan que siempre habéis sido esclavos. Que los obsidianos existen para servir, para matar. Pero antes de los dorados existió una época en la que el hombre era libre.
—¿Todos los hombres? —pregunta.
—Todos los hombres. Todas las mujeres. No nacisteis para servir a los dorados.
—No —masculla—. Me tientas. Me lanzas un cebo. Ya lo he visto antes. He visto palabras falsas pronunciadas para engañar. Yo… Nosotros conocemos las palabras verdaderas. Nos las enseñan nuestras madres. «Temed y servid a los hombres de oro. O vendrán con hierro desde el cielo. Los dorados os tratarán con el fuego de los nacidos del Sol. Porque no están unidos por el amor. Ni por el miedo. No están unidos a la tierra, sino al cielo y el Sol. Temed y servid a los hombres de oro».
—Yo no los sirvo.
—Porque tú eres uno de ellos.
—¿Y si te dijera que no es así?
Se queda mirándome. Sin responder. Sin moverse. Nada. Solo confusión. Y entonces se lo cuento. Le cuento en ese congelador lo que Marcus me explicó en el ático. Que nos han engañado.
—Yo estaba casada —le cuento—. Me arrebataron a mi esposa. La colgaron. Me obligaron a tirarle de los pies para que se le partiera el cuello y no sufriese. Me suicidé después de aquello, enterrándola, permitiendo que ellos ganaran. Permitiendo que me colgaran a mí también. Me ahogué en el dolor. —Le cuento que los Hijos vinieron a por mí—. Y Ares me dio una segunda oportunidad, la misma que tú tienes ahora para rebelarte.
»Hemos estado esclavizados durante setecientos años, Ragnar. Tu pueblo. El mío. Hemos languidecido en la oscuridad. Pero llegará un día en que caminaremos bajo la luz. Y no llegará por su misericordia. No llegará por un golpe del destino. Llegará cuando los corazones valientes se rebelen y elijan romper las cadenas, vivir para algo más. Debes elegir por ti mismo. ¿Escogerás el camino difícil? ¿Escogerás ser mi amigo? ¿Te rebelarás conmigo? ¿O te irás como todos los que se han ido antes, sin llegar a saber jamás lo que podría haber sido?
Después de eso me marcho. No le hago jurar que guardará silencio. No le exijo una respuesta. Marcus no me la exigió a mí. Tuve que tomar la decisión. Si no lo hubiera hecho, si me hubieran forzado a servirlos, me habría rendido mil veces. Los esclavos no tienen el valor de los hombres libres. Por eso los dorados mienten a los rojos inferiores y les hacen creer que son valientes. Por eso mienten a los obsidianos y les hacen creer que servir a los dioses es un honor. Es más fácil que la verdad. Pero aun así solo se necesita una verdad para desmoronar un reino de mentiras. Ragnar debe unirse a mí porque, por sí mismos, los rojos no serán suficientes.
