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LA HORA DEL TÉ

Nuestro camuflaje en el interior de la nave camello resiste mientras nos acercamos a la flota que rodea la estación de Hildas con destino al que una vez fue el buque insignia de Augusto y ahora lo es de Plinio. El Invictus. Los alas ligeras vuelan en silencio a nuestro lado pidiendo códigos de autorización. Nuestro piloto se los envía y nos acompañan para que nos unamos a una procesión de barcos de mercancía que se introducen en el hangar del Invictus, como comerciantes ambulantes que hacen cola a las enormes puertas de una ciudadela vacía. Nos siguen con armas en todo momento. Aterrizamos con un ruido seco. El piloto abre las puertas de popa de la bodega y los míos y yo bajamos de un salto desde la nave hasta el suelo del hangar. En lugar de saludar a unos transportistas marrones como tal vez esperara, la estibadora naranja levanta la vista de su terminal de datos para ver a una partida de guerra ataviada con toda la panoplia. Armados hasta los dientes. Sin dudarlo ni un segundo, se sienta, pues no quiere tener nada que ver con esto. Raven se echa a reír y le da unas palmaditas en la cabeza.

—Más lista que los dorados.

Un circo de barcos llena el hangar. Las luces destellan desde el techo alto. Los naranjas y los rojos corretean de un lado a otro. Los sopletes chisporrotean contra los cascos. Los hombres y las mujeres se gritan unos a otros. Mis compañeros me siguen y atravesamos el hangar en dirección a los ascensores, desde donde podremos acceder al resto del barco. Y mientras caminamos, el silencio se extiende como un incendio incontrolable. Los sopletes dejan de crepitar. Los hombres ya no gritan. Simplemente nos miran. Yo voy a la cabeza con Charles. Mustang y Kavax au Telemanus nos flanquean. Los sigue Monty, con Raven y Daxo. A continuación van Octavia y los Aulladores. Y después, tras todos ellos, como una especie de pastor pálido y gigantesco, va Ragnar. Eligió unirse a nosotros después del congelador. Intercambiamos una mirada y, con un simple asentimiento, sé que cuento con un nuevo general para la rebelión. Me llena de confianza. Ni un alma protesta nuestro avance, aunque por nuestra vestimenta saben que no venimos para iniciar conversaciones de paz. Mi armadura es negra. Tallada con leones rugientes. Un fino escudo de pulsos titila sobre ella. La égida se activa sobre mi brazo izquierdo y su superficie azul oscuro bebe de la luz. Mi filo blanco se desliza por el otro brazo. Nuestras botas suenan como el granizo sobre las cubiertas de metal. Le doy órdenes a Guijarro para que sus escuadrones de verdes destruyan el sistema de comunicaciones del barco. Un cobre nos ve y comienza a toquetear su terminal de datos. Ragnar se acerca a él y le agarra el hombro con tanta fuerza que el hombre acaba de rodillas en el suelo.

No.

Entramos en el ascensor y las entrañas del barco sin haber disparado ni un solo tiro. Nos encaminamos hacia la cubierta uno, por encima del nivel de mando. Las puertas del ascensor se abren y nos encontramos cara a cara con un escuadrón de marinos grises.

—Capitán, debéis acompañar a Clarke au Augusto a la sala de máquinas —le digo al gris.

Su rostro reconoce la gravedad de la situación. Tras apenas un segundo de duda, saluda llevándose la mano estirada a la sien. Sus confundidos hombres se colocan tras Mustang y los Telemanus y todos se alejan al trote. La alarma del barco comienza a sonar. Los Aulladores se dirigen hacia los motores y los sistemas de apoyo vital mientras que mi grupo va tres cubiertas más arriba, no hacia la de mando, donde Plinio tendrá alojados a sus nuevos aliados, sino hacia el calabozo. Monty, Octavia, Charles, Raven y Ragnar franquean las puertas con sigilo y reducen a los guardias antes incluso de que yo haya entrado. Los prisioneros, unos cuarenta Únicos leales a Augusto, están encerrados en pequeñas celdas de durocristal. Raven pasa ante cada una de ellas liberando a los hombres y las mujeres que las ocupan con una llave de datos.

—Dale las gracias a la Segadora —le dice a cada uno de ellos.

A una altísima anciana Única tiene que repetírselo cuatro veces hasta que al final la mujer se da cuenta de que no va a salir de la celda hasta que se someta al jueguecito de Raven. Todos los prisioneros ponen los ojos en blanco y dan las gracias.

—Qué Única más buena, anormalmente alta y decrépita eres. Excelente —dice Raven, y la deja salir—. ¡Charles! Te he encontrado una posible compañera de cama.

Se detiene cuando llega ante la jaula de cristal del Chacal.

—Pero ¿qué veo con mi ojito? —cacarea alegremente Raven—. ¡Espera! ¡Vuelvo a tener dos!

—Déjame salir —dice el Chacal sin expresar emoción alguna—. No voy a seguirte el juego, Trasgo.

—Dale las gracias a la Segadora. Y me llamo Raven. Ya lo sabes.

El Chacal pone los ojos en blanco.

—Gracias, Segadora.

—Hazle una reverencia, como un buen sirviente.

—No.

—Déjalo salir de una vez —gruñe Charles.

—¡Tiene que jugar conmigo! —exclama Raven—. Caraculo no va a salir hasta que juegue bien. Probaré con una adivinanza, entonces. ¿Qué tengo en el bolsillo?

Me he cansado del juego, así que, a sus espaldas, me señalo el ojo.

—Un globo ocular —contesta el Chacal.

—Demonios, ¿quién se lo ha dicho?

Monty le quita la llave de las manos a Raven y la pasa sobre la consola de la celda. El Chacal se suma a nosotros.

—Madura, Raven —masculla Monty.

—¿Qué problema tienes? —le pregunta Raven—. De todas maneras, aún tenemos que quedarnos aquí un buen rato. ¿No puedes dejar que me divierta un poco?

Tardaremos un poco hasta que Plinio tema nuestras acciones. Debe de sospechar de la lealtad de la mayor parte de la tripulación. Pero sin duda cuenta con un contingente de soldados comprados a bordo. Mercenarios, muy probablemente. Se esconderá tras ellos como si fueran un escudo.

—¿Dónde está tu padre? —le pregunto al Chacal.

—No lo sé —responde—. No creo que esté en el barco. ¿Mi hermana llegó a salvo hasta ti?

—Nos encontró.

—Bien —dice, y se vuelve rápidamente para saludar a Charles—. Un placer, Arcos. Mi padre me prohibió leer tus proezas de niño. Aun así lo hice. Los Cuentos del viejo Perfil Pétreo me mantenían despierto hasta tarde.

—Me pasó lo mismo con tu actuación en el Instituto —le contesta Charles dedicándome a mí una breve sonrisa—. Después de ver tu campaña me daba miedo cerrar los ojos.

El Chacal se echa a reír.

—Parece que tu misión en Europa fue un éxito, Lexa.

—Hicieron saltar la trampa, tal como esperábamos. E Indra escapó.

—Entonces vayamos a solucionar este obstáculo y sigamos con nuestra guerra.

Monty nos mira al uno y al otro alternativamente, tal vez percatándose de la familiaridad con la que hablamos. Otra cosa más que nunca le he contado. La distancia crece. Nos reunimos con Mustang en la cocina de los colores inferiores a la hora del almuerzo. Cientos de marineros de cubierta y electricistas naranjas se mezclan con los rojos que trabajan en las fábricas y los marrones de mantenimiento. El zumbido de las conversaciones y el repiqueteo de las bandejas de plástico sobre las mesas de metal se diluye en cuanto Ragnar entra en la sala. Se hace un silencio sepulcral excepto por un marrón sobreexcitado que grita con todas sus fuerzas. Sus compañeros le tapan la boca a toda prisa. Ragnar avanza hasta el centro de la habitación y mueve una de las mesas sin esperar a que los colores inferiores que la ocupan se levanten. La libera de los anclajes de metal y la arrastra con un chirrido por el suelo de metal, con los colores inferiores aún sentados en los bancos sujetos a ella. Permanecen inmóviles, con los ojos como platos y aterrorizados, absolutamente confundidos ante la visión de mi cuadro de cincuenta dorados. Los Telemanus siguen a Ragnar, cargando entre el padre y el hijo con un aparato circular de metal de un metro de alto y dos de diámetro, el objetivo de su excursión a la sala de máquinas. La armadura les cubre los brazos, pero las venas del cuello se les hinchan a causa del peso. Mustang los guía sin dejar de mirar su terminal de datos.

—Aquí —dice.

Los hombres lo sueltan donde ella les indica. Después llegan los grises, cargados con una enorme batería que depositan encima de una mesa cercana.

—Aulladores, haced un poco de ruido —digo por el intercomunicador.

—Perdón. Disculpa. Lo siento —dice Guijarro mientras agita las manitas regordetas.

Coge un cable de la batería y lo conecta al disco. Se oye un crujido cuando se activan los altavoces del barco.

—Plinio —dice una voz melosa.

Echo un vistazo a mi alrededor buscando a Raven y la veo en un terminal con dos verdes.

—¡Raven! —lo reprendemos Mustang y yo.

Ella levanta un dedo para pedirnos que esperemos.

—Está al intercomunicador —farfulla uno de los verdes—. Un segundo.

—Querido Plinio —canta Raven por el intercomunicador.

Si como un tambor son tus latidos

y en los pantalones te meas,

es porque la Segadora ha venido

a que saldes tus deudas.

Lo canta tres veces, hasta que Ragnar lanza una mesa contra la consola. Saltan miles de chispas. Raven levanta la mirada despacio hacia la mesa que cuelga por encima de su cabeza. Ha fallado por apenas unos centímetros. Se da la vuelta con rapidez.

—¿Qué condenado problema de los demonios tienes, trol de las montañas hipersensible?

Las rimas… argnj.

Ragnar emite un incómodo sonido de queja.

—Lo has encontrado —murmura Mustang cuando intercambiamos una mirada.

—¿El qué? —pregunto mientras Raven insulta al Sucio con todas las palabras compuestas que conoce. Y le hace la cruz por si no era suficiente.

Cacareas como… como una gallina —le contesta Ragnar.

—¡No puede insultarme! —exclama Raven horrorizada. Me mira—. Contrólalo.

Yo me lavo las manos.

—Si se me permite, sugeriría que continuáramos —dice Charles.

—De acuerdo. Todo el mundo con cara seria. —Los yelmos surgen de las armaduras para cubrirnos las cabezas. Veo las lecturas termales y los niveles de energía en la pantalla digital—. Prepáralo —le digo a Mustang.

Pone en marcha el taladro termal de la nave sanguijuela. Está diseñado para agujerear el casco exterior de una nave y crear una grieta lo bastante grande para que una partida de abordaje pueda colarse a través de ella. Así que taladrar el suelo de un barco no es nada. Y solo estamos una cubierta por encima de las habitaciones de mando. Me encaramo de un salto a la parte superior del taladro. El empuje lo es todo para un sondeainfiernos, para los esfuerzos militares, para la vida. No dejes de moverte ni que alguien se atreva a interponerse en tu camino.

—¿Recuerdas lo que te dije antes? —me pregunta Charles.

—¿Acerca del tacto? —pregunto yo también.

Una sonrisa maliciosa se oculta detrás de su barba.

—Al cuerno con el tacto. Aterrorízalos.

Miro a Mustang.

—Fuego.

Presiona un botón. El taladro se vuelve rojo incandescente. El calor asciende y se cuela en mi interior. Se extiende por el suelo. Los colores inferiores se alejan a toda prisa, abandonan su comida, huyen de la sala cuando ven que el suelo se comba y se derrite como los granos que fluyen por el cuello de un reloj de arena. El taladro cae a través de la cubierta chorreante hasta la sala de mando que hay debajo conmigo montado a su lomo. Sondeainfiernos de nuevo, aunque solo sea por un segundo. Impacta contra el centro de la enorme mesa de madera de Augusto, la atraviesa e impacta como un meteorito contra el suelo de mármol, aún hirviendo. Corto el cable que lo alimenta con el filo y me pongo en pie en medio del humo, el vapor y las llamas saltarinas cuando la mesa se incendia. Un centenar de dorados de la Sociedad levantan la vista hacia mí. Pretores, legados, corregidores y caballeros de casas poderosas se levantan empuñando los filos. Todos leales a Augusto en el pasado. Todos bajo el control de Plinio ahora. Hacia donde sopla el viento, como suele decirse. Y allí está, a la cabecera de la larga mesa, empalideciendo por segundos. El hermoso y astuto Plinio. Solo le queda un ojo, en el otro luce un recambio biónico temporal. A su derecha se sienta una de las Furias de la soberana, la político, Moira. Comparada con Indra, es una mujer blanda e hinchada. Pero su dulce sonrisa es el doble de siniestra que el filo de su hermana. A su lado se encuentra un Caballero Olímpico, el Caballero de la Tormenta, de las Islas Japonesas de la Tierra.

—¡Buenos hombres! —vocifero a través el amplificador de voz de mi yelmo—. He venido por Plinio.

Me bajo del taladro de un salto y hago que mi armadura absorba el yelmo para que me vean la cara. Me encamino hacia él. Mis amigos me siguen a través del agujero. Primero Arcos. Luego Mustang y Raven.

—¡Dijiste que estaba muerta! —ruge alguien a mi izquierda, con el filo a medio desenvainar.

—¿Charles au Arcos? —murmura otro.

Su nombre recorre la sala a toda prisa mientras Raven y Monty aseguran las puertas que dan acceso a ella.

—¡Y KAVAX AU TELEMANUS! —grita salvajemente Kavax cuando aterriza. Supongo que Lincoln tuvo que sacarlo de algún sitio.

—La Segadora no está muerta —anuncia Mustang, que baja del taladro de un salto—. Ni yo tampoco. Ni mi hermano. Y hemos venido a reclamar lo que pertenece a nuestro padre.

Estos Únicos no saben ni qué hacer.

—¡Mentirosos! —chilla Plinio—. Habéis traicionado al archigobernador. ¡A los traidores!

Charles hace una sencilla proclamación.

—Si alguien se acerca a menos de dos metros de Lexa, mato a todos los presentes en esta sala.

No parecen ansiosos por destapar su farol. Los hombres entre los que camino se apartan de mí. La reputación de Charles me despeja un camino que desemboca directamente en Plinio. No acelero el paso.

—Plinio —digo—, tenemos que hablar.

—¡Matadla! —grita él—. ¡Matad a la Segadora!

Un hombre joven se precipita hacia mí y muere cuando su vecino lo apuñala por la espalda. El vecino mira a Charles aterrorizado.

—Dos metros treinta centímetros —dice Arcos—. Casi.

—¡Matadla! —repite Plinio inútilmente—. No es más que una cría.

Hablo en voz baja, pero todo el mundo puede oírme.

—Plinio au Velocitor, has traicionado al archigobernador Jake au Augusto. Has conspirado para destruir su casa, para casarte con su hija a la fuerza, para asesinar a su hijo y para entregarlo a la soberana, que se ha puesto en su contra. Tu señor te levantó y tú intentaste derribarlo. Has traicionado su confianza para tu beneficio personal. Y lo peor de todo es que has fracasado.

—¡Detenedla! —berrea ahora Plinio gesticulando como un loco en mi dirección—. ¡Moira!

Moira le susurra algo al Caballero de la Tormenta y ambos se hacen a un lado.

—Se supone que deberías estar muerta —masculla Plinio—. Indra dijo que te mataría en Europa.

—Y ¿a quién conoces tú que pueda matarme? —le espeto con la voz cargada de esa ridícula furia dorada para que pueda impresionar a todas estas almas hambrientas—. El Chacal fracasó. Echo au Severo Julii fracasó. Los próctores Apolo y Júpiter fracasaron. Bellamy au Belona fracasó. Karnus fracasó. Cagney fracasó. Indra au Grimmus y sus pretorianos fracasaron. —El verdugo fracasó. Las minas y las víboras fracasaron—. Y ahora fracasas tú.

Es entonces cuando me lanzo hacia él, más rápida que el ataque de una víbora, y le doy un bofetón en la cara. Se cae por un lado de la silla como una hoja sacudida por el viento y choca contra una dorada que la flanqueaba. La mujer le escupe y da un paso hacia mí.

—Eres un gusano que se creyó una serpiente por el mero hecho de que reptaba. Pero tu poder no era real, Plinio. Todo era un sueño. Ya es hora de despertar.

Plinio se pone en pie con dificultad y se aleja de mí cuanto puede. Su cabello cuidadosamente peinado está hecho un desastre y su mejilla derecha está hinchada y roja. Le doy una vuelta y lo abofeteo de nuevo, con más fuerza. Está sorprendido. No sabe qué hacer. A él no lo sacaron de la cama el primer día de Instituto para que recibiera una paliza de los obsidianos. Él no cabalgó por las riberas cubiertas de nieve al frente de una columna armada. Él no pasó hambre. Así que lo único que puede hacer ahora es gatear y llorar. Lo agarro con ambas manos y lo elevo en el aire. Pero no le hago más daño. No rebajaré el momento con crueldad como harían Karnus o Wells. Mi condescendencia es mi arma. Vuelvo a poner a Plinio en la silla del archigobernador. Le saco brillo a su broche de la libélula. Le adecento el pelo como una madre cariñosa. Le doy unas palmaditas en la mejilla cubierta de lágrimas y le tiendo la mano, que luce mi anillo de la Casa de Marte.

Lo besa sin que se lo pida.

—Adiós, Plinio. Te dejo con tus amigos.

Me doy la vuelta y echo a andar con las miradas de todos esos Únicos siguiéndome mientras abandono a Plinio. Oigo una especie de ruido líquido y no me doy la vuelta, porque ya conozco el sonido de los filos cuando matan. Ni siquiera esperan. Plinio está olvidado. A mi paso, los Únicos se dan un golpe en el pecho a modo de saludo. Qué monstruos. Van en la dirección que sopla el viento, persiguiendo el poder. Pero no se dan cuenta de que el poder no cambia. El poder es firme. Es la montaña, no el viento. Cambiar con tanta facilidad es perder la confianza. Y la confianza es lo que me ha mantenido con vida. La confianza en mis amigos y su confianza en mí. La soberana lo sabe. Por ese motivo mantiene a sus Furias cerca. Ellas morirían por ella de la misma manera que mis amigos darían la vida por mí. Porque, al fin y al cabo, ¿qué importa todo el poder de todos los mundos si tus amigos más íntimos pueden traicionarte? El padre de la soberana aprendió esa lección cuando su hija le cortó la cabeza. Plinio la aprendió a cambio de su vida. Yo la olvidé, me distancié de mis amigos y estuve a punto de perderlo todo a causa de ello cuando Roan se sintió tan empequeñecido y apartado por mí como por sus hermanos. Por eso empecé de cero con Octavia, por eso le conté a Ragnar la verdad, por eso debo arreglar las cosas con Charles y Monty. Gracias a la confianza, los rojos tendrán una oportunidad. Somos un pueblo unido por las canciones, el baile, las familias y la amistad. Estas personas están aliadas solo porque creen que deben estarlo. Los miro ahora y sé que son tan severos y tan rígidos que se romperán y saltarán en mil pedazos los unos contra los otros, y no por mi causa, sino por lo que son. Vuelo con mis gravibotas y me detengo para decir:

—Decidle a todo el que quiera oírlo que la Segadora se dirige a Marte. Y que solicita una Lluvia de Hierro.