36
SEÑORA DE LA GUERRA
—El poder es la corona que se come la cabeza —me dijo el Chacal mientras planeábamos la invasión.
Se refería a Abby, pero la verdad llega más allá. Estos dorados han tenido el poder durante demasiado tiempo. Mira cómo actúan. Mira lo que quieren. Saltan ante la oportunidad de una guerra. Vienen de cerca, de lejos, las naves compiten por unirse a mi armada cuando descubren que he convocado una Lluvia de Hierro, la primera desde hace veinte años. Utilicé al Chacal para difundir la noticia, junto con la grabación de la caída de Plinio. Muchos de ellos son segundos hijos e hijas que no heredarán las haciendas de sus padres. Los belicistas, los duelistas, los hambrientos de gloria. Y cada uno de ellos trae a sus asistentes grises y obsidianos. Los mundos de la Sociedad esperan con el aliento contenido a ver qué pasa hoy. Si perdemos, el gobierno de la soberana continúa. Si ganamos…, la guerra civil total. Ningún mundo puede mantenerse al margen. Dentro de mi barco se reúnen legiones mientras mi ejército se congrega en torno a la luna muelle de Fobos. Llevo mi filo curvado como un falce; retorcido y cruel, es mi cetro. Mi anillo de hierro de la Casa de Marte se tensa cuando doblo la mano y miro por los ventanales. El pegaso rebota contra mi pecho.
No veo a mis enemigos —los Belona y gran parte de las flotas locales de la soberana—, pero se interponen entre mi planeta y yo. El viejo Señor de la Ceniza de la soberana acude a toda prisa desde el Núcleo para ayudar con su Armada del Cetro, pero aún está a una semana de distancia. No puede ayudar a los Belona hoy. Mis azules me observan, al igual que mis generales de la flota personal de Octavia au Julii, que abandonó las fuerzas de su madre, de la Casa de Arcos, de la Casa de Telemanus y los portaestandartes de Augusto. Marte es verde y azul y está salpicado de ciudades blindadas. Unos casquetes blancos marcan sus polos. Los océanos azules se extienden a lo largo de su ecuador. Los campos de hierba y los bosques espesos cubren su superficie. Y hay cañones. Grandes estaciones en los desiertos, en torno a las ciudades, donde los cañones de raíl antibuques apuntan hacia el cielo. Mis pensamientos se hunden bajo la superficie del planeta. Me pregunto qué estará haciendo mi madre en este momento. ¿Está preparando el desayuno? ¿Saben lo que se acerca? ¿Lo sentirán siquiera?
No me tiemblan los dedos ni siquiera en el umbral de la batalla. Mi respiración es constante. Nací en una familia de sondeainfiernos. Nací en una estirpe de polvo y trabajo extenuante, nací para servir a los dorados. Nací para esta velocidad.
Y sin embargo estoy aterrorizada. Becca me talló para que fuera una diosa de la guerra. Entonces ¿por qué me siento como una cría vestida con una armadura estúpida? ¿Por qué quiero volver a los cinco años de edad, antes de que muriera mi padre, cuando compartía la cama con Nyko y lo escuchaba hablar en sueños?
Me vuelvo hacia el mar de caras doradas. Esta raza… es un monstruo hermosísimo. Son portadores de todas las fortalezas de la humanidad excepto una. La empatía. Pueden cambiar. Estoy segura de ello. Tal vez no ahora, quizá no a lo largo de las cuatro próximas generaciones. Pero el final de su Edad de Oro comienza hoy. Destrozar a los Belona, debilitar a los dorados. Llevar la guerra civil hasta la misma Luna y destruir a la soberana. Entonces Ares se alzará. No quiero estar aquí. Quiero estar en casa, con ella, con mi hijo que nunca fue. Pero no puede ser. Siento que la marea de mi interior se desborda y destapa viejas heridas.
«Esto es por ti —le digo a Costia—. Por el mundo en el que deberías haber vivido».
Así que regreso a mi papel y alimento a estos lobos.
—Durante los últimos días del otoño —digo con voz alta y osada—, los rojos que trabajan en las minas del lecho de roca de Marte se ponen máscaras de demonios felices para celebrar a los muertos que se ha llevado la tierra roja, para honrar su recuerdo y someter a sus espíritus. Nosotros, los áureos, cogimos esas máscaras y las hicimos nuestras. Les pusimos los rostros de la leyenda y el mito para recordarnos a nosotros mismos que no existen ni el bien ni el mal. Ni los dioses. Ni los demonios. Tan solo el hombre existe. Únicamente este mundo existe. La muerte nos llega a todos. Pero ¿cómo gritaremos al viento? ¿Cómo se nos recordará? —Me quito un guante y me hago un corte superficial en la palma de la mano. Aprieto el puño hasta que la sangre me cubre la piel y me llevo la mano a la cara—. Haced que vuestra sangre se sienta orgullosa aun mucho después de que la muerte os reclame.
Se oye un estruendoso golpe de pies contra el suelo. Una sola vez.
—La Luna es la nueva Tierra. Nos gobierna y no hace humillar la cabeza y las rodillas. Nuestro sacrificio es su beneficio. Una vez más, los débiles refrenan a los fuertes. Después de hoy, cuando tomemos las Mil Ciudades de Marte, nuestras filas aumentarán. Los señores galileos nos jurarán lealtad. Los gobernadores de Saturno se inclinarán ante nosotros. Neptuno vendrá con sus barcos y arrancaremos a la sanguijuela de Abby au Lune.
Y estableceremos a un rey tirano. Todo esto tiene sentido para ellos. No entiendo cómo. Un tirano a cambio de una tirana. ¿Cómo pueden inspirarse a partir de algo así? Los hombres siempre lo han conseguido.
Otro pisotón.
—Todos y cada uno de los momentos del día de hoy serán capturados por las holocámaras que os hemos dado. —Al igual que en el Instituto y cuando tomé el Lincoln. Idea del Chacal—. Cada momento será recordado. Si obtenéis la gloria, se difundirá por las HP de todos los mundos. Si os avergonzáis a vosotros mismos o a vuestra familia, ese hecho no se desvanecerá con vuestra muerte. —Miro a Ragnar como si él fuera mi verdugo. Charles pone los ojos en blanco ante el detalle dramático—. Lo recordaremos.
Pisotón.
—Las ciudades deben conquistarse. Los dorados que no se humillen, asesinados. Los colores inferiores, protegidos. No derrumbaremos las minas. No violaremos las ciudades ni despojaremos los pastos verdes. Queremos hacernos con el botín de Marte, no con su cadáver. Para muchos de vosotros, este planeta es vuestro hogar, así que dañad solo la plaga que lo destruye desde dentro. Y cuando la gloria del día llegue a su fin, cuando limpiéis la sangre de vuestra espada y le entreguéis el paño a vuestros hijos e hijas para que recuerden que formasteis parte de una de las más grandiosas batallas desde la Caída de la Tierra, recordad que habréis forjado vuestro propio destino. No os lo concedió la soberana. No os lo concedió un gobernador. Lo conquistasteis vosotros mismos al igual que nuestros ancestros conquistaron los mundos. Somos los Segundos Conquistadores.
Ahora llega el rugido. Odio cómo se estremece mi cuerpo ante la posibilidad de la gloria. Hay algo en lo más profundo de la mujer que la ansía. Pero yo considero una debilidad, no una fortaleza, abandonar la decencia a favor de ese espíritu extraño y más oscuro. Miro al Chacal, que está al lado del puente. Él no tiene mucha importancia en este día. Ha hecho su trabajo trayendo aquí a todos estos hombres y mujeres. Ha embrollado las comunicaciones y propagado información falsa, lo cual ha hecho que gran parte de la ayuda de la soberana a los Belona esté diseminada persiguiendo los falsos rumores acerca de que parte de mi flota se ha escabullido con la intención de atacar la Luna. No es más que un ardid. Todas mis fuerzas están aquí.
—Eres una gran titiritera —me susurra el Chacal mientras esperamos a que los blancos entren en el puente detrás de los dorados que esperan.
Raven se acerca a mí como para recordarle al Chacal cuál es su sitio.
—Tú has creado la mayor parte de los hilos. Y nunca te he dado las gracias —le digo en voz baja.
Su rostro inexpresivo se frunce con disgusto.
—¿Tenemos que ponernos sentimentales?
—Ayudaste a Mustang a escapar. Por eso te atrapó Plinio. —Nunca lo ha mencionado, jamás ha presumido de ello ni lo ha utilizado como palanca. Fue una simple acción de un hermano que ayuda a una hermana. Me encojo de hombros—. E hiciste todo lo que estaba en tus condenadas manos para salvar a Harper. Tal vez seas mejor hombre de lo que crees.
Suelta una de esas carcajadas suyas que parecen ladridos.
—Lo dudo. Pero mañana un traidor será rey y una emperatriz será una traidora, así que tal vez los hombres malvados puedan ser virtuosos.
Miro por el ventanal.
—¿Están preparados tus satélites?
—¿Para el virus? —Asiente—. Mis verdes cortarán todas las comunicaciones en cuanto des la orden. Durante quince minutos, no habrá más que silencio sepulcral para todo el mundo. Sus unidades defensivas globales y regionales no dispondrán de vigilancia ni sensores. Tiempo suficiente para destruir la mayor parte de las posiciones estáticas. —Se mira los pies, como si de pronto sintiera vergüenza—. Salva a mi padre si puedes.
Raven no para de moverse, molesta por nuestra conversación susurrada.
—Lo haré.
Preferiría que Augusto se pudriera para siempre en un agujero cavado en el suelo. Pero lo necesito una vez que hayamos tomado Marte. A pesar de lo que soy capaz de hacer, no soy gobernador ni rey. Necesito su legitimidad, tal como me recordó Teodora ayer por la noche. Sin ella, no soy más que un brazo con un filo.
—¿Estás segura de lo de Agea? —pregunta—. ¿De lo del premio? Si no, es una insensatez.
—Al cien por cien —contesto.
—Bien. Bien. Buena suerte, entonces, Segadora.
Se aleja.
—¿Ya me estás sustituyendo? —gruñe Raven mientras lo ve alejarse.
—Él solo tiene una mano. Tú solo tienes un ojo. Sois mi tipo.
Las ceremonias prosiguen. Doscientos dorados se arrodillan a medida que los blancos van pasando ante ellos. Intento considerarlo algo estúpido y solemne, todos esos hombres y mujeres con su silencio pomposo y su atención a la tradición. Pero estamos escribiendo la historia de la humanidad. Y hay cierta nobleza en el momento. Mi armadura destella bajo la luz artificial. Blancas etéreas merodean entre las filas de dorados, doncellas vírgenes descalzas y con capas blancas como la nieve, con dagas de hierro y laureles de oro. Niños blancos llevan los estandartes dorados triangulares: un cetro, una espada y un pergamino coronado con un laurel. Siento unas manos sobre los hombros.
Siento su peso.
Dicen que así iban los antiguos conquistadores a la batalla, con vírgenes de blanco hiriéndolos con hierro. Nos tocan las frentes con el laurel y nos cortan las palmas de las manos izquierdas con el hierro al tiempo que nos susurran suavemente: «Hijo mío, hija mía, ahora que sangras, no conocerás el miedo, ni la derrota, solo la victoria. Tu cobardía se evapora. Tu rabia brilla con fuerza. Álzate, guerrero de oro, y llévate contigo el poderío de tu color».
Entonces cada guerrero se pasa la mano ensangrentada por la cara y por la parte superior del yelmo con cara de demonio. Uno por uno, nos ponemos en pie en silencio. Cada dorado representa a diez legiones. Esta es la tormenta que caerá sobre Marte en un torrente de metal.
Millones de dorados, grises y obsidianos.
—No luchamos contra un planeta. Luchamos contra hombres y mujeres. Cortadles las cabezas y ved cómo se desmoronan sus ejércitos —nos recuerda Charles a todos.
La asamblea de guerreros permanece inmóvil, con las caras ahora manchadas de sangre, y juntos recitamos los nombres de nuestros principales enemigos:
—Karnus au Belona, Indra au Grimmus, emperador Tiberio au Belona, Escipia au Falce, Abby au Lune, Agripina au Julii y Bellamy de Belona. Se buscan estas vidas.
En los salones de mi enemigo, ellos recitarán mi nombre y los nombres de mis amigos. El que mate a la Segadora obtendrá una recompensa y renombre. Los cazadores individuales y los escuadrones asesinos escanearán nuestras señales de comunicación para buscarme. Y descenderán en manadas, algunos para participar en una batalla individual. Otros para tomar parte en el taimado asesinato de la bala de un francotirador. Algunos ni siquiera participarán en la batalla por Marte. Son mercenarios grises. Obsidianos liberados cazadores de recompensas. Caballeros de Venus y Mercurio que han venido solo a por mi cabeza utilizando los recursos de su familia, los soldados de su familia, para ayudarlos a acecharme y lograr su propia gloria. El Chacal interceptó un comunicado que asegura que tres Caballeros Olímpicos están aquí. Todos me habrán observado, analizado mis grabaciones, mis victorias, mis derrotas. Y conocerán mi naturaleza, la naturaleza de mis Aulladores. Pero yo no los conoceré a ellos. Que vengan a presentarse. Estoy más interesada en encontrarme con Bellamy. Al menos eso es lo que le he dicho a Charles. Pero él sabe que no es verdad. En mi interior arde una profunda vergüenza por cómo le grité a su familia como un monstruo. Lo vencí justamente, pero no tendría que haberme gustado tanto como me gustó. A veces me pregunto si Bellamy no habría terminado siendo mejor hombre de lo que yo lo soy ahora y yo peor mujer de lo que él podría serlo jamás en el caso de que él hubiera nacido rojo y yo dorado. Por alguna razón creo que yo podría haber sido capaz de grandes maldades. Puede que sea la culpa. Tal vez sea el miedo a una vida en la que nunca habría conocido a Costia. No lo sé. O quizá sea el miedo a saber lo fácilmente que me puede el orgullo.
Mis guerreros se dispersan para volver a los navíos de sus propias familias. Miro por el ventanal mientras medio centenar de lanzaderas se alejan a toda velocidad hacia la gran armada que hemos reunido. Aunque ahora ya saben que estamos aquí, nuestros enemigos no esperaban que llegáramos a Marte tan deprisa. Vuelvo a centrar mi atención en los comandantes que siguen aquí. Orión guiará el Lincoln y Monty liderará la flota en colaboración con Octavia. Apruebo su plan. El resto de mi círculo más cercano se queda por el puente, excepto Mustang, que se dirige a los hangares. Estiro un poco las manos para darles una palmada en los hombros a los dos Telemanus.
—Lincoln habría brillado en un día como hoy.
Sófocles se enreda en torno a los tobillos de Kavax.
—Mi hermano siempre brillaba —dice Daxo con cariño—. Tonto, gritón, intentando ser como mi padre. Pero no por ello menos brillante. Mataremos a Tiberio au Belona, no te preocupes.
—¿Parezco preocupada?
Ambos Titanes asienten con sus cabezas gigantes. Kavax se ha sumido en su silencio de batalla. No habla sino farfulla, así que Daxo continúa hablando por él.
—Cuídate mucho, Segadora. —Vuelve la cabeza brevemente para lanzarle una mirada al Chacal—. Sabemos que es un matrimonio de conveniencia, pero no confíes en él.
—Sabéis que no lo hago.
—No confíes en él —repite Daxo.
—Solo confío en los amigos.
Nos despedimos.
Orión tiene la frente fruncida, está concentrada. Le pregunto si ocurre algo cuando se inclina sobre la pantalla del escáner. Está evaluando la posición del enemigo en su sincronización.
—Hace una hora que se percataron de nuestra llegada a la órbita. Al filtrarnos en ella, éramos vulnerables, pero ellos permanecieron en formación defensiva sobre Agea.
—Es extraño —concede Monty—. Ceden gran parte del planeta sin presentar batalla. Tal vez sería mejor orientar tu descenso hacia el su…
—Quiero Agea —lo interrumpo con frialdad.
—Hermana, vamos a lanzarte a la espesura. La capital puede esperar. Apodérate de las otras ciudades y nosotros la tomaremos sin asalto. ¿Por qué tanta precipitación?
—Si tomamos la capital, las otras ciudades caen.
—Y mueren muchos hombres.
—Es la guerra, Monty. Confía en mí en este caso.
—Es tu guerra. —Monty me saluda a lo militar. Después de recibir una mirada asesina de Octavia, me acerca a él—. Adiós, primus.
Me sorprende besándome en las dos mejillas.
—Ha sido un largo camino —digo con cautela.
—Y quedan muchos kilómetros por delante antes de que durmamos.
—Hermano mío. —Le agarro la nuca y apoyo su frente contra la mía—. Lo siento. Lo siento mucho. —Niego con la cabeza—. Por Harper. Por Zoe. Por la gala. Por el millar de desprecios que te he hecho. Has sido mi amigo más querido. —Me aparto y evito su mirada—. Debería habértelo dicho antes. Pero tenía miedo.
—¿En qué mundo deberías tener miedo de mí? —pregunta.
Vuelvo a hacer un gesto de negación con la cabeza.
—Perdóname, por todo.
—Haremos las paces más tarde. —Me da una palmada en el hombro—. Buena suerte.
Me alejo de él. Charles y yo nos detenemos justo a la salida del puente, donde nuestros caminos se separan en dirección a distintas salas. Se ha afeitado para la guerra, y luce su vieja armadura de Caballero de la Furia. Tiene un aspecto formidable pero huele fatal. Estos viejos caballeros son como los Aulladores. Supersticiosos y reticentes a lavar su equipamiento por miedo a eliminar cualquier resquicio de la suerte que los ha mantenido con vida hasta ahora.
—He recibido comunicados de muchos viejos amigos —me dice—. Están en el bando de los Belona.
—¿Todos hombres y mujeres ancianos?
—Los viejos han capeado muchas estaciones de los jóvenes. —Tiene un tic en el ojo—. Pero me preguntan por ti. Me preguntan si el joven señor de la guerra mide en realidad cuatro metros. ¿De verdad lo sigue una manada de lobos? ¿Es un destructor de mundos?
—¿Qué les respondiste tú?
—Les contesté que mides cinco metros, que te siguen un enano y un gigante y que comes cristal para acompañar los huevos. —Compartimos una carcajada—. No me gusta que me hayas traído aquí. No creo que estés siendo la mujer que quieres ser. Si sobrevives a esto y yo no, sé mejor que la mujer que engañó a su amigo.
Se me forma un dolor sordo detrás de los ojos. Charles me lo está suplicando. No para que me sienta culpable, sino porque le importa de verdad. Debería ser mejor persona. Quiero serlo. Estoy siendo mejor en el fin. Pero en los medios para conseguirlo… ¿Soy igual que todas las demás almas perdidas? ¿Soy simplemente otra Ontari? ¿Otro Wells?
—Lo prometo —digo con sinceridad a pesar de que pretendo herirlo una y otra vez.
—Bien. Bien. —Se estira el cuello curtido—. Entonces, después de Agea, tú tomas el hemisferio norte. Yo tomo el sur. Y volvemos a encontrarnos aquí para tomarnos un whisky. ¿Trato hecho, buena mujer?
Asiento, pero aun así Charles no se marcha. Me observa durante un instante y después baja la mirada, incapaz de sostener la mía. La emoción le espesa la voz.
—Cada vez que volvía a mi esposa, le decía que sus hijos morían bien. —Juguetea con su anillo—. Eso no es posible.
—Aquiles murió bien.
—No. Aquiles dejó que su orgullo y su ira lo consumieran y, al final, una flecha disparada por un florecilla le alcanzó en el pie. Hay mucho por lo que vivir aparte de esto. Con suerte, llegarás a ser lo bastante vieja para darte cuenta de que Aquiles era un condenado estúpido. Y de que nosotros somos aún más idiotas por no darnos cuenta de que él no era el héroe de Homero. Era una advertencia. Tengo la sensación de que los hombres fueron conscientes de ello una vez. —Le da unos golpecitos a su filo con los dedos—. Es un ciclo. La muerte engendra muerte que engendra muerte. Esa ha sido mi vida. No… no creo que debiera haber matado al chico. A tu amigo.
—¿Por qué dices eso?
—Porque veo cómo te mira el resto de esos chicos. Creo que harían cualquier cosa por ti porque tú crees en ellos.
Me muevo repentinamente, agachándome para besarlo en la mejilla agostada tal como los rojos besan a sus padres y tíos.
—Roan no te habría culpado. Y yo tampoco lo hago. Tienes otro nieto que criar. Tal vez puedas enseñarle la paz que no pudiste enseñarme a mí. Así que haznos un favor, no te mueras, viejo.
—¡Ja! —ríe el hombre canoso, falsamente al principio y después con más énfasis cuando se da la vuelta—. ¡Ja! Todavía está por nacer el hombre que pueda matar al viejo Perfil Pétreo.
Sus ancianos caballeros, hombres y mujeres arrugados, lo flanquean. Ninguno de ellos tiene menos de setenta, pero reconozco todos sus rostros por las historias de la Rebelión de la Luna y otras grandes guerras. Sus amigos y antiguos camaradas nos esperan en Marte. Me marcho hacia los hangares tras despedirme brevemente de Octavia. Pero ella vuelve a llamarme. Me doy cuenta de que Monty nos está mirando. Octavia parece estar a punto de decirme algo. El sol rojo de su armadura negra llora sangre. Sobre el rostro, se ha trazado líneas diagonales con pintura de guerra negra. De él sobresalen unos ojos ardientes pero aun así vulnerables, delicados, mientras estudian los míos en busca de un reflejo de lo que ella siente.
—Después de hoy, el apellido Julii significará algo más que dinero —aseguro.
Su plan cambiará el rumbo de la batalla espacial.
—Eso me da igual. —Me acaricia el peto de la armadura con los dedos y veo que sus labios se curvan bruscamente en una de esas maliciosas sonrisas tan propias de ella—. Si mueres, quiero que tu último pensamiento sea el gran error que cometiste al pasar todas aquellas noches sola en tu camarote durante tu estancia en la Academia. —Le da una palmada a mi armadura, que emite un sonido metálico—. En qué hermoso desastre podríamos habernos convertido la una a la otra.
Teodora me espera en el pasillo y me lanza una mirada significativa.
—Cállate.
—Esa mujer te habría devorado y escupido, domina.
—¿Por qué no estás en los camarotes, donde estarías a salvo?
—No se está a salvo en ningún sitio. —Teodora me hace un gesto para que agache la cabeza. Me pone una horquilla con una florecita roja en el pelo, como la que llevaría una niña—. Todos los caballeros necesitan sus amuletos —dice con los ojos llenos de lágrimas—. No te hagas mucho la héroe. Eres demasiado inteligente para morir en una estúpida batalla.
Se marcha y, al pasar ante Ragnar, le da un ligero apretón en el antebrazo. No sabía que tuvieran tanta confianza. El Sucio nos sigue, quedándose rezagado como una sombra titubeante, mientras Raven y yo charlamos de camino a los hangares.
—Entonces ¿está hecho? —le pregunto a Raven.
Se encoge de hombros.
—Lo envié.
—¿Hablaste con él?
—Es una holonet de caché baja —contesta—. Yo envío un mensaje. Ellos lo reciben. Con suerte.
—¿Quieres decir que no sabes si lo recibieron?
—¿Cómo iba a saberlo? Ya te he dicho que lo mandé. Seguí el protocolo.
Maldigo entre dientes. Raven silba la maldita melodía que le cantó a Plinio. Le doy un puñetazo. Doblamos una esquina y pasamos ante seis docenas de soldados grises de operaciones especiales que se dirigen al trote hacia los tubos. Los siguen seis obsidianos que extienden las palmas de las manos ante Ragnar y ante mí como señal de respeto.
—¿Te has fijado en lo que llevan? Falces en la armadura. —Raven me sonríe burlonamente—. Se está extendiendo.
—¿Has pensado qué pasará si tu padre está ahí abajo? —le pregunto.
—No —dice perdiendo la sonrisa—. No lo he pensado.
