—¿Sabes? Hemos pasado dos años juntos y nunca he visitado tu casa —comentó un día Henry, mientras miraba el cielo desde el salón.

Igual que todos los días, los dos se habían quedado en el salón para la hora del descanso, completamente solos y sin alguien con quién convivir. Henry no sabía porqué lo hacían, sólo sabía que a Tom le gustaba estar ahí.

—No es necesario que sepas dónde vivo —declaró con dureza. Ésa siempre había sido su respuesta, Henry no podía hacer nada para cambiarla, no le obligaría a hacerlo.

El ojiverde suspiró ante eso y miró a su amigo, quien se encontraba leyendo uno de los libros que le regaló en navidad mientras portaba la bufanda que le había hecho, sin mencionar que el cuaderno abierto era uno de los que, años atrás, le había regalado por su cumpleaños. Sonrió ante eso, le encantaba que Tom usara sus regalos, le hacía sentir especial.

—Ridls, —el nombrado dejó su lectura y lo miró con interés, adorando esa pequeña sonrisa que colgaba entre los labios ajenos— ¿por qué no salimos al jardín?

Tom parpadeó tres veces, tal vez cuatro veces antes de mirar por la ventana dirigiendo su vista al jardín, negando con la cabeza.

—No me gusta convivir —contestó con simpleza. Henry negó ante eso.

—Sé que no te gusta convivir, créeme, no te haría la pregunta si no lo supiera —dijo encogiéndose de hombros—; a lo que te tengo que decir que deberás convivir tarde o temprano, eres de las personas que lideran, un líder necesita convivir con sus seguidores... pero también sé que hay otra razón, Ridls, no lo escondas.

El nombrado lo miró curioso antes de cerrar completamente el libro que tenía en manos -después de haber memorizado la página- y observar al contrario, quien simplemente posó sus codos en la mesa del mayor y recargó su barbilla en sus manos, dejándose admirar por el otro y, joder, a Tom le fascinaba que sólo se dejara adorar por él.

Sólo él merecía verlo como realmente era.

—¿Has visto mi ropa? —cuestionó el mayor, sonriendo desdeñosamente por las prendas que le dieron en el orfanato— No es la ropa que usaría alguien que está aquí, Henry.

El nombrado solamente puso los ojos en blanco y se levantó de su lugar, acercándose al mayor y jalando su brazo para que imitara su acción.

—Quítate tu ropa —demandó serio.

Tom nunca había visto esa seriedad en el rostro de Henry, bueno, en sí nunca había visto ningún tipo de seriedad en la cara de su amigo, y eso hacía más extraña la petición. Estaba a punto de reprochar cuando se vio bajo la mirada seria del ojiverde, haciendo que dejara sus protestas por ese momento.

No se quitó su primer prenda hasta que Henry se quitó su camiseta primero, luego -segundos después de que Tom hubiera decidido sacarse la suya- el menor le puso la suya en los hombros del pelinegro, haciendo que éste frunciera el ceño, siguiendo la orden muda y colocándose la prenda del menor.

De ahí siguió con los pantalones. Una vez terminando esa ligera tarea, Henry se acercó y le colocó la bufanda verde en el cuello, acomodándola de una manera que sólo lo había visto en las fotografías que el colegio poseía en los pasillos.

—Sabía que te quedarían —comentó Henry segundos después de colocarse la ropa que Tom había vestido tiempo atrás—, mamá siempre dice que es mejor comprar ropa grande, así cuando crezca me seguirá quedando... ¡a ti te queda a la perfección!

—Henry...

—Ya podemos salir al jardín, ¿verdad? —interrumpió el discurso que su amigo estaba por darle.

—¿Tus padres no te regañarán?

—No se darán cuanta que algunas prendas de ropa desaparecieron de mi armario —se encogió de hombros sonriendo.

—Henry...

El timbre interrumpió lo que iba a decir, ocasionando una pequeña mueca de disgusto por parte del nombrado, quien simplemente suspiró y se volvió a sentar en su lugar.

—Supongo que luego podremos ir en algún otro momento.

Tom se volvió a sentar en su lugar sin ningún reproche cuando encontró a sus compañeros entrando al salón de clases, mirando a Henry tratando de descifrar lo que sentía en momentos como ésos. Él odiaba la caridad, pero eso no era caridad, ¿o sí? No lo sentía como tal, se sentía... diferente.

Se encogió de hombros y miró a su profesor, quien empezaba a entrar a el aula.


Correspondió el abrazo algo sorprendido, no era como si sus facciones lo mostraran, pero no evitó que en sus adentros se impresionara por el repentino abrazo que había recibido de su amigo, quien se aferraba a él con cariño, dándole de su calidez de esa forma.

—No quiero —susurró aferrándose más a él.

El profesor que les tocó esa última hora los miró y sonrió antes de negar con la cabeza e irse caminando. Tom fingió no haberlo visto y suponía que Henry ni lo había notado.

—Henry...

Nonononononono —siguió susurrando mientras negaba con la cabeza, Tom no lo pudo entender, en los últimos años -aunque no fueron muchos- Henry no se había comportado así—. Juro que te invitaría a pasar navidad y año nuevo con nosotros, pero nos iremos a ver a mi tía Louise.

El mayor dio unas pequeñas palmadas en su espalda con cariño y tranquilidad, no sabía porqué su amigo se comportaba así, pero no importaba, Tom no se negaría por un abrazo así por parte de Henry.

—No te preocupes, nos veremos regresando de vacaciones —tranquilizó sin saber muy bien qué hacer.

Henry sonrió algo triste y asintió.

—Te traje tu regalo —susurró separándose y abriendo su mochila. Tom realmente no sabía cómo la caja pudo entrar en la mochila—. Es el de navidad y de tu cumpleaños —aclaró sonriendo mientras le entregaba la caja con cuidado.

—Yo no...

—Lo sé —interrumpió. Tom ya se había acostumbrado a que Henry le interrumpiera y hablara más de lo que era debido, pero -por alguna rara razón- no le molestaba. No con Henry—, ya te he dicho que no es necesario que me regales algo. Lo juro, no podrás regalarme algo que no tenga.

Asintió. Era cierto, pero eso no evitaba que la molestia se filtrara en su sistema por no poder hacerlo, él realmente quería regalarle algo a su pequeño amigo, la única persona que se había interesado en él, sin mencionar el enorme cariño que nunca pensó que alguien tuviera hacia una persona como él.

Algunas veces se preguntaba qué pasaría si Henry supiera de su anomalía, lo más seguro era que lo tratara como los niños del orfanato, cosa que no quería que sucediera.

—Ridls —llamó. El ojiazul le miró con interés antes de recibir otro de los entusiastas abrazos del menor—, feliz cumpleaños.

Riddle simplemente le acarició los cabellos negro que poseía el menor. Adoraba esos cabello, si los veías bajo rayos de luz se convertían en azules, y le fascinaba, claro, no era lo único, también aquellos llamativos ojos esmeraldas, la sonrisa iluminadora... todo él le encantaba.

Pasó aproximadamente una hora para que se separaran de ese abrazo, y fue gracias a que Roberts, quien cuida a Henry en ausencia de sus padres, fue directamente al aula y lo sacó cargando. Tom casi pudo sentir la risa salir de su garganta al oír las réplicas que el menor daba para que le soltara.

Ese día las encargadas del lugar le regañaron por llegar demasiado tarde, castigándole y encerrándolo en su habitación. Tom se podía acostumbrar a eso. Entre más pasara en su habitación, menos es la posibilidad de que alguno de los niños del orfanato entraran para desordenar algo... o quitarle los preciados regalos que Henry le había dado.

Abrió su regalo con cuidado -sin querer dañar el papel que le daba buena vista a la caja sin importar que esa vez no llevara moño-, encontrándose con múltiples prendas de ropa en él. Prendas de ropa tan finas que no le sorprendería que fueran las mismas que usaba Henry, aunque las etiquetas que llevaban contradecía esa teoría.

"Queridísimo Riddls:

Espero te gusten, supuse que te gustaban de este modelo. Estoy un 99.99% seguro, pero, con mi suerte, puede que ese .01% termine ganando.
Son unas cuantas tallas más grandes, mi mamá me ayudó a elegirlas y, ya sabes, así te podrán quedar más tiempo. Así podremos ir más seguido al jardín, ¿verdad?

Espero que te la pases bien en tu cumpleaños, si alguien te molesta me dices y mando a Roberts a que le ponga la regañada de su vida, te lo juro, ese hombre es capaz de darle miedo hasta al soldado más rudo de todos.

¡Feliz cumpleaños, navidad y año nuevo!

Con amor:
Henry Sant-Sayre.
Pdt: Te extrañaré mucho."

Negó con su cabeza, ¿qué haría con ese niño?

Pasó todo el tiempo en su habitación, leyendo sus libros de texto y uno que otro que, un año atrás, Henry le había regalado, todo fue aburrido hasta el día que llegó su cumpleaños y el extraño viejo con barba le dio una visita.

Hogwarts, así se llamaba el colegio en el que le dieron plaza. Donde niños anormales como él iban a aprender lo que el destino les había regalado, y eso le gustaba, le gustaba saber que no era normal, que no era igual que los demás niños del orfanato, pero solo había un problema: Henry no era un anormal.