37
GUERRA
El hangar delantero es inmenso. Una cueva gigante en el vientre de mi barco, hormigueante de hombres y mujeres de todos los colores. Seiscientos metros de longitud. A lo largo de su costado izquierdo hay cientos de tubos escupidores. A cada una de esas filas se accede por medio de una red de caminos elevados gigantes por los que pueden caminar hombres ataviados con caparazones estelares. Hay miles de ellos, preparados para lanzarse, agrupados por legiones. La alarma para tomar posiciones de combate ulula por todo el barco. La voz de Orión suena áspera a través del intercomunicador. Al otro lado del casco, Monty, ahora convertido en el emperador más joven de los últimos cien años, dividirá nuestra armada en distintas flotas para enfrentarse a los Belona por Marte. Los escuadrones de alas ligeras y naves avispa salen a raudales del Lincoln. Azules que vuelan al encuentro de su muerte. Capitanes de escuadrón dorados entre ellos. Todos con la misión de abrir un agujero lo bastante grande en los cascos enemigos para que las naves sanguijuela se infiltren. Algunos pretores abastecen a sus soldados para que combatan las hordas enemigas que consigan abordar sus barcos. Otros lanzan ataques frontales. Cualquiera de las dos opciones supone un riesgo. No puedo pensar en ello. Octavia, Monty y Orión cargan con esa responsabilidad. Yo tengo la mía. Me detengo y paseo la mirada por el hangar.
—¿Y si Ares no es real? —le pregunto a Raven en un susurro.
—¿De qué demonios hablas? —pregunta ella a su vez.
—¿Y si no es más que un truco de los dorados? Alguien que mueve los hilos para que la Sociedad vaya por el camino que más le beneficia. ¿Y si es todo una mentira?
Raven me mira durante un largo instante, después se sube de un salto a una barandilla y aúlla con todas sus fuerzas en dirección al hangar. Todo el hangar le devuelve el aullido. Procede de los grises. Procede de los obsidianos, de los naranjas. Surge de los rojos que trabajan en los tubos. Y viene de los dorados que solicitaron el traslado a mi barco.
—Eso no es una mentira.
Y es entonces cuando veo caer los estandartes de las legiones, reemplazados por algo nuevo. Han desaparecido las pirámides de la Sociedad. Han desaparecido el laurel y el cetro, la espada y el pergamino. Ha desaparecido el león de Augusto. En vez de eso, los altos estandartes dorados que portan las legiones a la batalla están coronados por lobos y falces.
Estas legiones son mías.
Percibo algo similar a un zumbido en los que me rodean. Una especie de fanatismo físico. En los dorados no zumbaba de esta misma forma exactamente. Los dorados me quieren por la victoria y la gloria que traigo. Estos otros colores me quieren por algo muy diferente, algo mucho más poderoso. Cualquier otro dorado conquistador habría purgado el barco, pero yo no lo hice porque ellos me eligieron por encima de los dorados que una vez fueron sus señores. Les ofrecí esa opción. Raven me agarra el brazo.
—¿Comprendes por qué hoy debes luchar de manera distinta?
—Lo entiendo, Raven.
Intento librarme de su mano.
—No, no lo entiendes. —Me obliga a mirarla y hace retroceder a Ragnar—. Todos y cada uno de los movimientos que hagas hoy serán grabados y emitidos en todos los rincones del Sistema Solar. Esta batalla es para hacer tuya la flota. —Baja la voz hasta convertirla en un susurro bronco—. Los Hijos lo difundirán. El Chacal lo difundirá. La Casa de Augusto lo difundirá. Actúa como una diosa, haz que te nombren como a una diosa. ¿Te enteras?
—Gane o pierda, esta flota sigue siendo de Augusto —digo.
—No si él está muerto.
Le asigné a Raven la tarea de infiltrarse en la Ciudadela de Agea, donde mantienen prisionero al archigobernador. Pero no le dije que matara a Augusto.
—No vas a matarlo —ordeno con autoridad—. Te lo prohíbo. Es…
—Necesario. No necesitas su legitimidad. ¿Aún no nos has descifrado? Aquí lo que capturas es tuyo, independientemente del derecho a ello que tengas. —Escupe en el suelo—. Tienes veinte años. Si ganas Marte, Lexa, te conviertes en una diosa viviente. Y entonces, cuando reveles lo que realmente eres… transciendes los colores. ¿Lo he pillado?
Raven se ha hecho más sabia desde que nos conocimos. De eso no hay duda. Pero me temo que tiene una idea demasiado elevada de mí. Apolo se creía que era un dios. Augusto cree que lo es. No es en un dios en lo que debería transformarme. Un dios es algo a lo que servir, a lo que venerar. Yo nunca he querido eso. Costia nunca quiso eso. Raven tendrá que aprender. Esto es por la libertad. Sin embargo, parece que lo único que todo el mundo quiere es seguir.
Mustang supervisa hoy las operaciones de la tropa. Flota por el aire con Milia, la dorada con cara de caballo que adoptamos en el Instituto. Cerca de mí pasea un dorado tranquilo, despiadado, con un rostro que me resulta familiar. Me echo a reír y se lo señalo a Raven, que maldice enternecedoramente.
—¿Próctor Júpiter? —llamo al hombre—. Querido, ¿es posible que seas tú?
—¿Quién iba a ser si no, mocosa engreída? —Júpiter se planta ante mí. Es alto. De aspecto descuidado. Lleva el pelo recogido. Me saca unos quince centímetros y es una bestia de hombre, inmoral y hedonista, con una vena arrogante de un kilómetro de largo. Está claro que Ragnar y él están a dos malentendidos de abrirse en canal. Júpiter mira el filo que llevo enrollado en el antebrazo y me fijo en que también él lleva el suyo a la última moda—. Tengo entendido que eres tú la responsable de este nuevo estilo. —Levanta el brazo—. Le doy mi aprobación. Arriesgado como una picha desnuda en un nido de hormigas.
—¿Todavía cojeas? —pregunta Raven.
—Cállate, Trasgo —le espeta Júpiter.
—Mi querido papaíto disputó un pequeño duelo con nuestro próctor Júpiter para hacerse con el puesto de Caballero de la Furia. —Raven sonríe—. Mi viejo lo rajó por el mismo sitio que yo. Justo en el culo.
—Ese mierda escurridizo de Titus es… astuto. —Júpiter asiente de mala gana—. Muy, muy astuto. He estado ayudando a la señorita —continúa el próctor tras señalar a Mustang.
—¿Cómo? —pregunto.
—La mayoría de las ciudades de Augusto están en veto comunicativo. No hay forma de sacar ni introducir una palabra. Soy el emisario para los que aún son leales. Entro a escondidas. Me escabullo a escondidas. Llevo semanas haciéndolo, y enviando noticias a cachés bajas remotas y a las otras ciudades leales. Aquí se ha desarrollado toda una guerra con sus agentes y los de su hermano mientras tú estabas por ahí tratando de aglutinar una flota. Ha sido desagradable, buena mujer.
—¿Qué puedes contarme? —pregunto.
—Bueno, Papá Belona comanda la flota de la casa contra tus amigos. Bellamy y Karnus están destinados a operaciones de tierra en el interior de Agea. Voy a ayudarte a encontrarlos y matarlos. —Júpiter enarca sus enormes cejas como para darnos a entender lo tediosa que le resulta la tarea—. Ese es el objetivo, matar a todos los miembros de la familia Belona para que de pronto todos sus aliados se pregunten por qué están luchando, ¿verdad? —Le guiña un ojo a Raven—. Lo segundo mejor después de aporrearle la cabeza a esa soberana nacida de la Luna.
—¿Estás seguro de que todos los Belona están en Agea?
Júpiter asiente como si le supusiera un gran esfuerzo.
—Al menos la última vez que los vimos. Sin embargo, eso fue hace un par de días, después de que encadenaran a Augusto. —Levanta un dedo alegremente—. Y además ayer por la noche tomó tierra una peculiar serie de lanzaderas pesadas.
Hago un gesto con la mano e ignoro la mención de las lanzaderas. Júpiter me mira con los ojos entornados, pero le digo que se calle y me siga cuando me dirijo a reunirme con Mustang y su séquito.
—Todo está preparado —asegura ella—. Estamos esperando las órdenes de lanzamiento. —Arruga la nariz como si oliera algo podrido—. Raven, vigila a Júpiter. Tiene tendencia a cagar donde come.
Júpiter bosteza.
—También es un placer trabajar contigo.
—Milia, me alegro de verte lavada —saludo.
—Segadora. —La chica asiente y sonríe, una expresión fea en su rostro—. ¿Todavía jugando con guadañas? Me enternece el corazón.
—¿Tú tienes corazón? —pregunta Raven entre risas.
Ella la mira de arriba abajo como si calculara su estatura.
—Sí, y de tamaño natural. —Hace una pausa—. Vi a Pólux ayer mismo, pero en el otro bando. He estado entrando y saliendo a escondidas con Júpiter. Es como si nos hubieras preparado a todos una pequeña reunión de antiguos alumnos. Me he enterado de lo de Roan. Era un cabrón.
Cierto. Le echo un vistazo a mi terminal de datos. Estaremos en las coordenadas de lanzamiento dentro de cinco minutos. Mi equipo se dispersa. Mustang se queda atrás, con el rostro pensativo.
—¿Qué pasa? —pregunto—. ¿Ya te estás preocupando por mí?
—Un poco —confiesa acercándose lo suficiente para que perciba su aroma—. Pero es por mi padre. ¿Y si lo matan antes incluso de que toquemos tierra?
—No lo matarán. Lo necesitarán como moneda de cambio. O, si pierden, le perdonarán la vida con la esperanza de que hagamos lo mismo por todos los miembros de la familia Belona. No se mata a hombres tan importantes como él.
Trato de agarrarle la mano para consolarla, pero ella la aparta y me da la espalda.
—Tenemos un planeta que invadir.
La veo alejarse gritándoles órdenes a sus hombres.
