El cielo estaba despejado ese día, y no era exactamente porque el clima del periódico lo dijera, sino también porque se encontraba viéndolo en esos momento.
Se removió un poco y se acercó a Tom para luego colocarse en sus piernas. Su amigo se la pasaba leyendo los libros que, después de vacaciones, le regaló. Los había conseguido en una salida y pensó que le gustarían al ojiazul, tal pareció que no se equivocó.
Sonrió con cariño para luego quitarle con cuidado el libro, ganando un reproche por parte del contrario.
—Supongo que ya debería rendirme con eso de saber dónde vives, ¿verdad? —preguntó desde abajo.
Tom lo miró por un largo tiempo antes de negar con la cabeza, tratando de conseguir su libro, el cual fue arrojado a los pies de menor, dejándolo lejos de su alcance.
—Henry...
—Ya —cortó sonriendo—, supongo que tienes tus razones para no decirme.
Ése fue un hecho que le dolió a Tom. Sí, tenía sus razones, tanto buenas como malas, ¿a quién le gustaría tener como amigo a un anormal que va a un orfanato? Pero, si le decía dónde vivía, podrían verse entre vacaciones, ya que el próximo año no se verían en ningún momento al menos que Henry decida verlo.
En algún momento pensó en negar la invitación para estudiar en ese colegio, pero estudiar allí significaría estar lejos de los niños del orfanato, estar con gente como él. Lo único negativo era que, en ese mundo, no vivía Henry.
Acarició con tranquilidad el cabello negro -que en ese instante parecía más azul oscuro que otro color-, perdiéndose en los ojos esmeraldas que le miraban mientras su dueño sonreía con cariño. Extrañaría esos momentos, eso era seguro, pero no podía estar más tiempo con los niños del orfanato, no podría tolerarlo más sin querer matar a alguno de ellos.
—No necesitas saberlo —susurró sonriendo—, no es necesario.
—Sí, tal vez tengas razón —contestó el menor. Tom no pudo evitar notar que las sonrisa había dejado la felicidad darle paso a la tristeza.
Caminó por el tren hasta encontrar a un vagón vacío, el cual no fue abierto en ningún momento del recorrido de no ser por un grupo de niños que querían ver si se podrían sentar con él. Tom simplemente los fulminó con la mirada, causando que éstos salieran corriendo del lugar.
El recorrido fue aburrido. Se podía sentir el ambiente de emoción, pero algo no le permitía estar así. No cuando había dejado a Henry sin decirle que ya no iba a regresar al colegio, se sentía terrible, había pensado que podía visitarle cuando él saliera de vacaciones, curiosamente en Hogwarts salían antes que en Husttlov, pero Henry le había comentado que no iba a volver.
Eso destrozó a Tom, aunque no fuera a decirlo y, mucho menos, lo diera a conocer.
Si Henry no estaría en el prestigioso colegio, no podía verlo. Le había comentado que se iba a ir a un colegio más lejano, que no estaría en Inglaterra gracias a que en el ciclo escolar estaría en aquella escuela tipo internado y que en vacaciones viajaría con sus padres a ver a sus familiares. Tom no quiso aceptar eso, así que simplemente se despidió con frialdad y se fue, dejando a su amigo solo.
No era de arrepentirse de cosa, pero ésa era la primera vez que lo hacía.
No prestó atención a todo el recorrido, ni a sus supuestos compañeros de año. No prestó atención a lo que el estúpido anciano les dijo antes de pasar al Gran Comedor, como se enteró segundos después que se llamaba al lugar donde se encontraba.
Los niños fueron pasando uno por uno, siendo seleccionados por un raro sombrero parlante: Gryffindor, donde habitan los valientes y caballerosos. Hufflepuff, donde estaban los leales, justos y aquellos que no temen al trabajo pesado. Ravenclaw, ahí iban los alumnos académicos, estudiosos y que siempre sepan lo que hay que hacer. Slytherin, la que más le gustaba a Tom, donde eran seleccionados los ambiciosos y astutos.
Su mente vagó por una pequeña pregunta: ¿A cuál casa iría Henry? Por lo que los rumores dicen, Gryffindor sonaba muy idiota como para obtener a su pequeño, Slytherin muy crudo para que perteneciera, por lo contrario, la lucha quedaba en Hufflepuff y Ravenclaw. Henry era muy inteligente y capaz de cosas asombrosas, pero era una persona muy generosa, amable y fiel.
Su cabeza casi estallaba al pensar en esa cuestión antes de oír el nombre que siguió en la lista del profesor.
—Sant-Sayre, Henry.
Levantó su cabeza rápidamente y miró a su amigo pasar al frente con la cabeza en alto. Sonrió ante eso, nunca había creído que Henry fuera tan... orgulloso.
"¿Qué hace un Sayre en Hogwarts?" oyó a lo lejos, llamando su atención "¿Por qué no está en Ilvermorny?"
"¿Será hijo del escritor Admes Sant?"
Todas las preguntas fueron acalladas cuando el Sombrero Seleccionador sonrió y asintió como si estuviera hablando con alguien.
—¡Slytherin! —gritó a todo pulmón... si es que tenía, cosa que dudaba.
Vio a Henry dirigirse a la mesa verde, la cual había aplaudido más de la cuenta ante su nueva adquisición.
"Claro, he oído que los Sayre tienen parentesco con Slytherin." oyó a lo lejos "Creo haber leído que eran de la segunda rama."
Todo el tiempo pasó mirando a lo lejos cómo los estudiantes se presentaban con educación a su amigo, quien simplemente asentía sin aceptar alguna de las manos que le tendían. Parecía serio... como si fuera otra persona.
No tardó mucho en oír su nombre resonar por todo el Gran Comedor y, con la cabeza en alto y mirada matadora, caminó hacia el banquillo para recibir al Sombrero Seleccionador, quien no pensó más de un segundo cuando gritó su casa.
Todos se quedaron callados ante esa sorpresa, hasta que unos aplausos se oyeron por parte de un Slytherin. Tom miró a Henry mientras caminaba hacia la mesa de Slytherin, su amigo sonrió y se hizo a un lado, sin importar tener que empujar a un alumno unos años mayor que él. El ojiazul no tardó en sentarse a su lado sin dejar de mirarlo.
—No me mires a mí —susurró el menor casi sin mover sus labios—, mira al frente, levanta la cabeza. Demuestra que mereces estar en esta casa.
Ese último comentario le sorprendió, pero le hizo caso sin alguna objeción, deteniéndose en observar cómo sus nuevos compañeros le miraban. No fue hasta que Dumbledore llamó a otro niño que algunas miradas se dirigieron a otro lugar.
—¿Se te perdió algo? —oyó a Henry sisear a su lado. Lo miró, notando la mirada fría que le dirigía al chico que, momentos antes, había empujado— ¿No? Entonces quita esa cara y mira al frente. No eres digno de mirar a mi amigo.
Algunos Slytherin miraron la interacción con interés, ganándose una mirada del menor, quien se acercó más a él con sobreprotección.
La cena no tuvo más contratiempos, y fue en ese momento que Tom miró completamente a Henry, quien le devolvió la mirada por unos segundos antes de colocar pedazos de comida en los dos platos, primero el de Tom y luego el suyo, sorprendiendo al mayor por sus acciones, pero no lo hizo notar al sentir las miradas que recibían ellos dos.
—Come —susurró Henry con suavidad, empezando con su comida.
—Henry...
—No —cortó—, que te esté ayudando ahora no implica que no sigo molesto contigo.
—¿Por qué no me dijiste que vendrías? —ignoró el comentario, aunque sí miró al frente y empezó a comer.
—Pensé que no era necesario —contestó encogiéndose de hombros—, tal como el saber dónde vives, ¿no?
Iba a contestar, pero no fue posible gracias a que un pedazo de comida fue lanzado hacia su cara, pero se detuvo a centímetros de tocarla, regresando a la persona que lo había dirigido, chocando ruidosamente contra la cara ajena y llamando la atención de algunos alumnos de la mesa continua.
La chica abrió la boca sorprendida, mirando hacia su dirección con odio, el cual fue cambiado a vergüenza cuando algunos alumnos rieron, tanto de Slytherin como de la otra casa.
Tom no sabía cómo reaccionar ante eso, estaba seguro que no había sido él, pero una mirada de Henry le dijo todo. Miró a la joven que parecía unos años mayor que él y sonrió de forma ladina, con superioridad, tal como su amigo le había dado a entender con una simple mirada.
El tiempo pasó después de eso. El director se paró de su lugar y dio un discurso de bienvenida, para luego dar paso a que los prefectos llevaran a los de primero a sus nuevos hogares.
En todo el trayecto Henry se mantuvo a su lado mientras que Tom ocultaba su sorpresa bajo una capa de indiferencia. Henry había cambiado mucho en poco tiempo, ¿o es que siempre había sido así? Si ése era el caso, se alegraba de que fuera su amigo... ¿Henry había sido el causante que el pedazo de comida no le llegara a la cara? No encontraba otra persona que hiciera algo por él, mucho menos después de la mirada que le dirigió en medio de todo el suceso.
—Hey, sangre sucia —el apodo sobresaltó por toda la Sala Común. Habían entrado momentos antes, pero, siendo sinceros, no supo a quién iba dirigido hasta que un chico (Tom suponía que unos cuatro años mayor que él) se posó frente suyo—, no sé cómo entraste, pero espero que no te sientas cómodo que no permitiré...
—¿Qué no permitirás? —siseó Henry poniéndose en medio de los dos, mirando desafiante al joven, quien se paró firme ante eso y lo analizó con la mirada— Vamos, McQuaid, dilo, estoy seguro que tu madre squib estará contenta de saber lo que dijiste.
El nombrado se quedó callado y lo fulminó con la mirada antes de dar media vuelta y desaparecer después de bajar unas escaleras. La prefecta se acercó para alivianar el ambiente y explicó la dinámica del lugar, para luego decirles dónde se encontraban sus habitaciones y dejarlos ir.
No fue una sorpresa encontrarse que la habitación designada le había tocado entre Henry y Tom, junto con un rubio platinado que sólo bufó ante ese hecho.
