38

LA LLUVIA DE HIERRO

Lo único que veo es metal. Soy una entre mil en el panal de escupidores. Al otro lado del tubo de metal, se propaga una batalla. No siento nada. Ni las sacudidas del Lincoln. Ni los misiles mientras surcan el espacio para provocar una muerte silenciosa. Tan solo el latido de mi corazón. Becca me dijo que era la más fuerte que había visto en un rojo, cortesía del veneno de víbora que me recorrió las venas cuando era más joven. Ahora hace que me tiemblen las manos mientras galopa en mi pecho. El miedo cabalga en mí. El miedo a muchísimas cosas. El miedo a decepcionar a mis amigos, a perder a mis amigos. A contarle a mis amigos la verdad sobre lo que soy. El miedo a no estar a la altura de la tarea que se me plantea. El miedo causado por la duda —sobre mí misma, sobre mis planes para la rebelión—. El miedo a la muerte. El miedo a estar perdida en la oscuridad del espacio fuera del casco de mi barco. Miedo a fallarle a Costia, a mi pueblo, a mí misma. Pero sobre todo, miedo al metal caliente.

Oigo parloteos por el intercomunicador.

Superficiales. El plan está en marcha y ahora no soy más que otro eslabón de la cadena. La batalla es demasiado grande para que yo tome parte en toda ella. Quería comandar el Lincoln desde su puente para poder ver cómo los barcos enemigos caen ante mi flota. Pero Orión y Monty son mejores que yo en el espacio. Quería estar en una nave sanguijuela para guiar a las partidas de abordaje a través de la brecha hacia el interior de los cascos enemigos; quería arrasar puentes de mando, repeler a los invasores de mi propio barco, saltar de un destructor a un acorazado haciéndolos míos. Pero no capturaré al emperador Belona. Los Titanes se encargarán de eso. Al final, son mis enemigos quienes dictan adónde voy. Busco el gran premio. Un premio que ha sido mi objetivo desde que salí de la Luna. Noto la frescura de mi fiel colgante del pegaso sobre el pecho. El pelo de Costia descansa en su interior. «Concéntrate en eso». En cómo se movía su melena, que se agitaba a causa de las corrientes de las minas. «Pon allí tu mente». Al pensar en ella, me siento asediada por la culpa. Me gusta esta vida. No importa lo reacia que me muestre a hacerme pasar por dorada, no importan las apesadumbradas excusas que ponga, una parte de mí es como ellos. Tal vez nací para ser de dos colores. Al cuerno con eso. El hombre no nació para ser de ningún color. Nuestros gobernantes decidieron relegarnos a los colores. Y se equivocaron.

Audentes fortuna juvat, queridos —dice Raven por una línea de comunicación privada.

Suelto una carcajada por sus latines.

—¿Más mierda sobre que «La fortuna favorece a los audaces»? ¿Por qué no decir simplemente carpe diem?

—Porque es tradición decir…

—Chicas, ¿siempre flirteáis así antes de una batalla? Es adorable —interviene Octavia.

—Deberías haberlas visto en el Instituto, amor al primer aullido —ríe Mustang.

—¡He visto los vídeos! Qué pareja tan bonita.

Oigo la sonrisa de la voz de Mustang.

—Incluso llevaban la ropa a juego. Muy elegantes, ¿a que sí, Monty? Y apestosos.

—La verdad es que no me fijé.

—¿Por qué no?

—Raven me hacía mearme encima del miedo. No prestaba atención a lo que se ponía, precisamente —contesta Monty, y sus palabras provocan carcajadas—. Por algún motivo creía que lo había mordido una ardilla y había contraído la rabia.

—¿Monty? —llama Raven con dulzura.

—Raven.

—Hola.

—¿Hola?

—La próxima vez que te vea, voy a morderte.

—Tengo que dejaros. —La risa ligera de Monty desaparece—. Estamos enfrentándonos al principal elemento enemigo.

—¿Qué vas a hacer, matarlos de aburrimiento con una ligera lectura poética? —Raven de nuevo.

—Eres una capulla —asegura Monty en tono de broma—. Que las Furias guíen vuestras espadas y las Moiras os devuelvan a casa. Hasta entonces, mi amor está con todos vosotros.

La manifestación de cariño sorprende a los dorados. El intercomunicador de Monty emite un chasquido y lo oímos por la frecuencia principal dando órdenes para atacar un destructor enemigo.

—Qué florecilla —masculla Raven, pero hasta un niño percibiría el temblor de su voz. Tiene miedo.

Hic sunt leones —les digo a mis amigos—. Sed valientes. Sed valientes y os veré al otro lado.

Hic sunt leones —repiten, no por Augusto, sino porque desearíamos ser tan valientes como los leones.

Uno por uno, nos despedimos. Antes de poder contenerme, pincho la frecuencia privada de Mustang. Tarda veinte segundos en contestar.

—¿Qué pasa?

Su voz está cargada de dudas.

—Conserva la vida —le digo.

Una pausa. ¿Emoción? ¿Enfado?

—Tú también.

Corta la comunicación. Enseguida, los engranajes comienzan a rechinar y crujir cuando me cargan en los mecanismos de disparo del tubo. Durante todo este tiempo, he actuado como si supiera lo que viene a continuación. Como si supiese lo que es una Lluvia de Hierro. Pero lo vislumbro ante mí como algo amenazador, una especie de bestia oscura, babeante. Un misterio, aunque le he visto la cara. He visto los experienciales de realidad virtual y vídeos de HP. Sé lo que es del mismo modo que un niño sabe lo que es volar al observar a un pájaro.

—Coordinadas de despliegue alcanzadas. —La voz de Monty invade los oídos de todos los dorados de la flota—. Que caiga la Lluvia.

El gemido de la carga magnética del tubo me acompaña. Me deslizo hacia delante, hacia la cámara, preparándome, mirando hacia abajo para no partirme el cuello. Entonces se dispara y la velocidad y la batalla me reclaman al tiempo que el estómago me llena la garganta de bilis. La corriente magnética me expulsa con violencia, y salgo del tubo del barco hacia el caos multitudinario. El fuego y los rayos dominan el espacio. Los mastodontes de metal regurgitan misiles en una y otra dirección, agrediéndose calladamente los unos a los otros con todas las armas de la humanidad. El silencio es tan tenebroso, tan extraño… Enormes halos de artillería antiaérea estallan en torno a los barcos y los envuelven en furia, casi como si fueran bolas de algodón lanzadas al aire. Los alas ligeras y las avispas se dedican zumbidos recíprocos al orinar chorros de disparos. Mordisquean y rebanan corazas de metal mientras combaten en medio de una densa nube gigantesca. En pequeñas manadas, se alejan a toda prisa de sus luchas caóticas para precipitarse en silencio contra los grupos de naves sanguijuela cuando los destructores y transportadores lanzan sus naves de transporte de tropas hacia el espacio en oleadas ondulantes. Es un juego de partidas de abordaje. Por encima, por debajo y a través de las cortinas de artillería antiaérea, las sanguijuelas buscan un casco al que trepar para poder insuflar su mortífera carga en los vientres de los navíos cruciales, igual que las moscas que ponen larvas en heridas abiertas. Todas están pilotadas por azules criados para hacer únicamente eso. Las naves de Belona adelantan a las de Augusto, olas que se superponen, que rompen contra las otras.

Todo en silencio.

Los misiles saltan hacia las sanguijuelas y destruyen los cascos con sus detonaciones. No hay llamas excepto en los puntos en los que las naves reciben el impacto. Esas brechas expulsan llamaradas de oxígeno del mismo modo que las ballenas arponeadas de la Vieja Tierra verterían sangre. Las descargas de los cañones de raíl surcan el espacio desgarrando múltiples sanguijuelas y cazas más pequeños a un tiempo, abriendo agujeros en las filas. Las naves escupen hombres y mujeres mientras los dos bandos tratan de alcanzar los motores con la esperanza de lisiar y capturar en lugar de destruir. Entre la flota enemiga, azul y plateada, el ingente Hijo de la Guerra destroza corbetas y naves antorcha, como un cíclope que camina entre ovejas, con una porra que se balancea como un péndulo lento. Contengo la respiración cuando el destructor de Octavia, protegido por otros dos, avanza hacia el Hijo de la Guerra. La ametrallan con cañones de raíl y los buques de guerra la engalanan con misiles. Los Belona deben de estar muy seguros de que está demasiado cerca para capturarla, porque lanzan otra salva contra su vientre reblandecido. Aun así, en medio del ataque que sufre, la corbeta alumbra un brote desesperado de cuarenta naves sanguijuela. Casi diez veces su dotación habitual. La hemos vaciado por dentro para que albergara los transportadores de tropas adicionales. Es la partida de guerra de los Telemanus. El barco de Octavia se aleja del Hijo de la Guerra y se zambulle temerariamente en la formación de los Belona, donde la flotilla de navíos de su madre, adornada con el sol sangrante, apoya a las águilas de los Belona. Octavia revela su segunda sorpresa. Su madre cambia de bando y traiciona a los Belona, tal como Octavia nos prometió al Chacal y a mí. Los navíos de su madre descargan más de doscientas sanguijuelas justo en el núcleo de la flota de los Belona. Es el caos.

Mis Titanes aterrizan en el casco del buque insignia enemigo y el Hijo de la Guerra acaba inmediatamente cubierto de sanguijuelas. Buena suerte, Titanes.

Las naves sanguijuela de los Belona viran hacia el Hijo de la Guerra para prestar ayuda en la batalla que atestará sus pasillos de humo y sangre. Los alas ligeras aceleran y disparan contra las sanguijuelas aterrizadas para intentar arrancarlas antes de que vuelquen a sus hombres en el interior del cuerpo del Hijo de la Guerra. Es un elegante baile de acción y reacción y reacción y reacción. Sigo mi trayectoria, incapaz de alterarla. A mi izquierda y derecha, a la velocidad del rayo, avanzan miles de dorados y obsidianos con caparazones estelares y grises en cápsulascolmena de doce plazas cada una. Una lluvia de hombres y metal. Entre nuestra corriente vuelan grandes cigüeñas cargadas con más obsidianos y grises. En cuanto toquemos tierra y aseguremos las cabeceras de playa, las multitudinarias legiones surgirán de los acorazados y transportadores de las lanchas de desembarco y nos seguirán. A pesar de lo que piensan los Belona y sus aliados, no pueden impedir que desembarquemos hombres: la órbita que rodea el planeta es demasiado grande. Por eso es de suma importancia conservar las ciudades. Son fortalezas aisladas. La única forma realista de hacerse con ellas es aterrizar y colarse bajo el hueco de doscientos metros que hay entre sus escudos con forma de disco y el suelo. Eso requiere hombres en la superficie. Millones de hombres en asalto coordinado. Estableceremos cien cabeceras de playa, y entonces será cuando nuestra batalla comience de verdad. Entre el caos, los misiles tratan de alcanzar nuestros caparazones estelares. Nuestros buques capitales aliados despliegan pantallas de artillería antiaérea a nuestras espaldas y numerosas avispas nos cubren los flancos. Las avispas enemigas consiguen abalanzarse sobre nosotros por los lados y nos ametrallan. A mi alrededor mueren docenas de elementos de la lluvia cuando sus armaduras se pliegan como papel ardiendo. Odio esto. Quiero gritar. Algunos lo hacen y tenemos que desconectar sus intercomunicadores.

No puedo hacer absolutamente nada. Rezar para no morir. Rezar para que mis amigos no mueran. Pero ¿rezar a qué? Los dorados no tienen dios. Los rojos tenemos un Hombre Anciano en el valle. Pero no nos ayuda en esta vida. Se limita a esperar para guiarnos y protegernos en la siguiente.

El corazón me repiquetea en el pecho.

Hiperventilo. Me arranco la piel. Me siento como una niña. Quiero el consuelo del hogar. La sopa de mi madre, la caricia de su mano severa, el amor que florecía en mi interior cada vez que me las ingeniaba para hacerla sonreír. Cualquier cosa por sentir el gozo de darme cuenta de que Costia me amaba. Anhelo las noches frías y silenciosas antes del amor, cuando solo era lujuria y hambre, cuando nos besábamos en secreto, con los corazones en vilo, como dos pajarillos cobrando conciencia de que tal vez podrían construir un nido juntos. Eso era lo que se suponía que debía de ser la vida. Familia. Primeros amores. No caer atravesando una atmósfera con asesinos a los que no les importa nada más que llenarte el cuerpo con metal ardiente antes de seguir adelante matando a tus amigos.

Mi mente vuela aun cuando mi cuerpo actúa. El planeta crece y crece hasta que se convierte en un coloso hinchado que me consume la vista. No sé quién está muerto ni quién está vivo. Mi pantalla está demasiado ocupada. Alcanzamos la atmósfera, que nos responde con rugidos estrepitosos. Halos de colores envuelven mi forma temblorosa. A mi izquierda y derecha, los soldados que caen parecen luciérnagas furiosas sustraídas de la fantasía de algún tallista. Admiro a uno de los de mi izquierda: el sol de bronce situado tras él mientras cae, recortando su silueta, inmortalizándolo en ese particular momento —un instante que sé que yo nunca olvidaré— de tal modo que parece un ángel miltoniano cayendo con ira y gloria. Su exoesqueleto se desprende de la armadura de fricción como Lucifer podría haberse desprendido de las cadenas del cielo, alas de fuego que se desprenden y revolotean tras él. Entonces, un misil resquebraja el cielo y los explosivos de alto grado lo transforman una vez más en mortal. En cuanto abandonamos la atmósfera, las ráfagas de la superficie suben chillando hacia nosotros, excavando agujeros en nuestro enjambre de caída. Como un avispero golpeado, activamos nuestras gravibotas y nos fracturamos en mil escuadrones distintos, cada uno procurando seguir sus propias coordenadas. Los alas rápidos enemigos nos siguieron hasta el interior de la atmósfera, pero aquí podemos movernos mejor y matamos a los grandes guerreros con facilidad. Caigo en picado sobre uno desde atrás, con los Aulladores pegados a mis talones, y lo golpeo con mi filo. Me alejo volando mientras cae en espiral a través de las nubes hacia el océano que se extiende a nuestros pies. El fuego antiaéreo ulula contra nosotros a través de las nubes y mata al dorado de mi derecha, un Aullador, aunque no sé cuál es hasta que miro mi terminal de datos. Daria la Arpía está muerta. Así, sin más. No es un sacrificio para salvar a otro. No hay un aullido de rabia al final. No hay gestos nobles. Ni emoción. La chica leal que llevaba cinturones de cabelleras en el Instituto, que anonadaba a Culopocho y Muecas con sus extraños artefactos, se ha ido. Una puñalada de pánico me atraviesa el cuerpo y me zambullo entre las nubes con el resto de la vanguardia de mi legión. Sobrevolamos el océano a gran velocidad y dos barcos de agua escupen fuego contra nosotros. Raven lanza dos misiles serpenteantes por el aire; estallan y se convierten en una docena de micromisiles que, a su vez, se transforman en otra docena cada uno. Explotan como granos de maíz sobre el fuego. La guerra es el caos. Siempre lo ha sido. Pero la tecnología la hace aún peor. Cambia el miedo. En el Instituto, temía a los hombres. Tenía miedo de lo que Wells o el Chacal pudieran hacerme. Allí ves venir la muerte y al menos puedes luchar contra ella. Aquí no existe tal lujo. La guerra moderna es tener miedo del aire, de las sombras, temer el silencio. La muerte vendrá y ni siquiera la veré. Me estampo contra una montaña cubierta de nieve. Las nubes de vapor se alzan en torno a mí cuando derrito el blanco gracias al calor de mi traje candente y me hundo en un agujero. El resto de mi escuadrón aterriza a mi alrededor encontrando un puerto seguro en el suelo. Descienden como un rugido, hombres meteorito surgidos de monstruos de metal. Pum. Pum. Pum. Y la niebla de la guerra se levanta.

—Arribada —gruño.

Raven apoya una rodilla en el suelo, abre su yelmo y vomita sobre la nieve. Otros se suman a ella. Muecas resuella de tristeza. Culopocho se agarra el hombro. Payaso monta guardia ante ellos, con la cresta pintada de rojo ladeada sobre la cabeza. Arpía ya no existe. No sabía que esto sería así. Creía que conocía el horror. Pero no era así. A lo largo del último minuto han muerto más hombres de los que yo podría llegar a conocer en la vida. El miedo de Charles a la guerra me estremece de los pies a la cabeza.

—Esto es la guerra. Caos. Azar. Muerte.

Raven me hace un gesto con la cabeza al tiempo que se limpia el vómito de la boca. Júpiter lo ayuda a ponerse en pie. Por extraño que parezca, Raven lo permite. Busco la huella de Mustang en la terminal de datos de mi yelmo. Está viva con el principal elemento de mi fuerza, pero nos hemos separado. Estoy con una docena de dorados y cuarenta obsidianos especialmente entrenados en equipamiento militar de alta tecnología.

—Exos fuera —les ladro a los obsidianos—. Omega, protege el perímetro.

Nos desprendemos de nuestras toscas exoarmaduras termales para descubrir los caparazones estelares más flexibles que llevamos debajo. Doy la orden de subir los yelmos. Los rostros metálicos de demonios y animales sustituyen a los de mis amigos. Pero hay belleza en este instante. En los escasos segundos en que los dorados y los obsidianos se dedican ligeras inclinaciones de cabeza para transmitirse consuelo antes de seguir con sus tareas, encontrando alivio en el cobijo del deber, con compañerismo, como me sucedía a mí en las minas. Reúno en torno a mí a Raven y a los Aulladores. Ragnar, separado de su legión, está de pie a mi lado. Hemos aterrizado en la parte diurna del planeta. Parece una lluvia de meteoritos cuando la segunda oleada de caparazones estelares perfora la atmósfera dejando tras de sí estelas de humo negro sobre el cielo azul plagado de cicatrices de fuego. Cientos de cañones terrestres continúan disparando contra el enjambre que se expande de horizonte a horizonte, pero poco a poco esas ráfagas disminuyen a medida que los cañones son alcanzados desde el espacio o eliminados por escuadrones de tierra como el nuestro. Mi escuadrón está a trescientos kilómetros de donde necesitamos estar. ¿Cómo ha sucedido?

Llamo a Mustang por el intercomunicador. Ella está cincuenta kilómetros más cerca del área de aterrizaje designada en otra montaña. Su fuerza ronda los cuatrocientos hombres.

—Parece que los idiotas somos nosotros —dice Raven.

Bajamos por la ladera. No volamos. Más bien saltamos. En la Academia nos enseñaron a pensar en ello como en hacer rebotar una piedra sobre la superficie del agua. Podríamos volar en nuestras gravibotas, pero volar te convierte en objetivo de los misiles y el fuego antiaéreo, por no hablar de las partidas de caza enemigas. Así que nos elevamos durante cincuenta metros en el aire y luego utilizamos las gravibotas para volver a propulsarnos hacia el suelo. Desde una cumbre cercana nos disparan misiles. Raven y su escuadrón se encargan de ello saltando por encima de desfiladeros de mil metros, volando al ras de una empinada fachada de roca mientras Ragnar y yo continuamos hacia delante. El eco de un ruido sordo retumba por la cordillera cuando nos libran de la torreta de los misiles. Los Aulladores se reúnen con nosotros al final de la cadena montañosa. Nos detenemos en el lateral de un barranco en el que se amontonan las nubes bajas. A la izquierda, a unos veinte kilómetros de distancia, se alzan las torres de la lejana y blanqueada Tesalónica, posada en la costa escarpada del cristalino mar Térmico. El hogar de Roan. Siento una punzada de tristeza. Continuamos hacia el norte. Observo cómo se desvanecen las torres hasta que no son más que metal reluciente contra la costa de esa agua sobrecogedoramente en calma. Las explosiones rugen en la distancia. Siento el peso de una mano que cae sobre mi hombro cubierto por la armadura.

—Exactamente igual que cuando tomamos el Olimpo.

Raven esboza una gran sonrisa y mira hacia abajo desde la cumbre de una nueva montaña en dirección a la tierra que yace abierta ante nosotros.

—Solo que aquí todo el mundo tiene gravibotas.

Compruebo nuestras coordenadas en la pantalla de visualización de mi yelmo. La invasión continúa por encima de nuestras cabezas. Las naves de combate enemigas, ahora más escasas, revolotean por el cielo. Una nos detecta. Atraviesa una nube entre rugidos y lacera el suelo con cañones de cadena. Nos refugiamos en un desfiladero. La nieve patalea a nuestro alrededor. Entonces lanzan un misil y la explosión derrumba una roca que cae sobre mis piernas y me tira al suelo. Guijarro y payaso se parapetan delante de mí para protegerme.

—¡Ragnar! —grito—. ¡Mátalo!

No veo lo que hace, pero oigo un ruido tremendo y de pronto la nave de combate echa humo y cae dando vueltas por el aire, balanceándose hacia el suelo hasta desaparecer en una nube de metralla.

—¿Qué tal las piernas? —pregunta Raven con desesperación.

Me quitan las rocas de encima. Los engranajes crujen y los componentes eléctricos zumban.

—Todavía funcionan.

Bajamos de la nevada cordillera montañosa hasta las accidentadas planicies marcianas. Una masa de infantería pesada como nosotros se mueve a nuestra izquierda. Sus transpondedores indican que son de los nuestros. Pero muy a la derecha, a unos treinta kilómetros de distancia, donde el terreno crece hacia las tierras altas subtropicales, una columna de los Belona avanza dando saltos, tal vez unos trescientos en diferentes partidas.

—Han interceptado una de nuestras señales de comunicación —transmite por una nueva señal un director de comunicaciones verde desde el espacio—. Te persiguen, Ícaro. —Mi indicativo secundario.

—Ahora es cuando nos enteramos de quién está ganando los cielos —digo.

Raven dirige un láser de rastreo hacia el escuadrón enemigo en el preciso instante en que ellos colocan uno sobre nosotros. El suyo oscila en el suelo delante de nosotros como una mosca desesperada. Nos dispersamos, Raven y yo nos alejamos juntos volando, y entonces una lluvia de fuego desciende sobre nuestro enemigo desde dos trayectorias. En ese mismo momento, Raven identifica un dron que nos lanza misiles de racimo. Lo marca electrónicamente y un cañón de raíl situado en la cercana Tesalónica dispara un proyectil que deja una veta de fuego azul en el horizonte. El dron desaparece en una explosión de rojo. Esta es la multilocura de la guerra de alta tecnología. Continuamos nuestro camino hacia las coordenadas de Mustang, con los sensores y las miradas vigilando la muerte que se esconde entre las montañas. Acecha las llanuras. Se oculta en los bosques de altísimas deidades arbóreas y en las aguas de mares aún niños. Un gran lago se extiende a nuestra izquierda, a lo lejos, mientras que un volcán latente, tan sutil en su pendiente que aparenta ser poco más que una colina de cresta nevada, rumia a nuestra derecha. Trepo más deprisa que los demás por el lomo de la cordillera que estamos atravesando para obtener una buena vista de los alrededores. Los datos topográficos periódicos parpadean en mi pantalla a medida que los drones los emiten, los lanzan desde el cielo y luego los sustituyen. En el interior de mi traje reina el silencio. No oigo el viento que silba a mi alrededor a esta gran altura. Una nube de tormenta, uno de los dramáticos cumulonimbos de Marte, se acerca desde el lago lejano. Cuando impacta contra el bosque que hay bajo la montaña, llegan las lluvias y los relámpagos desgarran el cielo. En la parte alta de la cumbre escarpada, la nieve revolotea y se derrite contra mi traje. Percibo movimiento en un pico cercano. Me abstengo de descargar mi arma cuando veo que no son los Belona, sino un animal tallado. Amplío mi visión y veo a un grifo aferrado al borde de un nido inmenso metido en un estrecho desfiladero de roca de la parte alta de la montaña. Contempla con sorpresa a los hombres que vuelan por el valle que se extiende a sus pies. Qué mundo han construido estos dorados. Mis hombres se reúnen conmigo en la siguiente cumbre y nos detenemos un instante para comprobar las placas de batería de nuestros caparazones estelares. No durarán todo el día. El grupo de Mustang cae con brusquedad a nuestro alrededor. La nieve nos salpica cuando cuatrocientos asesinos vestidos con caparazones estelares suman sus fuerzas a las nuestras. Ella choca sus puños contra los míos.

—¿Ícaro? —restalla una voz en mi oído—. Ícaro, ¿me lees?

—Monty, te leo. ¿Qué sucede?

—Ícaro… urgente… en… lees? —Su señal se corta al mismo tiempo que un relámpago restalla sobre nuestras cabezas. Las ondas radiofónicas ya estaban afectadas por los artefactos de interferencias de ambos bandos—. Dar… me… ado… en Agea.

—¿Monty? ¿Monty?

Conozco el plan para la batalla en el espacio, pero el tono de su voz me preocupa.

—Los intercomunicadores no funcionan bien —le digo a Mustang.

—Las frecuencias locales no tienen problemas. Son las interferencias y la tormenta.

La lluvia le salpica la armadura.

Raven señala hacia arriba.

—Vas a tener que levantar el culo por encima de eso para oír.

Sobre nuestras cabezas, un rayo alcanza un barco. Sus sistemas fallan y el navío cae en picado antes de reactivarse solo para chocar con un alas ligeras que pasaba junto a él.

—Demonios.

Ordeno a Ragnar y a Júpiter que avancen por la cordillera y aseguren el valle septentrional para nuestra principal fuerza de legiones grises. Mientras asediamos otras ciudades para desviar la atención de los Belona, Agea es lo único que importa para mí. Un millón de hombres acudirán a sus murallas. El Sucio abre su mano ante mí a modo de saludo y después salta de la cumbre de la montaña junto con Júpiter y un centenar de guerreros obsidianos. Mustang y Raven esperan abajo mientras desgarro las nubes salpicadas de relámpagos acompañado por varios de mis guardaespaldas. Superadas las nubes, floto en relativa calma y llamo a Monty.

—¡Ícaro! —me grita por el intercomunicador—. Está aquí. ¡No está en la Luna ni con la flota principal de la Sociedad! Acabamos de descubrirlo. Los hombres de Kavax han encontrado pretorianos a bordo del Hijo de la Guerra… ¡Ella está aquí! Ha venido en secreto sin su flota. La hemos capturado.

—Monty, tranquilízate. ¿Qué dices?

—Lexa, la soberana está en Marte. Su lanzadera está atrapada tras los escudos de Agea. Está atrapada.

—Monty. Ya lo sé. Ella es la razón por la que quiero Agea.