39
EN LA MURALLA
No me pregunta cómo lo sabía. Más tarde le diré que en Europa dejé escapar a Indra para que pudiéramos rastrearla cuando volviera junto a la soberana por medio de la signatura de la radiación de mi bomba. Es la asesina personal de Abby. Por supuesto que volvería a su lado. No se lo he dicho a nadie excepto a Mustang, el Chacal y Raven. No podía arriesgarme a que se extendiera, sobre todo teniendo en cuenta cómo se ha estado comportando Monty últimamente. Corta la comunicación sin decir nada más, sin duda enfadado. La vanguardia de mi fuerza, los hombres de Ragnar, han tomado tierra en el valle, más adelante. Veo que los gruesos barcos descienden y luego desaparecen hacia el interior de la tierra, donde el Valles Marineris se extiende a lo largo de kilómetros. Hacemos que nuestros azules del espacio abran fuego sobre la propia Agea. La avalancha calienta el escudo y hace que palpite y se oscurezca. Llegaremos a la ciudad por tierra, a lo largo de la parte baja del cañón de cien kilómetros de ancho, desde el norte y desde el sur, y franquearemos el hueco de doscientos metros que los escudos deben mantener con respecto al suelo para evitar crear perturbaciones sísmicas. Bajo saltando de la cumbre de la montaña a la cabeza de mis guardaespaldas. Raven y Mustang me acompañan y coronamos otra cumbre antes de continuar brincando por las laderas más bajas recibiendo disparos mientras avanzamos. La soberana es la clave de esta guerra, la clave para fracturar esta Sociedad y que los Hijos de Ares puedan alzarse. Con ella capturada, la propia Sociedad se cuestionará confundida si continúa existiendo sin Octavia sentada en su trono. Los senadores y gobernadores tratarán de hacerse con el poder. Habrá una docena de guerras locales que fracturarán la cohesión y la mano de obra. Debajo de mí, un mundo de abundancia holgazanea a lo largo de la parte baja del cañón: lagos y arroyos, hierbas altas, árboles repletos de flores y pinos espartanos que crecen en ángulos extraños desde las paredes de kilómetros de altura del cañón a pesar del pronunciado declive. Por encima de todo esto, reina la gran montaña flotante, el Olimpo. Vislumbro los castillos tranquilos y veo ciervos corriendo por el valle de Marte. Pero no veo niños junto a los grandes ríos, ni chicos y chicas con armaduras. Solo recuerdos y tierra embarrada. Ya han recogido a los alumnos. Qué extraño debe de haber sido… luchar por sus vidas con armas medievales solo para que una nave de desembarco los fuera a buscar cuando llegaron los invasores del espacio. Nos encontramos con Ragnar y Júpiter en uno de los blancos chapiteles flotantes del Olimpo. Hay hombres muertos en las salas, en las laderas.
—Lo utilizaban como base —dice Júpiter alegremente—. Tu Sucio estaba en desacuerdo con la arrogancia de esta gente. ¡Me gusta este animal!
Nuestros hombres aseguran la sección del Valles Marineris reservada para el Instituto, muy al este de Agea, en el brazo superior del gran cañón. Miro por la ventana mientras cientos de naves de desembarco amigas descienden sobre el escenario y depositan a más de trescientos mil hombres en treinta minutos. Un dorado sale corriendo de cada una de las rampas bajadas, siempre el primero en pisar suelo enemigo.
—Sin resistencia —digo en voz baja y con el yelmo del caparazón estelar cerrado.
Miro a Mustang con inquietud. Ella se aparta el pelo rubio de los ojos.
—Cuanto más establecidos estemos, más difícil les resultará desalojarnos. ¿A qué están esperando?
—Quieren arracimarnos como a un montón de uvas antes de pisarnos —aventura Raven—. ¿Armas atómicas?
—Críos idiotas. —Júpiter está rebuscando en los bolsillos de uno de los hombres muertos—. Para eso tenemos a los grises. Para que los pisoteen a ellos. Ellos lubricarán nuestro paso.
—No hay armas atómicas —señala Mustang—. Los sensores las habrían detectado a cien chasquidos de distancia. —Echa un vistazo hacia el terreno—. Están esperando porque no tienen suficientes hombres para disputar nuestro paso por el valle. O los hemos cogido por sorpresa, cosa que dudo mucho. O han desplegado demasiados hombres para detener el avance de Charles. O han creado cuellos de botella en el valle. O todos sus soldados están rodeando la Ciudadela. O hay una trampa más adelante.
Su mente es una máquina.
—Hay una trampa —prosigue al cabo de un instante—. Pero dependen en exceso de ella para detenernos mientras redistribuyen hombres y material. —Suelta un bufido de desprecio—. Las defensas estáticas sin apoyo móvil masivo no han sido importantes desde la Línea Maginot.
—Pero saben que no queremos devastar la ciudad ni a la población —observo.
—Lo saben. —Mustang ajusta su terminal de datos para examinar el mapa—. Lo cual disminuye nuestra flexibilidad táctica.
—La guerra total es más sencilla —masculla Júpiter—. Utilicemos a los grises para lubricar nuestro paso y después lancemos bombas contra las murallas por debajo de los escudos. Entrada franqueada.
—Se tarda un día en tomar una ciudad, pero cincuenta años en rehacerla —le espeta Mustang—. ¿Te ofreces voluntario para supervisar la reconstrucción?
—¿Tengo pinta de albañil? —pregunta Júpiter.
—El paso que lleva a Agea tiene una media de ocho kilómetros de ancho y paredes de siete kilómetros de altura a ambos lados, todo destinado a la ganadería y la agricultura para la ciudad. Es probable que los Belona hayan sembrado el lugar de minas. Si han tenido tiempo. No es que les hubiéramos avisado que veníamos, precisamente.
¿Habrán tenido tiempo?
Mustang me hace un gesto para que hablemos aparte.
Me alejo junto a ella del resto de mi personal de mando, que intercambia miradas de hastío. Las salas del palacio etéreo deberían recordarme victorias pasadas, pero lo único que siento al estar aquí es una profunda melancolía. Demasiados recuerdos. Demasiados amigos perdidos, pienso cuando veo a los grises aterrizar cerca del castillo de Minerva, donde Lincoln y yo nos batimos en duelo una vez.
—Hay ochenta kilómetros desde aquí hasta las murallas —me dice—. Podríamos seguir con el plan establecido. El mero hecho de que no hayan disputado nuestro aterrizaje no quiere decir que haya algo perverso en marcha. —Percibe la duda en mi mirada—. Estamos aquí tanto por mi padre como por la soberana. Tenemos que movernos deprisa.
—Tienes miedo de que Charles lo mate si irrumpe por las murallas del sur antes que nosotros —
deduzco—. ¿No es así?
—Ya conoces su historia.
—Sí.
—¿Y confías en que Charles no ponga fin a un viejo resentimiento?
—Charles no es un asesino.
—No. Solo hace daño a hombres que se lo merecen, como Roan. Mi padre se lo merece tanto como cualquier otro hombre. Así que debemos darnos prisa. Y tienes que contarle al resto lo de la soberana.
—Monty ya lo ha descubierto. Pretorianos en el Hijo de la Guerra.
Regresamos junto a los demás y me dirijo a mi pequeño consejo.
—Ya sabéis que hemos venido aquí por Augusto, pero hay una segunda razón por la que nos empeñamos en Agea. La soberana está aquí.
—No fastidies… —murmura Payaso.
Culopocho se rasca la cabeza.
—Demonios.
—¿En la Ciudadela? —pregunta Guijarro, que le da golpecitos de entusiasmo con la rodilla a un Hierbajo inquieto.
—Con toda probabilidad. Hemos seguido la pista de Indra hasta aquí. Por la radiación residual de la bomba que le lanzamos en Europa. Los otros asaltos están pensados para alejar de Agea a parte de sus fuerzas y que nosotros tengamos una oportunidad de atravesar sus murallas y capturar a Abby antes de que el Señor de la Ceniza llegue con todo el poderío de su armada.
Y si los Hijos han cumplido con su parte tal como Ares prometió, deberíamos ser capaces de entrar en la ciudad sin abrirnos camino peleando con cien mil hombres y mujeres con armadura.
—¿Está Bellamy en la ciudad? —pregunta Raven.
Mustang asiente.
—Eso creemos.
Raven sonríe.
—Si os topáis con Bellamy, no os enfrentéis a él —ordeno—. Ni con Karnus ni con Indra.
—¿Pretendes que salgamos corriendo? —pregunta Payaso ofendido.
—Pretendo que conservéis la vida —replico—. El premio es la soberana. No dejéis que la venganza o el orgullo os distraigan. Si la capturamos, seremos el nuevo poder del Sistema Solar, amigos míos.
Los Aulladores intercambian sonrisas lobunas.
Raven se yergue.
—Pues dejemos de rascarnos el culo.
—Ni yo misma podría haberlo dicho mejor.
Sobre nuestras cabezas rugen los alas ligeras de nuestro bando para eliminar a las fuerzas enemigas a lo largo de nuestro camino. Con todas nuestras potencias reunidas, avanzamos por el cañón verde. No es una columna lenta y progresiva. Vamos rápido. Las motoarañas alcanzan más velocidad que los caparazones estelares. Los grises y los que van en ellas se adelantan tras los alas ligeras y las naves de desembarco fuertemente blindadas que depositarán hombres aún más cerca de la muralla. Los destellos que vemos más adelante indican que han detonado minas o que los exterminadores de minas han hecho su trabajo. No hay forma de saber cuál de las dos opciones es la válida. El cañón comienza a estrecharse. Sus paredes verdes se elevan hacia la distancia a ambos costados, colosales e irreales, como si fueran el terreno de una raza más grande, más corpulenta que la humana. No puedo ver a todo mi ejército en un lugar tan vasto como este, solo la punta de lanza. Avanzamos detrás de los grises más rápidos, una columna saltarina de temibles caballeros con caparazones estelares negros. La tromba de lluvia cae aún con más fuerza. Detrás de nosotros circulan los tanques y las columnas de infantería con sus esquifes planeadores, vehículos ligeramente blindados que pueden transportar a cien hombres en una plataforma. Los dejarán a un kilómetro de las murallas. El ataque de Charles desde el sur será bastante similar.
—¡Drones! —grita Raven por el intercomunicador.
Una nube de metal se eleva hacia nosotros desde un pequeño almacén de la pared oriental del cañón. Los Aulladores echan a correr tras la amenaza, con sus armas desgarrando agujeros en el aire. Aun así, el fuego de los drones destroza un escuadrón de obsidianos voladores. Se desploman contra el suelo, sus cuerpos irreconocibles. Ahora sobrevolamos edificios. Ciudades pequeñas. Complejos turísticos. Haciendas. Graneros. Nos encontramos sobre un lago. Vemos nuestras sombras cuando los relámpagos estallan más arriba y recortan nuestras siluetas. Ahora ya veo la muralla defensiva. Cae sobre el horizonte como una cortina de hierro. De noventa kilómetros de ancho, en esta zona del cañón, y casi doscientos metros de alto, prácticamente lame el borde inferior del escudo. Los lagos y los ríos no desembocan aquí, sino que continúan su curso por debajo de la muralla gracias a una densa red de tubos de duroacero tan duros como el casco de un barco. Se necesitarían cien hombres durante diez horas para taladrar esos tubos. La mayor parte de las ciudades no tienen unas murallas tan enormes. Cuestan demasiado. Agea y Corinto son únicas en cuanto a la calidad de sus fortificaciones. Podríamos haber llegado a través de los túneles que horadan las entrañas de Marte y conectan todas las ciudades con sus minas, pero no he querido hacerlo. Debo reservarme algunas tácticas. Y debo dar ejemplo. Los asaltos de este tipo no suelen ser prolongados. He visto sus historias. Son salvajes y desenfrenados. La tecnología siempre gana contra los objetos estáticos, siempre y cuando la determinación del asediador no se agote jamás. Antaño, los castillos eran casi imposibles de tomar mediante el ataque directo contra una guarnición capaz de pagar el precio de la victoria pírrica. Así que los ejércitos de campo los sitiaban y el hambre lograba que los defensores se sometieran. Ahora ya nadie cuenta con tanta paciencia. Agea es una ciudad de veinte millones de almas, pero ¿a cuántas de ellas les importará lo más mínimo quién gane hoy? No hay diferencia alguna entre el mandato de los Belona y el de Augusto. A los cobres y a los plateados les preocupará. Pero los rojos, los marrones y los rosas tan solo verán a otro señor que se hace con sus cadenas. Ahora verán que las naves atestan el cielo. Que las bombas resquebrajan el aire. Y se apiñarán en sus patios públicos y temerán a los intrusos sin rostro. Desde el amanecer del hombre, la toma de una ciudad ha ido acompañada por el eco de los gritos de las violaciones, los robos y el horror ebrio. Los Marcados como Únicos no toman parte en ese salvajismo. No es beneficioso ni concuerda con sus gustos. Pero si alguien toma una ciudad por la fuerza, la creencia de los dorados es que tanto la ciudad como todos los que la ocupan pasan a ser propiedad del conquistador. Si eres lo bastante fuerte, te mereces los despojos de guerra. Algunos los indultan. Otros se los arrojan a los lobos, les entregan las ciudades a sus ejércitos de obsidianos y grises como recompensa por la sangre derramada. Si consigo proteger esta ciudad de Agea, si puedo demostrarles que hay una raza humana mejor, entonces tal vez me gane su corazón. La capturo. La protejo. Los que la ocupan me aman al igual que lo hace mi ejército. Pero primero debo abrir una grieta por la que entrar. A lo largo de toda la pared defensiva, el fuego ondea sobre el acero. Como florecillas minúsculas que brotan a toda prisa sobre la muralla gris y escarpada de noventa y nueve kilómetros de ancho. A mi izquierda y a mi derecha se producen dos amagos de asalto. Los alas ligeras disparan los cañones de riel y vuelan de lado para lanzar las municiones contra la muralla. Los disparos de respuesta hacen que me tiemblen y zumben los tímpanos. Quiero aferrarme a la mano de Mustang. Un gesto de asentimiento suyo calma el terror que me invade. Aunque no del todo.
Los grises con armadura de combate se precipitan hacia ella como una marabunta de hormigas. Los equipos de misiles se despliegan y comienzan a enviar una muerte serpenteante a los defensores. Es demasiado para absorberlo, como la batalla espacial que se desarrolla más arriba, capas sobre capas de actividad y contraactividad.
Aunque aquí sí hay sonido.
Las minas crean agujeros en mis tropas. Los escuadrones de la muerte de los Belona salen de la muralla, a unos cien metros de altura, volando gloriosos: estandartes ondeantes, brillos dorados. Sus escudos destellan cuando los disparos los lancean. Veo un estandarte con un águila entre los enemigos y me preparo para plantarle cara pensando que debe de ser Bellamy, pero Mustang me agarra del brazo.
—¡El plan! —me recuerda señalando hacia el río—. Todos moriremos contra esa muralla.
El plan. Cuesta recordarlo. Cuesta recordar que todo este caos es una distracción. Lo que importa es el río y el trabajo que los Hijos han hecho por la noche. Si es que lo han hecho. El río repta bajo la muralla. Con sus cien metros de ancho y más de profundidad, ya arrastra cadáveres hacia la ciudad. Me zambullo en el agua. Siento la tensión cuando la corriente se ralentiza y después acelera mi trayectoria. Los peces se dispersan a nuestro paso. Es extraño no sentir el frío. Los Aulladores se mueven como torpedos a mi lado. Y luego Ragnar se une a nosotros junto con su grupo de obsidianos. Y también Júpiter; aterrizamos todos bajo el agua. Mustang es la que está más cerca de mí. Escudriño el río entre las tinieblas que hemos levantado y encuentro el regalo de Ares.
«Allí». A cien metros de profundidad, lo veo.
Si los rojos saben hacer algo, eso es taladrar. Y los Hijos se han pasado la noche preparándonos una entrada a la ciudad. Mis hombres pensarán que envié algún escuadrón de lurchers de élite por delante de nuestro ejército. No cuestionarán cómo se han cortado las inmensas verjas ni cómo se burlaron los sensores preparados para detectar cualquier daño en ellas.
—De nuevo hacia la grieta —murmuro como si Monty, Octavia o Roan pudieran oírme.
Activo mis gravibotas y sigo adelante. El paso es estrecho cuando se curva para pasar por debajo de la muralla cerca del lecho del río. Buceamos de dos en dos. Así que me llevo conmigo al mejor luchador, a Ragnar, para atravesar los primeros el pasaje subterráneo. Por el intercomunicador me llegan noticias de la batalla en tierra. Estamos perdiendo en la muralla. Ragnar y yo superamos juntos el túnel. Casi me esperaba una emboscada de los Belona, pero no la hay. Los Hijos han hecho bien su trabajo. Esperamos al otro lado de la muralla, aún sumergidos a cien metros de profundidad en el lecho del río. El resto de mi cuadro se une a nosotros: Mustang, Raven y los Aulladores que quedan. Cincuenta dorados más y el tripe de obsidianos y grises. Cuando estamos todos reunidos en el fondo del río, hablo por el intercomunicador.
—Ya conocéis las órdenes.
Raven entrechoca sus puños enfundados en guanteletes con los míos. Mustang hace lo mismo. Ragnar saluda con el puño cerrado y apoyado en el corazón. Júpiter bosteza por el intercomunicador. Payaso, Guijarro y Hierbajo arengan a los Aulladores revolviendo el cieno del lecho. Los segundos van pasando. Llevo el filo enrollado en el brazo. Un puño de pulsos en la mano izquierda. Noto el palpitar de mi corazón y el frío del colgante sobre el pecho. Oigo el restallido del caos del exterior. Cierro mis manos de sondeainfiernos en un puño. Cierro los ojos. Raven envía una sonda hacia la superficie para ver si la orilla del río es segura.
Tengo que encontrar a la soberana.
Ragnar tiene que abrir las puertas.
Mustang tiene que bajar el escudo para que Monty pueda enviar refuerzos y podamos tomar la ciudad de un solo golpe. No quiero que se separe de mí, pero no puedo confiarle esa tarea a nadie más. Confiar. Debo confiar en que sobrevivirá, confiar en que sus obsidianos la protegerán y en que ella se protegerá a sí misma. Hay una carga que me oprime el pecho, el miedo a que no regrese. Me siento como si Mustang ya estuviera cayendo en la oscuridad. Si muere, morirá creyendo una mentira. Me prometo que si sobrevivimos a esto se lo contaré. Se merece al menos eso.
«Conservad la vida. Conservad la vida. Todos vosotros, sobrevivid».
Mustang continúa su camino por el río. Lo seguirá durante kilómetros hasta que llegue al parque cercano a los generadores. La observo alejarse y me revuelvo en busca de algo a lo que aferrarme, de alguien a quien rezar. Mi padre está conmigo, y también Costia. Los siento en los latidos de mi corazón.
Cierro los ojos.
Raven recoge la sonda que había enviado y me dice que todo está despejado, solo hay una niña jugando en el barro por encima de nosotros.
—Luchad los unos por los otros —digo por el intercomunicador a los que continúan a mi lado en el lecho del río—. O por mí.
Activamos nuestras gravibotas y ascendemos deprisa. Salimos a la superficie del río como monstruos entintados, con los caparazones estelares chorreando cuando sobrevolamos la ribera del río, enfangada por la lluvia caída antes de que levantaran los escudos para proteger la ciudad. Debajo de nosotros solo hay una niña marrón y sin armadura que juega con los pies hundidos en el barro hasta los tobillos. La miro desde el interior de mi terrible yelmo negro. Debería estar escondida con su familia, no al aire libre en una ciudad asediada. Algo va mal. Cuando nos ve, coge un pequeño artefacto esférico de una cesta. Los relámpagos iluminan el cielo. Los bajos de su mejor vestido se llenan de barro y se vuelven de un marrón aún más oscuro.
—¡Disparadle! —ruge Raven.
Le aparto la mano y el tiro impacta contra un árbol. Y cuando miro más arriba, sobre la muralla, muy lejos del alcance de la sonda que envió Raven y más allá de los límites del globo de pulsos electromagnéticos que lleva la niña, veo a los caballeros Belona y a su séquito de obsidianos.
Esperando.
La niña pulsa un botón en el globo.
Y entonces comenzamos a morir.
