CUARTA PARTE

ARRUINAR

Cuanto más alta es la subida, más grande es la caída.

KARNUS AU BELONA

40

BARRO

El pulso electromagnético estalla. Suena como el grito ahogado de un niño gigante al que pinchan con una aguja. Nuestros aparatos electrónicos mueren. Nuestras gravibotas chisporrotean. Las sinapsis de los caparazones estelares fallan, lo cual provoca que los ingentes trajes metálicos sientan la atracción de la gravedad. Nos desplomamos. La mayoría cae en el barro de la orilla del río. Yo caigo en el agua. Y me hundo. Cada vez más. Se me taponan los oídos. Bajo y bajo hasta que me incrusto en el barro del lecho. Me golpeo con fuerza. Se me comban las piernas bajo el peso del caparazón estelar. Caigo de espaldas. No veo a mis hombres. Solo he visto formas moviéndose sobre la superficie mientras caía. Ahora estoy a demasiada profundidad para ver nada aparte de que el río va tiñéndose de sangre. De vez en cuando los rayos iluminan las siluetas de los cuerpos que se hunden a toda velocidad. No puedo moverme. El caparazón estelar pesa demasiado. Estoy tumbada como una tortuga, medio atrapada en el cieno del fondo del río. Confundida. El miedo cabalga en mi interior. Todo ha sido muy rápido. Ni siquiera puedo mirar a mi izquierda o a mi derecha para ver quién está conmigo. Mi intercomunicador no funciona. Si no fuera así, probablemente escucharía gritos, maldiciones. Este caparazón estelar me ha traído desde el espacio hasta la tierra. Como una balsa salvavidas, un castillo personal en medio de una guerra. Ahora es mi ataúd.

El corazón se me sale del pecho. Quiero gritar.

Hiperventilo. El pánico se me queda atascado en el pecho, me tensa, hace que me trague el aire a grandes bocanadas, que lo devore como si fuese a darme energía para moverme. «Calma. Calma. Piensa. ¡Piensa!». Dos cuerpos se hunden cerca de mí. Pesados a causa de la armadura, caen deprisa para sumarse a los que ya yacen en el fondo. No hay elegancia en su muerte, derraman sangre mientras bajan. Cuando los asesinos terminen con los que están atrapados en el fango de la orilla, vendrán a por los que estamos aquí abajo. Pero en realidad no es necesario. Bajo el ritmo de mi respiración. El oxígeno que queda en el traje es limitado. El reciclador está desconectado.

Bellamy conocía mi plan. Tiene que haber sido él. ¿O me han traicionado?

No se lo conté a nadie salvo a los Hijos, Raven y Mustang. Ninguno de ellos podría haberme delatado. Bellamy simplemente lo sabía. Ese maldito cabrón. Si pudiera rendirme, lo haría. Salvaría la vida de los que están conmigo. Pero no tengo intercomunicador.

Tiro de mi cuerpo con fuerza, tratando de despegar la espalda del suelo e incorporarme. Pero estoy demasiado embutida en el barro y mi traje está hecho de más de una tonelada de metal. No puedo desprenderme del peso. No puedo quitarme el caparazón estelar. Para eso necesitaría los mecanismos electrónicos. Me impulso con los brazos. Nada. El barro me engulle. Mustang ha escapado. Creo. Espero. ¿Sabrá que estamos aquí abajo?

Busco a Raven, a Ragnar, a mis Aulladores.

Formas oscuras a mi alrededor. Estoy mareada.

«Ralentiza la maldita respiración. Despacio. Piensa». Ni siquiera se molestarán en venir a matarme. Moriré en el fondo del río, mirando hacia la superficie mientras, uno por uno, mis amigos caen para reunirse conmigo. Totalmente sola. Raven. Ragnar. Guijarro. Hierbajo. Payaso.

Están muertos. Muriendo. Viendo lo mismo que yo.

O tal vez tan solo estén en la orilla mientras los Belona caminan entre las armaduras paralizadas matando a voluntad. Quiero llorar de impotencia.

«Para. Haz algo. Muévete».

«Cuanto más alta es la subida, más grande es la caída». La frase resuena en mi memoria.

Esta es la tercera vez que me rebozan en el lodo de la muerte. Aprieto los dientes hasta que siento que el esmalte se cuartea mientras concentro todas mis fuerzas en tratar de mover el brazo derecho. Despacio, muy despacio, comienza un éxodo desde la absorbente presión del barro. Pero es lo único que se libera. No seré capaz de despegar la espalda. Estoy demasiado hundida. Peso demasiado con el caparazón. Entonces lo veo. Cuando el pulso electromagnético explotó, bloqueó las sinapsis eléctricas, y eso quiere decir que el traje se congeló. Pero el filo aún funciona, y ahí está, como una pitón blanca enredada en mi brazo.

«Te salvará la vida a cambio de un miembro».

Esas fueron las palabras que me dijeron cuando, de pequeño, me pusieron un falce en las manos. La salvación es sacrificio. El impulso del filo es químico. Su interruptor reaccionará a mí. Se enderezará. Pero en torno a mi brazo… tengo que darme prisa.

Cojo aire, cierro los ojos y acaricio el botón con el pulgar de los guantes de mi traje. Tengo que ser más rápida que el roce de una llama. Más veloz que una víbora. Aprieto el interruptor.

El filo se tensa al estirarse y atraviesa el metal como un cuchillo rebanaría un bizcocho. Vuelvo a apretar el interruptor. Se detiene cuando ha empezado a seccionar el músculo, pero no el hueso. El terrible dolor que siento en el antebrazo me arranca un chillido. El agua corre por el brazo triturado y refresca la herida ardiente.

Entonces noto el pánico. Agua. Acabo de abrirle mi traje al agua. Idiota. Pronto se llenará.

Ya la siento por dentro, subiéndome por el cuello. En cuestión de minutos, dos o tres, me ahogaré. Con esfuerzo, consigo liberar mi antebrazo ensangrentado del maltrecho caparazón de metal y sacudir el filo distendido para que quede flotando como un tentáculo. Entonces vuelvo a activarlo. Se transforma en un signo de interrogación mortífero y me lo acerco al otro guantelete. Ahora tengo el traje lleno de agua hasta el torso. El aire escasea. Cada inspiración enciende más estrellas detrás de mis ojos. Experimento una sensación de ligereza cada vez mayor a medida que la sangre brota de las heridas de mi brazo. Puedo sobrevivir mucho tiempo aguantando la respiración. Pero he hiperventilado y ahora estoy tragando dióxido de carbono. Consigo liberar mi otra mano del puño de la armadura, desnuda y pálida bajo esta luz extraña y oscura. Suaves nubes de sangre surgen de ella.

Si no me hubieran hecho sondeainfiernos, moriría en el lecho de este río. Así las cosas, me arranco el caparazón estelar y la armadura que llevo debajo. Es mi destreza la que me salva. No puedo mover la cabeza debido al peso del yelmo. No veo dónde corto. Mi piel y el dolor que presenta hacen las veces de ojos. Centímetro a centímetro, me aparto del caparazón estelar.

Centímetro a centímetro, arrastro la hoja mortífera a lo largo de mi cuerpo. Me despojo de mi sangre y del caparazón en el agua. Secciono el exoesqueleto. Soy como una langosta que se escabulle de su carapacho muerto. Con mucho cuidado, me quito el yelmo cortándolo a la altura del cuello. Contengo la respiración y tan solo me hago un rasguño en la garganta.

Un arañazo. Muy cerca de la yugular.

Las piernas son la última parte que libero. Me siento y los fragmentos rotos de mi traje me rasgan la piel, pero saco la pierna derecha del metal seccionado. Estoy viva y herida en el río frío y oscuro. Sin yelmo. Aguantando la respiración con la vista salpicada de manchas que estallan ante mis ojos. Ahora puedo atisbar el sembradío de hombres hundidos que me rodea en el fondo del río. Me acerco nadando al más corpulento y veo los ojos cerrados de Ragnar tras la visera de su yelmo. Las lágrimas brotan de ellos. Tiene los pulmones grandes, pero no puede quedarle mucho oxígeno en ese traje. Puede moverse mejor que yo gracias a su enorme fuerza. Pero ningún hombre con armadura podría nadar en esta agua. No pensaba que fuera capaz de llorar. Y, sin embargo, ahora está sollozando, en silencio. No son lágrimas grandiosas, dramáticas. Son diferentes, serenas. Y cuando abre los ojos, veo algo más en él. Alguna parte latente de su alma se activa. Estaba muerto, se había abandonado a su destino. Y aun así yo estoy aquí, flotando, vestida con prendas tácticas negras y harapientas, ensangrentada, sin duda con aspecto de loca, pero liberada de mi caparazón. Soy su oscura esperanza. Comienzo a cortar a pesar de que mis propios pulmones arden. Lo necesito. No puedo buscar a Raven. No hay tiempo. Y no puedo salir a la superficie para que me maten en cuanto me vean. Trabajo sobre él como un verdadero tallista hasta que puede retorcerse y liberarse de su exoesqueleto. Otros han visto lo que estamos haciendo. Pero no podemos ayudarlos todavía.

Deben aguantar.

Ragnar y yo nos abrimos camino hacia la superficie por la violenta corriente. Con los pulmones famélicos. El cuerpo pálido y tatuado de Ragnar se mueve por el agua con una elegancia que no consigo igualar. No me había fijado en que los obsidianos fueran tan buenos nadadores. Tiene sentido teniendo en cuenta que han nacido cerca de los témpanos de hielo. Estamos cerca de la superficie cuando mi cuerpo derrota a mi mente. A tres metros de la superficie, inhalo agua.

Oscuridad.

Siento el barro entre los dedos. Algo se mueve por mi pecho. Agua. La vomito, la expulso sobre una mano ruda que me cubre la boca para que no haga ruido. No dejo de vomitar entre esos dedos. Luego siento una explosión de placer cuando al fin boqueo para coger aire. Aire precioso. La mano continúa tapándome la boca. Y durante un instante, no hay nada. Solo el orgasmo puro de la vida penetrando en mis pulmones. La intensa avalancha de oxígeno en los órganos vacíos y doloridos. Y de pronto el ruido de la batalla distante crece. Y los gemidos de los hombres. Estamos en un campo de cadáveres. Las torres de la muralla se ciernen sobre nosotros. El río corre rápido a nuestros pies. Apenas han pasado unos minutos desde el pulso electromagnético, pero da la sensación de que el día se haya marchado dejándonos atrás. Ragnar me arrastra hacia el fango entre dos obsidianos muertos. Dos dorados, seis obsidianos y seis grises de los Belona caminan junto a la oscura ribera rematando a los que yacen indefensos en el suelo. Tenemos suerte de que los demás hayan abandonado la matanza para regresar a la lucha de la muralla. Bellamy se los habrá llevado. Eso significa que no sabía que era yo quien estaba aquí, pero sí estaba informado, al menos, del agujero que habían hecho los Hijos. Por mí, se habría quedado. Afortunadamente no llevaba el estandarte que me hicieron Payaso y Hierbajo. Y tampoco les había permitido a ellos que llevaran sus capas de lobo. El lodo es un cementerio. Mis soldados están medio enterrados. Algunos intentan ponerse en pie con la armadura pesada, muerta, pero tan solo consiguen volver a caer sobre el barro o ser derribados por los dorados, que los masacran sin piedad. La mayor parte de ellos permanecen inmóviles. Un campo de escarabajos con armaduras que chorrean sangre. Los grises bromean entre sí mientras se ocupan metódicamente de su tarea. Se recrean en un obsidiano tumbado de espaldas, utilizando bastones eléctricos para agujerear el grueso caparazón estelar y clavarlo en el suelo, como niños que atormentan a un cangrejo varado. Al final lo rematan con las balas perforadoras de armaduras, llamadas excavadoras, que salen de sus rifles. Ragnar me señala el barro. Medio desnudos, los dos nos rebozamos en la sustancia oscura y pegajosa. Refresca las laceraciones de mi cuerpo y oculta los tatuajes del suyo. Hago un gesto en dirección a uno de los yelmos dorados y, por señas, le doy a entender que el oxígeno de nuestros supervivientes se está agotando. Ragnar asiente. Desenvaino el filo de uno de los cadáveres dorados. No sé quién es. Y se lo paso a Ragnar. El arma solo ha visto manos doradas. Ni los pretorianos, ni los obsidianos, ni siquiera los que lucen las insignias de la propia soberana, han tocado un filo desde la Revolución Oscura. Tocarlo conlleva la muerte por inanición. Perder cualquier posibilidad de llegar a Valhalla. Solo hambre, frío y el final. Pero nuestros enemigos tendrán escudos de pulsos. Ninguna otra arma serviría. Ragnar lo deja caer como si estuviera hecho de fuego. Vuelvo a ponérselo entre las manos temblorosas.

—No son dioses.

Como sombras salidas del Estigia, nos deslizamos por el cementerio. Nuestros enemigos no están organizados en partidas de combate. Objetivos fáciles. Avanzo deprisa, a cuatro patas como una especie de araña terrible, y apenas me levanto del suelo para matar a dos obsidianos antes incluso de que se den la vuelta. Ragnar le parte el cuello a otro y parte a un segundo por la mitad; la armadura de placas en retroceso del hombre se desprende de su cuerpo. Ya erguida, esprinto hacia el más alto de los obsidianos, salto y entierro mi hoja en su cuerpo. Aterrizo precariamente sobre mi brazo herido. Ni siquiera siento el dolor. Demasiada adrenalina. Veo que el escuadrón de grises se da la vuelta, así que caigo con el cuerpo del obsidiano y ruedo por el lodo, ocultándome entre las sombras, el barro y los demás cadáveres. Sus rifles de retroceso y sus armas de pulsos me harían pedazos sin mi escudo y mi armadura. Ragnar también ha desaparecido.

No sé dónde está.

El tiempo se nos acaba. ¿Cuánto oxígeno podría quedarles? Los grises que tratan de darnos caza gritan algo acerca de espectrocapas. El obsidiano que queda se une a los dos dorados. Los grises repasan los cadáveres y rematan a los hombres que me quedan para sacarnos a Ragnar y a mí de nuestros escondrijos. Zoe murió así, hundida en el barro. Yo no lo haré. Otra vez no.

Me levanto, no con un grito, no con un aullido. En silencio. Dejo que los grises me vean venir. Soy rápida. Y ya estoy casi encima de ellos cuando abren fuego. Me lanzo contra ellos, regateando, zigzagueando, como un globo que se deshincha. No hay belleza en mis movimientos. Solo un terror frenético. No veo las balas. Solo siento su cercanía. Percibo su calor cuando desgarran el aire junto a mí. Noto el golpe cuando me alcanza el bíceps. El impacto me sacude el cuerpo. La piel se rasga cuando la bala atraviesa carne, tendones, músculos y sale por el otro lado arañando el hueso. Rujo. Me abalanzo sobre ellos; no emiten ni un solo ruido.

Han desaprovechado su ventana.

Seis enemigos caen gracias a las clases de kravat de Charles. Seis hombres y mujeres. Los dorados y el obsidiano vienen a por mí.

Los dorados utilizan sus gravibotas. Ragnar surge de entre el barro y lanza su filo por el aire como si fuera una lanza. El enorme obsidiano cae al suelo al tiempo que Ragnar echa a correr tras los dos dorados recogiendo otro filo del suelo. Me maravillo ante su fuerza. Coge a uno de los dorados por el pie cuando lo tiene encima. El escudo de pulsos lo electrocuta y el dolor lo sacude en oleadas. Pero se limita a rugir, sin soltarlo, y con un grito que no surge de su garganta, sino de su alma, estampa al dorado contra el suelo como si cortara madera. De algún modo se las ingenia para arrancarle la bota. El esbelto dorado rueda por el suelo gritándole «¡Sucio!» a su amigo, que vuelve en su auxilio para que ambos puedan enfrentarse a Ragnar.

Corro a ayudar a Ragnar.

—¡Segadora! —Uno de los dorados hace que su armadura absorba el yelmo para dejar al descubierto el rostro altivo de un Marcado como Único. Seguro de su rango. De su herencia. En su lugar. Su cara es todo alegría. Y después se contrae cuando ve el filo de Ragnar—. Le das la hoja de tus ancestros a una bestia. —Le lanza a Ragnar una mirada furibunda, llena de odio. Luego la desvía hacia el filo, colérico, confundido—. ¿Acaso no tienes honor?

Decido no contestar.

—Conoce a quién te enfrentas, Andrómeda —ruge el dorado de más edad—. Soy Gayo au Carthus, del linaje Carthii. Nosotros construimos las Columnas de Venus. Nosotros fuimos los primeros en navegar los espacios que separaban los confines Interno y Externo y en explotar las minas del Grupo Helsa.

—Esto no es La Ilíada. Ragnar, mata a este imbécil. Necesitamos sus gravibotas.

El dorado escupe.

—¿Mandas a un perro a disputar tu pelea?

¡Soy un hombre! —ruge Ragnar por encima del estruendo de los motores de la nave que nos sobrevuela.

Escupe al hablar, tiene el rostro congestionado de rabia. Se le hinchan las venas del cuello. Aúlla y se precipita contra ellos antes de que yo pueda siquiera levantar la hoja. Recoge el cuerpo del obsidiano caído y lo utiliza para bloquear sus filos. Le da un puñetazo a Gayo. Sin armas. Únicamente su puño. Lo golpea con tanta fuerza en el escudo de pulsos que el hombre cae de espaldas. Entonces mata al otro asestando machetazos a sus defensas con furia demente hasta que lo corta por la mitad. Aparta de una patada la parte superior del cuerpo y comienza a apalear a Gayo, que se hunde en el cieno oscuro mientras Ragnar se adelanta y, con calambres en los músculos por haber tocado el escudo de pulsos, acerca el filo a la garganta del hombre dorado.

Ríndete ante mí y vive —gruñe.

Gayo escupe y se pone de rodillas.

Ríndete ante mí como un hombre se rinde ante otro hombre.

—Nunca. —Los labios de Gayo se curvan con amargura. Pronuncia sus últimas palabras alto y claro, con resentimiento y valor. Con todo lo bueno y todo lo malvado de este extraordinario pueblo—. Soy el legado Único Gayo au Carthus. Soy la suma de la humanidad. Así que no me rindo. Porque un hombre no puede rendirse ante un perro.

Entonces conviértete en polvo.

Ragnar presiona el filo.

Sacamos a nuestros hombres del fondo del río.

Lo más rápido que podemos utilizando las gravibotas robadas, pero no lo suficientemente deprisa. Raven no está muerta, pero casi. La encuentro enterrada boca abajo en la orilla del río.

Escupe y maldice cuando la levanto con la ayuda de Payaso y Guijarro.

—¿Están muertos? —pregunta en voz baja—. Mis Aulladores…

—Demasiados —contesta Payaso débilmente.

—¿Mustang escapó?

Todos me miran.

—Eso creo —contesto—. Pero no puedo contactar con ella por los intercomunicadores. Tenemos que darnos prisa de todos modos. Si está viva y hace estallar los generadores para que nuestros refuerzos puedan tomar tierra, el escudo cae y la soberana tiene una amplia ventana de escape. Ahora mismo, está atrapada.

Raven asiente. La pequeña Guijarro la ayuda a levantarse. Cardo, tan bajita que apenas le llega a Ragnar a la altura de la cintura, lo ve con un filo en la mano mientras lo utiliza para liberar a otro obsidiano de un caparazón estelar inutilizado.

—Suelta eso —le espeta.

Ragnar lo deja caer y me mira con un pánico extraño. Le hago un gesto para que espere.

Después de revisar los trajes de los que cayeron en la orilla, conocemos el número de víctimas, y es tan devastador que Raven se aleja.

Hierbajo está muerto. Culopocho está muerto.

Arpía murió antes de que llegáramos al suelo. Y muchos de los nuevos reclutas están muertos. Solo quedan Cardo, Payaso, Muecas y Guijarro. De los cincuenta obsidianos originales quedan once. Guijarro y Payaso tocan la cara de Hierbajo, con las crestas a juego pegadas a la cabeza mientras la lluvia nos empapa a todos. Guijarro se aferra a su pecho, le golpea el corazón con sus manitas como si eso fuera a devolverle a su amigo. Cardo va a apartarla y Payaso emplea barro para enderezar la cresta de Hierbajo en la muerte.

Raven no puede mirar. Me acerco a ella.

—Estaba equivocada respecto a la guerra —me dice.

—No puedo hacer esto sin ti. —Tras un instante desesperado, pregunto—: ¿Estás conmigo? ¿Raven?

Se aparta y se limpia los mocos embarrándose la cara. Las lágrimas trazan líneas en el fango cuando levanta la vista hacia mí y, con la voz entrecortada como una niña, dice:

—Siempre, Lexa. Siempre.