41
AQUILES
No hay tiempo para llorar las pérdidas. Aunque mi equipo esté diezmado, debemos dividirnos aún más. En el exterior, mi ejército se lanza contra una muralla inexpugnable esperando ayuda del interior. No la han recibido. Mis legados estarán rastreando mi señal, preguntándose si he muerto. Un rumor así podría hacer que perdiéramos la batalla. Envío a Ragnar con el remanente de los obsidianos a abrir una de las puertas de la muralla para mis legados, que nos esperan con miles de grises y obsidianos de reserva.
—No te doy dorados —le digo a Ragnar—. ¿Comprendes lo que significa?
—Sí.
—Esto puede ser un comienzo —le digo en voz baja. Me agacho y recojo un filo tirado sobre el lodo absorbente—. Es el deber de un hombre escoger su propio destino. Elige el tuyo. —Le tiendo el filo.
Ragnar vuelve la cabeza para mirar a los obsidianos. Se les han dañado las armaduras al liberarse de los trajes. Y están cubiertos de barro. Son más pequeños que él. Algunos, ágiles y tranquilos. Otros, enormes e inquietos, ansiosos. Todos tienen los mismos ojos negros y pelo blanco. Se han equipado con las armas que llevaban los grises y obsidianos que he matado. No son suficientes para moverse en esta guerra, y serán de poca utilidad si se topan con dorados.
Ragnar elige. Extiende una mano. Los Aulladores se preparan a mis espaldas, Cardo aún mirándolo diabólicamente.
—Elijo seguirte a ti —dice—. Y elijo liderarlos a ellos.
Le pongo el filo en la mano.
—¡Lexa! —exclama Cardo—. ¿Qué estás haciendo?
—Cállate —le espeta Raven.
—¡No puede hacer algo así! —Cardo se adelanta, airada, e intenta arrancarle el filo de las manos a Ragnar. Él no lo suelta—. Dámelo, esclavo. Dame el filo. —Desenfunda su propia arma—. Dame el filo o te cortaré la mano que lo sujeta.
—Entonces yo te cortaré a ti, Cardo —gruñe Raven.
—¿Raven? —Cardo se vuelve hacia ella, con los ojos abiertos de par en par. Luego me mira a mí, a los demás Aulladores, que permanecen inmóviles, sin tener muy claro lo que acaba de suceder—. ¿Os habéis vuelto locos? Él no tiene ese derecho. Es nuestro. Él no…
—¿Se lo merece? —pregunta Raven—. ¿Quién eres tú para decidirlo?
—¡Soy dorada! —grita—. Payaso, Guijarro…
Guijarro guarda silencio. Payaso ladea la cabeza.
—Lexa, ¿qué es esto?
—Es mi ejército —respondo—. Recordáis el Instituto. Os acordáis de que sangro por los que me siguen. De que no acepto la lealtad de los esclavos. ¿Por qué os sorprende esto ahora? ¿Porque es real?
—Es solo que se trata de un camino peligroso. —Payaso echa un vistazo a la guerra que nos rodea—. Incluso aquí.
—Tienes razón. Lo es.
Me agacho y encuentro otro filo sepultado en el barro. Se lo lanzo a otro de los obsidianos, una mujer de aspecto desagradable que mide aproximadamente la mitad que yo. Ella lo coge como si fuera una serpiente y me mira aterrorizada. Crecen pensando que somos dioses. Si me dieran el martillo de Thor… ¿cómo lo agarraría? Raven camina entre los cadáveres y encuentra varios filos más. Se los lanza a los obsidianos.
—No os cortéis —les dice.
—Cuento con vosotros. Marchaos —les ordeno.
Desaparecen corriendo en la oscuridad creciente hacia la parte interior de la colosal muralla. Me vuelvo para mirar a los Aulladores.
—¿Algún problema?
Todos niegan con la cabeza de inmediato, excepto Cardo.
—¿Cardo? —pregunta Raven.
Payaso le da unos cuantos codazos. Y, a regañadientes, ella repite el gesto de los demás.
—Ningún problema.
Sí lo hay. No me seguirá después de esto. Ya siento a mis amigos dándome la espalda. Y aún no saben ni una mínima parte de la verdad. Pero trataré ese problema otro día. Tenemos que movernos deprisa. Pero solo tenemos un par de gravibotas que funcionen para todos. Se las doy a Raven. Intentamos ver si es capaz de levantarnos como hice yo con los Aulladores en el Olimpo, pero cuando nos montamos sobre ellas, las botas sueltan chispas y destellos. Solo pueden cargar con el peso de Raven. Deben de haberse dañado durante la lucha y el rescate. «Maldita sea».
Así que lo haremos a pie. Y no podemos ir lentos.
Señalo hacia la armadura de placas de retroceso de los que tienen la suerte de conservarla tras las amputaciones de los caparazones estelares.
—Armaduras fuera.
—¿Qué? —protesta Cardo.
—Armaduras. Fuera. Salvo la piel de escarabajo.
—¿Sin armadura contra los pretorianos? —aúlla la chica—. ¿Quieres que muramos todos?
—Tenemos que darnos prisa. Si el escudo cae antes de que lleguemos a la Ciudadela, la soberana se nos escapará. Si no la capturamos, tendrá una oportunidad de reagrupar sus tropas. Se unirá a su Señor de la Ceniza. Convocará a toda la Sociedad y vendrán aquí con diez veces más hombres que nosotros para aplastarnos. Ganaremos la batalla, pero perderemos la guerra.
—Pero si la cogemos… —ruge Raven, que se coloca a mi lado.
—Estamos hablando de la soberana —interviene Payaso—. Tendrá pretorianos, Caballeros Olímpicos…
—¿Y? —inquiere Raven—. Nosotros nos tenemos a nosotros.
—Somos seis. —Payaso se encoge de hombros avergonzado cuando lo miramos con fijeza—. Solo
pensé que alguien tenía que decirlo.
—Tenemos que cubrir quince kilómetros a pie —digo. Ellos asienten—. Yo marco el ritmo. —Entonces intercambian miradas de preocupación y comienzan a quitarse las armaduras—. Si os quedáis rezagados, buscad un lugar donde esconderos.
Un tercio de la gravedad de la Tierra. Cuerpos en muy buena forma. Aun así será duro. Sobre todo con el brazo destrozado por mi propio filo. Raven se pega a mí mientras los Aulladores se desembarazan de la armadura. Oigo su miedo en el tintineo de armas y armaduras manejadas por manos temblorosas, lo veo en el frenesí con que después se frotan barro en la cara para oscurecer sus apariencias.
—Han estado contigo desde el principio, Lexa. —Raven echa un vistazo en torno al parque tormentoso, hacia la lejana Ciudadela y el resplandor de las naves en el cielo—. Ya somos la mitad de los que te sacamos de la Luna. Puede que hayas sustituido a Lincoln por Ragnar, pero a ellos no puedes sustituirlos. Y a mí tampoco.
—Creía que estabas conmigo.
—Soy tu conciencia. Voy pegada a tu culo a todas partes. Así que no seas imbécil.
—Entendido. ¡A mí!
Ya sin armadura, partimos en silencio. Con la única compañía de nuestros filos y pieles de escarabajo. Con escarpes de suela de goma en lugar de gravibotas. Avanzamos junto al río, dejando la muralla a nuestras espaldas. Atravesamos los acres de prados de hierba y bosques que separan la muralla de la ciudad mientras la guerra mecanizada se propaga en la distancia. Los barcos rugen al pasar haciendo que las ramas de los árboles se estremezcan y las hojas caigan. Los transbordadores terrestres titilan a nuestra derecha cuando trasladan soldados al frente. Las explosiones humean a lo lejos. Las nubes consumen el cielo más allá del inmenso escudo que se superpone a la ciudad. Dentro de las nubes también destellan explosiones. Mustang estará acercándose en este preciso instante a los generadores del escudo, si es que está viva. Es un camino complicado, pues recorremos quince kilómetros a toda velocidad. Siento punzadas de dolor en el costado. Mis músculos están hambrientos de oxígeno. Y el brazo derecho me atormenta a causa de la condenada herida de bala del bíceps y de las laceraciones que sangran a lo largo del antebrazo y la muñeca. Me he tomado medio paquete de estimulantes para poder usar el brazo. El dolor no ciega. Centra. Me impide pensar en los muertos.
Cuando llegamos al final de los bosques, no nos detenemos a descansar, sino que continuamos corriendo hacia las calles pavimentadas del distrito comercial atajando entre edificios que se elevan más de un kilómetro hacia el cielo. Atravesamos los distritos inferiores desiertos, el bazar, cuyos pasillos serpenteantes nos guían entre calles peligrosas y paredes llenas de grafitis. De vez en cuando, un marrón, un rosa o un rojo se escabulle de nuestro camino o nos observa tras una ventana en un callejón. Incluso aquí, en el centro de su reino, veo los grafitis de la muerte de Costia. Tiene el pelo en llamas, como los guerreros heridos que cruzan el cielo al otro lado de los escudos transparentes de Agea. Alguien vomita detrás de mí. No se detienen. El hedor de la bilis viaja con nosotros.
Raven regresa volando a nosotros y aterriza a mi lado.
—Hay un pelotón de grises un poco más adelante. Id una manzana hacia el sur y después volved para evitarlos.
Y después vuelve a marcharse. Seguimos sus instrucciones.
De repente se produce un movimiento en el cielo y reducimos nuestro paso al trote para mirar. Guijarro aprovecha la oportunidad para desplomarse sobre la acera con el pecho palpitante. Muy por encima de nuestras cabezas, pero aún debajo del escudo, una horda de lanzaderas transporta a los soldados desde la batalla más pequeña de la muralla meridional, donde lucha Charles, hacia la muralla norte, a la que han ido Ragnar y sus obsidianos. Docenas de lanzaderas llenas de reservas salen de sus muelles en los hangares y de los puertos que salpican las paredes de roca de siete kilómetros de altura del Valles Marineris al este y al oeste. La mayor parte de los barracones están allí, al igual que las fábricas en las que esclavizan a los rojos superiores para que produzcan armamento y bienes de consumo comerciales. Nos escondemos de la nave. Algo ha ocurrido en la muralla septentrional.
Volvemos a arrancar. Guijarro gime. Cardo la levanta, la ayuda a mantener el ritmo. Raven vuelve a sumarse a nosotros al cabo de unos minutos con el brazo izquierdo colgando inmóvil junto al costado. La examino. Ella ignora mi preocupación.
—Ragnar ha abierto las condenadas puertas. —Una sonrisa invade su rostro—. Doce de las de la fachada de la muralla. Nuestros chicos están entrando a raudales. Y… —Se queda ahí callada, sonriendo.
—¿Y qué?
—Y Ragnar ha matado al Caballero del Viento y casi se carga a Bellamy.
—¿A un Olímpico? —se sorprende Payaso.
—Lo partió en dos delante de todo el ejército. Los obsidianos que lo forman se están volviendo locos.
Raven se marcha enseguida y continuamos adelante. Un escuadrón de policías grises nos ataca. Nos ponemos a cubierto mientras sus disparos agujerean las paredes y después nos desviamos por un callejón para evitarlos. Nos quedan cuatro kilómetros para alcanzar nuestro destino. Tosiendo y jadeando, entramos tambaleándonos en los jardines exteriores de la Ciudadela. Nos escondemos entre los árboles como una especie de manada de demonios desgraciados. A través de la escasa arboleda y al otro lado de una alta muralla, se yergue la Ciudadela como una red de chapiteles. No es dorada, sino blanca entreverada de rojo y todavía decorada con las estatuas de leones de Augusto, aunque los estandartes azules y plateados de Belona ondean al viento sobre una veleta con siluetas de leones. Su águila plateada tiene un aspecto muy orgulloso hasta que Raven nos saluda desde la veleta y corta uno de los estandartes. No esperaban que nadie llegara hasta aquí. Además de ser hermosa, la Ciudadela también es una fortaleza. Una en la que no quiero enmarañarme. Iríamos habitación por habitación y, excepto en el caso de que esté totalmente vacía de soldados, nos arrollarían, nos aplastarían contra las carísimas paredes de roble rojo y nos matarían sobre los suelos de mármol. No está protegida por escudos, pero hay toda una red de búnkeres debajo del edificio. Me preocupaba que fuera allí donde escondieran a la soberana. Si estuviera ahí abajo, esto se convertiría en un sitio. Pasarían días hasta que pudiéramos hacerla salir, si es que lo conseguíamos. Así que le doy una vía de escape.
Todo el peso recae sobre las espaldas de Mustang: el escudo debe caer en el momento adecuado.
Sacarla de su escondrijo.
Una muralla decorativa, una pared que normalmente no sería más que un saltito con las gravibotas, nos impide la entrada a los silenciosos terrenos de la Ciudadela. Todo lo que nos rodea es parque. Árboles. Fuentes. Plazas blancas en las que los dorados y los plateados toman el té de la tarde, ahora vacías. Hay demasiado silencio aquí, en el ojo del huracán. Raven desciende para unirse a mí.
—¿Puedes ayudarnos a pasar por encima de la muralla? —pregunto.
—Estas cosas están a punto de quedarse sin energía —masculla—. Intentémoslo.
Nos abrazamos y ella me eleva en el aire, esbozando una mueca de dolor y protegiéndose el brazo izquierdo. Las botas renquean y escupen chispas. En dos ocasiones estamos a punto de caer. Y de pronto estamos encima de la muralla. Raven me posa sobre ella y baja a por el siguiente Aullador. Momentos más tarde, su cabeza asoma por encima de la pared durante un instante, luego desaparece cuando las gravibotas chisporrotean y gimen. Con un último crujido mecánico, las botas ceden y Raven y el Aullador caen al suelo desde diez metros de altura. Un estallido enorme resuena desde el otro lado de la ciudad. El humo asciende a lo lejos.
Mustang lo ha conseguido.
Sobre nosotros, el escudo translúcido que separaba este mundo del mundo de los barcos se apaga. Tiembla y, distorsionando los fuegos de la ciudad y los relámpagos del cielo como un espejo estropeado, se desintegra en una neblina prismática. En realidad, solo una octava parte del escudo se desintegra. Una inundación de agua acumulada se derrama sobre esa sección de la ciudad en grandes cortinas grises.
—¡No ha funcionado! —grita Guijarro desde el otro lado de la muralla.
Pero se equivoca. Uno por uno, los nexos que sustentan el escudo se sobrecargan. Es una reacción en cadena, y finalmente las enormes cortinas de agua de la tormenta caen sobre Agea. Monty, si va ganando, enviará los refuerzos. La ciudad está prácticamente tomada. Y ahora sus guardaespaldas sacarán a la soberana de los búnkeres para escapar del planeta perdido. Pero las plataformas de despegue de las lanzaderas están todavía a dos kilómetros, al otro lado de los terrenos de la Ciudadela. Se suponía que todo esto sería diferente. Debería llevar puesta mi armadura, tener a cien obsidianos detrás de mí y a una docena de mis mejores dorados. En lugar de eso, guío a unos cuantos de mis amigos hacia una picadora de carne. Tengo que cambiar el paradigma, pero no los pondré en peligro. Miro a Raven desde lo alto de la muralla y ella reconoce mi expresión de inmediato.
—No, Lexa —me dice—. ¡Piensa en tu misión! —Me lo está suplicando. Cuando me doy la vuelta, salta y trata de trepar por la muralla—. ¡No lo hagas, Lexa! ¡Espera! ¡Te matarán!
Me dejo caer por el otro lado de la muralla hacia los jardines interiores de la Ciudadela. Los hilos de la vida de algunos hombres son tan fuertes que deshilachan y parten los de aquellos que los rodean. Suficientes amigos han pagado ya por mi guerra. Esto corre de mi cuenta.
—¡LEXA! —El grito de Raven es horrible, desesperada—. ¡DETENTE!
Corro más rápido de lo que lo he hecho en la vida. La soberana no se me escapará. He hecho todo esto para cogerla. Atraparla, romper la Sociedad. Si la capturo, el escenario está preparado. Nos alzaremos. Podemos ganar. Salto por encima de las hileras de setos, rodeo fuentes, atravieso rosales. La sangre me chorrea por el brazo. No siento el cuerpo. Vuelo por encima de la tierra. Falce en mano.
«Ahí».
Doblo una esquina de la Ciudadela. Detrás de un jardín de rosas se extiende un patio blanco manchado de negro por los motores de los yates personales. Cuatro barcos solitarios descansan en una zona de aterrizaje que puede albergar un centenar de ellos. Todas las naves son negras y llevan una luna creciente, inmensa y dorada, en los enormes chasis, pero el más voluminoso de todos, el que tiene los motores más grandes y el casco reforzado, es el de la soberana. Los otros son cebos, casi tan voluminosos, casi tan blindados.
En el aire, son indistinguibles.
No hay duda de que los sensores me han detectado. Unos lurchers grises vienen a por mí. Desde algún barracón oculto han soltado a guardaespaldas obsidianos para que me maten. Solo me cogerán si me detengo. Así que ni siquiera disminuyo el ritmo mientras examino la plataforma de aterrizaje. Varios naranjas se afanan en torno a los barcos negros preparándolos para despegar. Aún no es demasiado tarde. Pero la puerta de la Ciudadela está mucho más cerca de la nave que yo. Salen a toda prisa. No veo a la soberana. Solo distingo capas moradas agitándose bajo el viento y la lluvia. Agachan las cabezas para abrirse paso entre el vendaval, levantan la vista hacia el cielo, donde las estelas de la entrada de la Lluvia de Hierro brillan tras la tormenta y hacen que las nubes oscuras tengan el mismo aspecto que el acero que se calienta lentamente en la forja. Mis Titanes se acercan. Los pretorianos se apresuran y, con la soberana, suben corriendo la larga rampa que lleva al interior de la nave. Atisbo su rostro cuando se introduce en las entrañas del barco. Veo a Indra entre su séquito. Y a Karnus. Y a Titus, ese hijo de puta feo y traidor. Corro más rápido. El agotamiento me entumece las piernas. Me duelen los pulmones. Vierto todo lo que soy en este momento. Mi vida en las minas, las horas de sufrimiento con Ontari, los horrores del Instituto. Dejo que arda en mi interior todo el amor que he ganado y perdido y por el que todavía deseo vivir. La mitad del séquito espera en la pista, se queda atrás para vigilar la nave mientras se encienden las luces y arrancan los motores. Los cebos imitan sus movimientos. Un dorado de los Belona se da la vuelta cuando me acerco. Abre los ojos de par en par y le lanzo un tajo sin parar de correr y al tiempo que emite medio grito. Se vuelven más: mujeres, hombres, guerreros, políticos, dorados y plateados que reconozco de mis días junto a Augusto. Toman conciencia de mi presencia por oleadas. Se supone que el enemigo está a las puertas de la ciudad, no entre ellos, así que se sobresaltan al verme. Y cuando recuperan la compostura, ya he superado sus manos protegidas por armaduras. Esquivo el brazo estirado de un gris que pretende agarrarme y le quito una bolsita de municiones de la cintura. Lanzo un golpe de falce hacia atrás y lo alcanzo de pleno. Gritos. Filos que se desenvainan. Balas, bombas de pulsos que pasan volando junto a mi cabeza. La rampa del barco se retrae cuando la nave comienza a elevarse. Suelto un alarido y salto con todas mis fuerzas. La mano de mi brazo herido agarra el borde de la rampa. Los ojos me palpitan en la cara a causa del esfuerzo y del dolor de los dedos. La nave continúa subiendo. El rugido de los motores me invade por dentro y me empuja el corazón contra las costillas. La rampa sigue cerrándose. Gruño con desesperación y me impulso hacia arriba, incómoda por lo extraño del ángulo, pero posible gracias a la escasa gravedad. Ruedo hacia el interior de la cubierta, me pongo de rodillas y jadeo con el falce apoyado en el suelo. El ruido de los motores se difumina cuando la puerta se cierra y se presuriza. Lo único que oigo es mi respiración entrecortada y el murmullo de la mortífera nave que se escapa.
Levanto la mirada.
