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LA MUERTE DE UN DORADO

Seis pretorianos ataviados con armadura completa me observan. Karnus está con ellos. E Indra. Y el fornido Titus, que abre los ojos como platos cuando me ve. La soberana está de pie ante sus pretorianos, alta, aunque a duras penas les llega a los hombros.

«Maldita sea».

No creía que todavía estuvieran todos en la bodega.

—¿Lexa? —casi gime Titus.

—¿Qué? —Karnus se echa a reír y mira a su alrededor para ver si los demás se dan cuenta del regalo tan ridículo que acaba de caerles en el regazo—. ¿Qué…? Andrómeda, ¿de dónde has salido? Es como si el mismísimo dios Júpiter acabara de cagarte.

Me quedo de rodillas, resollando, chorreando sangre, lluvia, sudor y barro.

—Podemos utilizarla como rehén —dice Titus rápidamente mientras el barco continúa elevándose en el aire.

—No —contesta la soberana—. Nunca se habría pedido rescate por Aquiles, porque al ser capturado, pierde todo lo que lo convierte en Aquiles. —Me mira durante un instante de frialdad. Escupo flemas contra el suelo—. Indra, córtale la cabeza.

Indra se acerca a mí.

—Estúpida cría. Sin amigos. Sin ejército. Sin esperanza.

Suelto una carcajada tenebrosa.

—¿Quién necesita esperanza cuando tiene una granada de pulsos?

Levanto las municiones que le arranqué al gris del cinturón. Retroceden.

—¿Qué quieres, Andrómeda? —pregunta la soberana despacio.

—Demostrar que no eres invencible. Haz aterrizar el barco.

Abby sonríe y habla por el intercomunicador.

—Piloto. Acrobacia.

El piloto ejecuta un tonel volado. Sin gravibotas, pierdo el equilibrio y me estampo primero contra el techo y luego de nuevo contra la cubierta. Se me cae la granada. Mis enemigos permanecen inmóviles en sus posiciones. Indra le da una patada a la granada de pulsos, que cae por la escotilla abierta y explota mucho más abajo. Miro hacia la noche, donde mi plan acaba de desaparecer.

—Orgullo. —Abby sonríe—. Supongo que a todos nos vuelve estúpidos.

Tardo un tiempo en volverme para mirarla, percatándome de lo tonta que he sido al pensar que podría controlar todas las variables. Y ahora he metido la pata.

—No escaparás —digo.

—Sabes que sí. ¿Por qué si no ibas a arriesgarte a colarte en mi barco?

Le hace un gesto con la cabeza a uno de los Caballeros Olímpicos y un gorjeo extraño y agudo se propaga dos veces por el aire antes de remitir. Una espectrocapa. Terriblemente cara para todo un barco. Mis amigos no vendrán a rescatarme.

Abby se vuelve hacia Titus.

—Caballero de la Furia, ¿tienes una nanocámara? —Él asiente y le muestra un anillo—. Graba a Indra matando a la Segadora.

Titus empalidece.

—Deja que lo mate yo —suplica Karnus—. Mi soberana, deja que lo mate por mi familia. Es mi derecho.

—¿Tu derecho? —pregunta ella sorprendida—. Tu familia me ha hecho perder Marte. No tienes derechos.

—Sería mejor que fuera nuestra prisionera —Titus da un paso hacia la soberana—. Deja que hable con ella. Es alumna mía. Quisiste tenerla a tu servicio una vez, Abby. Permite que se retracte y lo haga de nuevo. Demostrará la grandeza de tu poder… que puedes perdonar incluso a una comemierda como esta.

La soberana se vuelve despacio para mirar a Titus, evaluándolo. Y él se da cuenta de que ha cometido un error.

—Espera, Indra. —Sonríe—. Quiero que lo mate Titus.

El hombre se queda boquiabierto. Es una de las primeras veces que lo veo quedarse sin palabras.

—Mata a tu alumna —ordena la soberana—. ¿Acaso no eres leal?

—Claro que soy leal. Ya lo he demostrado.

—Pues demuéstralo otra vez. Tráeme su cabeza.

—Tiene que haber otra forma de…

—Puso a tu hija en tu contra —dice Abby—. Y sabes que no mantengo a mi lado cosas en las que no puedo confiar. Así que mátala.

—Sí, mi señora.

El rostro de Titus se contrae a causa de la concentración. En sus ojos de color bronce hay un extraño remolino de tristeza. ¿Tan horrible es ver morir a su laureada alumna? ¿O es porque soy amiga de Raven? ¿Será preocupación por Raven?

—Raven está viva —le digo—. Ha sobrevivido a la Lluvia.

Mueve la cabeza en señal de agradecimiento y acerca la mano al filo. Y entonces se tambalea hacia un lado, empujado por Karnus. El enorme Belona carga contra mí. Con el odio retorciéndole la boca, los hombros ingentes cubiertos por una armadura que muestra la grandeza de su familia.

Vocifera mi nombre.

Finta hacia arriba y curva el filo en diagonal hacia mí, rápido como una serpiente. Hago una voltereta lateral por el interior de casi todo su trazo y le clavo mi arma en el estómago. Suelto la hoja y lo rodeo mientras cae de rodillas.

—Cuanto más alta es la subida, más grande es la caída —le susurro, y entonces le saco la hoja por la espalda agarrándola por el extremo afilado y le amputo la cabeza.

Un pretoriano corre hacia mí. Le lanzo el filo. Le da en el pecho y se cae al suelo. Recupero mi arma y me aparto caminando de espaldas del resto de los pretorianos.

—Idiotas —farfulla la soberana.

—¿Debería seguir grabando esto? —Titus se rasca la cabeza.

El barco se estremece de nuevo y se balancea con fuerza antes de recuperar la posición. Se me nubla la vista y me tambaleo hasta apoyar una rodilla en el suelo. Pongo una mano en la cubierta. Recupero el equilibrio. Siento la nueva calidez que se derrama por mi espalda y mi estómago. No me arrodillaré. No ante ella. No ante una tirana. Me incorporo, vacilante. Karnus apenas me alcanzó. Pero lo hizo. La sangre mana desde algún punto situado entre mi cuello y mi hombro izquierdo, donde su filo encontró agarre. Me ha atravesado la clavícula. Se me comba el cuerpo.

—Qué cosas. —La gélida mirada de Abby au Lune escudriña la herida de mi cuello—. Imagínate a esta chica moldeada en mi casa, Indra.

Niega con la cabeza y me observa con una absoluta falta de comprensión. Se fija en el resto de mis heridas. En mi sangre. Mi agotamiento. Mi juventud. Y aun así he hecho todo esto. Dos cadáveres a mis pies. Una ciudad tomada por asalto a mis espaldas. Más ciudades asediadas a lo largo y ancho de Marte. Mi flota destruyendo la de los Belona. La Sociedad a punto de fracturarse. No lo entiende y nunca lo entenderá. Pero parece que Titus sí. Tiene los ojos vidriosos. Los puños apretados.

—No podrías moldearme —mascullo.

Solo los rojos podrían. Solo la familia, solo el amor me dio esta fuerza. Pero la fuerza se está desvaneciendo. Entonces es Indra quien se precipita hacia mí. Intercambiamos tres movimientos antes de que me arranque el filo de las manos y me golpee con tanta fuerza en el pecho con su puño que pienso que estoy muerta. Me empotra contra el techo como si fuera una muñeca de trapo. Y cuando acaba, vuelve junto a la soberana y yo gimo y me hundo en el dolor.

—Tráeme su cabeza, Titus —exige la soberana.

Él me mira con impotencia y extiende una mano que casi roza a la soberana.

—Deberíamos grabar su ejecución para la HP. Propaganda. En la horca. Muerte de Estado.

—Titus… —La soberana enarca las cejas y el Caballero retira la mano—. Basta. —Los músculos de su cara se tensan mientras piensa—. La quiero muerta. Sin más variables. Ahora. Clavaremos su cabeza en una pica. Ya grabaremos eso.

Los ojos pequeños y brillantes de Titus se llenan de tristeza. Nacido el más bajo de los dorados, alcanzó la cima gracias tan solo al mérito. Qué hombre. Y pensar que alguna vez lo tomé por débil.

Aquí, al final de todo, sé que ganaremos Marte. Augusto será liberado. La guerra continuará. Los dorados se debilitarán. Y los rojos se rebelarán. Quizá, solo quizá, se alcen y encuentren la libertad. He hecho lo que Ares me pidió. He sembrado el caos. El resto dependerá de otros hombres y mujeres. Costia estaría satisfecha. Sonrío blandamente y noto la debilidad de mis piernas. Estoy cansada. Estoy de rodillas. ¿Cuándo he vuelto a caerme? Me da igual. Qué agradable será descansar en el valle mientras otros llevan a cabo el sueño de Costia. Solo desearía haber visto a Mustang antes del final. Haberle contado lo que soy para que al fin comprendiera.

—Tu chica ha brillado con fuerza. Y se ha consumido rápido —le dice Indra a Titus desde las sombras de mi campo de visión—. Conserva la cabeza. Pero puedes lanzar el cuerpo al suelo, siguiendo la costumbre marciana.

Indra vuelve a abrir la rampa de descenso. El metal gruñe. Siento el viento del valle en la cara. El fresco de la niebla. El olor de la lluvia. Voy a dormir. Pronto me despertaré junto a Costia. Me despertaré en nuestra cama caliente, con la mano enredada en su pelo. Me despertaré para el amor y sabré que en el mundo anterior hice todo lo que pude. Aunque te echaré de menos, Mustang. Más de lo que lo he reconocido hasta ahora.

La niebla y las sombras son mi visión. Durante un instante, el olor a herrumbre me hace pensar que estoy en la mina. ¿Estoy dormida? Oigo botas de metal. Un hombre camina entre la niebla. No puedo verle la cara. Pero algo se agita en mi interior. ¿Padre? No, no es mi padre. Entrecierro los ojos.

—Tío Gustus.

—No, soy Titus, chavala.

Su voz me devuelve violentamente a la bodega del barco. Como un anzuelo de pescar que arrastra seda en una dirección hacia la que no desea ir.

—Ah. Me alegro de que seas tú —digo en voz baja tras encontrar la fuerza necesaria para levantar un poco más mi pesada cabeza y mirarlo a los ojos.

Los tiene llenos de lágrimas. Suelta una risotada. El viento sopla a mis espaldas. No es el valle. Tan solo Marte. No hay niebla. Solo son las nubes. Han bajado la rampa para poder arrojar mi cuerpo por ella. Ya le dije a Charles que yo no estaba destinada a tener el pelo cano. Se me cae la cabeza. Noto el sabor de la sangre en la boca. Tengo náuseas y estoy a punto de desmayarme.

—Dile a Mustang… a Costia… que las amo.

Bostezo con fuerza.

—Maldita imbécil —dice en un murmullo al tiempo que niega con la cabeza—. Lo tenía todo bajo control.

—Yo no… —Parpadeo entre la niebla—. ¿Qué?

—Soy yo —dice—. Siempre he sido yo, chavala.

La niebla desaparece. Levanto la mirada hacia él. Levanto la mirada hacia Ares mientras se pone su yelmo de Caballero de la Furia y dispara un puño de pulsos contra los pretorianos, que salen disparados por los aires. Luego lanza una granada sónica hacia atrás.

—¡Titus! —ruge la soberana—. ¡TRAIDOR!

Una explosión. Algo me golpea el pecho y comienzo a caer. Dando bandazos. ¿Vuelo? Noto frío. Un viento lacerante. Tengo el estómago en la garganta. Doy muchas vueltas. Luego, un brazo rígido bajo el mío. Me elevo. El viento chasquea como un látigo al pasar junto a mis orejas. Pero oigo otro ruido antes de que la oscuridad me devore. Titus —Ares—, el señor de los terroristas del inframundo, aúlla como un lobo mientras me lleva a puerto seguro.