43
EL MAR
Me despierto entre los olores del mar —agua salada, algas marinas— transportados por un fresco viento otoñal. Las gaviotas chillan. Una desciende planeando y se posa en el alféizar de piedra blanca de la ventana abierta. Me mira con la cabeza inclinada y echa a volar hacia el sol de la mañana. Las nubes se mueven a lo lejos siguiendo la línea el horizonte, una promesa de lluvia aun cuando el rocío del alba gotea por la claraboya abierta. Ella se mueve a mi lado. Su cuerpo esbelto está sobre las sábanas, enrollado alrededor de mi forma maltrecha. Está vestida. Yo no llevo camisa. Tengo marcas de injertos cutáneos recientes en el cuerpo. Cosas con brillo, rosas y tiernas al tacto. Mustang cambia de posición una vez más, y su movimiento me devuelve a mi propio cuerpo. Me hace sentir los dolores, el sufrimiento y el consuelo de su cercanía. Dejo que mis párpados se cierren y lanzo un profundo suspiro, concediéndome el lujo de hundirme en los suaves placeres de ser humana. Su aliento contra mi cuello. El latido de otro corazón junto a mis costillas. Su pelo dorado me hace cosquillas en la nariz cuando el viento frío lanza unos mechones sobre mi cara. El aire matutino es joven, vital.
Lo inspiro profundamente y vuelvo a deslizarme hacia el sueño.
Los recuerdos del metal destrozan la paz.
Los gritos resuenan en la oscuridad. Mis amigos mueren.
Abro los ojos de golpe en busca de la luz, desesperada por recordar dónde estoy.
Diciéndome que estoy a salvo. Estoy protegida.
Aquí no hay metal. Solo sábanas de algodón. Una cama. Una chica cálida. Y aun así los recuerdos son tan cercanos. ¿Cómo sobreviví?
Caí desde el cielo con Titus.
«Ares». Una verdad que ha existido siempre, pero que parece tan nueva que ni siquiera puedo asirla. Me desperté con el utensilio de un amarillo en mi pecho, reiniciándome el corazón. Luego volví a despertarme con el escalpelo de un tallista pegado a la piel. La agonía y las náuseas eran mis compañeras de cama. Visiones que vienen y van, como las mareas. Visitas que entran y salen.
Prefiero despertarme como ahora.
Me da miedo volver a cerrar los ojos. Me da miedo lo que veré, ante qué me despertaré. Cuando era una niña roja, compartía mi pequeño catre con Nyko. Todas las mañanas me despertaba antes que él y me quedaba allí tumbada en silencio, escuchando las voces susurradas de mis padres, que se filtraban bajo la endeble puerta cuando comenzaban el día. Oía a mi padre arrastrar los pies. Todos los días lo oía aclararse la garganta después de lavarse la cara para ahuyentar el sueño. Mi madre le hacía café moliendo los terrones que conseguía de los grises a cambio de huevos de víbora o bobinas de seda robadas en la hilandería. Ojalá hubieran sido aquellos los ruidos que me despertaban a la misma hora todas las mañanas. El molido, el olor. Ojalá pudiera decir que así era como mi cuerpo sabía que tenía que regresar del sueño. Pero no era el aroma del café ni del té de mi madre. No era el suspiro matutino del agua que corría por las tuberías ni el crujido artrítico de las escaleras de cuerda cuando los hombres y mujeres del turno de noche del sector de Lico regresaban a casa desde las minas y la hilandería. No era el rumor exhausto de los del turno de día que se dirigían al trabajo.
Lo que me despertaba era el miedo a una puerta que se cerraba.
Cada mañana terminaba del mismo modo.
Primero los platos de arcilla repiqueteaban contra el fregadero de metal. Luego la silla de plástico de mi padre arañaba el suelo de piedra. Ambos se quedaban de pie junto a la puerta, susurrando. Un silencio. Siempre imaginé que era el momento en que compartían un largo beso. Después, al final, llegaba el adiós. La puerta principal se abría chirriando sobre las bisagras oxidadas. Y en el último momento, a pesar de mis plegarias, se cerraba.
Me acerco a Mustang y la beso en la frente.
Con más fuerza de la que pretendía. Se despierta con delicadeza, como un gato que se despereza después de una siesta estival. No abre los ojos, pero esconde la cabeza en mi costado.
—Estás despierta —murmura. Sus pestañas aletean y se endereza con un respingo, alejándose de mí—. Lo siento. Debo de haberme quedado dormida. —Mira hacia la silla en la que había estado sentada—. En la cama.
—No pasa nada. Quédate. Por favor. —Me había olvidado de que se supone que debemos tratarnos con frialdad la uno a la otra—. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
—¿Desde el ataque? Una semana. —Se aparta de la cara los mechones de pelo suelto—. Me alegro de que hayas vuelto con nosotros.
—¿A quién perdimos? —pregunto con cautela.
—¿Perder?
Mueve las manos incómoda y nerviosa mientras enumera las bajas. Después, un prolongado silencio. Los números me aplastan contra la cama. Recuerdo que tengo que respirar.
—¿La soberana…?
—Escapó. Pero no sin una herida fea cortesía de Titus.
—¿Y tu padre? —pregunto.
—¿No lo sabes? —Sonríe con embarazo y suelta un suspiro demasiado relajado para intentar rebajar su propia tensión. Se acerca en la cama, aún con cuidado de no tocarme—. Va a ser aburrido ponerte al día.
—Estoy segura de que sobrevivirás.
—Mi padre está vivo. Cuando los escudos cayeron, varios dorados que ya estaban dentro de la Ciudadela se pusieron al mando de un escuadrón de lurchers para rescatarlo. Resulta que la influencia de mi hermano es enorme. Así que cuando los Caballeros Olímpicos fueron a llevárselo junto a Abby, tuvieron que marcharse con las manos vacías.
»Los canales de la HP llaman a Monty "Nelson reencarnado". Capturó a más del ochenta por ciento de la flota de Belona. —Su tono se ensombrece—. Lo cual quiere decir que, como persona al mando de la batalla, tiene derecho por lo menos al treinta por ciento de los barcos. El resto irá a la Casa de Augusto.
—Y eso significa que, técnicamente, tiene más que yo.
—Las malas lenguas ya se preguntan cuánto durará su lealtad ahora que…
—Ya está el Chacal con sus juegos —la interrumpo con una carcajada.
—No para nunca.
—No creo que Monty se levante en armas contra mí —digo—. ¿Tú sí?
Se encoge de hombros.
—El poder crea oportunidades. Te dije que arreglaras las cosas con él.
—Monty es nuestro aliado. Siempre lo será. Ya lo conoces.
—Ha pasado tanto tiempo aquí como Raven. —Esboza una sonrisa lenta—. Ayer por la noche me quedé aquí dormida. Lo eché antes. Pero no estaría cumpliendo con mi trabajo si fingiera que no es una amenaza potencial para nosotras.
Me fijo en que dice «nosotras».
—¿Tu trabajo? —repito—. Que es…
—Me he autodesignado tu jefa política.
—¿Ah, sí?
—Sí. El juego de la corte puede ser un asunto engañoso, feo. Tú eres demasiado sincera para él. Como un cordero que considera un halago que la inviten a un banquete celebrado por lobos en su honor.
—Y… ¿qué pasa si es de ti de quien necesito que me protejan?
—Bueno. —Enarca la ceja izquierda—. Supongo que en ese caso ya has perdido.
Me echo a reír y pregunto por Raven. Finge mirar a su alrededor.
—¿No está dormida a los pies de la cama? Creo que ha salido con su padre. Yo volví anoche de visitar a Kavax en la órbita, pero Teodora dice que Raven se marchó poco después de cenar con Titus. Creía que odiaba a ese tipo.
—Y lo odia.
—¿Qué ha cambiado?
Me encojo de hombros y me pregunto desde hace cuánto conoce Raven la verdadera identidad de su padre. Me parece que es imposible que estuviera tan ciega como yo. ¿Acaso era ella y no yo la que mentía esta vez para variar?
—¿Y Charles? —inquiero.
—Está con esa arpía, Octavia.
—¿Qué te pasa con Octavia?
—¿Aparte del hecho de que coquetea con todo lo que se mueve? Nada.
—Espera. ¿Coquetea contigo? Cuéntamelo con detalle.
—Cállate. —Mustang me da un cachete. Pero su sonrisa desaparece con la misma velocidad con la que retira la mano—. Charles ha tomado a Octavia bajo su ala. Parece cómodo aliando a su familia con los Julii. La madre de Octavia ha dado su consentimiento al pacto. Tres de las casas más poderosas de Marte unidas bajo mi familia. Un triunvirato contra la soberana. Los gobernadores de los gigantes gaseosos están de camino a Agea para celebrar una cumbre. Y también los reformistas. Tenías razón. Si tomábamos Marte, teníamos una oportunidad contra Abby. Esto ya no es simplemente una batalla. Es una guerra civil. Y no sin sentido, al parecer. Mi padre está hablando de darles una oportunidad a los reformistas en la mesa. Eso… esto significa algo.
Recuerdo mi conversación con Augusto.
—¿Crees en lo que dice?
—Sí, Lexa. —Sonríe esperanzada—. Por primera vez en mucho tiempo, me lo creo de verdad.
Yo no estoy tan segura.
—¿Qué me cuentas de…?
—¿Bellamy? —aventura en voz baja—. Los Telemanus mataron a su padre y él luchó contra Ragnar en la muralla. Se dice que todos sus hermanos y hermanas están muertos. Pero su madre y él están desaparecidos.
Guarda silencio.
—¿Te preocupa que esté muerto?
—Es nuestro enemigo —contesta sin emoción—. Su bienestar no es de mi incumbencia. —Me examina los ojos con detenimiento—. ¿Te preocupa a ti?
—No lo sé. —Lo sopeso.
—Demonios. A veces eres demasiado tierna. ¿También te arrepientes de haberle amputado un brazo?
—Me arrepiento de haber matado a Julian.
—Todos estamos marcados por el pasado. —Se detiene para pensar—. Te olvidas de que yo también tuve que matar a alguien en el Paso. Todos los Marcados como Únicos que has conocido en tu vida, Charles, Raven, Guijarro, Roan, Octavia, Daxo…, todos empezamos ahí. A menudo pienso que hay demasiado de lo que arrepentirse.
¿Está hablando de nosotras? ¿Soy algo de lo que arrepentirse?
—Quiero odiar a Bellamy —digo despacio—. De verdad. Incluso pensar en él hace que me entren ganas de destrozar algo. De romper una ventana. O, preferiblemente, su cara fea y petulante.
—¿Fea? —pregunta con escepticismo.
—Es tan guapo que es feo.
Mustang se ríe de mis palabras.
—Pero es difícil seguir alimentando el odio, ¿verdad? —pregunta.
Asiento. El odio es lo que hizo que la familia de Bellamy se lanzara contra la de Augusto. Mira lo que han conseguido.
—Siento lástima por él. Dondequiera que esté.
—Hace un tiempo te dije que no confiaras en mi hermano —recuerda Mustang, desviando la conversación—. Lo decía en serio. Sé que continuaste tu alianza con él. Sus empresas están haciendo que parezcas una diosa. Pero tiene que terminar. No le debes nada. Sé cordial. Sé educada. No le faltes al respeto en público. Pero no más reuniones. No más promesas. Apártalo de ti. Ya no lo necesitas. Me tienes a mí.
Qué mujer. Me gustaría poder presentársela a mi madre, a Nyko y Leanna. Les gustaría su fuego. Se me forma un nudo lento en la garganta. A Costia también le caería bien.
—No te tengo —replico.
—Lexa…
Algo extraño se retuerce en mi interior. Como un muelle de emociones al que al fin se le permite liberarse.
—Cuando estaba en el fondo del río… supe que no volvería a verte.
Duda, deseosa de tenderme la mano, pero resistiéndose debido a todo lo que hemos dicho antes.
—Sabes que no te he dado permiso para morirte —bromea al final—. De todas maneras, Raven y los Aulladores nunca te perdonarían ni aunque lo intentaras. Ninguno de ellos. Tienes muchos amigos, Lexa. Muchas personas que atravesarían un incendio por ti.
Y muchos que se han quemado. Me estremezco, cojo una gran bocanada de aire y cierro los ojos tratando de evitar que me consuma la culpa. Las lágrimas brotan en silencio y se me escapan por la comisura de los ojos.
—Lexa. No llores —susurra Mustang, que ahora sí me tiende la mano. Se acerca y me abraza—. Todo va bien. Se ha acabado. Estamos a salvo.
Llegan los sollozos, que me sacuden el pecho.
Se equivoca. No ha terminado. Lo único que veo tras mis párpados es un mundo de guerra. No hay otro futuro para mí, para nosotras. Además, ¿cuántas veces han tenido que reconstruirme de nuevo? ¿Cuánto tiempo más aguantarán todos estos parches? ¿Quedará al final alguna pieza mía? No puedo dejar de llorar. Ni siquiera puedo recuperar el aliento. Tengo el corazón desbocado. Las manos temblorosas. Sale todo lo que tenía guardado dentro. Mustang, que apenas pesa la mitad que yo, me abraza con sus brazos delicados hasta que estoy tan exhausta que lo único que puedo hacer es volver a hundirme en la cama. Con el tiempo, mi corazón se ralentiza y encuentra un ritmo que se acompasa con el de ella.
Nos quedamos así sentadas durante lo que debe de ser una hora. Al final me besa en el hombro, en el cuello, detiene sus labios sobre la yugular para notarme el pulso. Pongo mis manos sobre ella para apartarla de mí, pero Mustang las retira y me acaricia la cara con una mano.
—Déjame entrar.
Dejo caer los brazos sobre la cama. Su boca traza un sendero cálido hasta la mía. Allí compartimos el sabor de mis lágrimas cuando su labio superior se desliza entre los míos y su lengua me entibia el interior de la boca. Su mano asciende por mi cuello, rozándome la piel con las uñas, hasta que encuentra asidero en mi pelo enmarañado y tira ligeramente de él. Un escalofrío me recorre el cuerpo.
Todo indicio de resistencia ha desaparecido.
Toda la culpa que me impedía traicionar a Costia con Mustang se pierde entre el caos que reina en mi interior. Toda la culpa que siento por saber que ella es dorada y yo soy roja se esfuma. Yo soy una mujer y ella es la mujer que deseo. La busco con las manos y coloco su cuerpo sobre el mío, acariciándole las largas piernas hasta la altura de la cintura. El hambre contenida durante tanto tiempo se despierta dentro de mí. Me llena de calor, de ansia por ella. Por toda ella. Olvido mi templanza. Olvido mi tristeza. Esto es lo único que necesito. No huiré. Esta vez no. No cuando sé lo cerca que he estado de no volver a verla. Le quito la ropa con una fuerza lenta. Bajo mis manos, la tela es como papel mojado. Su piel es suave, mármol ardiente calentado por el sol. Sus músculos se retuercen y tensan por debajo de ella cuando arquea la espalda. Su cuerpo está hecho para el movimiento, me imita, se enreda alrededor del mío. Le acaricio la parte baja de la espalda con los dedos. Ella se aprieta contra mí, con la respiración vibrante, clavándome a la cama con las caderas. Puede que para ella hayan pasado semanas, pero para mí hace apenas unos minutos, unos segundos, que me arrodillé sobre el frío acero entibiado por mi propia sangre esperando a que unos hombres me cortaran la cabeza. Este es un momento que pensé que no volvería a tener cuando cavé la tumba de Costia con mis propias manos temblorosas. Un momento con una mujer a la que deseo y amo. ¿Y qué maldito sentido tiene sobrevivir en este mundo frío si huyo del único calor que puede ofrecerme?
