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EL POETA
Camino lentamente por el pasillo de piedra en compañía de Mustang. Al otro lado de las ventanas, los guardias vigilan la hacienda. Están aquí tanto para contenernos como para protegernos. Cae una ligera lluvia. El sonido de las risas escapa por una puerta abierta junto al aroma de café y beicon.
—¿Qué quieres decir con que soy incapaz de ser gracioso? —pregunta Monty ofendido.
—Exactamente eso —contesta Daxo con dulzura—. Estoy seguro de que puedes intentarlo, pero eres demasiado… estirado.
—Muy bien, ¿quién fue el primer carpintero?
—¿Es un chiste? —pregunta Daxo.
—Pretende serlo.
—¿Jesús de Nazaret? —aventura Daxo—. Es un chiste histórico, ¿no?
—¿Noé? —prueba Guijarro.
Mustang y yo nos detenemos junto a la puerta, intercambiando sonrisas.
—¿Jesús de Nazaret? —se ríe Monty—. Puedes hacerlo mucho mejor.
—Si hubiera sabido que te ibas a burlar de mí por intentar adivinarlo, no lo habría hecho.
—Lincoln decía que tú eras el listo —interviene Cardo—. Decepcionante, Daxo. Decepcionante.
—Bueno, por comparación, él probablemente… —empieza a decir Payaso antes de que Guijarro le dé un manotazo en la cabeza—. ¡Ay!
—No hables mal de Lincoln —le espeta Guijarro—. Ese grandullón era un encanto.
—¿Es que a nadie le importa la respuesta? —pregunta Monty con otro tono—. Vale. Vale. Lo pillo. Todos pensáis que soy aburrido.
—¡Nos morimos por saberla! —exclama Cardo—. Dínosla.
—¿Quién fue el primer carpintero del mundo? —pregunta otra vez Monty.
—¡No tienes que volver a empezar desde el principio! —protesta Guijarro.
—Bueno, es que funciona mejor así. —Suspira—. Eva.
—¿Eva? —pregunta Daxo.
—Porque… —continúa Monty— porque puso palote a Adán.
Un gruñido colectivo.
—Eso es vergonzoso —dice Guijarro con un suspiro—. Jamás pensé que pudiera echar de menos a Roan.
Entonces, una risotada ululante y aguda brota del pecho de Daxo. Justo igual que Lincoln.
—¡Eva! Eva, dice. Porque puso palote a Adán. Aaah.
Es como si los gigantes tuvieran pequeños elfos ridículos en su interior esperando una oportunidad para salir y destornillarse. Pero hace falta provocarlos mucho.
—Creo que se ha ganado a Daxo —dice Guijarro entre risitas.
—¿Alguien huele eso? —pregunta Payaso.
—A mí me huele a beicon —prueba Daxo.
Se oye un crujido cuando muerde un trozo.
—No —dice Payaso—. Huele a loca suicida recién levantada de entre los muertos tras conquistar un planeta y abandonar a sus amigos para dejar que la cortaran en pedazos sanguinolentos como un puñetero estúpido.
Daxo husmea.
—Es un olor peculiar.
—Oh, Lexa querida —me llama Payaso—, ¿estás acechando tras la puerta?
Mustang me empuja torpemente.
—¡Nos estabas escuchando a escondidas, florecilla! —Daxo se pone en pie y me da un abrazo sorprendentemente delicado—. Me alegro de verte, amiga.
Me saludan uno por uno. Más abrazos de los que jamás hubiera recibido de los dorados. El de Monty es mecánico. Un gesto superficial. Todavía hay cosas que arreglar. Me atiborro en el desayuno mientras mis amigos parlotean. Pasamos el día en la hacienda, matando el tiempo con juegos y conversaciones. Hacía tanto tiempo que no disfrutaba de cualquiera de esas cosas que casi me había olvidado de cómo era no hacer nada. Mustang tiene que besarme en la oreja y decirme tres veces que me relaje antes de que lo asuma de verdad. Estamos en la biblioteca escuchando música cuando ve a Monty por la ventana, en el jardín. Me da un codazo.
—Ve.
Encuentro a Monty observando a una pareja de ciervos que se alimenta de un comedero colocado bajo un viejo olmo. No se da la vuelta para mirarme cuando me acerco a él furtivamente. Huele a hierba recién cortada. El mar está en algún punto al otro lado de la colina.
—Tiene sentido que fuera aquí donde se crio Mustang —digo—. Es salvaje y tranquilo a un tiempo.
—Se suponía que mi casa estaba en la ciudad —dice Monty—. Aunque me escabullía al campo con mis tutores siempre que madre estaba fuera. Y eso ocurría a menudo. Ella parecía pensar que aquí fuera no había nada que mereciera la pena. Que los negocios de las ciudades eran más importantes que esto. Pero esta es la razón por la que luchamos, ¿no es así?
—¿Por la tierra? —pregunto.
—Por la paz, cualquiera que sea la forma en que la encontremos. —Se vuelve hacia mí—. ¿No es esa la razón por la que luchas tú?
—Algunos de nosotros no nacimos con paz —respondo al tiempo que señalo los ciervos y la tierra—. Yo no tuve esta infancia. Cualquier cosa que tenga ahora o en el futuro debo ganármela. Pero tienes razón. Es por lo que lucho, para poder tener esto para mí y para la gente que me importa.
Me estudia con atención.
—Me parece razonable.
—Quiero pedirte disculpas, Monty.
—¿Otra vez?
—Desde la Academia, te he mantenido alejado de mí. No debería haberlo hecho. No cuando tú siempre has sido tan bueno conmigo.
No me mira a los ojos.
—No me importaba que siempre girara todo en torno a ti, Lexa. Eso era lo que molestaba a Roan, pero a mí no. Yo no estoy enamorado de ti como Mustang. Yo no te venero como Raven o los Aulladores. Yo era un amigo de verdad. Era alguien que veía tus luces y tus sombras y aceptaba ambas cosas sin juzgarte, sin pretensiones. ¿Y qué me hiciste tú? Me utilizaste del mismo modo que un hombre usa un caballo. Soy mejor que eso. Harper era mejor que eso.
—¿Eres mejor que esta amistad? —pregunto en voz baja, temerosa de la respuesta.
—Creo que soy mejor que tú —contesta. Doy un paso atrás, herida. Él observa al ciervo que mordisquea el grano del comedero—. Me he sentado junto a la cabecera de la cama de tres amigos este año. Harper, Roan y tú. En todas esas ocasiones he sabido que me habría cambiado gustosamente por cualquiera de los tres. ¿Desearías tú lo mismo?
—Daría mi vida por recuperarlos —digo sabiendo que es una mentira.
Por mucho que quiera a estos dorados, tengo responsabilidades más importantes. Hasta que esto termine, mi vida no me pertenece. Desvía la mirada del ciervo para clavarla en mí, con los ojos cálidos, tristes y cargados de mucho más peso del que deberían haber soportado nunca. Es diferente a mí, a Bellamy. Lo llamábamos hermano, y era un mejor hermano de lo que cualquiera de los dos merecíamos.
—¿Te has preguntado alguna vez por qué me pusieron en la Casa de Marte? No doy el perfil. La mayoría me habrían metido en Apolo o Juno.
—Harper siempre llevó la competición en las venas. Pero tú… Sí, me lo he preguntado.
—Lexa. —Me vuelvo y veo a Raven vestida de uniforme detrás de nosotros—. Es urgente.
—Ahora no, Raven.
—Segadora, no estoy de coña —asegura.
Miro de nuevo a Monty.
—Ve —dice, y se encamina hacia el ciervo sacándose unas bayas del bolsillo.
—Monty —lo llamo con tono de súplica.
—Las amistades tardan minutos en formarse, momentos en romperse y años en recuperarse —dice volviendo la cabeza por encima del hombro para mirarme—. Pronto volveremos a hablar.
Lo observo mientras se aleja y siento que una pequeña esperanza prende en mi interior. Me doy la vuelta hacia Raven y le doy una palmada en la espalda.
—Me alegro de verte, Raven. Siento lo de…
—Vete a la mierda. Yo no soy una zorra llorica como el poeta. Es Ares. Han capturado a tus amigos, la roja, la rosa y el violeta.
—¿Quién los ha cogido?
—¿Quién crees que ha sido? El Chacal.
