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REGALOS
Mi barco aterriza en la nevada del amanecer de Ática, una ciudad montañosa del sur que se extiende sobre siete cumbres. Los edificios irregulares de acero y cristal rematan los picos como coronas de espinas heladas, ahora rociadas de polvo fresco. El sol rojo de la mañana se alza sobre la cordillera por el este. Las siete cimas están unidas por puentes, y los distritos menores de la ciudad se derraman en torno a las raíces de las montañas. Mi nave los sobrevuela. Labra caminos derretidos entre la nieve con sus paletas naranjas palpitantes. Pronto, los vehículos terrestres de los colores medios fluirán por las avenidas. Y las naves de los colores superiores transportarán a los dorados y los plateados a sus despachos de los picos de las montañas. Remota y famosa por sus bancos, Ática es una magnífica sede de poder. Ahora pertenece al Chacal. Bajo la estrecha vigilancia de los alas ligeras, aterrizo en una plataforma rodeada de pinos. Varios lurchers esperan provistos de equipamiento táctico blanco. Junto a ellos, una dorada solitaria. Octavia me envuelve en un abrazo, con los hombros totalmente cubiertos de pieles. Sus pendientes de jade tintinean con la brisa mientras los grises inspeccionan el exterior de mi barco.
—Octavia —digo mientras la aparto para poder mirarla.
Ella esboza una sonrisa diabólica y me da un beso en la mejilla. Al hacerlo, aprovecha para pellizcarme el culo. Doy un respingo, sorprendida. Ella se ríe con ganas.
—Solo quería asegurarme de que todas las piezas estaban en su sitio. Nos tenías preocupados, querida. Monty me mantuvo informada mientras estuve con Charles.
—Negociando otra alianza, por lo que tengo entendido.
—¿Quién lo habría pensado? Octavia au Julii, la pacificadora.
Los grises me notifican que tienen órdenes de registrar mi nave.
—Ragnar —llamo. El hombre sale del interior del barco; casi dobla en tamaño al más corpulento de los grises—. Deja que los ratones registren la nave. Están buscando…
El gris le lanza una mirada a Ragnar y traga saliva con dificultad.
—Bombas, domina.
Octavia me acompaña hasta la nueva casa del Chacal: una ciudadela fortificada en lo alto del pico más elevado de Ática. La ciudad se extiende a nuestros pies, mucho más abajo. El camino que lleva desde la plataforma de aterrizaje hasta la ciudadela está rodeado de árboles.
—Finn se hizo con este sitio en cuanto el último barco de los Belona se retiró. Vino con mil lurchers y desalojó a los dueños, aliados de los Belona. Se quedó con todo lo que tenían. Vació sus cuentas bancarias. Un robo total. Pero eso es la guerra. —Hace un gesto con la cabeza en dirección al oeste—. Hay unas laderas magníficas a solo unos pasos. Nos tomaremos unos cuantos días cuando todo esto se calme. Tráete a Clarke, yo ya me encontraré a un hombre. —Casi de mi estatura, me mira de reojo—. Esquías, ¿verdad?
Suelto una carcajada.
—Nunca he tenido tiempo para eso.
Encontramos al Chacal en su salón. Las paredes y el suelo son de cristal. Bajo el suelo revolotea un
fuego que se eleva en columnas junto a la ventana. Varias sillas minimalistas de acero y cuero descansan sobre alfombras de piel. El Chacal está inclinado sobre un holodispositivo, hablando deprisa con alguien. Nos hace un gesto para que tomemos asiento. En el holo, atisbo a Ontari en una habitación oscura, rodeada de grises. Uno está agachado sobre ella, haciendo algo con algún aparato que no distingo muy bien. Nos sentamos junto a las llamas, pero me invade un frío que ningún fuego podría disipar. El Chacal termina y le entrega una tira de datos a Sun-hwa antes de que esta se marche. Se une a nosotros masajeándose la nuca.
—Hay tantas partes móviles… —Hace una mueca de dolor—. Demonios, solo organizar los cargamentos de víveres requiere un centenar de cobres. Y esos mierdecillas odiosos se pasan todo el día discutiendo si un barco debería o no debería llevar granola o muesli en la bodega. Que lleve las dos cosas es una opción. ¡Las dos! ¿De verdad es tan difícil? Es como si disfrutaran con las hojas de cálculo y el trabajo improductivo. Para volverse loco.
—No dejo de repetirle que debería delegar de una forma más eficiente —señala Octavia.
O sea que ellos también han estado hablando.
Me he quedado atrás.
—Odio delegar —replica el Chacal. Se rasca la cabeza—. Al menos en cuanto a los números y los detalles. Vosotras dos podéis conquistar todos los condenados planetas que queráis. Pero dejadme a mí la burocracia, por favor.
—Muy amable por tu parte —digo entre risas—. Mantenme alejado de las órdenes de requerimiento de comida. —Me echo hacia delante—. He oído que la flota estará lista para partir hacia el Núcleo dentro de dos semanas. Por cierto, tu casa nueva es maravillosa.
—Me gusta —suspira—. Mi padre está muy enfadado por que me la haya quedado yo, claro. Quería regalársela a uno de los gobernadores de los gigantes gaseosos.
—Yo creo que te la has ganado —comento—. Esto y mucho más.
—Exacto. —El Chacal hace un gesto de cansancio con su mano solitaria—. Venía aquí de pequeño a esquiar con mi madre. Siempre miraba hacia aquí arriba y decía que sería mía. Mi padre decía que no puedes conseguir todo lo que quieres.
—Y tú le preguntabas «¿Por qué no?» —interviene Octavia.
Resulta obvio que ya ha escuchado la historia.
—¿Por qué no? —El Chacal repite las palabras con cariño—. Así que si mi padre quiere recuperarla, tendrá que rellenar él mismo sus órdenes de compra de alimentos.
Todos sabemos que no son esas órdenes lo que consume su tiempo. No exclusivamente. Acepto una taza de té que me ofrece una rosa. Ante mí despliegan un pequeño surtido de desayuno. Llevo siete horas de retraso respecto a esta franja horaria, pero no puedo dejar traslucir lo nervioso que estoy. El Chacal me observa clavarle el tenedor a un melón. ¿Quién sabe lo que piensa tras esos sucios ojos dorados?
—Así que curada y recuperada a tiempo para la gran batalla, Lexa.
—Recuperándome —puntualizo—. Y no gracias a tus medios de comunicación. La HP muestra que todos dicen que me he vuelto inmortal desde que Karnus me abrió en canal.
—Todo forma parte del juego, buena mujer. ¡Percepción, engaño, medios de comunicación! —Se da una palmada en el muslo, aunque sus ojos no comparten la jovialidad—. Di la palabra mágica y haré pública tu mejorada vitalidad. Programaremos una rueda de prensa. Te pondremos una armadura. Mis violetas te están haciendo una como es debido. Han estado conspirando con los verdes para crearte una maravilla de la forma y la tecnología.
—Sabes que odio las cámaras.
—Eh, deja de quejarte. Son la razón por la que contamos con la mitad de nuestros aliados. Y por la que la soberana se tambalea como una araña en el hielo. Su coalición está… estresada.
—Entonces lo haremos hoy —contesto. Miro por la ventana y recuerdo las palabras de Monty—. Quería un momento de paz, pero… —Me imitan y observan también la nieve que cae y la ciudad distante—. Supongo que todavía tenemos que ganárnoslo. Lo cual me lleva al motivo por el que he convocado esta reunión.
—Reconozco que tengo curiosidad —comenta el Chacal.
—Se muere por saberlo —lo corrige Octavia.
Le hago un gesto a Ragnar, que entró en la habitación siguiéndonos a Octavia y a mí. Da un paso al frente con dos cajas sacadas de mi barco.
—Quería haceros unos regalos. Nuestra alianza ha tenido un… comienzo interesante. Pero quiero que ambos sepáis lo comprometida que estoy no solo con ella, sino también con cada uno de vosotros. Espero que lo toméis como un símbolo de mi confianza.
—Confía siempre en un Sucio que lleva regalos. —Octavia ríe mirando a Ragnar—. Demonios, largo de aquí. Eres como un árbol que tapa la luz, Ragnar.
—Ragnar, espera fuera —digo.
El Chacal ni siquiera mira a Ragnar. El poderío físico lo hastía. Octavia chasquea los dedos para volver a llamar mi atención y después desenvuelve su caja. Encuentra una botellita de cristal que hice que Teodora les encargara a los tallistas del Lincoln antes del asedio a Marte.
—Petricor —digo mientras abre la botella.
La habitación se llena del olor a tierra antes de la lluvia. Me da las gracias poniéndome una mano llena de cicatrices sobre el antebrazo mientras con la otra se lleva la botella al pecho.
—Nadie se acuerda de ese tipo de cosas. Gracias, Lexa.
Permanece sentada durante un instante antes de levantarse rápidamente y darme un beso en los labios. Habría preferido la mejilla.
—Me toca. —El Chacal desenvuelve su caja con su única mano. Desgarra el papel con una sonrisa en la cara. Abre la caja de cuero que encuentra debajo y guarda silencio durante un largo instante—. Lexa, no tenías que…
Lo interrumpe una aguda alarma que comienza a chillar desde las paredes. Una lurcher gris irrumpe en la habitación empuñando su arma. La acompañan otros cuatro.
—Dominus, tenemos una brecha en el nivel inferior. Debemos acompañarte a una sala más segura.
—¿Quién? —pregunta con voz áspera.
Octavia y yo desenvainamos los filos. La gris está a punto de contestar cuando una risa arisca y creciente reemplaza en los altavoces el sonido de las alarmas. Retumba en la sala aun cuando se va la luz. Corremos hacia la puerta. Una pequeña araña de metal tintinea contra la ventana. El cristal se derrite. Pierdo la vista y el oído. Sustituidos por un plañido ululante y agudo. Me tambaleo, aturdida por el fogonazo de la granada. Unas sombras oscuras entran volando en la habitación. Parpadeo y atisbo máscaras de cacodemonios. Ojos rojos y brillantes en rostros terribles. Los Hijos han venido. Disparan a los grises y nos tiran al suelo a patadas. Ragnar irrumpe en la habitación desde el pasillo y recibe tres impactos de aturdido en el pecho. Cae al suelo como un árbol talado. Uno de los intrusos enmascarados se agacha junto al Chacal. Cuando recupero el oído, descubro que le está pidiendo a gritos la contraseña del ordenador central de las instalaciones. Le mete el aturdidor en la boca al Chacal hasta que este cede.
—Vaya un dorado —ruge una voz distorsionada.
Sé que, tras la máscara, nada le produciría mayor placer a Raven que apretar el gatillo, y durante un instante creo que lo va a hacer. Pero me espera como se supone que tiene que hacer. Justo en ese momento, me levanto con torpeza, tratando de librarme de los efectos de la granada, y me hago con una de las armas de los intrusos. Yo les disparo. Ellos me disparan. Todos fallamos a propósito. Y entonces desaparecen saltando de nuevo por la ventana. Los grises yacen muertos en el suelo. Octavia sangra por una herida superficial de la cabeza y se pone de pie. El Chacal intenta levantarse a pesar de que la nariz le chorrea sangre. Sin decir ni una palabra, intentamos abrir las puertas de la habitación. Están bloqueadas. Los Hijos han tomado el control del ordenador central. El Chacal apoya la cabeza contra la puerta. Luego la levanta y la estampa contra el metal una y otra y otra vez hasta que la cara se le llena de sangre. Tengo que apartarlo antes de que se abra el cráneo. Suelta una risotada oscura antes de estremecerse.
—Dos veces —dice con desprecio—. Me han violado dos veces. —Un escalofrío bestial le recorre el cuerpo—. Los estaba destrozando. Otro día. Tal vez dos, y se habrían derrumbado.
—¿A quiénes? —pregunta Octavia.
No contesta. Repito la pregunta.
—¿A quiénes, Finn? ¿Quiénes eran esos?
—Terroristas. Han venido a por los Hijos prisioneros —contesta con impaciencia—. Una era la zorra rosa que intentó matarnos en la Luna, Lexa. Al final resulta que no fue Plinio. Fueron los Hijos. Otra era una de las manos derechas de Ares. La llaman Ontari. Y había un violeta con ellos. Les estaba haciendo un ejército de soldados tallados.
—¿Tienes prisioneros de los Hijos de Ares aquí? ¿Cuándo ibas a decírnoslo? —ruge Octavia, que se levanta tras tomarle el pulso a un gris muerto.
—No iba a hacerlo. No hasta que descubriera quién es Ares.
—¿Qué más nos ocultas? —pregunto—. Somos socios. —Vuelvo una mesa de una patada—. ¿Para qué demonios me tienes a mí si no es para protegerte de cosas como estas?
—Culpa mía —reconoce—. Culpa mía. —Se traga la sangre que tiene en la boca y se dirige hacia el marco vacío de la ventana agarrándome del hombro al pasar. El viento entra aullando en la habitación—. Sí me has protegido. Una vez más. Gracias.
Frunzo el ceño y me enfurruño como una buena actriz.
—Es imposible que hayan sido unos rojos —aseguro enfadada—. Es imposible que hayan sido los Hijos. Los Hijos nunca habrían hecho algo así, no habrían podido. A mí no. Ni a Ragnar. —Ayudo al Sucio a levantarse del suelo—. Estaban demasiado organizados. Tenían gravibotas.
—Los subestimas, amiga —dice el Chacal—. Ellos también son capaces de apretar un gatillo. Y lo habrían apretado con sus armas pegadas a nuestras cabezas si no se lo hubieras impedido.
—¿Cómo demonios han conseguido burlar tu seguridad? —pregunta Octavia—. ¿Había dispositivos de rastreo? ¿Inhibidores de señales? ¿Signaturas de gravibotas?
—No lo sé —contesta el Chacal.
Porque los Hijos se agarraron al casco de mi nave cubiertos con espectrocapas, como pequeños percebes.
—¿Quién más ha entrado o salido? —pregunto.
Mira a su alrededor como esperaba que lo hiciera. A través de un intercomunicador situado en su escritorio, habla con sus hombres. Al cabo de un momento, alza de nuevo la vista hacia nosotros.
—Sun-hwa —susurra—. Sus hombres están muertos y ella se ha esfumado. También sobrevivió al último ataque. —Después se echa a reír—. Me ha traicionado.
Y cuando vea el dinero transferido a las cuentas de Sun-hwa, descubrirá todas las pruebas corroborativas que necesita para culpar a su jefa de seguridad. Lo único es que Sun-hwa está, tan fiel como un perro y tan muerta como una piedra, en la bodega de carga de la nave que ahora se aleja de la ciudadela de invierno del Chacal con Titus, Raven y mis amigos exprisioneros a bordo. Me acerco al Chacal mientras Octavia trata de abrir la puerta de nuevo. Juntos, contemplamos el barco que desaparece tras las montañas. Y le digo con una voz grave y amenazadora:
—Mataremos a esas ratas, juntos. Te lo prometo. A todas ellas.
—Después de la soberana —repone dándome unas palmaditas en la espalda—. Después de la soberana.
