Henry bostezó por tercera vez en la hora, acostándose en la mesa mientras que su amigo seguía leyendo como si el mundo se fuera a acabar en cinco minutos. Ya habían terminado la tarea y Abraxas había insistido en estudiar porque el profesora Pussett les había hecho un examen sorpresa a los de sexto grado.

Avery se encontraba dormido al lado del menor del grupo, seguido por Mulciber y Lestrange, quienes discutían con el rubio acerca de pociones, haciendo que Henry se preguntara porqué carajos habían ido a estudiar Curación si, al final, terminarían discutiendo de cualquier cosa menos del supuesto examen.

Suspiró y miró a Tom, quien tenía un libro de transformaciones avanzadas en su mano, su pequeño Tom había empezado a tener más perros falderos desde que había maldecido a McQuaid después de que éste había querido herirlo desde sus espaldas.

McQuaid había cambiado mucho con él desde que descubrió que se juntaba con un "sangre sucia", no le importaba mucho, a decir verdad, pero antes solía ir a visitar a sus padres y jugar quidditch con él cuando estaban aburridos. Bufó, para luego sonreír al ver a su amigo, quien frunció el ceño tras leer algo.

—Tom —susurró acercándose más a él y recargando su cabeza en su brazo, el cual estaba descansando en la mesa.

El mayor captó la señal y empezó a acariciar la cabeza de Henry de forma distraída, pero sus compañeros se dieron cuenta de eso, sonriendo cuando vieron la forma de molestar al menor de ellos.

—Henry, pareces un gato en celo —comentó Eryx con burla.

—Calla, Mulciber —siseó el ojiverde cerrando sus ojos para disfrutar de las caricias de Tom.

—Cierto, es más como un perrito —siguió Lestrange.

Tom los miró levantando una ceja, ya les iba decir unas cuantas palabras por molestar a su chico cuando éste decidió bostezar.

—Tom, ¿verdad que soy buen perro? —preguntó abriendo sus ojitos más de la cuenta, como un cachorro cuando su amo lo va a regañar.

—Claro que sí, Henry —contestó ocultando su curiosidad, no iba a negar que, como todo buen perro, Henry era demasiado leal como para aprenderlo de un humano.

—¿Y me das permiso de morderlos?

—Todo lo que tú quieras, querido —restó importancia mirando como los contrarios se ponían tensos.

—Hey, que era broma —comentó Archilles levantando sus manos al ver cómo el menor sacaba su varita y les apuntaba con ésta.

—Hechizar no es lo mismo que morder —se quejó Mulciber.

—¿Quieres comprobar esa teoría? —cuestionó Henry. Eryx, viendo la mirada que le daba su amigo y, captando que debía callarse, comentó:

—Si no nos haces daño te daremos unos premios.

Henry jugueteó con su varita, dándole tiempo para que hablara.

—Una suculenta tarta de melaza —completó Lestrange—, por cada uno.

El menor miró a Tom, quien se encogió de hombros y siguió con su lectura. Henry guardó su varita soltando otro bufido de aburrimiento.

—Iré a la Enfermería —comentó levantándose de su lugar.

—¿Te duele algo? —preguntó rápidamente Tom, bajando un poco su libro para mirar a su amigo— Puedo acompañarte o...

—Me siento bien, Miss Dramas — interrumpió el menor complacido ante la preocupación del mayor—. Iré a ver a tu víctima. —se encogió de hombros, acercándose a la mejilla del ojiazul y dándole un pequeño beso— Nos vemos en la cena.

Tom miró a Henry irse de la Biblioteca con el ceño fruncido, ¿por qué le importaba ese estúpido? Al menor sólo debía interesarse en él y estar a su lado. Un pequeño burbujeo surgió en su estómago antes de que se convirtiera en ácido. Henry nunca se alejaría de él, pero eso no quiere decir que no lo alejarían.

—¿Y quién está en la Enfermería? —preguntó Avery soltando un bostezo poco discreto mientras se sentaba bien.

—Andrew McQuaid —contestó Abraxas encogiéndose de hombro

—Uh, Riddle, ya te están quitando al chico —se burló el adormilado dando otro bostezo—. A McQuaid siempre le ha gustado Henry, se le ha notado desde que éramos pequeño e íbamos a jugar a su cas... ¿Riddle?

El nombrado simplemente se levantó y empezó a caminar a la salida con paso tranquilo, pero con pensamientos asesinos.

—Quiero mis cosas en mi habitación, Avery —ordenó en un siseo mientras que el ojicafé asentía con temor.

—A ti te gusta ver sangre correr, ¿cierto? —acusó Eryx.

—Oh, vamos, a ustedes también les gusta —se defendió sonriendo—. Debemos admitir que a ellos ya les falta un poco de acción.


La risa se escuchaba desde la entrada de la Enfermería, bueno, Tom la podía oír porque era la misma risa que ha estado escuchando ya varios años de su vida. La oiría aún con el ruido de una bomba nuclear al lado, porque la belleza siempre llama la atención de la gente y Henry tenía la risa más maravillosa que podía existir en el mundo.

Risa que no estaba dirigida a él.

El ácido empezó a burbujear cuando vio al ojiverde sentado en una silla, dando la espalda a la puerta, mientras que McQuaid decía alguna tontería que hacía reír a su pequeño.

Se acercó dispuesto a asesinar a esa sabandija.

—Pero te lo digo en serio, —el cambio de humor hizo que Tom detuviera su paso. La risa ya no se escuchaba y el rostro de Andrew se contrajo en miedo y fastidio— no me haré responsable cuando ocurra algo de nuevo, ¿entendido?

—Sigo sin entender porqué sigues al lado de ese sangre sucia —comentó antes de que soltara un quejido de dolor. Tom pudo notar que Henry le apretaba con fuerza la pierna, la cual había recibido una quemadura grave después de su pelea—. No vas a cambiar mi opinión, Henry.

—No pienso cambiar nada —siseó con frialdad, esa hermosa frialdad que a Tom le causaban ganas de besar a su chico por todos lados. Sí, todos—, sólo te estoy advirtiendo, McQuaid. Cuando te metas con Tom de nuevo, recuerda que él no está solo.

—Curiosa la lealtad que le tienes —comentó con desinterés, mirando a otro lado tratando de no ver al menor.

En ese momento, los ojos cafés del joven y los azules del mejor estudiante de Hogwarts se encontraron. Tom sonrió de lado, casi retándolo a hacer algo que lo pondría en peligro inminente. Andrew sonrió casi de la misma forma, aunque, bueno, la de él parecía más como un tic.

—Claro, es mi mejor amigo —defendió Henry levantándose de su silla. Tom pudo notar cómo Henry parecía querer comerse las últimas dos palabras.

Dio unos pasos hacia atrás, lo suficiente para quedar fuera de la Enfermería sin dejar de oír.

—¿Y yo ya no lo soy?

—Lo dejaste de ser el día que retaste a Tom frente a la Sala Común cuando estaba en primer año —contestó con severidad, antes de sonreír con tranquilidad—. Espero que nos hayamos entendido. Te dejaré solo, muchas veces uno necesita tiempo para sí mismo.

—Ya no me sorprende tanto que no hayas quedado en Hufflepuff, Henry.

El menor lo miró y sonrió.

—Por supuesto, nadie que sea capaz de eliminar del mapa a todo aquel que le quiera hacer daño a mi Tom debería quedar en esa casa —respondió encogiéndose de hombros—. Y ya no me digas por mi nombre, ya no somos amigos, McQuaid.

El nombrado sólo se hundió en su asiento tras esas palabras. Henry salió del lugar sólo para toparse con un Tom Riddle recargado en la pared con una sonrisa complacida en el rostro.

—¿"Mi Tom"?

—¿Te atreves a decir lo contrario?

Los dos se miraron. Tom levantó su mano y acarició la mejilla del contrario, amando la suavidad que ésta poseía, aunque amaba todo de Henry Sant-Sayre, y eso era algo que no planeaba negar.

—Soy tan tuyo como tú mío —declaró sonriendo.

—Entonces eres total y completamente mío, Tom Riddle.

El nombrado sonrió y se inclinó para darle un pequeño beso en los suaves labios del contrario. Henry correspondió con cariño, nunca se cansaría de eso. Nunca se cansaría de Tom.