Si algo podía apostar, era que su paciencia no era la misma que en su vida pasada. Henry Sant-Sayre tal vez hubiera aguantado a los niños que pasaban conjurando mal un hechizo -o tal vez no y por eso eligió enseñar Runas, pero no pensaría en eso-, pero Harry Potter estaba a unos segundos de mandar a volar a todos los que se encontraban en la Sala de los Menesteres.
Se sentó en la silla y tapó sus ojos.
—Tranquilo, Harry —se murmuró a sí mismo—. Hay personas que nacieron estúpidas, no es malo, es una discapacidad inevitable. Debes ser comprensible —susurraba para luego suspirar y levantar su mirada.
Los jóvenes se encontraban lanzándose uno que otro hechizo, haciendo un ligero duelo con sólo los hechizos que habían aprendido hasta ahora.
Harry no podía dar fe a la escasa creatividad que tenían sus compañeros al usar un hechizo.
Los que iban ganando se habían hecho bolita en la otra esquina de la habitación, viendo a los que seguían luchando. Daba mérito a eso, mínimo prestar atención a otras batallas les ayudaría a mejorar.
Sintió a alguien sentarse a su lado, llamando su atención lo suficientemente para dar un pequeño vistazo y regresar su mirada al duelo. Draco Malfoy se había hecho una constante en sus días, a veces compartían momentos de lectura, otros simplemente de silencio, otros tantos debatían sobre algo, pero, lo que más podía rescatar, era la creciente comodidad que comenzaba a sentir a su lado.
Sentía que podía expresarse como realmente era. El niño sabía de su cambio de bando, de su posición al lado de Voldemort y de sus papeles en esta guerra. Draco sabía más que todas las personas dentro de esa habitación, y no le hacía sentir ni una pizca de desconfianza.
Miró bien a la persona a su lado y sonrió. Un niño inocente arrastrado por su padre a una guerra segura, eso era Draco Malfoy... Y, aún con eso, Harry sólo podía encontrar admiración del joven que se estaba convirtiendo. Un chico valiente, pero astuto, dispuesto a todo por sus seres queridos, inteligente y firme.
—¿Por qué me miras tanto? —siseó Draco levantando una ceja. El chico se parecía mucho a Abraxas, aunque su antiguo amigo era un poco más serio— ¿Admirando mi belleza?
—Admirando tus cualidades —corrigió dándole una sonrisa antes de regresar la mirada a la única pareja que se encontraba en duelo hasta esos momentos—, y también las pocas diferencias que tienes con tu abuelo.
—¿Mi abuelo? —a estas alturas, Draco ya no estaba mirando a sus compañeros, sino sólo a Harry, quien parecía una persona diferente a lo que había sido antes— ¿Cuál de los dos? De todas maneras, ¿cómo sabrías algo de mi...?
—Abraxas siempre siguió los ideales de Tom con mucho gusto —susurró interrumpiendo al rubio, quien sólo lo miró confundido—. Tom creció gracias a personas como tu abuelo. Abraxas, Avery, Mulciber... siempre habían estado con él, dispuestos a hacer cumplir los ideales que compartían, hasta que se convirtieron en adultos. Tom se convirtió en el maravilloso Señor Oscuro que es y ellos se convirtieron en sus primeros mortífagos, los más cercanos y confiables...
—Falta uno —susurró Draco mirando de vuelta al frente—. Mi abuelo me contaba sobre Henry Sant-Sayre, parecía estar encantado con esa persona. Me contaba sobre las misiones que cumplían juntos, el cómo era la única persona en poder calmar al Lord. Hablaba de él como si fuera el amante del Señor Oscuro —dijo eso para luego reírse en voz baja—. Raro, ¿no?
Harry sólo sonrió.
—Henry Sant-Sayre fue el mejor amigo, novio y, posteriormente, esposo del Lord —informó, ganando otra mirada sorprendida de Draco—. Su cómplice desde que eran niños, su primer amigo y la persona que más fe ciega le tenía...
—¿Cómo sabes tanto? —cuestionó— ¿Quién eres? De un momento a otro cambiaste, te dejaste de juntar con le comadreja y la sabelotodo, empezaste a ser el primero en las clases. Llamaste al profesor Snape por su nombre.
—Hay varias cosas que sólo pocos comprendemos —aseguró antes de levantarse—. Por ahora estás demostrando ser digno de confianza, pero no te lo dejaré fácil. Sólo sigue así.
Y se dirigió al centro del salón justo cuando Hermione y Fred se lanzaron un hechizo que causó el desarme de los dos, marcando ese último duelo como un empate.
Por otro lado, Draco había notado todas las diferencias que habían entre ese nuevo Harry Potter y el chico de hace un año y medio atrás. No lograba comprender qué es lo que había pasado, pero luego comenzó lo más raro. Las visitas a la mansión del Lord implicaban días de ver a Potter leyendo o hasta sentado en las piernas de su Señor. Había sido el único que podía debatirle algo en medio de una junta sin que Lord Voldemort se enojara, al contrario, pareciera como si su opinión fuera la más preciada de todas.
Y luego la cercanía que tuvo con su padrino. Draco siempre analizó la mirada de su maestro de Pociones cada vez que mencionaban algo de Henry Sant-Sayre... aunque comentar sobre éste había sido un tabú desde hace mucho, mas los mortífagos veteranos no podían dejar de mencionarlo como un ejemplo.
Más adelante, su padrino le confesó haber visto una figura paterna en ese hombre tan misterioso al que todos mencionaban con admiración. Cada vez que su maestro mencionaba algo del (ahora reconocido) amante del Lord, sus ojos parecían cambiar, dando un poco más de calidez, pero luego se regalando dolor.
Draco no sabía mucho de la historia del Lord o de los mortífagos, pero siempre había escuchado cosas maravillosas de Henry. Desde su padre, su padrino y hasta de los veteranos. Draco sólo pudo tener un gran respeto por una persona que nunca había conocido y que, por alguna razón, pensaba cada vez que miraba al renovado Harry Potter.
Amable y considerado. Las palabras antes dicha por algunos mortífagos llegaron a su mente cuando miró a Harry ayudar a Neville Longbottom con unos hechizos que se le dificultaban.
Tranquilo y pacífico. Recordó todas la veces que estuvieron en un silencio cómodo en la oficina de su padrino.
Valiente y determinado. Las veces que había escuchado cómo Harry se interponía entre el peligro y alguna otra persona frente a éste.
Alegre y brillante. Eran las únicas dos palabras que les podría poner un pretexto. Harry siempre se había visto solo y oscuro, pero cuando estaba con el Señor Oscuro... Draco debía admitir que la habitación se iluminaba cuando Harry Potter y Lord Voldemort estaban dentro de ésta, cosa que se debía a la sonrisa -una que nunca había visto- que desprendían los labios del Gryffindor.
Sí, habían cosas que no comprendía, pero era difícil no interesarse cuando gritaban "misterio" por todo el lugar.
—Ni te sientes. —Harry miró a Severus, quien lo volteó a ver— El director te mandó a llamar.
El menor bufó, suponía que debía estar agradecido de que el director interrumpiera una de sus supuestas sesiones de castigo con el profesor que más "odiaba", pero realmente estaba interrumpiendo una de las cosas más relajantes de todo Hogwarts.
—¿Para qué?
—No me dijo —informó suspirando—, pero apuesto que es algo relacionado con Voldemort y... Harry, después de que termines con él, debo informarte sobre algo.
Ese tono ya no era uno con el que dirigieras a un amigo, era más uno que usaba para hablarle a un superior. Harry frunció el ceño. Severus no le quería hablar sobre lo bonito que había estado el día, sino era un informe que, estaba seguro, todavía no le daba a su Tom.
Asintió.
—Nos vemos en un momento, entonces.
Salió de la oficina de Severus para dirigirse hacia la del Director... ¿El viejo no pudo ser más consciente? ¿Por qué esperar hasta que bajara a las mazmorras para decirle que debía subir hasta su oficina? Como ya es viejo, piensa que los jóvenes no se cansan, lo más seguro. Sonrió. Puede que el anciano sea poderoso, pero la edad ya le estaba afectando en varias cosas.
Tardó en subir, no se iba a apurar para ver al director, al contrario, debía canalizar todas su ganas de matar al anciano y guardarlas en lo más profundo de su ser. Necesitaba tomar toda su paciencia para eso.
Dijo la contraseña a la gárgola y subió para luego tocar la puerta de la oficina. Escuchó un suave "pase" y, soltando un suspiro, entró al lugar.
—Harry, mi muchacho, lamento tener que hablarte a tales horas, pero no encontraba un mejor tiempo para hacerlo —saludó el mayor indicando que se sentara frente al escritorio.
Por más que le pesara seguir las órdenes de ese asesino con cara amigable, Harry tomó asiento en el lugar antes dicho, tomando nota rápida del pensadero que se encontraba en la esquina de la habitación.
—Buenas noches, Director —saludó sonriendo, tratando de ser lo más normal posible.
—Primero que nada, me gustaría saber cómo estás, mi muchacho —informó acariciando a Fawkes, el pobre fénix que debía soportarlo—. Los profesores me han comentado que han notado cambios en ti, más atento en clases, tus tareas han tenido una significativa mejora... También han mencionado lo inusualmente callado y alejado que te encuentras de tus amigos.
—Nada fuera de lo común, supongo—comentó encogiéndose de hombros—. Este tiempo sin contacto con el mundo mágico me hizo darme cuenta de lo especial que la magia es en mi vida, quise dedicarle más tiempo al estudio y, bueno, podría haber compartido más tiempo en la Biblioteca con Herms de no ser por la profesora Umbridge.
—Oh, sí, ella —murmuró con decepción.
Harry pudo notar el desprecio adornado de respeto que Dumbledore usaba hacia esa persona, podía apostar que su presencia no era nada bienvenida en el castillo.
»Bueno, Harry, principalmente te cité aquí para unas pequeñas clases de historia, si así podremos llamarlas —comentó sonriendo.
Odiaba esa sonrisa. Sabía que Henry Sant-Sayre era más el que hablaba que el mismo Harry Potter, ya que Harry ha tenido mejores momentos con el Director que el antiguo Slytherin, pero eso no quiere decir que los recuerdos no golpearan su cabeza.
Desvió su mirada hacia el escritorio, no podía dejar que viera los recuerdos que pasaban en ese momento por su mente o que notara una barrera mental tan fuerte cuando se supone que nunca la había practicado.
—¿De qué tema son las clases, Director? —cuestionó alejando los pensamientos.
Sangre, hechizos, un portal.
—De Lord Voldemort y su pasado, querido —declaró el mayor.
Los gritos de Tom, el dolor en su pecho, las contracciones en su vientre.
Harry cerró los ojos para tranquilizarse, cosa que logró en cuestión de segundos, pero, aún con eso, lograba sentir el vacío en su estómago. El dolor sordo que sintió cuando su magia no pudo lograr hacer algo por su niño.
Aún sentía la perdida de su hijo.
Abrió la puerta sin sus acostumbrados toques. No podía pensar en otra cosa que no fuera lo que la información significaba y de los sentimientos que estar con el Director le invadían.
—¿Harry? —la pregunta parecía lejana. El nombrado ignoró a Severus para entrar a los aposentos de éste, quitar el hechizo de ocultamiento en la puerta de la habitación y entrar a la verdadera recamara del mayor.
Recorrió rápidamente el lugar para llegar al baño personal de su profesor y soltar todo lo que había cenado. Severus lo siguió por atrás, invocando unas cuantas pociones para acercarse a él y acariciarle la espalda.
No podía. Ya no quería seguir así, no quería estar en Hogwarts, no quería seguir fingiendo. Quería ir directo con su novio y besarle, abrazarle, llorar entre sus brazos.
Un vial se colocó en sus labios y Harry sólo pudo tomar de él segundos después de haber olido la poción. Una poción tranquilizante. Después de eso, llegó otro vial. Ahora una poción para el mareo y las náuseas.
No sabía porqué había decidido ir a las habitaciones de su antiguo discípulo, pero Harry sólo pudo pensar en el profesor cuando surgió la idea urgente de estar en un lugar seguro.
Se recargó en la pared y tomo aire.
»¿Te sientes mejor? —cuestionó Severus.
—Gracias —murmuró después de asentir.
—¿Qué es lo que pasó?
—Dumbledore sabe porqué Tom no ha muerto —respondió sin dar muchas vueltas—... pero eso no fue lo que me puso así.
Severus levantó una ceja.
—Lo de los horrocrux te lo puedes ahorrar, el Director ya me lo comentó. —Harry abrió su boca para pedirle que no lo divulgara, pero Severus, como muchas de las ocasiones, se adelantó— No pienso decírselo a todo el mundo, no te preocupes.
Harry suspiró y se sentó en el suelo del baño, mirando a su profesor con una sonrisa.
—Desde que te vi la primera vez practicando pociones supe que ibas a ser un recluta ejemplar, Severus —informó palmeando a su lado. El mayor le hizo caso y, segundos después, ya se encontraba sentado en el suelo—. Cuando te veía crecer sólo hacías que mi orgullo creciera. No podía dejar de pensar en cómo tu padre no podría estar orgulloso de ti... —suspiró, abrazó sus piernas y recargó su mejilla en sus rodillas— Hasta que yo empecé a considerarte mi propio hijo. Quería que, si algún día tenía uno, fuera tan inteligente y astuto como tú, quise que te mirara como un hermano mayor, tan orgulloso como yo lo estaba.
Sus ojos se empezaban a llenar de lágrimas. Harry sabía que no podría detenerlas, así que simplemente siguió.
»Los magos podemos embarazarnos de forma natural si el cariño que sienten por su pareja es ridículamente excesivo y, también, si su pareja corresponde de igual medida esos sentimientos. Son deseos y sentimientos encontrados que mueven tu propia magia... —escondió su rostro entre sus piernas, ahora dejando su frente en sus rodillas— Sin pensarlo, un día me empezaron a dar náuseas, luego comencé a vomitar, tenía un apetito horrible, hasta se me antojaban cosas que no me gustaban...
—¿Estabas...?
—Me embaracé —interrumpió la pregunta con la respuesta, haciendo que Severus recargara su cabeza en la pared y mirara al techo—. Cuando vi que Tom pondría en peligro a Lucius, no pude dejar de pensar en lo que haría su hijo sin un padre. Pensé en mi hijo, pensé en qué sería de nosotros tras la pérdida de Tom. Yo... sin pude.
Las lágrimas no se detenían, pero sus ojos parecían estar desconectados con su cuerpo. No había sollozo, no habían temblores, sólo recuerdos convertidos en lágrimas.
—Sí había notado los cambios —murmuró Severus—. El Lord te protegía más de lo normal, habías dejado de usar ropas apretadas, pedías comidas... comidas muy raras, —Harry soltó una pequeña risa tras eso— también te habías juntado más con las esposas embarazadas de otros mortífagos. Supuse que era raro, pero siempre pensé que eras una persona lo suficiente extraña y amable como para hacer todas esas cosas.
Severus miró a Harry y, como si eso fuera una llamada, la mirada verde salió de su escondite y se enfrentó a los ojos negros. El mayor no supo qué hacer, Henry Sant-Sayre siempre había sido fuerte ante él, una persona de hierro, pero, al mismo tiempo, con un corazón tan dulce que se cuestionaba si era normal, ahora... Ahora podía ver todo lo que tuvo que soportar, y le dolió.
Apretó la mandíbula.
Ese chico había dado todo por él antes de que Harry Potter naciera y, ahora, era el turno de Severus devolverle el favor... Eso y que, ahora que veía a su antiguo maestro convertido en un niño, quería protegerlo con toda su alma.
Severus podría dar su vida para que Henry volviera a tener la suya.
—Debo decirle algo —dijo el pelinegro suspirando.
