LENA
El resto de septiembre pasó sin pena ni gloria. No me había vuelto a meter en problemas, de modo que mis entrenamientos con el equipo de quidditch seguían como de costumbre, con Anne exprimiéndonos hasta el agotamiento. Ben me seguía ayudando con la preparación para los EXTASIS y Collette, bueno, después de unos días también había dedicado parte de su tiempo libre en practicar transformaciones conmigo. Los tres sabíamos que Louper me había recibido en su clase más por intervención de la profesora Sprout que por gusto propio, así que debía ponerme al nivel de todos los demás con la mayor brevedad posible.
—¡Mira que sí podías! —había exclamado Collette, cuando por fin pude convertir la maldita tetera en tortuga sin que le salieran chorros de té hirviente por la boca.
Una noche de octubre, tras un entrenamiento de quidditch especialmente agotador, me dirigía al pasillo de las cocinas, con la esperanza de entrar cuanto antes a mi sala común. Tenía un ensayo pendiente sobre las propiedades mágicas del perejil en el tratamiento del sarpullido por las babas del mono ortiga y no mucho tiempo para hacerlo. Caminaba a grandes zancadas, dejando un rastro de agua sucia que goteaba de la túnica amarillo canario, rogando a Dios no encontrarme con Filch por el camino. Doblé una esquina para estrellarme con fuerza contra el pecho de alguien vestido de negro. Me tambaleé, dejando caer mi Nimbus 2002 y casi cayendo yo también; sin embargo, una fuerte mano me estabilizó, justo antes de que una voz profunda y llena de fastidió me hablase.
—Fíjate, Heron —siseó Snape soltándome como si le quemara el hecho de tocarme.
—Lo siento, señor —me apresuré a decir alejándome un par de pasos de él.
Noté su molesta mirada, pareciéndome que exageraba por solo un pequeño choque, hasta que vi el manchurrón de lodo que le había dejado en el frente de la túnica. Mierda, pensé asustada; si tenía suerte solo me gritaría hasta cansarse.
—¿Crees que me gusta ir lleno de barro por el castillo, Heron? —su voz afilada me hizo retroceder un par de pasos más.
—No, señor —dije —. Lo siento.
—¿Lo sientes? —refunfuñó acercándose a mí y poniendo su narizota cerca de mi rostro. A punto estuve de retroceder nuevamente, pero me contuve haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad. Sus labios eran finos, de un tono rojizo que resaltaba en la pálida piel de su rostro.
—Sí, señor. Lo siento —repetí. ¿Qué hacía viendo los labios de Snape?
—Agradece que estoy de buen humor, Heron —dijo dedicándome una macabra sonrisa —. O de lo contrario te castigaría todo el mes.
Se alejó nuevamente y emprendió camino en dirección contraria a la mía a pasos ligeros. Observé como su negra túnica desaparecía en una esquina con un ligero ondeo. ¿Por qué estaría de buen humor? Pensé, arqueando una ceja con suspicacia. Desde que lo conocía, a ese hombre nada parecía hacerlo feliz.
—Si eso es estar de buen humor —dije en voz baja —. De todas formas, ¿qué hacía en este lugar, señor murciélago?
Sacudí la cabeza apartando a Snape de mis pensamientos y, recogiendo la escoba, retomé mi camino hasta encontrar los tan conocidos barriles que daban acceso a mi sala común. Toqué la familiar tonada de Helga Hufflepuff y entré a mi casa con la esperanza de bañarme y dormir como una marmota. Al demonio el ensayo. Bien podía terminarlo al día siguiente.
—¿Qué hay? —dije al reparar en la presencia de Ben y Collette junto a la chimenea.
—Hola —dijo Ben levantando el pergamino en el que acababa de garabatear algo y mirándolo con detenimiento.
—¿Cómo te fue? —preguntó Collette dejando sobre las piernas el libro que estaba leyendo.
—Bien —dije agachándome para quitarme las botas del uniforme de quidditch. No quería dejar rastros de barro por toda la sala común —. Mucho lodo, poca visibilidad, lo de siempre.
—¿Te enteraste? —dijo Ben abandonando el pergamino sobre un pequeño montón de libros en una mesa frente a él.
—¿Del qué? —me puse de pie con las botas en una mano.
Ben y Collette intercambiaron una mirada sombría.
—¿y…? —los apremié.
—Snape adelantó el trabajo sobre el sarpullido—dijo Collette con una mueca de disgusto —. Lo quiere para mañana. Eso mandó decir con el súper prefecto Pope.
El alma se me vino a los pies. No había ni comenzado a hacer el maldito trabajo; había estado entrenando con el equipo toda la semana. Con razón estaba tan feliz el narigón idiota: iba a reprobar a la mayor parte del curso. Que mil demonios le picaran el pálido trasero al muy maldito.
—Oh, no —dije con un suspiro —. Tendré que pasar la noche en vela.
—Puedo prestarte el mío, si quieres —dijo Collette.
—Sí. Puedes hacerlo con el de ambos —dijo Ben, quien sólo ofrecía sus deberes cuando en realidad era urgente.
—Gracias, chicos —sonreí —. Iré a ducharme y vuelvo enseguida.
Ben y Collette me acompañaron un rato antes de irse a dormir. Tano, mi gato gordo y amarillo, me miraba con sus azules ojos aburridos desde una butaca, como diciéndome: "date prisa, inútil, que quiero ir a dormir". Pensaba que no iba a terminar el maldito trabajo hasta que comenzara diciembre. ¿De dónde acá el perejil servía para algo más que como aderezo? Para cuando acabé el maldito trabajo, pasaban las cuatro de la mañana, así que me arrastré escalones arriba a mi dormitorio y me dejé caer sobre la cama sin cerrar las cortinas. Tano se acomodó a mi lado ronroneando y ambos caímos en las profundidades del sueño.
—¡Huy, pero que fea estás! —exclamó Ben cuando me encontré con él y Collette en la sala común en la mañana.
—¡Benjamin! —lo regañó Collette.
Sonreí justo antes de dejar escapar un bostezo. Ben permanecía sentado frente a la chimenea con el libro de defensa contra las artes oscuras abierto sobre sus piernas; y Collette acariciaba a Tano detrás de las orejas, con una expresión reprobadora hacia Ben.
—¿Qué? —saltó Ben —. Parece un inferí.
—A ella se le quita durmiendo, colorado.
Ben abrió la boca para replicar, pero Tano lo interrumpió abandonando a Collette y saltando a sus piernas, acomodándose en el libro abierto para después comenzar a lamerse su amarillo pelaje.
—Tengo hambre —dije conteniendo la risa por la expresión de Ben —¿Vamos o qué?
Caminé a la salida de la sala común, abriendo el pasadizo y esperando a los chicos. Ben bajó a Tano haciendo un gesto de enfado al ver las patas del gato marcadas en las hojas del libro.
—Ay, pero que bonito—se burló Collette poniéndose en pie de un salto y yendo a la salida también —. ¿Vienes, don prefecto?
—Ja, ja —gruñó Ben, levantándose también y siguiéndonos con la mochila en el hombro y el libro protegido bajo su brazo. Por el rabillo del ojo pude verlo acomodándose mejor la insignia de prefecto.
Nos dirigimos al gran comedor, con Ben repitiendo en voz baja los pasos para retirar la baba del mono ortiga. Collette lo miraba con una extraña expresión, que iba desde la diversión hasta pasar por el horror. Sonreí ante las ocurrencias de mis amigos, antes de soltar un nuevo bostezo.
Cuando llegamos a la mesa de Hufflepuff, el gran comedor rebosaba de su bullicio habitual. Todos los estudiantes conversaban animadamente, rodeados de una enorme cantidad de platillos para el desayuno. Ben se sirvió un gran plato de salchichas y tocino, alegando sentirse terriblemente hambriento cuando Collette miró su plato un tanto escandalizada.
—Es mi impresión o Snape está más huraño que de costumbre —dije poniendo un poco de leche en mis hojuelas de avena.
Los chicos miraron en dirección a la mesa de profesores, fijándose en Snape, quien en ese momento tenía la mandíbula rígida y una expresión de "planeo asesinar a todo el mundo" en el rostro. Paseé mi mirada por los demás maestros, comprendiendo que en realidad nadie se veía feliz: unos se veían acongojados y otros mantenían una expresión ausente. La directora permanecía impasible, observando a todo el gran comedor como esperando a que todo el mundo terminase de comer.
—¿Qué habrá pasado? —preguntó Collette, fijándose también en todo el personal docente.
—No parece bueno —respondí.
—Feburo fe mudio adfien —dijo Ben con la boca llena de tostadas.
Collette hizo un gesto de asco y lo ignoró olímpicamente, dirigiéndose solo a mí.
—Quizás —corroboró, aunque no supe si estaba de acuerdo con mi argumento o con el de Ben —. Por la cara de Snape, parece personal.
Me llevé una cucharada de hojuelas a la boca y mastiqué lentamente, con los ojos fijos en el profesor de cabello negro. Un vacío se apoderó de mis tripas cuando sus ojos negros se encontraron con los míos durante unos cuantos segundos. Una gota de leche se escapó de mi boca, escurriéndose por mi barbilla, al olvidar que después de masticar se traga. Aparté mi mirada, roja como un tomate, limpiándome con una servilleta y tragando con dificultad.
—Sí, seguro —dije en respuesta al comentario de Collette.
El resto del desayuno, transcurrió en silencio, al menos por mi parte. A Collette se le habían olvidado los malos modales de Ben, y ahora conversaba con él animadamente. Yo me limité a masticar mecánicamente mi cereal, sintiendo todavía la cara ardiendo: sólo a mí se me ocurría dejar que la comida escapara de mi boca frente al profesor Snape.
Cuando un alumno de Ravenclaw hizo ademanes de levantarse, la profesora McGonagall se puso en pie, cortando con un carraspeo el avance del chico. El muchacho volvió a sentarse, con los colores incluso más subidos que los míos.
—Me gustaría pedirles que cuando terminen su desayuno, por favor permanezcan en sus asientos hasta que todo el mundo haya terminado —dijo la directora paseando sus ojos sobre todo el alumnado —. Tengo algo muy importante que comunicarles.
Un murmullo de inquietud se extendió por todo el gran comedor. Ya nadie parecía interesado en terminar su desayuno, sólo se preguntaban qué era tan importante como para no poder retirarse. Ben y Collette se animaron aún más, intercambiando teorías con algunos alumnos que estaban sentados cerca de ellos. Alcancé a escuchar algo que me pareció en extremo ridículo, una teoría acerca de que quizás Hagrid por fin podría criar dragones. Bufé, exasperada, y me dediqué a vaciar mi vaso de todo rastro de jugo de naranja. No bien hube acabado de dejar mi vaso sobre la mesa, cuando todo rastro de comida fue borrado mágicamente de los platos y charolas.
—Muchas gracias por su paciencia —dijo McGonagall poniéndose en pie nuevamente.
Todos los rostros se giraron hacia ella. Ni un alma se atrevió a decir una sola sílaba, a la espera de la noticia que la directora tenía que dar.
—Es para mí un deber informarles de un lamentable suceso —dijo posando sus ojos sobre la mesa de Slytherin.
Esta vez, las miradas fueron a parar a la mesa de las serpientes. Los muchachos de esa casa se tensaron, mirándose entre ellos, preguntándose con los ojos qué habrían hecho esta vez. Poco después McGonagall desvió su mirada a la mesa de Hufflepuff, haciendo que los Slytherin se relajaran un poco; las serpientes se acabaron de tranquilizar cuando la directora hizo lo mismo con las mesas de Ravenclaw y Gryffindor.
—Esto, sin duda, será un duro golpe para muchos de ustedes —dijo con suavidad —; pero no puedo retrasarlo por más tiempo.
La tensión creció en todo el comedor. Los alumnos aguantaron la respiración, incluso yo me sentía parte de toda esa multitud de muchachos expectantes.
—El profesor Slughorn ha fallecido durante la pasada noche —dijo McGonagall con tristeza.
Si antes había silencio, ahora en verdad ni un alma se sentía en el lugar.
—Pensamos que fue su corazón —continuó la directora —. Les pido un minuto de silencio por el profesor Horace Slughorn.
En realidad, la petición de silencio estaba de más; nadie fue capaz de emitir una sola palabra durante más de un minuto.
—Ahora, vamos a brindar por un excelente profesor de pociones… —dijo McGonagall levantando su copa.
Todos miramos asombrados como nuestras copas, por arte de magia, aparecieron llenas de vino tinto. Era increíble que nos permitiesen beber en un día de clases, a pocos minutos de haber terminado de desayunar; pero todos estaban tan consternados, que nadie dijo nada al respecto. Tome mi copa, imitando a todos mis compañeros de colegio.
—Por Horace Slughorn —dijo McGonagall con solemnidad.
—Por Horace Slughorn —repetimos a una voz, engullendo el vino casi en sincronía.
Unos cuantos chicos de primero y segundo tosieron un poco, y, solo hasta ese momento, muchas chicas se permitieron liberan sus sollozos. Miré en derredor: no solo lloraban chicas, muchos muchachos también tenían la cara mojada por las lágrimas.
—N-no es p-posible —lloriqueó Collette a mi izquierda.
La miré pasmada. No sabía que mi amiga estimase tanto al profesor. Me sentí culpable. Debí suponer que al pertenecer Collette al club Slugh, sentiría algo de aprecio por el rechoncho profesor de pociones. Ben me dirigió una mirada tan culpable como la mía: él tampoco pensó que Collette estimaría a Slughorn. El chico pasó un torpe brazo sobre los hombros de Collette y la acercó a él para abrazarla. Ella, al igual que muchos jóvenes más, lloraba en medio de convulsivos sollozos, entre los brazos de alguien más.
—¿Recuerdas cuando dijo que Trelawney estaba más chiflada que un pedo de banshee? —dijo Ben con torpeza en un intento de animar a la llorosa Collette.
Mi amiga no respondió, siguió llorando como si fuera el fin del mundo. Me sorprendí a mí misma al sentir una opresión en el pecho, bastante parecida a la nostalgia. Yo sí recordaba el incidente:
En tercer año, la profesora Trelawney nos detuvo en un pasillo a mis dos amigos y a mí con un teatral suspiro, diagnosticando nuestra temprana muerte. Sólo teníamos trece años, así que le creímos hasta la última palabra a pesar de su fuerte olor a jeréz. No podíamos estar más pálidos cuando apareció Slughorn. Al vernos tan asustados, el profesor mando a la profesora a ver un muy curioso caso de manchas de té en el salón de profesores. Cuando la profesora Trelawney desapareció tambaleante al final del pasillo, el profesor nos miró comprensivo con una de sus enormes sonrisas de morsa, diciendo: "no se asusten, sus predicciones son más falsas que el oro leprechaun; y, además, está más chiflada que un pedo de banshee".
Ben me miró horrorizado, aún con Collette fuertemente apretada entre sus brazos. No me percaté de su actitud, hasta que sentí un cosquilleo en mis mejillas. Me llevé las manos a la cara, sintiendo con las yemas de mis dedos la humedad que habían dejado las lágrimas involuntariamente derramadas. Ben apartó un brazo de Collette y lo extendió hacia mí, invitándome a unirme al consolador abrazo. Me pareció un poco excesivo, quizás ridículo, pero no podía negar que cierta pena se había formado en mi interior; así que me acerqué a mis amigos y me uní al abrazo colectivo.
Cuando las expresiones de dolor de los estudiantes se apaciguaron un poco, McGonagall volvió a tomar la palabra.
—Debo informarles también de los cambios que a partir de ahora tendremos en la distribución de los docentes —dijo con seriedad—. Las clases de pociones se suspenderán durante esta semana. Serán retomadas el próximo lunes con el profesor Snape.
Murmullos espantados se alcanzaron a escuchar por todo el gran comedor. Así que por eso Snape estaba tan furioso, pensé separándome del abrazo de Ben. Collette permaneció en el mismo lugar, sin inmutarse por las nuevas.
—Así mismo, las clases de defensa contra las artes oscuras quedan suspendidas hasta que podamos contratar a un nuevo docente—continuó McGonagall.
Snape seguía con su expresión homicida en el cetrino rostro. Pensé que lo mejor que podían haber hecho era mantenernos lejos de Snape esa semana, antes de que asesinara un estudiante.
—Debo pedirles que se dirijan a sus clases normalmente —pidió la directora con suavidad —. Los mantendré al tanto de la fecha de las exequias del profesor Slughorn. Planeo que todos podamos asistir a rendirle sus últimos honores.
Sin más que añadir por parte de la profesora McGonagall, todos salimos en un silencio sepulcral del gran comedor. Collette tenía los ojos rojos e hinchados, además de la nariz increíblemente roja. Ben continuaba con el brazo sobre sus hombros, tratando de proporcionarle un consuelo que jamás, en todos los años que llevábamos de conocernos, le había visto proporcionar a alguien.
