—Fíjese, Heron.

Me aparté del camino de Snape lo más rápido que mi flacucho cuerpo me permitió, casi derribando a Ben en el proceso. Había chocado con el profesor cuando caminaba de espaldas en el pasillo, narrándoles a mis amigos las nuevas tácticas de quidditch que Perkins me comunicara la noche anterior.

—Auch, Lena —se quejó Ben sobándose el brazo.

Ignoré a mi amigo, mirando al profesor con ojos de vaca muerta. Sin embargo, él no se molestó en mirarme; pasó de largo con su negra túnica ondeando tras su espalda. Bien merecido le quedaba el apodo de murciélago. Dejé escapar el aire lentamente, mitad aliviada, mitad decepcionada por su falta de atención hacia mi escuálida persona. ¿Qué esperabas, Magdalena? Me pregunté viendo la oscura figura de Snape alejarse por el pasillo.

—Llegaremos tarde —dijo Collette sacándome de mi ensueño.

—¿Eh? —me giré mirando a Collette, perpleja. En mi mente sólo estaba Snape.

Collette tenía la mirada vidriosa, parecía estar a punto de echarse a llorar. El labio inferior le temblaba un poco y la punta de su respingada nariz estaba un poco enrojecida.

—Slughorn, Lena —susurró Ben en mi oído.

Quise golpearme contra la pared. Por un momento había olvidado al pobre y muerto profesor Slughorn. Debía dejar de pensar en Snape, no era correcto ni mucho menos sano. Me estaba convirtiendo en una especie de bicho sin rumbo, que se enfocaba sólo en seguirlo con la mirada cada que lo tenía al alcance y que, además, se quedaba ensimismada en pensamientos sobre las múltiples cualidades del maestro más huraño del planeta.

—Sí… eh… vamos —dije nerviosamente.

Cuando llegamos a los invernaderos la profesora Sprout estaba a punto de comenzar a hablar a los alumnos. Todos los miembros de la casa Hufflepuff estaban allí, esperando ansiosos las indicaciones para ir al funeral del profesor de pociones. Mis amigos y yo nos ubicamos entre el montón de chicos. Me crucé de brazos, balanceando mi peso de una pierna a otra, inquieta. No me gustaban los funerales y sólo había asistido a uno en mi vida: el de mi abuelo materno a mis nueve años. Y, como fue a la usanza muggle, no tenía idea de cómo comportarme en uno mágico.

—Los he citado en este lugar porque es lo más representativo de nuestra casa —dijo la profesora Sprout.

—Grandioso. Los jardineros… —bufó un muchacho de séptimo que estaba delante de mí, poniéndose a conversar en susurros con uno de sus compañeros.

—Como todos saben, estamos aquí para asistir al funeral del profesor Slughorn. Se preguntarán cómo lo haremos… pues el personal docente, ¡CÁLLATE, MARTINEZ!... —el muchacho de séptimo cerró la boca de golpe, poniéndose rojo como un rábano — el personal docente ha dispuesto de trasladores en diferentes puntos del castillo para tal fin. En nuestro caso, están dentro del invernadero 1.

La profesora miró con una seriedad inusual a todos los alumnos de Hufflepuff antes de proseguir.

—En un momento empezaré a llamarlos en grupos, por orden de cursos, para que muy ordenadamente, entren al invernadero y tomen un traslador. La profesora Louper los estará esperando en el cementerio de Budleigh Babberton para indicarles sus respectivos asientos.

¿En el cementerio de dónde?, fue lo único que atiné a pensar antes de que Sprout comenzara a llamar a los alumnos de primer año.

—Se me olvidaba —la profesora Sprout interrumpió la lectura de los nombres cuando el quinto niño de primero pasaba por su lado—. Los miembros del Club Slugh se sentarán al frente, junto a la directora. ¡Merlín! ¡Debería haberlos llamado primero…! —se rascó la punta de la nariz mientras hacía un gesto de "¿qué se le hace?" —síganme los del club.

Se adentró en el invernadero agitando la cabeza con aire estresado.

—Ve —dije a Collette, animándola a seguir a la profesora.

Ella asintió y caminó con firmeza hacia el invernadero. Los otros dos miembros del club, uno de séptimo y otro de segundo, la imitaron. Suspiré, un poco preocupada por mi amiga. Ella estaría sola adelante mientras metían a Slughorn en el hoyo.

—Estará sola —dijo Ben, quitándome las palabras de la boca.

Lo miré a la cara, no sin cierta dificultad pues el chico me sacaba unos veinte centímetros, notando en él la misma preocupación que yo sentía. Ben no era el ser más maravilloso y empático del planeta; de hecho, era una curiosa mezcla de la personalidad de sus hermanos, que en ocasiones lo hacía insoportable. Pero en ese momento su sensibilidad estaba a flor de piel y se mostraba sumamente comprensivo con Collette.

—Estará bien —dije tratando de sonreír alentadoramente.

Mi sonrisa debió haber salido como una mueca porque Ben, en lugar de tranquilizarse, frunció el ceño y metió las manos en los bolsillos con aire pensativo. A partir de ese momento preferí mantener la boca cerrada para no empeorar el estado de ánimo del muchacho.

La profesora Sprout volvió a salir del invernadero, llamando casi a la velocidad de la luz (o eso me pareció) a los alumnos de primer, segundo y tercer año. Poco después los de cuarto y quinto desaparecieron, seguidos de la mitad de los de sexto. Cuando fue mi turno, me sobresalté y salí casi a la carrera, logrando tropezar con una roca y caer sobre el pecho de la profesora Sprout, asesinando en el proceso al pergamino que contenía la lista de alumnos de Hufflepuff.

—Lena, cuidado —dijo la profesora amablemente, aunque un tic apareció en su ceja.

—Lo siento, lo siento —dije azorada. A mi espalda, los de séptimo se reían de forma no tan discreta.

—Ya, ya, vete. Que pierdes el traslador —me apuró la maestra.

Incapaz de mirar atrás a causa de la vergüenza, me adentré en el invernadero lo más rápido que pude. Divisé a los cuatro compañeros de curso que llamaran antes, reunidos en torno a una mesa de trabajo. Sujetaban una palangana medio oxidada. Caminé hacia ellos, nerviosa. Sabía lo que era un traslador, pero nunca había usado uno.

—Tócalo y ya —dijo Isabel Roberts con voz aburrida.

Toqué la palangana justo cuando se ponía de color azul brillante. Casi de inmediato sentí como si me agarraran del ombligo y tiraran de mí a toda velocidad. Miles de colores borrosos pasaron ante mis ojos a medida que daba vueltas, estrellándome contra mis compañeros. Al fin, tras varios segundos de tortura en la licuadora del infinito, mis pies tocaron tierra firme. No duré ni medio segundo de pie: me tambaleé como si estuviese borracha y me fui al suelo acompañada de tres de mis compañeros.

—Auch —se quejó Adrián, el hermano mellizo de Isabel.

Por fortuna sus caídas no habían sido mi culpa: todos llegamos increíblemente mareados a nuestro destino. En cuanto el mundo dejó de girar a mí alrededor, pude notar que estábamos sobre un césped increíblemente verde. Levantando la mirada me percaté de que la decoración era bastante hermosa, incluso el abierto cajón color caoba donde descansaba el profesor Slughorn era bastante bonito.

—Arriba, Heron.

Una mano delgada me tomó del cuello de la túnica y tiró de mí hacia arriba. Me impulsé para levantarme lo más rápido posible del suelo y evitar que me estrangularan en el proceso de ayudarme a levantar. Una vez de pie, noté que quien me instó a levantarme era nada menos que la profesora Louper.

—Siéntate junto a Morantz —me indicó con desgana. La expresión de fastidio especialmente diseñada para mí no pudo faltar.

—Ajá —contesté en el tono menos grosero que pude. Le di la espalda y me dirigí al asiento que me indicara la bruja maldita.

Me senté pesadamente sobre el blanco forro que adornaba la silla, buscando con la mirada al dueño de mis pensamientos más estúpidos. Al no encontrarlo por ningún lado, recordé que debía estar enviando a los Slytherins al cementerio. ¿En qué habíamos quedado, magdalena?, me reprendí mentalmente. Menos de cinco minutos después, Ben se sentó en la silla que estaba detrás de la mía.

—Hay buena vista. Y eso que estamos muy atrás—comentó inclinándose hacia mi silla.

Asentí. Desde donde estaba alcanzaba a ver claramente la parte posterior de la cabeza de Collette. Su negro y largo cabello brillaba reflejando los rayos del sol. Me giré un poco para poder hablar con Ben.

—Todo está muy bonito ¿no? —inquirí, apartando a Snape de mis pensamientos.

Ben miró en derredor con el ceño ligeramente fruncido.

—Tal como le gustaba, supongo —dijo encogiéndose de hombros y relajando la expresión —. Parece una de sus fiestas…

Arqueé las cejas, asombrada, preguntándome de cuando acá Ben asistía a las fiestas de Slughorn. Le comuniqué mi cuestionamiento al chico, logrando sin querer que sus orejas se pusieran rojas.

—El… el año pasado… en navidad pasé por ahí por casualidad… —tartamudeó azorado.

—¿Por la fiesta?

—Sí, por la fiesta.

—¿Por casualidad? —mis cejas se arquearon aún más.

—Bueno, sí… ¿Qué tiene de malo? —dijo a la defensiva. Sus orejas estaban, si se podía, más rojas.

—No, nada —dije en tono amistoso —. Es que suena como si espiaras a alguien…

Ben abrió mucho los ojos y se tornó pálido, aunque sus orejas continuaron rojas.

—¿A quién piensas que espiaría? —preguntó mirando por el rabillo del ojo a los demás Hufflepuff sentados junto a él.

—No sé… —puse cara de pensativa —Collette fue esa noche con aquel Gryffindor… ¿Cómo se llamaba?

—Kutcher, Brandon Kutcher —soltó Ben con una mueca.

Sonreí maliciosamente. Así que la preocupación de Ben y todas sus muestras de apoyo a Collette quizás significaban algo más, pensé divertida.

—No pongas esa cara —graznó con los ojos muy abiertos —. A mí no me gusta Collette.

Solté una risita burlona.

—Yo no dije nada —le dediqué una sonrisa pícara.

Me giré de nuevo para mirar al frente, sabiendo que mi amigo debía tener cara de Grindylow constipado. Aguanté la risa que me produjo la imagen mental, recordando que estaba en el funeral del profesor más apreciado por mi mejor amiga.

Ciertamente el funeral estaba resultando igual de aburrido a uno muggle. Claro, ver gente llorando aquí y allá apenaba bastante; pero permanecer sentada durante más de una hora sin hacer nada era demasiado para mí. Simplemente mi capacidad para estarme quieta era (y sigue siendo) prácticamente nula. Suspiré tratando de controlar el movimiento impaciente que se estaba apoderando de mi pierna derecha, al tiempo que intentaba prestar atención a las palabras de todos los profesores que pasaban a dar su último adiós.

—Continúe, profesor Snape —dijo la profesora McGonagall cuando ella misma finalizó sus palabras de despedida.

Me tensé en la silla por un segundo, asimilando el hecho de que Snape fuese a decir algo en el funeral de Slughorn. Debí suponer que por protocolo era su deber participar, pero simplemente me parecía imposible que él lo estuviese haciendo por voluntad propia. Puedo decir que tuve toda la razón al suponer que Snape no estaba contento de participar en la ceremonia, cuando se levantó de su asiento con la cara más sombría que de costumbre.

Snape se posicionó tras el atril fulminando a todo el mundo con la mirada. Y, no sé si fue impresión mía, pero se demoró un poco más mirando el féretro con cara de asesino serial. Tal vez le culpaba de la remoción de su cargo como profesor de DCAO. Vamos, como si Slughorn hubiese dicho: "que me muero hoy para fastidiarle el año al Snape". El profesor se aclaró la garganta levemente antes de empezar.

—La pérdida de Horace Slughorn es un terrible golpe para todos nosotros —su pálido rostro no parecía apesadumbrado en absoluto —. Lamento, y sé que todos los aquí presentes también, el deceso de este… gran hombre…

Sentí el dedo de Ben picándome la espalda. Tomé eso como una invitación a echarme hacia atrás.

—¿Qué? —susurré por la comisura de la boca.

—No se ve demasiado triste —susurró a su vez Ben —. Debería bajarse de ahí.

—Creo que no está por gusto —comenté sin fijarme en que me estaba girando en el asiento —. Yo creo que…

—¡HERON!

Di un tremendo bote en el asiento, recuperando la posición de mirar al frente. Todo el mundo me miraba con cara de malas pulgas, en especial Snape, quien muy amablemente había gritado mi nombre.

—Me pregunto si tienes algo que decir en este momento, Heron —dijo Snape peligrosamente.

Me torné roja como un tomate, sintiendo los ojos de todo el mundo en todos los rincones de mi organismo. Era como miles de sondas recorriendo cada centímetro de mí mientras moría lenta y dolorosamente de vergüenza.

—Tal vez quieras pasar aquí y comentarnos tus… sentimientos…

Abrí la boca estúpidamente. ¿A qué sentimientos se refería? ¿A los que me causaba la muerte de Slughorn? ¿A los que tenía por él? OH, por Dios ¿tenía sentimientos por Snape? Lena, qué mierda piensas, ¡si estás al borde de la ejecución!

—Acércate, Heron —dijo Snape con una mirada maliciosa —. Te cedo mi lugar para homenajear al profesor Slughorn.

El color rojo se convirtió en violeta cuando dejé de respirar. Negué con la cabeza, sintiendo que los ojos se me iban a salir de lo abiertos que los tenía. Tuve la esperanza de que alguien llegase y me matara de una sola estocada, así no tenía que aguantar cientos de miradas en mi ridícula persona.

—No seas tímida, Heron —dijo con un tono meloso, que ciertamente ponía los pelos de punta —. Pasa al frente. No estoy bromeando.

—Severus, no creo… —la profesora Louper intervino mirando al hombre como si se hubiese vuelto loco.

—No pasa nada, Angela —la cortó sin apartar sus ojos negros de mi asustado rostro —. ¿Quién mejor que una de sus más brillantes alumnas para despedirlo?

Decenas de murmullos comenzaron a oírse provenientes de las personas que me conocían. Cualquiera que me hubiese visto en pociones sabría que yo no era nada brillante en sus clases y que a duras penas lograba no envenenarme. Snape simplemente quería dejarme en ridículo.

—No tenemos todo el día, Heron —sonrió Snape.

—Mejor que vayas —dijo Antoni Morantz inclinándose un poco hacia mí.

Me levanté temblando de pies a cabeza. No era fanática de que me mirasen cuando había hecho algo malo; porque, aunque hablar no es un pecado, sí está mal hacerlo cuando otros están elogiando al difunto en un funeral. Llegué al estrado sintiendo que me dirigía a mi ejecución.

—Deléitanos, Heron —me susurró Snape al oído, apartándose un poco para que me posicionara tras el atril. Los vellos de mis brazos se erizaron al sentir su tibio aliento en mi oreja.

Miré con cara de ternero degollado hacia el público. Collette me veía con una seriedad inusitada en ella; Ben parecía increíblemente interesado en escuchar lo que yo fuese a decir; McGonagall estaba sumamente tensa, con su mandíbula rígida, lo que me hacía sentir más ganas de salir corriendo; y Louper, bien, ella parecía a punto de levantarse y bajarme de las greñas. Tragué con dificultad y miré de reojo al ataúd donde reposaba Slughorn, tan panzón y tranquilo como siempre.

—Eh… —las palabras se enredaban en mi mente como si no conociese mi propia lengua materna —yo… es… es terrible haber perdido a nuestro profesor de pociones… sí. Eh… él era muy bueno; una gran persona.

Cientos de ojos me veían con demasiada atención. Quise salir corriendo a la mayor velocidad posible; sin duda estaba haciendo el ridículo.

—Y… él no… —miré por el rabillo del ojo a Snape, quien parecía enormemente complacido con mi situación. Mi sangre elevó su temperatura hasta casi hervir en mis venas. Que te jodan, imbécil, pensé antes de soltar las palabras que supuse le ofenderían más —. Él era sumamente talentoso y excelente enseñando. Nadie va a poder cumplir su labor de la misma manera.

Divertida, observé como los delgados labios de Snape se torcían en un silencioso gruñido. "trágate esa, murciélago engreído", pensé triunfalmente.

—El profesor Slughorn era una persona inigualable. Su forma de ser era maravillosa, al igual que su forma de tratar a todos sus alumnos —sonreí tímidamente —. Él jamás trató mal a nadie, corregía con paciencia, con comprensión… Nunca estuve en el club Slugh, pero conozco personas que sí, y ellos afirman lo buen amigo que fue. Estoy segura de que todos extrañaremos mucho al profesor…

Un solitario aplauso, proveniente de manos del guardabosques, se escuchó en el cementerio. Casi de inmediato, todos los asistentes al funeral comenzaron a aplaudir, incluso Louper dio unas cuantas palmadas.

—Qué bonito —gruñó Snape tomándome del hombro con brusquedad para apartarme del atril y tomar mi lugar. El lugar volvió a silenciarse por completo —. Bien, ya escucharon la increíble elocuencia de Magdalena Heron… Creo que no tengo más que añadir a tan… conmovedoras palabras.

Snape sonrió peligrosamente y me volvió a tomar del hombro. Bajó de la pequeña tarima llevándome con él firmemente sujeta. Traté de zafarme para volver a mi asiento, pero su agarre se intensificó aún más, apretando en su puño la tela de mi túnica.

—Cincuenta puntos menos para Hufflepuff —murmuró fríamente en mi oído —. Alégrate de que no puedo estrangularte frente a todos, Heron. No creas que perdonaré las estupideces que dijiste ahí arriba.

—No dije nada malo —me defendí, tratando de adoptar un tono inocente.

—Sigue haciéndote y te vas a quedar de esa forma —gruñó soltándome con brusquedad —Estás castigada. Te espero a las ocho esta noche. Largo.

Regresé a mi asiento con el corazón en un puño. Debí haber sabido que no me iba a salir con la mía tan fácilmente.

—¡Que par de huevos! —murmuró Morantz con emoción contenida —Le dijiste a Snape mal profesor.

Le sonreí un poco desanimada. Mi audacia rayaba en estupidez y seguramente iba a tener que limpiar algún baño con la lengua.

Más o menos media hora después de mi bochornosa subida al escenario, enterraron al pobre profesor Slughorn. Hubo muchas lágrimas por parte de alumnos y personal docente; incluso yo lloré un poquito mientras un pianista, salido de quien sabe dónde, entonó una triste melodía.

Al concluir la ceremonia, todos nos sentíamos increíblemente fuera de lugar. Nadie nos había indicado como volveríamos, así que todos los estudiantes se levantaron de sus asientos para reunirse en pequeños grupos y conversar. Collette permanecía bajo el abrazo protector de Ben, silenciosa.

—Ya me quiero ir —dijo Ben mirando intensamente hacia los profesores, quienes al parecer estaban muy cómodos hablando junto a la recientemente cerrada tumba.

—Sería bueno irnos ya—corroboré mirando con fastidio a la profesora Louper. La muy maldita estaba colgada del brazo de Snape, aparentando sufrir mucho por los recientes sucesos. ¿Pero por qué me molestaba que Louper estuviese con él? El tipo me había hecho pasar el ridículo más grande de la existencia frente a todo el colegio.

Nuestras oraciones fueron escuchadas, pues los profesores se dispersaron y comenzaron a llamar a los alumnos de sus casas para volver a Hogwarts. Regresamos en el mismo traslador, con los mismos compañeros con quienes habíamos ido al cementerio; y nuevamente me di contra el suelo segundos después de poner mis pies en él.

—Al fin todo terminó —dijo Collette con voz apesadumbrada cuando entramos al gran comedor para el almuerzo—. Me alegra que fuese un funeral animado. A él no le habría gustado algo aburrido.

—Creí que estabas molesta conmigo —dije sirviéndome puré de papas.

—Al principio sí —respondió sonriendo —. Pero después pensé que dijiste cosas muy bonitas cuando subiste al escenario.

—Dijo lo mismo cada vez que abrió la boca —comentó Ben llenando su vaso de zumo de calabaza —: Él era muy bueno, él era muy bueno, un gran profesor, muy bueno…

Lo miré con cara de asesina, aunque sabía que el chico tenía toda la razón.

—No soy buena hablando en público —rezongué.

—No me digas —se burló con petulancia.

—¡Oye! No seas cruel —murmuré en medio de un puchero.

Ben se rio con ganas, incluso Collette sonrió, yo no tuve de otra más que reírme con ellos hasta que el almuerzo finalizó.

Después de almorzar, dormí un rato largo en mi dormitorio, arropada y calentita con la colcha de retazos característica de la casa Hufflepuff. Un par de horas después me levanté y me di un largo baño con agua tan caliente que podía haber pelado un hipogrifo, quedando sonrosada y con la sensación de tener un poco de fiebre. Creo que fue un error haberlo hecho, porque el sueño volvió a invadirme hasta hacerme cabecear sentada al borde de la cama, cubierta con mi bata de baño, con el cabello envuelto en una toalla, bostezando como si me fuese a tragar la cama. No supe a qué horas volví a dormirme, solo sé que cuando abrí nuevamente los ojos, estaba completamente oscuro y llevaba varias horas de retraso para mi "cita" con Snape.

Me vestí a la velocidad de la luz y bajé a las mazmorras tan rápido como mis piernas me permitieron. Me pareció extraño no tener hambre, pero era mejor así; de haber pasado por las cocinas, probablemente no me habría movido de allí hasta reventar de comida. Toqué con algo de temor, asombrándome al no recibir un gruñido como respuesta. Snape en persona me abrió la puerta, con una sonrisa en sus delgados labios.

—B-buenas noches, profesor —tartamudeé, pensando que esa noche moriría. Él no sonreía a menos que tuviese algo especialmente cruel para decirme.

—Buenas noches, Lena —sonrió —. Pasa y siéntate —se hizo a un lado para dejarme entrar.

Abrí mucho los ojos. ¿Lena? ¿Me había llamado Lena? Miré hacia atrás, para confirmar que ese era el pasillo donde estaba la oficina de mi amargado profesor. Sentía como si estuviese en la dimensión desconocida. Pero sin duda ese era el despacho de Snape: los frascos con ingredientes y los libros tapizaban las estanterías de las paredes como de costumbre.

—Eh… —balbuceé.

—¿Sí?

—Na…da—negué con la cabeza y seguí, sentándome en una silla frente a su escritorio a esperar mi castigo.

—Estaba esperándote desde hace mucho —dijo Snape tras de mí.

Tragué con dificultad al sentir su presencia cerca.

—L-lo lamento, señor —dije —. Me quede dormida.

—Ya veo… —sonó pensativo —. No importa. Puedo esperarte cuanto quieras.

Mis cejas se elevaron en mi frente ante el comentario. No me pareció que hubiese sarcasmo en él, y eso era algo completamente insólito. ¿Estaría perdiendo deschavetándose?

—Hace mucho que quiero hablarte de algo… —Continuó el profesor.

—¿D-de qué? —mi voz salió un poco aguda.

Sentí como sus manos se posaron en mis hombros, estremeciéndome por completo. Me va a ahorcar, pensé asustada, creyendo que pronto las deslizaría hasta mi garganta. Esperé unos segundos muerta de pánico, sin embargo, él no hizo ademanes de querer matarme.

—He estado… sintiendo cosas… cosas que no he sentido nunca, Lena —susurró cerca de mi oído.

Mi corazón comenzó a bombear a mil por hora.

—¿Co-cosas? —genial. Ahora estaba tartamudeando más que antes.

—Sí —su aliento golpeó mi oído, logrando que mi piel se pusiese como de gallina —. Muchas cosas… demasiadas cosas.

Volví a tragar con dificultad, sintiendo que el corazón escaparía de mi pecho en cualquier momento. Snape sentía cosas… ¿Qué cosas sentía Snape?... sonreí levemente ante la oración que pareció salida de algún libro de inglés.

—¿Quieres saber qué siento? —su voz era seductora. Jamás me lo había parecido tanto como esa noche.

—S-sí… —asentí aferrando la tela de mi túnica con las manos.

Mi silla giró bruscamente, impulsada por sus fuertes manos. Me miró a los ojos con sus profundos túneles negros, estremeciendo hasta la última célula de mi pequeño y flacuchento organismo.

—Estas cosas —susurró antes de acercar su rostro al mío y unir nuestros labios.

Me quedé sin aire y mis ojos se abrieron desmesuradamente cuando sus manos vagaron por mi cintura, obligándome a levantar de un tirón. Me envolvió con sus brazos en un fuerte apretón, casi levantándome del suelo. Mi mente estaba absolutamente aturdida y solo atinaba a pensar en que Snape me estaba besando y yo no hacía nada para evitarlo. Tras unas milésimas de segundo, caí en la cuenta de que deseaba ese beso más que nada en el mundo y que si me quedaba con los ojos abiertos y los brazos caídos a ambos lados de mi cuerpo, arruinaría el momento tan perfecto que Snape se había encargado de crear. Cerré los ojos y envolví mis brazos alrededor de su cuello, dejándome llevar por la increíble sensación de sus labios sobre los míos...

—Lena…

Continué aferrándome a Snape como si la vida del planeta dependiera de ello…

—Lena…

Algún imbécil quería interrumpir mi momento perfecto…

—¡LENA!

El grito fue suficiente para hacerme separar de Snape y abrir los ojos…

—¿Qué haces? ¿No piensas ir a cenar?

No estaba en el despacho de Snape. Continuaba en mi habitación, abrazando mi asquerosamente babeada almohada. Collette me miraba con curiosidad desde los pies de mi cama. Suspiré abatida, aceptando a regañadientes que todo había sido un sueño.

—Voy… —gemí, restregándome los ojos con fuerza. Qué sueño más loco, pensé con mi corazón aún palpitando a mil por hora. No sólo mi corazón palpitaba en ese momento, pero no voy a entrar en detalles.

—Oye… —dijo Collette dubitativa —¿Ibas a comerte la almohada? O eso parecía, al menos…

—Oh, cállate —refunfuñé, sintiéndome un tanto avergonzada, pensando que era una suerte no haberme soñado haciendo algo más con él… habría sido mucho más incómodo para Collette.

Comí a toda prisa y tras lavarme los dientes me dirigí al despacho del recientemente nombrado maestro de pociones. Los recuerdos del sueño todavía rondaban mi cabeza, haciendo que me planteara muchos más interrogantes que antes.

—Como mínimo me estrangula —dije mientras caminaba arrastrando los pies por las mazmorras.

Me detuve en seco al escuchar voces provenientes del pasillo donde se encontraba el despacho de Snape. Caminé sigilosamente hasta la esquina del pasillo en el que me hallaba y me pegué a la pared, asomando un poco la cabeza con disimulo. La escena me dejó anonadada al principio.

—Angela, no —decía Snape sujetando las muñecas de la profesora Louper.

—Pero no comprendo, Severus —dijo la mujer con voz un tanto chillona —. Ayer estábamos bien… ¿qué ocurre?

Snape cabeceó. Parecía molesto, o tal vez, confundido.

—Te lo dije… No quiero una relación…

Me cubrí la boca con las manos. ¿Una relación? ¡Snape tenía una relación con Louper!

—Pero yo te quiero, Severus —dijo ella zafándose del agarre de Snape y tomándole el rostro entre las manos —. Creí que tú también.

—Angela… pensaste mal sobre esto —dijo Snape con el tono más amable que le había escuchado usar con nadie —. Comprende…

Louper se empinó y bruscamente posicionó sus labios sobre los del profesor, interrumpiendo lo que fuese que Snape iba a decir. Mis entrañas se retorcieron con una ira que nunca antes había sentido, y sin saber muy bien por qué, salí de mi escondite, carraspeando como si quisiera destrozar mi garganta.

Snape se zafó de Louper y la alejó de sí rápidamente. La profesora se veía molesta, Snape en cambio parecía azorado.

—Lamento interrumpir —dije sin pizca de pena.

—Heron… ¿Qué haces aquí? —dijo Louper con los dientes apretados. Parecía molesta de que hubiese interrumpido su violación hacia Snape.

—Tengo una cita con el profesor —dije mirándola con frialdad.

—¿Cita? —Louper se giró hacia Snape, lívida.

Él frunció el ceño y me miró con desagrado.

—Me temo que Heron no sabe escoger sus palabras —dijo Snape fríamente —. Está castigada y la cité a esta hora. Ahora, como todo está aclarado, si me disculpas… Adentro, Heron.

El profesor dio media vuelta y se adentró en su despacho. Yo miré a Louper de la peor forma de la que fui capaz y pasé por su lado detrás de Snape. Cerré la puerta casi en la cara de la mujer, con la sangre hirviendo en mis venas, lamentando no poder tumbarle los dientes de un portazo.

—Espero que mantengas tu boca cerrada, Heron —dijo Snape apenas me detuve frente a su escritorio.

—Usted tiene un amorío con Louper —dije sin poder contenerme.

Quizás sonó a reclamo, pues Snape frunció el ceño y se reclinó en su silla cruzándose de brazos.

—La profesora Louper, Heron. Y eso NO es de tu incumbencia —dijo fríamente —Más te vale cerrar la boca al respecto.

Me crucé de brazos, molesta. Era yo quien estaba sintiéndome mal por enterarme de que él tenía un romance secreto con mi profesora más detestable, y él, con toda la arrogancia del mundo, me decía que mantuviera mi boca cerrada. Comencé a sentir una opresión en mi pecho.

—Usted tiene un amorío con Louper —repetí. La verdad creo que no estaba pensando mucho en ese momento.

—Heron, ¿acaso eres subnormal? —dijo Snape con tono molesto —. Eso no es asunto tuyo.

—¿Por qué? —inquirí con la opresión en mi pecho haciéndose cada vez más fuerte.

Snape se limitó a mirarme atentamente. ¿Por qué él tenía una relación con la peor persona del colegio? Más bien, ¿Por qué él tenía una relación? Me sorprendí al darme cuenta de que no me molestaba que la relación fuese con Louper, porque igualmente me molestaría que tuviese un romance con cualquier otra persona.

—Heron, no tengo que darte explicaciones.

Abrí la boca, buscando palabras para expresar que sí necesitaba explicaciones de su parte. No sabía exactamente por qué él debería darme explicaciones, pero lo que sí sabía es que las necesitaba. Necesitaba saber qué hacía falta para que Severus Snape dejara de verme como la estúpida estudiante de sexto año. Necesitaba saber qué tenía Angela Louper que no tuviese yo. Claro, además de un cuerpo de envidia, madurez e inteligencia excepcional.

—¿Por qué? —volví a preguntar con un hilo de voz. Los mismos pensamientos sobre Louper y el profesor en mi cabeza. Los celos que no podía negarme sintiéndose a flor de piel.

Snape me miró a los ojos, con esos túneles oscuros, como escrutando mi alma. Negó con la cabeza, cubriéndose la boca con la mano apretada en un puño. Volvió a mirarme con atención, sin apartar su mano.

—No termino de entenderte, Heron —dijo al fin.

—¿Qué no entiende? —mascullé. Los celos aún rezumaban en mi pecho —Estoy preguntando por qué decidió estar con Louper.

Snape bufó.

—No entiendo por qué lo preguntas —dijo Snape fríamente —. No hay razones para que yo te hable de mi vida privada.

No supe qué decir. Claramente no había ningún motivo para que él me hablase de los romances que decidiera tener. Qué clase de tonta era yo para siquiera tener esperanzas de que sucediera algo similar a lo de mi sueño. Apreté los labios y mi ceño se frunció. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué iba a decirle? No podía quedarme ahí parada como una chica mentalmente inestable, tenía que decir algo.

—No pensé que usted… —balbuceé.

—¿Que yo qué, Heron? —inquirió Snape levantándose de la silla y acercándose a mí—. ¿No pensaste que soy un hombre con necesidades físicas? ¿No pensaste que podía gustarme una mujer?

Tomé aire y lo solté lentamente. Se sintió un poco doloroso debido a la velocidad a la que iba mi corazón.

—No… —titubeé. Sus ojos taladraron nuevamente los míos.

Mientras luchaba por mantener el contacto visual mi mente iba a mil por hora. No tenía palabras para decirle lo fascinante que me resultaba, lo mucho que me intrigaba conocerle de muchas otras maneras. No era capaz de articular que me gustaba todo de él: su nariz ganchuda, su piel pálida, sus labios rojos, sus ojos negros y profundos, su cabello que por alguna razón desconocida ahora estaba demasiado corto. No me sentía en la capacidad de expresarle lo mucho que me gustaría que mi sueño hubiese sido real. Y, por sobre todas las cosas, no encontraba la forma de decirle lo jodidamente molesto que me resultaba imaginármelo con Louper en situaciones para adultos. Con todo eso era imposible negarme que estaba enamorada hasta la médula de Severus Snape.

Una expresión de asombro que se transformó en algo parecido al terror se apoderó del rostro de Snape, quien rompió el contacto visual y cerró los ojos como si le quemaran. Por un instante olvidé que estaba molesta con él, que tenía celos de su amorío con Louper.

—¿Profesor? —inquirí tímidamente.

—Te diré una cosa, Heron —dijo Snape con los ojos aún cerrados —. Sólo una... y quiero que te quede absolutamente clara por el resto de tu miserable existencia...

Abrió los ojos, fulminándome como nunca antes lo había hecho. Me asusté tanto con esa mirada, que ni siquiera me moví cuando me tomó de los brazos con fuerza. Sentí sus dedos clavarse como garras en mi carne.

—Nunca, jamás, vuelvas a pensar lo que estás pensando —había algo más aparte de ira en su mirada, ¿miedo tal vez? —. No quiero volver a ver semejante estupidez.

—¿D-de qué habla? —En verdad me estaba asustando su actitud.

—Sabes de qué hablo —Sus manos se cerraron aún más sobre mis brazos, causándome daño.

—N-no le entiendo —gimoteé, asustada. Como deseaba haberme quedado en mi cama; Snape era más amable en mis sueños. En qué momento las cosas habían dado ese loco giro y había terminado en esa situación acojonante.

—¿No lo entiendes? No soporto lo que piensas.

Sus manos se aflojaron y resbalaron por mis brazos hasta mis codos. Snape parecía fuera de sí; de un momento a otro su gesto de ira se había convertido en uno de desesperación. ¿Acaso yo era subnormal como Snape decía? no entendía del todo lo que estaba ocurriendo. ¿Snape sabía lo que yo pensaba? ¿Me había estado leyendo la mente todo este tiempo? la sola idea me aterró considerablemente. Si él sabía lo que yo pensaba cada vez que lo veía, entonces tenía total conocimiento de todo lo que me hacía pensar y sentir.

—¿Usted... usted sabe? —mi pregunta sonó más a súplica que a ninguna otra cosa.

—Ojalá que no —murmuró inclinándose hacia mí.

La distancia que separaba nuestros rostros se redujo a poco más de un centímetro. Debía estar soñando otra vez; semejante situación sólo ocurriría en mis más locos sueños. Sus labios estaban casi sobre los míos. Collette vendría a despertarme pronto seguramente, pensé con desesperación. Sentí el suave roce de sus delgados labios unas milésimas de segundo, antes de que me soltara del todo, alejándose hasta quedar casi pegado a la pared contraria.

Ahora se veía tan aterrorizado, que casi comenzaba a preocuparme de que estuviese sufriendo un caso grave de bipolaridad. Y no era para nada gracioso. Presenciar cómo Snape parecía estar perdiendo el control era alarmante.

—Pro...

—Vete —me cortó —. No vuelvas. Nunca.

—P-pero...

—No vuelvas a acercarte a mí, Heron —Sus ojos me indicaron que no estaba bromeando —. No te quiero cerca. Me... me... —parecía estar sufriendo —sólo largo.

No me moví del lugar en el que estaba. Necesitaba procesar la información, era menester para mí comprender lo que había estado a punto de ocurrir en ese mismo lugar. Snape casi me había besado... ¿Por qué Snape casi me había besado? mi mente funcionaba como un libro de inglés como los que utilizas en el colegio muggle: hacía una afirmación y después convertía la maldita afirmación en una jodida pregunta. Es más, en qué maldito momento todo se había transformado de una escena de celos en una confesión romántica con lectura de mente incluida.

—QUE TE LARGUES, MALDITA SEA—chilló, poniéndose rojo.

El grito fue suficiente para hacerme reaccionar. Mi estúpido enamoramiento me hacía querer quedarme a abrazarlo y besarlo y ve a saber qué cosas más; pero mi instinto de supervivencia me gritaba que lo mejor era correr. Creo que por aquel entonces mi enamoramiento no era suficientemente fuerte como para permitirle asesinarme por desobedecerlo; así que, le hice caso a mi instinto de supervivencia, y salí del despacho como alma que lleva el diablo. Si de algo estaba segura era de que mi vida en el colegio no sería la misma a partir de ese momento.