Hola a todos los que han leído esta historia hasta acá. Apenas me di cuenta de que se había subido con unos errores en el formato y me vi en la obligación de volver a subir todo. Bastante apenada estoy por no percatarme antes. Espero que les esté gustando la historia y si pueden me lo hagan saber. Un abrazo a todos.
LENA.
Ben y Collette querían saber cómo me había ido en el castigo con Snape y por qué había regresado tan pronto, pero yo no tenía nada para decir, así que mascullé algo por el estilo de "estaba ocupado" y me fui directo al dormitorio. Antes de subir la escalera y meterme al túnel que llevaba a las habitaciones, vi a los chicos intercambiar una mirada de extrañeza. Supe que Collette me seguiría, por lo que apresuré el paso y me encerré con las cortinas en el momento en que la chica abría la puerta del dormitorio.
—¿Lena? ¿Todo en orden? —preguntó mi amiga.
—Sí —dije secamente —. Sólo estoy cansada.
—Ah… bueno —pude percibir la tristeza en la voz de Collette. Normalmente yo era una persona tranquila y alegre, era sumamente raro que contestara de esa forma a mis amigos.
Escuché la puerta cerrarse y me di vuelta en la cama. ¿Debía llorar? No lo sabía. No tenía mucha experiencia en temas de amor realmente. El año anterior tuve un noviazgo corto con un muchacho de Ravenclaw llamado Robert Kutcher, que terminó por mi "falta de interés". La falta de interés resultó ser mi negativa a acostarme con él detrás de las graderías del campo de quidditch. Meses después aún recordaba el momento en el que Robert metió las manos bajo mi falda tratando de bajar mis pantaletas. Creo que el chico también recordaba el enorme chichón que se hizo al golpearse la cabeza con las gradas cuando lo empujé. Después de eso, no habían existido galanes para Magdalena Heron. Tampoco me había enamorado antes, ni de Robert ni de nadie, así que la situación con Snape me estaba resultando difícil de sobrellevar.
No podía dejar de sacar mis inseguridades a flote. Me preguntaba si el tajante rechazo de esa noche tendría que ver con que no me veía en absoluto como Louper. La profesora de transformaciones era despampanante, el tipo de mujer con la que los hombres dejan correr la imaginación: rostro hermoso de ojos grandes y castaños, labios carnosos, cabello negro ondulado, pechos abundantes, cadera bien formada, además de alta. Yo por el contrario no pasaba del metro sesenta, era delgada y de pechos pequeños, así que no era especialmente llamativa para el sexo opuesto. Vamos, sé que no era fea, pero competir con Louper tampoco resultaría en un triunfo para mí.
También estaba el hecho de que no era especialmente sobresaliente. Era una alumna más del montón, a la que no conocería nadie si no fuese buscadora de Hufflepuff. Tal vez le gustaban las mujeres demasiado listas; después de todo él era brillante. Me giré en la cama hasta hacerme bolita, todavía con las zapatillas deportivas puestas. Al final sucumbí de nuevo al sueño, rumiando todo lo acontecido ese día.
SEVERUS.
¿Es que acaso mi vida no podía tener un poco de paz y tranquilidad? ¿Qué ya no me había redimido por los errores del pasado? ¡Maldita mala suerte la que me acompañaba desde mi nacimiento! Condenado, siempre condenado a sufrir por estupideces. No habían sido suficientes los años perdidos en el maldito hospital, ni verme ridículamente joven para mi edad real, ni ser la comidilla de la gente a dónde quiera que fuese.
Me serví un enorme vaso de whisky de fuego y lo vacié en un par de tragos. Estaba malditamente jodido, siempre lo había estado. Pero esto era el colmo. A Severus Snape no podía estarle ocurriendo una desgracia semejante de nuevo; era simplemente ridículo, el sólo pensamiento era risible.
—Heron… no me jodas —murmuré.
Ella, esa tonta y lunática muchachita se negaba a salir de mi mente. Cada día se aferraba más, obligándome a tener pensamientos poco apropiados para un hombre adulto. Ella, maldita sea, me volvía terriblemente loco, de formas cada vez más libidinosas… ¡Era un viejo, por Merlín! No importaba que tan joven me viera. Podía no aparentar la edad que tenía, pero no era ningún jovencito como para tener derecho a fijarme en alguien tantos años menor que yo. Podría ser el padre de Heron.
Cualquiera diría que necesitaba un psiquiatra; tantos años en coma me habían arruinado la cordura. Volví a llenar mi vaso de licor, llevándolo de inmediato a mis labios, maldiciendo, por lo que parecía ser la centésima vez esa noche, mi estupidez. Probé la bebida, sintiendo el alcohol en mi lengua, y decidí bajar el vaso; si me emborrachaba probablemente cometería alguna tontería.
Dejé el vaso medio lleno en la mesa del escritorio y me marché a mi habitación por la puerta del fondo del despacho. Me quité la túnica y me dejé caer de espaldas en la cama de negras sabanas, cerrando los ojos, reviviendo la escena de hacía un par de horas con Heron. Esperaba que después de semejante actuación maníaca de mi parte, la chica no regresara.
Bufé, apretando las palmas de mis manos sobre mis ojos cerrados, haciendo que luces de colores estallaran en ellos. No quería cometer más errores, dañar más mi vida no era una opción; pero muy a mi pesar, ahora mi cabeza no dejaba de gritar que Heron sentía algo... algo que en cualquier momento nos condenaría si hacíamos caso a esos ridículos sentimientos.
Nunca debí meterme en la mente de la chica; pero siempre era tan tentador. Tenerla cerca y no saber qué pensaba de mí, era frustrante; de modo que aproveché cada oportunidad para echar un vistazo a su mente. La mayor parte de las veces no vi gran cosa, pero últimamente sus pensamientos sobre mí se intensificaron, siendo más claros que nunca, hasta ser increíblemente nítidos. Jugué con fuego y salí terriblemente quemado, no logré salir invicto de la última intrusión en la mente de la muchacha, ver lo que parecía el recuerdo de un sueño en el que nos besábamos fue la chispa que acrecentó el incendio de mi inestable montón de sentimientos. Acabé haciendo una ridícula confesión de tipo con problemas mentales, casi besándola y asustándola brutalmente.
—¿Qué mierda hago? —solté, esperando que la nada me diese una solución.
Debía mantenerla alejada, lo más que pudiera. No podía castigarla, no soportaría estar un minuto a solas con ella, no sin terminar cometiendo alguna bestialidad. ¿Y las clases? Qué hacer con las clases era un gran problema, no podía simplemente mandarla fuera del aula, así como así. Ignorarla era una opción, pero no confiaba en que mis ojos no la buscaran a cada momento.
Anhelé como nunca seguir amando a Lily como antes, por lo menos sufriría por alguien que no podía tener por muerta y no por ser sólo una adolescente que encima de todo era mi alumna. Claro, aún sentía muchas cosas por Lily, incluso mi patronus seguía basado en ella, los mejores recuerdos de mi vida tenían que ver con ella; pero esos sentimientos estaban perdiendo intensidad. Antaño mi mente sólo estaba con la pelirroja que había alegrado mi niñez y parte de mi adolescencia, me hacía mil reproches por haber arruinado la minúscula oportunidad que tuve de ser algo más que su amigo, me odiaba por ser el culpable de su muerte. Sin embargo, ahora notaba que Lily estaba cada vez más ajena a mis pensamientos, siendo reemplazada por la maldita chiquilla de Hufflepuff.
Ahora, Magdalena Heron se atrevía a reemplazar el anhelo de tener a Lily, por el de tenerla a ella. ¿Por qué no podía sentir fastidio por ella como por el resto del estudiantado? No comprendía del todo qué era lo que le veía a una chica menuda, de cabello castaño y ojos azules. Ni siquiera era la chica más bonita de Hogwarts. Heron era… demonios, no estaba mal, pero no parecía el tipo de muchacha que desordena la mente de un profesor; era sólo una chica del montón, sin ningún encanto en particular.
De alguna manera había tenido una relación pasajera con Angela Louper, mi compañera del cuerpo docente. En realidad, nunca supe qué vio en mí para comenzar con un discreto coqueteo que terminó en unas cuantas noches apasionadas en su despacho. No me puedo quejar, la mujer era jodidamente atractiva y pude disfrutar con ella como no había podido en muchos años. Sin embargo, las cosas no fueron a bien cuando, en medio de un encuentro sexual particularmente fogoso, comencé a imaginar a Magdalena Heron en el lugar de Angela. Si terminé lo que estaba haciendo, fue más por no decepcionar a la mujer, que por ganas de seguir. Al día siguiente le pedí a Angela dejar de vernos, noticia que no se tomó demasiado bien y en medio de sus reclamos había aparecido Heron. Y, para rematar mi suerte, la chica había hecho una especie de escena de celos en mi despacho, tentándome a escudriñar su mente de nuevo. Lo demás ya se sabe: actué como un psicópata.
LENA.
Miserable. Así continuaba sintiéndome después del suceso en el despacho de Snape. No quise ir a Hogsmeade con mis amigos. Había estado todo el día siguiente encerrada en el dormitorio de las chicas, rememorando una y otra vez la actuación del hombre. Casi me besó, por Dios...
—Jesús… —suspiré, dándome vuelta en la cama, hasta quedar con la cara enterrada en la almohada.
Él era tan… idiota. Sí, esa debía ser la palabra para definirlo. Odiaba su actitud de "soy tu profesor y puedo tratarte como basura podrida". Él simplemente había descubierto lo que sentía, lo que pensaba cada vez que lo veía, lo que soñaba, lo que anhelaba; pero sólo fue capaz de actuar como un jodido demente, sacándome casi a patadas de su oficina. Sus ojos negros, aunque indescifrables la mayor parte del tiempo, me revelaron esa noche que yo no le era indiferente; además, ese casi beso me lo había confirmado. ¿Entonces qué le había hecho rechazarme?
Gimoteé como un bebé en medio de la almohada, sintiendo que me faltaba el aire. Simplemente extrañaba algo que no tenía, necesitaba algo que no iba a tener. Sólo permanecía en mis labios la sensación de ese ligero roce que él se atrevió a darme, porque ni siquiera fue capaz de hacerle frente a un beso como Dios mandaba. No pude aguantar más la falta de oxígeno y giré la cabeza hacia un lado, mirando ahora las cortinas amarillas de mi cama. Que feas eran, por Dios, pensé, tratando de apartar de mi mente al profesor. Volví a pensar que tal vez no era lo suficientemente atractiva como para arriesgarse a algo conmigo. Quizás debía ser tan bien dotada como Louper para que él se animara…
—Idiota —murmuré abatida.
No pude evitar reírme al comprender que de nueva cuenta me estaba acomplejando por tonterías; si a Snape le gustaran tanto esa clase de mujeres no habría enviado a Louper a freír espárragos. Por alguna razón él no había querido una relación con ella y eso debía significar algo.
Traté de pensar en otras cosas, preguntándome qué tal pasarían el día Ben y Collette en Hogsmeade. Cuando yo iba siempre hacíamos lo mismo: ir a Zonko por unas cuantas chucherías para sacar de casillas a Filch, a Honeydukes para abastecernos de galguerías, y a las tres escobas a tomar cerveza de mantequilla y envidiar a quienes podían beber whiskey de fuego libremente. Tal vez hicieran lo mismo. Quizás Ben se animase a declararse. De cualquier manera, estaba segura de que Collette aceptaría encantada.
Sentí que los ojos me picaban, mientras un nudo se formaba en mi garganta. Si Ben y Collette se hacían novios, lo más seguro era que me quedase tan sola como un infeliz champiñón. Ya me había quedado sin posibilidades con Snape y ahora me quedaría sin amigos. Aunque claro, no podía arrastrar a mis amigos a mi miseria sólo por no quedarme sola. Si ellos decidían estar juntos, los apoyaría, no importaba si debía pasarme el tiempo libre acariciando a mi gato cual anciana solterona.
—¡Lena!
La voz de Collette sonaba más emocionada que nunca. Un peso se formó en mi estomago al pensar que había acertado con lo de la declaración.
—¿Eh? —dije sin levantarme, aún desde mi posición sobre la almohada.
—Adivina —chilló la chica, abriendo de un tirón las cortinas de mi cama.
—¿Te ganaste la lotería? —intenté bromear.
Me di la vuelta, quedando tendida sobre mi espalda. Collette me miró con extrañeza.
—¿Sigues en pijama? —preguntó. Sus facciones perdieron un poco de la emoción del principio.
—Eh, sí… aún no me siento muy bien —respondí. Había mentido a los chicos sobre mi estado de salud para no ir a Hogsmeade con ellos —¿Por qué tanto alboroto? —cambié el tema.
Ella frunció el ceño, no muy convencida con mi historia; sin embargo, segundos después su emoción regresó. Se sentó al borde de mi cama.
—Es que… bueno… acabo de leer una carta de mi madre. ¡Mi hermana Amélie va a tener un bebé! —Brincó emocionada. Su sonrisa era tan radiante que parecía fuera de lugar en la habitación donde yo había estado rumiando mi mal humor.
—Oh, vaya… eh… felicidades —le dediqué una sonrisa forzada.
—¿Estás bien? —inquirió Collette. Parecía preocupada, pero aún se notaba la alegría que le ocasionaba la noticia de que iba a ser tía.
—Sí, claro… perfecta —esta vez mi sonrisa salió un poco más realista —¿Qué tal la pasaron?
—Oh, bueno. Tuve que esforzarme mucho para sacarlo de la librería —hizo un gesto con la mano, restándole importancia al asunto —. Creo que planeaba leerse un libro entero allí. Al final, lo convencí de comprarlo para que lo leyera acá...
Reí ante la afirmación de Collette. No imaginaba por qué Ben querría meterse en la librería justo cuando tenía tiempo a solas con ella. En definitiva, era medio idiota.
—Pero la pasaron bien ¿No?
—Sí, un poco. Pero creo que está un poco molesto —Collette se mordió el labio.
—¿Por qué? —inquirí, sorprendida.
—Bueno… ¿Recuerdas a este chico Brandon Kutcher? El hermano de tu ex novio… —comenzó.
—Sí. Algo recuerdo.
—Nos lo encontramos en las tres escobas. Parecía realmente encantado de verme y se sentó con nosotros…
—¿Y? —la apremié.
—Bien, pues Ben no dijo ni media palabra después de eso. Sólo dejó que Brandon y yo habláramos —se rascó una ceja, pensativa —. Ni se despidió de Brandon cuando se fue. Desde ahí sólo me contesta con monosílabos.
Parpadeé. No sabía si reírme o abofetearla. ¿En verdad no se daba cuenta de que Ben estaba celoso? ¿Era yo la única que me daba cuenta de lo mucho que se gustaban el uno al otro?
—No tengo idea —respondí, fingiendo inocencia. No sería yo la que los sacara del aprieto.
—Sí, bueno… como sea —Collette sonrió animadamente de nuevo —¿Vas a decirme qué pasó con Snape?
Mi estomago se revolvió. Collette no había quedado convencida con la excusa de la noche anterior.
—Anoche estaba ocupado en algo más —dije mirando algún punto en su cara que no fuesen sus ojos —. Dijo que fuese a verlo hoy a la misma hora.
Después de meditarlo, pareció conforme con la respuesta.
—Viejo murciélago inhumano —dijo riendo antes de levantarse de un brinco de la cama —. Te dejo para que te prepares entonces. Voy a tratar de animar a Ben…
Me guiñó un ojo y salió dando brincos del dormitorio.
No tenía idea de que carajos haría ahora. Era la hora de la cena y justo después llegaría la hora en la que se suponía debía ir a mi castigo con Snape. Suspiré resignada y me metí al baño, desnudándome en el proceso, dejando un rastro de prendas del pijama por el camino hasta la ducha. No pude resistir el impulso de mirarme en el espejo de cuerpo entero, contemplando mi cuerpo menudo con el ceño fruncido. Me paré de medio lado, observando la curva de mi trasero: no estaba tan mal… Sacudí la cabeza, sintiéndome tonta.
Abrí el agua caliente y me metí bajo la ducha, dejando que el agua me empapara por completo. Mi cabello castaño se oscureció con la humedad, pegándose a mi cráneo. Mis labios se separaron, recibiendo mi boca las tibias gotas de agua; aún estaba tratando de pensar en dónde me metería después de las ocho para matar el tiempo. Tomé el jabón y lo paseé por mi cuerpo, imaginando por un momento que eran las manos expertas de mi profesor las que recorrían mi piel.
—Estás más chiflada que Trelawney —me dije, apartando de mi mente semejante pensamiento.
Cuando estuve completamente arreglada, o al menos lo más arreglada que pude, me dirigí al gran comedor. Una vez allí, medio comí medio jugué con mi ensalada de papas, mientras observaba con anhelo la mesa de los profesores. Él no estaba, y para mi desgracia, Louper tampoco. ¿Habrán vuelto? Pensé con un nudo en el estómago.
—¿Qué te pasa? —preguntó Ben alcanzando una manotada de papas fritas.
—Nada —contesté haciendo a un lado mi plato —. Me tengo que ir. Al rato nos vemos.
Una vez en el vestíbulo, vacilé. No me decidía por un lugar a donde ir. Miré en todas direcciones, sopesando posibilidades… la biblioteca definitivamente no era una opción y afuera hacía demasiado frío para salir a pasear por ahí. Decidí subir las escaleras, sin rumbo fijo; a algún lugar tendría que llegar… tal vez un aula vacía.
Al fin, mis pies me llevaron a un salón vacío. Me adentré en él, cerrando con cuidado la puerta, lo menos que quería era a Filch metiendo las narices por ahí. Me senté en la mesa del escritorio del maestro, aburriéndome a los pocos minutos de estar allí moviendo mis piernas adelante y atrás. Opté por acostarme sobre la lisa superficie de la mesa, dejando a mi espalda descansar sobre la dura madera. Mis ojos vagaron por el techo lleno de telarañas: una que otra desafortunada mosca permanecía envuelta en una infranqueable barrera de esa pegajosa sustancia que las arañas producen, esperando a ser el festín de su captora una de estas noches.
—¿Heron?
Tan embelesada había estado, mirando a las pobres moscas, que no me percaté de que alguien había entrado en ese salón. Mis ojos se dirigieron automáticamente hacia la fuente de la voz, aunque no hacía falta: ya sabía quién estaba de pie junto a la mesa.
—Tengo permiso de estar fuera hasta las nueve —alegué en mi defensa, mirando al pálido rostro del profesor Snape.
—¿Pasas tu tiempo libre aquí? —inquirió con cierto tono de burla.
—No soy la única —respondí sin dejar de mirarlo. Ahora me hablaba como si nada hubiese ocurrido, como si no hubiese estado a punto de besarme el día anterior.
—Revisaba que no estuviesen los alumnos más jóvenes fuera de sus casas —informó —. Deberías irte a tu casa. No querrás un castigo por pasarte de horas…
—De todos modos, usted no va a hacerlo—lo interrumpí.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
Me erguí, quedando sentada al borde de la mesa. Su entrecejo se frunció levemente.
—No se atrevería a castigarme. Tiene miedo de mí, de lo que pienso—las palabras escaparon de mi boca antes de pensarlas siquiera.
Los negros ojos de Snape centellearon. Cerró y abrió una y otra vez sus puños, sin apartar sus oscuros ojos de los míos. La conocida sensación de miedo por la integridad de mi garganta, apareció en mi pecho nuevamente; aun así, no dejé de mirarlo desafiante.
—No sabes lo que dices… —dijo al fin.
—Lo admite —decidí seguir adelante con mi estupidez. Si esa noche no me las hubiese dado de valiente, hoy en día sería una chica común y silvestre; no habría tenido tantas preocupaciones ni penurias siendo tan joven.
Él sonrió casi imperceptiblemente.
—Eres una pesadilla, Heron —susurró.
—Y usted un idiota —solté, decidida a ofenderlo y a defender la poca dignidad que me quedaba; que no era mucha, por cierto. No después de fijarme en él y babear como estúpida cada vez que lo veía.
Snape adquirió un feo tono verdoso.
—¿Cómo me has llamado? —acercó su rostro peligrosamente al mío, fulminándome con la mirada.
—Idiota —repetí —. Y tengo unas cuantas más: estúpido, engreído… cobarde.
Esa fue la gota que derramó el vaso. Snape se puso, si cabía, más furioso que antes. Unos cuantos pupitres volaron hasta estrellarse al fondo del aula, las velas casi se consumen por completo al aumentar el tamaño de las llamas, incluso la mesa donde yo permanecía sentada se tambaleó un poco.
—Nunca vuelvas a llamarme cobarde, Heron —siseó con su nariz a escasos dos centímetros de la mía.
—¿De qué otra forma puedo llamarlo? —murmuré con ferocidad, sin apartar mis ojos de los suyos.
—Eres una criatura insolente, malcriada y fastidiosa…
—Y usted un cob…
—¡CIERRA LA BOCA! —chilló tomándome de los hombros —NI SE TE OCURRA DECIRLO. NO LO PIENSES SIQUIERA…
—¿POR QUÉ? —ahora yo también gritaba —CASI ME BESA ANOCHE, ¿CREE QUE NO ME DI CUENTA? NO SOY TONTA. LE GUSTO, SÉ QUE LE GUSTO, PERO USTED ES DEMASIADO COBARDE PARA ACEP…
Mi voz se extinguió de repente cuando mi boca fue cubierta con la suya. Esta vez no era un sueño: era real. Snape estaba besándome de verdad. Mi mente quedó completamente en blanco, solo atiné a cerrar mis ojos y mover mis labios al ritmo de los suyos; sus manos aún permanecían sobre mis hombros, en la posición que había adoptado cuando me fulminó a gritos.
Él se encargó de volver el beso más intenso, deslizando sus manos hacia mi espalda, para seguir descendiendo y enrollar sus brazos en torno a mi cintura. Mis brazos automáticamente envolvieron su cuello, quedando aún más pegados si era posible. Su lengua se deslizó por mi labio inferior, solicitando permiso para explorar mi boca y yo estuve encantada de recibirlo. Demostró ser todo un maestro en el arte de besar, su lengua se movía en mi boca, explorando cada centímetro con precisión milimétrica.
No recordaba haber sido besada de esa forma por nadie. Ni siquiera el cretino de Robert Kutcher llegó a besar tan bien. Snape me apretó aún más, posicionándose en medio de mis piernas, casi bajándome de la mesa, cortando un poco la libertad de mis pulmones para expandirse. Al fin, la falta de aire hizo que nuestros labios se despegaran.
Él se soltó de mí, haciéndome pensar que de nuevo estaba arrepentido, así que bajé los brazos a los costados, dejándolo para que retrocediera con libertad cuanto quisiese. Me preparé para recibir mil gritos sobre lo mal que habíamos actuado; sin embargo, él no lo hizo. Tomó mi rostro entre sus manos, mirándome fijamente a los ojos, quizás desentrañando nuevamente mis pensamientos.
—No se te ocurra volver a llamarme cobarde, Magdalena —dijo con suavidad.
—Lena. Magdalena no me gusta —murmuré. No sabía cómo sentirme después de eso.
—Lena… —volvió a posar sus labios sobre los míos, esta vez en un beso más tranquilo.
No sé cuánto tiempo duramos besándonos en ese salón lleno de polvo y telarañas; solo puedo decir que fue el tiempo mejor invertido de mi vida hasta ese momento.
