LENA.

Regresé a la sala común de Hufflepuff sintiendo que caminaba sobre las nubes. Después de creer que no tenía la más mínima esperanza de que Snape se fijara en mí, había tenido algo parecido a una confesión y una completa sesión de besos en tan sólo dos días. Si eso no era ser afortunada…

—¿No estabas enferma? —dijo Ben en cuanto aparecí casi brincando por el pasadizo que llevaba a la sala común.

El chico estaba sentado en uno de los sillones más cercanos a la chimenea, con un enorme libro abierto sobre las piernas y un motón de chucherías provenientes de Honeydukes en la mesa frente a él. Tano se restregaba contra sus piernas, dejándole el rojo pantalón del pijama lleno de pelos amarillos.

—Estoy mejor ahora —dije animadamente.

Me senté frente a Ben, tomando una rana de chocolate del considerable montón que tenía. Mi gato maulló, abandonando sus vanos intentos de ser acariciado por el pelirrojo, yendo a subirse en mi regazo y acostándose cómodamente para comenzar a lamerse una pata.

—Hola, Tano —lo saludé mientras destapaba el chocolate.

Observé con detenimiento la tarjeta de la rana de chocolate: un pelirrojo, pecoso, harto parecido a Ben, me guiñaba un ojo pícaramente. Sonreí fijándome en la leyenda.

Ronald Weasley

Compañero inseparable de aventuras de Harry Potter. Pieza clave en la lucha contra el que no debe ser nombrado, participó activamente en su derrota.

Así que de eso estaba tan orgulloso Ron, pensé sonriendo. Nunca tuve una tarjeta suya, las que más me salían eran las de Dumbledore, así que no sabía qué decía a ciencia cierta su leyenda.

—¿Quién…? —comenzó Ben.

—Tu hermano —interrumpí, enseñándole la tarjeta.

—Bah, tengo varias de esas —bufó el pelirrojo —. Necesito la de Morgana; es muy difícil de encontrar y Ron no quiso darme la que le sobra. Dice que sólo la cambiará por algo que le interese realmente.

Dejé escapar una risita.

—¿Aún las colecciona? ¿No está grande para eso? —mordí la cabeza de la rana.

—Eso le dije —Ben cerró el libro y se rascó la cabeza —. El moretón me duró una semana…

No pude evitar dejar escapar una sonora carcajada.

—¿Y Collette? —pregunté, tratando de disminuir la emoción que aún me embargaba por mi anterior sesión de besos.

—Ni idea —contestó con un gruñido.

—Sigues molesto con ella —no era una pregunta.

—Eligió a Kutcher —se quejó el muchacho.

Puse serio el semblante, lo que menos quería era que Ben se enojara también conmigo.

—No creo que las cosas sean así, Ben—dije.

El pelirrojo negó con la cabeza.

—Es frustrante ¿sabes? —Ben tomó una rana de chocolate y se la metió completa a la boca.

—¿Qué cosa? —rasqué a Tano detrás de las orejas, sin apartar mis ojos del chico.

—Hoy estábamos solos en Hogsmeade. Pudimos… tú sabes… conversar más y todo eso —al parecer quería sacarse el despecho a punta de ranas de chocolate, porque se zampó otra casi sin masticar —. Pero ella prefirió hablar todo el tiempo con Kutcher. Supongo que habrían estado felices si los hubiese dejado solos.

Me tomé un momento antes de opinar al respecto. Hasta donde Collette me había dicho, Ben nerdo quería leer un libro en lugar de hacer algo divertido, así que no la culpaba por entablar conversación con un chico que realmente no representaba peligro alguno. El muchacho se había graduado el año anterior y según las malas lenguas, le habría resultado más atractivo Ben que Collette.

—¿Pero siquiera le insinuaste algo? —dije al fin.

—Planeaba decírselo al salir del bar —admitió en voz baja.

—¿Y por qué no lo hiciste? —mordisqueé otro pedazo de la rana —. Tengo entendido que Brandon se había marchado ya.

Las orejas de Ben se pusieron rojas.

—Parecía que estaba mejor con él que conmigo —murmuró.

En realidad, no tenía idea de que responder a eso, así que permanecí en silencio, rascando las orejas de mi gato. ¿Qué podía decirle si yo también había sido víctima de mis propias inseguridades? Decirle: "Ben, creo que a Brandon le van los hombres" no parecía un buen comentario, así que mejor me lo reservé. Ben no pareció molesto por mi falta de respuestas, simplemente se quedó pensativo un rato más antes de desearme buenas noches e irse a su dormitorio.

Ahora, con todo el mundo entregado a los brazos de Morfeo, sólo quedaba yo en la sala común. Decidí irme a dormir también, de lo contrario dudaba mucho poder despertarme a tiempo al día siguiente para la primera clase. Teníamos DCAO y, aunque no parecía probable que alguien fuese a dictar esa clase, era mejor asistir a ver qué pasaba.

Entré sigilosamente al dormitorio de las chicas de sexto año, procurando cambiarme sin formar demasiado jaleo. Me puse una larga camiseta que hacía las veces de pijama y me metí bajo las cobijas con una enorme sonrisa en el rostro. Él era tan… no sabía cómo describirlo. Debajo de esa apariencia de ogro sin emociones ni capacidad de congeniar con otro ser humano, se escondía un hombre apasionado.

—Severus… —murmuré cerrando los ojos, sumiéndome en un profundo sueño casi de inmediato.

Al despertar, con los rayos del sol golpeándome la cara, tuve que hacer un gran esfuerzo para despegarme de las sabanas. Quería seguir durmiendo, rememorando en sueños todos los besos de la noche anterior. Lamentablemente, Collette insistió en que debía levantarme a desayunar porque ella no deseaba ir sola. Gimoteando cual cachorro desprotegido, me salí de mi cómoda cama, deambulando como un zombie hasta el cuarto de baño.

Debo decir que cambié de opinión sobre quedarme en la cama cuando vi la gran cantidad de alimentos en la mesa de mi casa. Descubrí que tenía un hambre atroz y me serví de todo lo que tenía al alcance, ante la mirada de incredulidad de Collette. Normalmente el que se comportaba de esa forma era Ben.

—¿Qué? —me las arreglé para decir con la boca llena —. Tengo hambre.

Collette negó con la cabeza y continuó cuchareando en su cereal.

—¿Dónde está Ben? —traté de localizar al pelirrojo entre la multitud de comensales, pero no pude hallarlo. Hubiese preferido buscar a Snape, pero la discreción iba primero.

—Está con su novia Gryffindor —gruñó Collette dejando caer la cuchara con más fuerza de la necesaria en el plato. Gotas de leche volaron en todas direcciones, mojando la portada de la revista que leía Ada Baker, una de mis compañeras de dormitorio. Afortunadamente la chica no se dio por enterada.

—¿Novia? —la tostada que iba a llevarme a la boca quedó a mitad de camino, suspendida en mi mano.

—Sí, sólo míralo.

Tuve que levantar mucho el cuello para ver la mesa de Gryffindor sobre las cabezas de los Ravenclaws. La cabeza pelirroja de Ben sobresalía entre todas las demás. El chico conversaba animadamente con una rubia que sonreía más que comercial de pasta dental. ¿De cuándo acá Ben se sentaba en otra mesa que no fuese la nuestra? Es más ¿desde cuándo tenía amigas en otras casas?

—¿Qué hace ahí? –susurré, regresando a mi posición original.

—Ni idea —la chica alejó su plato de hojuelas, casi tan lleno como cuando lo había servido. Sus cejas permanecían inclinadas hacia abajo, formando una V perfecta.

—¿No comerás nada? —dije mirando las húmedas hojuelas.

—No —gruñó —. Voy a clases ¿vienes?

—Ajá —miré acongojada los huevos revueltos que aún no había alcanzado a probar. Sin embargo, sólo apuré en dos tragos mi jugo de naranja, antes de levantarme de la mesa y acompañar a Collette.

Mi amiga no dijo nada en todo el camino, parecía tan pensativa como enojada mientras daba grandes zancadas a través de los pasillos. Ni siquiera Peeves, quien estaba pasándolo en grande arrojando bolsas de agua sobre las cabezas de los estudiantes, se atrevió a atacarnos al ver la cara de Collette.

Una vez en el salón de clases, me limité a sentarme en el medio de la mesa que ocupábamos Collette, Ben y yo. Sabía que, si los dejaba demasiado cerca, tal vez ella acabaría por sacarle los ojos al chico. Algunos minutos después comenzaron a llegar los demás estudiantes de sexto, ocupando sus acostumbrados puestos. Ben se sentó junto a mí, dedicándome una sonrisa; a Collette ni la determinó. La alegría por mi besuqueo con Snape comenzaba a esfumarse ante la situación incómoda en la que me encontraba.

—Buenos días, clase.

Una voz que nunca había escuchado resonó en el aula. Era divertida, melodiosa, bastante agradable de hecho. Me pregunté quién sería dueño de una voz semejante y giré en mi asiento para descubrirlo. Un hombre joven y alto, de alborotado cabello color paja y brillantes ojos cafés, nos observaba a todos desde la puerta.

—Soy su nuevo profesor de defensa contra las artes oscuras —sonrió animadamente —. Lamento no estar en el comedor esta mañana. Tenía algunas cosas que hacer.

Nadie dijo nada ante la revelación del joven maestro, simplemente nos limitamos a mirarlo de pies a cabeza. Su atuendo ciertamente era curioso: vestía una túnica gris con bordados tribales negros y un par de tenis de aspecto gastado. No parecía un profesor en absoluto.

Avanzó hasta el frente del salón, seguido por los ojos de todos mis compañeros, pareciendo Pedro por su casa. Me pregunté de dónde habría sacado McGonagall a ese tipo.

—Vale. Vamos a tomar lista —sacó un pergamino de su bolsillo y carraspeó —. Ah, cierto… no les he dicho mi nombre, que tonto. Soy Seamus Finnigan. Eh… ¿Qué les parece si hacemos una pequeña actividad para conocernos?

Él esperó unos segundos como queriendo saber si estábamos de acuerdo. Como nadie dijo ni pio, prosiguió.

—Yo los nombraré y ustedes me dirán cómo les gusta que los llamen, qué les gusta y qué no ¿de acuerdo? —de nuevo silencio —. Bien. Hagámoslo.

Bajó sus ojos a la lista y comenzó a llamarnos uno a uno. Cada chico tenía aficiones diferentes y algunas podrían considerarse extrañas: por ejemplo, a Mandy Scott de Slytherin le gustaba beber agua con sal.

—Carter, William —dijo el profesor en voz alta.

Carter se puso de pie perezosamente.

—Me gusta que me digan Will o Carter… y me gustan los duelos. Odio las Magdalenas.

Sentí que el color se adueñaba de mi cara.

—Vaya. Si con leche están para morirse —dijo Finnigan sin comprender que Carter no se refería a nada relacionado con panadería. El hombre sonrió y continuó llamando alumnos.

Los nombres siguieron yendo y viniendo, acompañados de gustos que variaban entre lo aburrido y lo exótico, hasta que llegó mi turno.

—Heron, Magdalena.

Me puse de pie, sintiéndome un poco nerviosa ante la mirada evaluadora del nuevo profesor.

—Me gusta que me digan Lena —sonreí tímidamente —. Amo el quidditch y el helado… y no me agrada encontrar dientes en mis libros.

Esta vez quien se puso colorado fue Carter. Estaba segura de que aún le dolía profundamente el golpe con el libro; pensé que era una lástima que la señora Pomfrey pudiese recuperar dientes en un dos por tres.

Finnigan me miró atónito un momento antes de darme las gracias y proseguir con su dinámica. Cuando fue el turno de Collette, ella respondió alegremente que le gustaba el chocolate y que le desagradaba profundamente que los hombres actuaran como idiotas. Con eso último miró de reojo a Ben. El pelirrojo fue el último en participar, mencionando que le encantaban las rubias, mientras que odiaba ser ignorado en una conversación.

Tras la actividad de Finnigan, fue terriblemente incómodo para mi estar sentada en medio de mis dos amigos. El profesor nos había pedido practicar cualquier hechizo que quisiéramos de forma no verbal, y Collette no cesaba de hacer levitar las cosas de Ben, dejándolas caer al suelo a propósito. El pelirrojo no se quedó atrás e incendió la pluma favorita de la muchacha, provocando en ella una inusitada furia.

—¡Muérete, Benjamin! —chilló en cuanto su pluma estalló en llamas, sobresaltándome y casi haciendo que me sacara un ojo con mi propia varita.

—¿Qué? —gruñó Ben fulminándola con la mirada.

—¡Incendiaste mi pluma! —Collette se puso sobre sus pies, sujetando su varita de forma amenazadora.

Deseé poder huir de allí, pero lamentablemente estaba en medio y me era imposible a menos que perdiera mi dignidad y escapara a gatas.

—¡Tú tiraste mis cosas al suelo! —graznó Ben, levantándose también.

—Muchachos por favor —Finnigan se acercó llamando a la calma.

Ambos muchachos lo ignoraron.

—¡Pero no les pasó nada!

—¡Tú empezaste!

Todos en la clase habían cesado de practicar sus hechizos y observaban la discusión como un partido de tenis. Cada vez más, sentía que mi integridad física se vería seriamente comprometida si me quedaba en ese lugar. Miraba a mis amigos desde abajo, intuyendo que su discusión no iba a terminar bien.

—¿Yo? ¡Tú comenzaste a actuar como un idiota! —la varita de Collette soltó varias chispas, haciendo que el profesor Finnigan mirara asustado y cesara sus intentos por calmarla.

—¡Pasaste la tarde con ese imbécil! —Ben se puso rojo hasta las orejas.

—¡Desayunaste con miss dioxogen!

—Muchachos, les tendré que pedir que abandonen el salón si continúan con esto —Finnigan habló en voz alta, haciéndose notar sobre la discusión de mis amigos.

—NO LE DIGAS ASÍ …

—ENTONCES NO LE DIGAS IMBÉCIL…

—DEBE SERLO SI SE SALE CONTIGO.

Esa frase fue la sentencia de muerte de Ben Weasley. La varita de Collette se elevó en el aire y de ella salió un rayo de luz azul que impactó en el pecho del chico enviándolo de espaldas al suelo. Puedo decir que me salvé por un pelo de ser la víctima del hechizo. Me fue útil empujar la mesa y dejarme resbalar de la silla hasta dar de rodillas contra la fría losa.

—¿QUÉ ES ESTO? ¡DETENGANSE AHORA MISMO! —rugió Finnigan con los ojos desorbitados.

No tuvo que repetirlo. Collette había bajado la varita y miraba horrorizada el rostro de Ben, quien en ese momento parecía una especie de cangrejo mal formado: Pinzas sobresalían de lo que antaño era su boca y sus ojos estaban salidos y suspendidos por lo que parecían antenas. Los Slytherins se retorcían de risa en sus puestos, mientras yo continuaba de rodillas, contemplando el nuevo y extraño aspecto de Ben. Jamás había imaginado que Collette llegase a atacarlo de esa forma; ella normalmente practicaba el lema de amor y paz.

—Oh, Ben. Lo siento —sollozó Collette agachándose junto al inconsciente pelirrojo. Gruesas lágrimas caían por su rostro, al tiempo que tocaba con la punta del dedo la cabeza en forma de cangrejo.

—No imagine esto en mi primera clase —dijo el profesor Finnigan inclinándose para revisar a Ben. Sacudió su cabeza, apesadumbrado —. Fin de la clase. Pueden irse.

Todo el grupo pareció encantado con la noticia, saliendo todos en tropel, aún muertos de risa por el espectáculo que protagonizaran mis amigos.

—Veinte puntos menos para Hufflepuff por ti, Collette. Y veinte por Ben—Finnigan conjuró una camilla en el aire y se las arregló para subir a Ben en ella.

Collette sollozó más fuerte cubriéndose la cara con las manos, poniéndose de pie junto a la camilla. También me levanté, sin saber qué hacer ni qué decir; así que me limité a darle unas palmaditas torpes en la espalda a la chica.

—No llores… la señora Pomfrey lo arreglará —dije tratando de tranquilizarla en cuanto Finnigan se marchó levitando la camilla delante de él.

—Casi lo mato —gimió ella con el rostro aún oculto entre sus manos.

—No. Si hasta se ve mejor —traté de bromear.

Sólo conseguí un aullido lastimero de su parte.