SEVERUS

A veces, pedir que te trague la tierra, es demasiado poco. En mi caso, debería suplicar de rodillas que me engullera un agujero negro… Después de tanto darle vueltas al asunto, diciéndome lo mal que actuaba con sólo pensar en Heron como más que una alumna, había sucumbido a los encantos de la chica. Sacudí la cabeza como si quisiese apartar un enjambre de moscas. Si era sincero, ella no me pudo convencer con ningunos encantos: Heron no tenía encantos de ese tipo.

—Mierda —mascullé, frustrado.

Ella, jodida mocosa. ¿Qué no podía mantener la maldita boca cerrada? ¿Tenía que picarme con sus comentarios? Golpeé la mesa de mi despacho con el puño, ignorando el dolor que se extendió por mi brazo. Ni siquiera podía echarle toda la culpa… yo era el adulto… ¡Yo era el puto adulto! Era yo quien me había dejado llevar por las emociones del momento; la mayor parte de la culpa era mía, por enojarme tanto cuando me llamaban cobarde, por quedarme cuando la descubrí en ese salón. De haber dado media vuelta y regresado por donde había venido, nada habría ocurrido.

Mi mente estaba completamente revuelta, mis emociones eran confusas; no sentía la misma felicidad que había sentido la noche anterior cuando casi la desaparezco a punta de besos. Porque había estado que estallaba de felicidad, apretándola cual boa constrictor, mientras la besaba con una pasión que sabría Merlín de donde saqué. Ahora que lo recordaba, me parecía haberme comportado como un jovencito lleno de hormonas; milagrosamente no me había atrevido a desnudarla allí mismo, porque ganas no me faltaron sin duda.

Oh, sí, era un completo imbécil; lo comprendía ahora que estaba lejos de ella. Y, lo peor de todo era que, a pesar de sentirme infinitamente culpable, quería volver a probar los labios de la muchacha. Eché mi cabeza hacia atrás en la silla, pasándome la mano por la cara con más fuerza de la necesaria. Heron… ¿Cómo iba a mirarla en un rato cuando estuviésemos en clases?

Me puse sobre mis pies, alisando los pliegues de mi negra túnica. Era hora de dirigirme a la primera clase de pociones que daba después de tantos años en modo lechuga hospitalizada. Justo tenía a los pocos de sexto que se las arreglaron para continuar con pociones, incluida Heron con su triste "excede las expectativas" que Slughorn exigía para continuar el nivel EXTASIS.

Salí de mi oficina, andando lo más lento que podía, tratando de retrasar lo inevitable. Quién lo diría: Severus Snape temiéndole al encuentro con una jovencita de dieciséis años. Lo único bueno que le veía al hecho de ser apartado de defensa contra las artes oscuras y comenzar a dar clases de pociones nuevamente, era que no había tenido que verla a primera hora esa mañana.

Abrí la puerta del salón de pociones, sintiéndome extraño al ver a tan pocas personas allí dentro. Sólo nueve alumnos de los doce que se suponía que iban a esa clase permanecían de pie frente a sus calderos mirándome nerviosamente. Paseé la mirada por el aula, comprobando que mi primer vistazo no me había engañado y que en realidad Heron no estaba presente; ni ella, ni los dos inseparables mocosos que andaban a sol y sombra con ella. En parte me sentí aliviado de no tenerla allí, incluso podría dejar los puntos de su casa intactos sólo por el hecho de no pasar un momento incómodo en la clase. Podía usar esas horas extras sin verla para pensar en cómo terminar esa locura que había iniciado la noche anterior.

El chirrido de la puerta al abrirse resonó en el silencioso salón de clases. Imaginé que Heron, el mocoso que bien podía ser un clon de Percy Weasley alterado con rasgos de Ronald Weasley, y la muchacha con apariencia de artista muggle, acababan de llegar tarde a clases. Maldije mentalmente por tener que estar tan cerca de ella durante dos horas.

—Buenos días —la voz de Heron llegó a mis oídos.

—Cinco puntos menos para Hufflepuff por el retraso —dije dándome la vuelta con la intención de restar diez más por los otros dos chiquillos —. Y otros diez por… ¿Dónde están Weasley y Neveu?

Heron me miró confundida unos segundos.

—Están en la enfermería —dijo la chica en voz baja.

—¿Ambos?

—Eh… —rehuyó mi mirada.

—Ve a tu lugar, Heron —gruñí. A la larga no era mi problema si ambos chicos habían cogido una gripe o lo que fuese.

Ella pareció querer decir algo; pero aparentemente se lo pensó mejor y fue a hacerse en una de las mesas de adelante. Sentí su mirada en mí. De reojo pude notar que se veía un poco apagada. ¿Acaso esperaba que la recibiera a punta de besos y abrazos?

—Aquí —agité mi varita y envié unos cuantos pergaminos hacia cada uno de los alumnos —están las instrucciones de la poción de hoy.

Todos los estudiantes se pusieron a trabajar en la poción para despetrificar, con las caras rojas de concentración, tratando de ser cautelosos con cada ingrediente que utilizaban. Era de las más difíciles que existían y estaba seguro de que muy pocos se aproximarían a lo que debería ser.

Evité lo más que pude acercarme a la mesa de Heron, fingiendo estar revisando las pociones de los tres Slytherins que se apiñaban en un pupitre revolviendo frenéticamente en sus calderos. Sabía que para ponerle una nota justa debía mirar su trabajo, aunque no quisiera. No me sentía capaz de ponerle un cero sin siquiera ver qué había hecho.

—¡Ay!

De un momento a otro el salón se llenó de un humo espeso y posteriormente, de chillidos de dolor. Girando, alarmado, ondeé mi varita disipando el humo para descubrir que uno de los estudiantes de Gryffindor se las había arreglado para hacer que su caldero disparara chorros de poción caliente en todas direcciones.

El Gryffindor que compartía mesa con el animal explota pociones, junto a cuatro Ravenclaws que estaban en la mesa de al lado, brincaban en sus lugares, sacudiendo frenéticamente las manos o cubriéndose la cara. Heron había salido invicta del accidente cubriéndose el rostro con las manos enguantadas; porque dado el estado de su túnica, también había recibido bastante porquería.

—MOORE —rugí —¿CUÁNTA MANDRAGORA AGREGASTE?

El muchacho gimoteó algo incomprensible, aun agitando las manos.

—Cincuenta puntos menos para Gryffindor —me acerqué al muchacho a grandes zancadas, pudiendo apreciar las horribles pústulas que se estaban formando alrededor de sus labios y en sus manos. Los demás afectados estaban por el estilo de Moore —. Los afectados a la enfermería, ahora.

Ahora sólo quedaban cuatro alumnos en el aula, contando a Heron. Maldije mi suerte por lo que me pareció la centésima vez esa mañana, agitando mi varita para desaparecer el desastre de las mesas. Los tres Slytherins, encabezados por Carter, se burlaban con poco disimulo del aspecto pegajoso de la túnica de Heron. Como no estaba para aguantar peleas entre ese par, decidí dar por finalizada la clase.

—Carter, Bulstrode, Young, pueden irse —dije, enviando los calderos a un rincón junto a los lavamanos —. Tú también, Heron.

—Se te ve muy bien la túnica, Heron —escuché decir a Bulstrode.

—Deberías usarla en el baile de navidad —añadió Carter.

—¿Me estás invitando, Willie? —escupió ella comenzando a quitarse la túnica cuidadosamente.

—Con sangre sucias ni a la esquina, Heron —rio Carter —. Deberías invitar a Filch. Ya sabes: un squib y una sangre sucia podrían…

—Basta, Carter —interrumpí al muchacho.

Él me miró con extrañeza. Yo jamás lo había reprendido cuando incordiaba a Heron, incluso sabiendo que sus chistes crueles eran demasiado frecuentes.

—No es un término demasiado apreciado en estos tiempos —dije dedicándole una ligera sonrisa para apaciguarlo.

—Sí, seguro, profesor —el chico sonrió y palmeando a sus amigos en el brazo, salieron del aula entre risas.

Heron me miró con el entrecejo fruncido, dejando la túnica sobre su escritorio y quitándose los guantes pringosos. Sus mejillas estaban encendidas. Opté por ignorarla, con la esperanza de ahorrarme la conversación.

—Gracias por tan increíble defensa —bufó la chica.

—Por nada.

Ella guardó silencio un momento, mientras yo guardaba un par de libros en mi maletín.

—¿En serio? ¿Es todo lo que dirás? —su voz sonó un poco chillona.

Me volví a mirarla.

—¿Cuándo autoricé que me tutearas? —inquirí arqueando las cejas.

—Pensé que después de lo de anoche podría —sus ojos destellaban. Estaba bastante dolida por lo visto.

—Ah, bien… respecto a eso… No pasó —tomé el maletín, comenzando a avanzar hacia la salida.

—¿Qué? —Heron abrió la boca en una perfecta "o".

—Lo que oíste.

—¿Estás de broma?

—No. Y no me tutees.

Pasé por su lado, tratando de no mirarla demasiado. La puerta se veía tan distante a pesar de estar a menos de cuatro metros de mí.

—¿Y luego me pides que no te diga cobarde? —sentí su mano sujetando la manga de mi túnica.

Me detuve y la fulminé con la mirada. ¿Por qué ella simplemente no entendía la locura que significaba todo el asunto? ¡Vamos, Heron, mándame al diablo!

—No es cobardía. Es sentido común, niña —escupí con los dientes apretados.

—¡Es cobardía! —exclamó —Creí que era un hombre maduro, pero me equivoqué.

Me soltó y salió hecha una furia del salón, dejando atrás su túnica sucia y sus útiles escolares.

Me quedé de pie en el mismo lugar, anonadado. Había pensado que todo sería más difícil, que ella haría una pataleta o algo así, que yo acabaría besándola de nuevo para evitar estrangularla por imprudente…

Un minuto después la puerta volvió a abrirse y Heron entró a grandes zancadas, pasando por mi lado, ignorándome. Tomó sus cosas del pupitre y regresó por donde había venido, con las cejas casi tocándose de lo fruncidas que las tenía.

—Se me quedó… —murmuró con rencor, volviendo a pasar junto a mí.

Sin saber por qué, la tomé de la mochila que se había colgado en la espalda, casi haciéndola caer por el impulso que llevaba. La estabilicé, escuchando a medias sus quejas y la giré hacia mí para observar una vez más sus brillantes ojos azules.

—Suélteme —trató de zafarse, viéndose más molesta aún —. Es usted un maniático, debería ir a ver un sanador…

—¡Cállate! —la silencié subiendo un poco el tono de voz, sin llegar a gritar —Dime por qué insistes en hacernos las cosas tan difíciles.

—¿Yo? ¡Usted es quien le pone peros a todo!

—Actúo como debo.

—¿Cómo? ¿Idiota?

—Respétame, Heron. Soy tu profesor —ella volvió a sacudirse, así que la solté y me alejé un par de pasos.

—Anoche no parecía mi profesor, señor —arrastró la última palabra.

—Anoche estaba…

—¿Ebrio? ¿Confundido? ¿Idiota? —la chica se cruzó de brazos y comenzó a golpear su pie contra el suelo en un gesto de impaciencia.

Acababa de fijarme en que nunca antes la había visto sin túnica. Su falda era un poco corta, dejando entrever unos centímetros de sus muslos sin llegar a ser escandaloso; por suerte conservaba ese desaliñado suéter gris, cuyo objetivo era evitar a toda costa que las alumnas se viesen sexys.

—Ninguna de las anteriores —repuse con seriedad, apartando los ojos de la falda de la muchacha —. Anoche no fui coherente.

—¿Para eso me detuvo? —preguntó descruzando los brazos y poniendo las manos en jarras —. Me voy a almorzar. El puré de papas no cambia tanto de opinión como usted.

Esta vez se fue y no regresó. Tampoco traté de retenerla, no tenía sentido hacerlo cuando sabía que, de una u otra forma, me arrepentiría de mis actos. Ella tenía razón; pero no podía simplemente dejarme ir y tener una aventura romántica con una alumna menor de edad.

Sacudí la cabeza y me dirigí a mi despacho. No tenía hambre, así que no me pasaría por el comedor. Tampoco quería ver a Angela dirigiéndome miradas furtivas al otro lado de la mesa. La relación con ella se había vuelto un poco tensa desde que decidí terminar con nuestros encuentros ocasionales; es que simplemente no podía seguir con ella cuando pensaba en Heron cada vez que la tocaba.

—Severus.

Hablando del rey de Roma, pensé exasperado. Angela estaba de pie frente a mi despacho, mirándome con la misma intensidad que la noche en que terminamos. Era hermosa incluso con el aura de enojo que se percibía a metros de distancia. No tenía ganas de volver a explicar que no quería nada más con ella, así que yo, Severus Snape, opté por huir.

—Olvidé algo, Angela —dije frenando mi avance —. Hablamos en otra oportunidad.

Di media vuelta y caminé lo más aprisa que pude en dirección contraria, procurando poner la mayor distancia posible entre la maestra de transformaciones y yo. Ya no sólo era un cobarde por huirle a mis sentimientos por Heron, ahora también lo era por huirle a mí pasado con Angela Louper. Empezaba a extrañar las cosas antes del coma: el señor tenebroso y Dumbledore eran los únicos que me robaban la calma. ¡Por Merlín! ¡qué raro habría sonado eso de haberlo dicho en voz alta!

—¡Severus!

Ignoré por completo sus llamados y acorté camino por un atajo tras el tapiz de un brujo ebrio. En realidad, no sabía a dónde me llevaría en esa oportunidad, pero tampoco necesitaba un destino fijo; sólo quería alejarme lo más que pudiera. Para mí, esa mañana la moda era huir de mis problemas de faldas.

—¿Pero qué…?

Al salir del tapiz, me choqué con alguien delgado y bajito. Pensé que era algún alumno de primer año extraviado, hasta que miré hacia abajo y vi a Heron despatarrada en el suelo. El choque había sido tal, que la había arrojado de espaldas al suelo y su falda se había levantado hasta casi dejar su ropa interior al descubierto.

—¿Lena? —el asombro hizo que dijera su nombre sin siquiera caer en la cuenta de que lo había hecho. Tragué saliva sin poder apartar los ojos de sus piernas.

Heron se percató de que estaba a poco de enseñar los calzones y se sentó rápidamente bajando su falda, con las mejillas encendidas. Carraspeé, fingiendo inocencia y le tendí la mano para ayudarla a levantar.

—¿Qué quiere? —inquirió molesta, levantándose del suelo sin tomar mi mano.

Bueno. Era mejor fingir que yo no había visto y que ella no había enseñado.

—Sólo tomé un atajo —gruñí, bajando la mano, incómodo por el rechazo.

—Ah, veo —se sacudió la falda —. Adiós entonces.

Comenzó a alejarse.

—¡Hey! —la tomé del brazo, deteniéndola —. Este no es el camino al comedor.

—Voy con el profesor Finnigan —respondió con una mueca —. Me mandó llamar.

¿Profesor Finnigan? ¿Quién mierda era el profesor Finnigan? En Hogwarts no había un profesor con ese apellido… de hecho, sólo había conocido a alguien con ese apellido y era un verdadero grano en el culo.

—¿Qué Finnigan? —pregunté por si las moscas.

—El nuevo maestro de defensa —se removió un poco, incómoda.

—¿Finnigan? —insistí.

—Sí. Seamus Finnigan — hizo una mueca cuando sin pensar incrementé la fuerza del agarre —. Me está haciendo daño.

La solté, lamentando haber sido más brusco de lo necesario. Pero, volviendo al tema, ¿podía ser que McGonagall contratara al pirómano imbécil?

—¿Qué quiere contigo? —pregunté con pocas pulgas.

—No sé, señor —respondió haciendo énfasis en la palabra "señor" —. Puede venir y preguntarle si quiere.

Sin más, se volvió y comenzó a andar por el pasillo hasta doblar en una esquina. El enojo la había vuelto audaz, hasta el punto de llegar a hablarme como si fuese un mocoso de su edad. Mi sangre hirvió. Obligándome a no ponerme a gritar como un loco en pleno pasillo, apreté los puños y la seguí. Le quitaría unos cuantos puntos y de paso me enteraría de lo que quería el idiota de Finnigan con ella.