LENA

Apuré el paso lo más que pude. No quería estar cerca de Severus Snape ni un segundo más; estaba harta de sus estúpidos cambios de parecer. Entre más sentía su presencia cercana tras de mí en el pasillo, más ganas me daban de darle unas cuantas patadas en la parte anatómica que nos falta a las mujeres.

Llegué frente a la puerta de la oficina del profesor Finnigan y llamé un par de veces, esperando que me dejase pasar antes de que Snape separase el par de metros que le quedaban para llegar hasta mí.

—Adelante.

Abrí la puerta y me adentré en el despacho, tratando de cerrar la puerta antes de que Snape me siguiera al interior. Fallé en mi intento. La mano del hombre me impidió cerrar con muy poco esfuerzo de su parte.

—Hola, Lena —dijo Finnigan, mirando consternado cuando me tambaleé por el empujón que Snape le dio a la puerta.

Me aparté, resignada, mientras murmuraba un tenue "hola" dirigido a Finnigan. Snape entró fulminándome con la mirada.

—¿P-profesor Snape? —el nuevo profesor parpadeó un par de veces.

—Finnigan —saludó Snape de mal talante.

Me escabullí hacia una estantería repleta de modelos a escala de lo que parecían guitarras eléctricas. Me quedé allí, cruzada de brazos, deseando que mis ojos fuesen un par de armas para fusilar al maldito murciélago.

—¿Qué…? ¿A qué debo el honor? —Finnigan parecía un poco incómodo por la inesperada visita.

—Sólo venía a comprobar si los rumores eran ciertos —respondió Snape, dirigiéndole una evaluadora mirada a la vestimenta de Finnigan.

Aparentemente el pulcro profesor Snape reprobaba la alocada vestimenta del nuevo maestro.

—¿Qué rumores?

—Que McGonagall te contrató.

—Oh, bueno. Nadie más quería y yo… bien… necesitaba trabajar —el joven maestro se sonrojó un poco.

Los labios de Snape se curvaron en una cruel sonrisa.

—Me imagino —sus ojos negros se deslizaron hasta el lugar donde me encontraba —. ¿Acabas de llegar y ya estás castigando a Heron?

Finnigan lo miró atónito un instante.

—¿Qué? ¡Oh, no! No. Ella no está castigada —dijo rápidamente, reaccionando.

—Ya veo —sus ojos no se apartaron de mí, haciendo que mi enojo comenzase a convertirse en nerviosismo —. Como Heron suele meterse en problemas, imaginé que habría arruinado tu primera clase.

El nuevo profesor carraspeó, incómodo. Su primera clase se había arruinado, pero no por mi culpa, sino por culpa de Ben y Collette. Él metió sus manos dentro de los bolsillos de la túnica y dirigió sus castaños ojos hacia mí. ¿Qué ninguno podía mirar en otra dirección?

—Ella estuvo maravillosa en su primera clase —dijo el joven, dedicándome una leve sonrisa.

Estuve tentada a devolvérsela, pero los ojos de Snape parecían ser capaces de asesinar sin varita. Mi boca acabó por hacer un gesto más bien parecido a una mueca.

—¿Maravillosa? —Snape dejó escapar una nota de burla en su voz.

—Sí. Bueno, hizo el ejercicio de forma apropiada…

—¿Cuál era el ejercicio? —interrumpió Snape.

—Eran ejercicios no verbales… ellos debían…

—Eso lo aprendieron el año pasado —volvió a interrumpir —. Hasta Heron debió lograr algunos al final para pasar a sexto.

Mi cara se tornó roja. Los hechizos no verbales requerían de concentración, cosa de la que yo carecía la mayor parte del tiempo. Me había costado un poco más que a los demás lograr dominarlos.

—Supuse que apenas estarían revisando ese tema con usted —admitió Finnigan, pareciendo azorado —. No pensé que los vieran en quinto. Es muy pronto.

—Tengo entendido que las cosas han cambiado en Hogwarts —dijo Snape con desgana —. Tratan de que la educación sea mejor de lo que fue en tu época, Finnigan… pero puedo ver que el nivel seguramente bajará de nuevo.

El hombre de cabello color arena se envaró, molesto por el comentario ofensivo del maestro de pociones. Sus ojos cafés centellearon, albergando casi tanto desprecio como los oscuros pozos de Snape.

—Tenga por seguro que el nivel no bajará en ningún momento, profesor Snape —escupió Finnigan —. Por eso le pedí a Lena que viniese. Para saber qué temas faltan por ver.

—Pudo dirigirse a mí directamente. No veo la necesidad de llamar a Heron. Las clases las dicté yo, no ella.

Los hombres parecían estar combatiendo en una batalla de miradas asesinas.

—Necesitaba tratar otros asuntos además de las clases —respondió Finnigan con frialdad.

—¿Asuntos? —Snape arqueó las cejas.

—Sí, asuntos —Finnigan lucía desafiante.

—Espero que sean buenos asuntos —el énfasis en la palabra buenos fue evidente.

—Lo son. No tenga duda de ello —Finnigan le dedicó una sonrisa ladeada —. Ahora, profesor, si no le molesta. Acabo de llegar a la escuela y necesito tiempo para poner mis asuntos en orden…

Señaló cortésmente la puerta con una mano.

—Me imagino —Snape también le dedicó una fría sonrisa, que logró erizarme los vellos de los brazos —. Los dejo entonces… Heron, no olvide que está castigada todavía. A las ocho en mi oficina esta noche.

¿Castigada? ¿No me había levantado el castigo cuando hizo la escena de enfermo mental? Lo miré con ojos de vaca muerta, sin poder evitar que mi boca se abriera. Debí tener aspecto de troll retrasado porque Snape sólo hizo un gesto de suficiencia y salió del despacho.

Snape era un jodido idiota, o al menos se comportaba como uno. Sin duda quería arruinar mi vida, no le bastaba con rechazarme, besarme y volver a rechazarme. No. Él necesitaba dejarme en ridículo frente a quien fuera, a la hora que fuera y donde fuera.

—¿Eres su favorita? —preguntó Finnigan con un asomo de risa en su voz.

—¿Eh? —mi mente dejó en paz al murciélago, decidiendo que era mejor prestarle atención al nuevo profesor.

—¿Qué si te has ganado a Snape?

—Algo así… —respondí, tratando de ser sincera y evasiva al tiempo.

—En mi época molestaba a Neville Longbottom —Finnigan chasqueó la lengua reprobadoramente —. Era su alumno favorito para someterlo a sus burlas.

—Ah —entrelacé los dedos al frente y me mordí el labio, pensando en que Snape no me molestaba precisamente por los mismos motivos que a Neville Longbottom.

—¿Has visto a Ben? —inquirió, cambiando abruptamente de tema.

Negué con la cabeza. En realidad, planeaba ir a verlo a la enfermería antes de ir a comer algo, quería saber si su cara ya no parecía un cangrejo y comprobar el estado de ánimo de Collette. Suponía que aún estaba allí con él, arrepentida por cambiarle el rostro al muchacho.

—Está bien —Finnigan rio por lo bajo —. Está molesto con Collette, pero su cara es normal. Madame Pomfrey lo dejará salir por la tarde, quiere comprobar que no le vuelvan a salir pinzas.

Hizo un gesto con las manos, simulando las pinzas de un cangrejo.

—Bien —murmuré, sintiendo pena por Collette. Estuve tentada a preguntar dónde estaba mi amiga, pero Finnigan decidió hablar de nuevo.

—Se gustan, ¿no? —Finnigan se sentó al borde de su escritorio, moviendo las piernas adelante y atrás.

—¿Collette y Ben? —pregunté.

—No. Tú y Snape…

Sentí como la sangre desaparecía de mi rostro, mientras mi corazón comenzaba a bombear frenéticamente, casi saliéndose de mi pecho. Se había dado cuenta, Finnigan se había dado cuenta, pensé alarmada. Me imaginé siendo llevada a la dirección, expulsada de Hogwarts, sentada en el banco de la iglesia a la que acudía mi padre, casada y llena de hijos con algún joven mojigato de los que le gustaban a Richard Heron…

Finnigan soltó una carcajada.

—Claro que Ben y Collette —dijo divertido — ¿Quién se fijaría en Snape? Aunque debo admitir que el cabello corto le va mucho mejor.

—Ah… Sí. Eso creo —solté estúpidamente.

Respiré con alivio, sintiendo que el alma regresaba a mi cuerpo nuevamente.

Quizás Finnigan tuviese razón: ¿Quién se fijaría en Snape? Nadie en su sano juicio al menos; el problema era que yo estaba loca desde que nací. Sólo una loca andaría chorreando las babas por un hombre como él, alguien con un sentido del humor tan cruel, un tipo que cualquier persona consideraría despreciable sólo por actuar como lo hacía…

—¿Té, Lena? —dijo levantándose del escritorio de un salto.

–Eh… bueno —me metí un mechón de pelo tras la oreja.

—Siéntate, por favor —hizo un gesto con la mano, indicándome una silla frente a su escritorio.

Tomé asiento, acomodando compulsivamente el mechón de cabello detrás de mi oreja. Quería salir de allí cuanto antes. Me caía bien Finnigan, pero el comentario sobre Snape y yo había encendido mis alarmas: él parecía intuitivo y yo no estaba dispuesta a dejar que me descubriera. Suficiente tenía con que el murciélago bipolar supiese lo que sentía por él. Además, necesitaba tiempo y soledad para pensar en la mejor forma de tolerar las clases con Snape sin recurrir a ahogarlo en un caldero

El hombre sacó un par de tazas y una caja de bolsas de té.

—Profesor —me rasqué una ceja —¿Me necesitaba para algo más?

El hombre sonrió.

—¿Tienes prisa?

Me sentí avergonzada. No quería que se notara lo desesperada que estaba por largarme de esa oficina.

—No —mentí.

Él volvió a sonreír y vertió agua caliente con su varita en ambas tazas, poniendo una bolsita de té en cada una de ellas.

—Qué bueno. No tengo más clases hasta las tres y aún falta un rato para el almuerzo —puso una taza frente a mí —. Detesto la soledad ¿sabes? Me aburre.

—Sí… eh… estar solo es aburrido —las frases de apoyo inteligentes no eran mi fuerte.

Tomé la bolsita de té y comencé a subirla y bajarla dentro de la taza.

—¿Te molesta hablar con extraños? —inquirió Finnigan, haciendo aparecer de la nada un par de bolsitas de azúcar de las que usan los muggles y tendiéndome una.

—Usted no es un extraño —destapé el azúcar y lo vertí en el té —. Es el profesor de defensa contra las artes oscuras.

Rio animadamente, agregándole azúcar a su té.

—Bueno, lo soy. Pero no me conoces realmente —arqueó las cejas y le dio un sorbo al té.

Probé mi propio té, tratando de pensar en una respuesta inteligente a su afirmación. En realidad, no se me ocurrió nada listo para decir. La bebida estaba hirviendo y me quemé la lengua; odiaba tomar cosas calientes porque siempre resultaba con la lengua hipersensible.

—No… creo — dije chasqueando la lengua, tratando de calmar la horrible sensación.

—¿Te incomoda estar aquí? —él parecía encantado con su té hirviendo.

—No —me apresuré a decir —. Eh… tiene una bonita colección de guitarras… modelos a escala…

Señalé la estantería donde reposaban las guitarritas.

—Oh, sí. Adoro esas cosas —sonrió con satisfacción —. No sé tocarlas; pero me encantan.

Se quedó viendo a las figuritas, pensativo. Volví a tomar té, esta vez asegurándome de soplarlo lo suficiente para que se enfriase.

—¿Estaban siguiendo algún libro en especial en clases? —preguntó de repente, saliendo de su trance con las guitarras.

Me sorprendí un poco, pero tras tragar el té, respondí:

—Sí. Defensa avanzada contra las artes oscuras.

—¿Quedaron en algún capítulo en especial? —él sorbió lo último que quedaba en su taza, levantándola y dejando caer la última gota en la punta de su lengua.

—Quedamos en los patronus. La teoría al menos —dije, divertida. Que adulto tan extraño. Aunque no podía sacarme muchos años realmente.

Finnigan asintió, pensativo, sin percatarse de lo mucho que me había divertido su gesto. Dejó su taza vacía frente a él.

—Bien, seguiremos con lo que les estaba enseñando Snape —aplaudió una vez —. Así no dirá que los estoy dejando burros.

Dejé escapar una risita.

—¿Te divierto? —arqueó las cejas.

—Un poco —decidí ser sincera.

Él rio a su vez.

—Vale. Te dejo ir a almorzar, Lena —se reclinó en su silla —. Ya veremos cómo solucionar lo de tus amigos.

—Sí —dejé mi taza lo más lejos de mí para mantenerla a salvo en cuanto me levantase —. Nos vemos.

Me levanté, sintiéndome un poco desubicada y salí caminando con la mayor normalidad posible. No quería seguir dando la impresión de que deseaba huir de allí. Aunque, en realidad, ya no lo deseaba tanto como antes; la actitud de Finnigan hacía que te relajaras en cierta forma. Ahí, tras la puerta que acababa de cerrar, estaba el ser más opuesto a Severus Snape que había conocido en forma adulta.