LENA

Comenzaba a tener un poco de hambre y me sentía algo animada. Ben estaba bien y Collette no seguiría sintiendo culpa por un posible pelirrojo feo; sólo quedaba que se reconciliaran, incluso me importaba menos si se hacían novios de una vez por todas. Sí, estaría sola como un champiñón, pero por lo menos ellos se hablarían y pasarían algo de tiempo conmigo… de vez en cuando… Me di cuenta de que volvía a deprimirme ante esa perspectiva, así que dejé de lado los pensamientos sobre mis amigos y traté de pensar en algo que no fuese Snape.

Sin embargo, mi mente se empeñó en recordarme el momento exacto en el que el cretino me había aprisionado contra su pecho mientras su lengua llegaba casi hasta mi campanilla. Si por lo menos besara mal tendría motivos para arrepentirme; pero besaba como los dioses… aunque no puedo asegurarlo, nunca besé a un dios en mi vida. Dejémoslo en que besaba bien y ya.

Decidí pensar en Finnigan y su alborotado cabello color paja, sonriendo y bebiendo té como un adolescente. Sonreí mientras caminaba por un pasillo del tercer piso, pensando en que me vendría bien fijarme en alguien más parecido a él. Seguramente no habría puesto mis ojos en Snape si hubiese existido algún otro maestro más interesante. Sin embargo, no había tenido muchas opciones: estaban Flitwick, Firenze y Binns… Siendo sincera, esas relaciones habrían sido demasiado extrañas: el primero era más bajito que un niño de primer año, el segundo era mitad caballo y no me llamaba la zoofilia y el tercero… bien, estaba muerto. ¿A quién trataba de engañar? aunque Finnigan o cualquier tipo buenazo hubiese desfilado sin ropa frente a mí, mis ojos siempre iban a estar en el narigón insensible de Severus Snape.

—Ah —solté un grito ahogado cuando algo me tomó del brazo con fuerza, tirando de mí antes de que alcanzara a doblar la esquina.

Me estrellé de espaldas contra lo que parecía el pecho de alguien y mi boca fue cubierta con una mano. Forcejeé, asustada, con mil imágenes de Carter y sus amigos torturándome en algún lugar de Hogwarts.

—Quieta.

La voz me hizo relajar un poco. No era Carter, era Snape quien me arrastraba hacia atrás por el pasillo. Traté de zafarme del agarre, odiando la sensación de estar siendo secuestrada en el lugar donde recibía clases.

—Quieta o te hechizo, Heron.

¿Era mi impresión o se oía bastante molesto? Comprobé que estaba furibundo cuando abrió una puerta casi a patadas y me empujó dentro sin ninguna consideración.

—¡Hey! —salté, dejando caer mi mochila al suelo y alisando mi ahora arrugado suéter.

Él me ignoró, cerrando la puerta con seguro.

—¿Qué cree que hace? —me dirigí a la puerta, tratando de apartarlo para poder salir.

Volvió a tomarme del brazo y me alejó a la fuerza de la puerta.

—¿Se ha vuelto loco? —exclamé, molesta.

—¿Qué quería? —preguntó aumentando la presión en su agarre y mirando con intensidad mis ojos.

—¿Quién? —clavé mis dedos en su muñeca, tratando de que aflojara el apretón.

—Sin tonterías, Heron. ¿Qué quería Finnigan contigo?

Abrí mucho los ojos, cesando mi intento por soltarme. ¿Snape estaba celoso?

—¿Está celoso? —me burlé.

—Ni en tus sueños, mocosa —gruñó —¿Qué quería?

—Lo que le dijo —bufé —. Quería saber en qué quedamos en las clases.

—¿Se demoró tanto en eso? —sus ojos aún fijos en los míos.

—No. Me ofreció té —contesté, sintiéndome ridícula por darle explicaciones a alguien que no era nada mío.

—¿Té?

—Sí. Té —reanudé mis esfuerzos para que dejara de apretar mi brazo.

—No deberías andar tomando té en el despacho de Finnigan —escupió frunciendo el ceño.

—Pues ofrézcame té la próxima vez que vaya a su despacho; así también tomo en el suyo —gruñí —. ¿Quiere soltarme? Me está lastimando.

Aflojó su agarre, mas no me soltó.

—Con chistes a mí no, Heron.

Ya era bastante ¿no? ¿Qué carajos le pasaba al jodido lunático? Hacía poco más de una hora me había rechazado sin ningún reparo y, ahora, me estaba haciendo una escena de celos que parecía sacada de alguna telenovela muggle… Con los estelares de Magdalena Heron como Luz Clarita la del barrio y Severus Snape como Francisco Fernando Antonio de la Sierra…

—¿Qué quiere? ¡Dígame qué carajo quiere! —chillé —Hace un rato me mandó a freír espárragos. ¿Qué hace siguiéndome por el castillo?

Esta vez me zafé de un tirón, mirándolo desafiante.

—Es por tu bien —dijo dándome la espalda —. No quiero que estés nunca a solas con Finnigan.

—¿Qué tiene Finnigan? Es gracioso, buen profesor hasta donde pude ver y…

—¿Gracioso? —se volvió con los dientes apretados.

Por si las moscas, retrocedí un par de pasos.

—Sí, bueno, se está bien con él —dije con sinceridad.

—Puede ser un payaso si quiere, pero te exijo que te alejes de él si no estás en su clase —Snape estaba dejando ver un lado que jamás había notado en él. Normalmente daba órdenes a diestra y siniestra, pero ahora estaba siendo posesivo.

—Usted no me venga a exigir nada —bufé —. No tiene derecho. No somos nada.

Recogí mi mochila del suelo y me dirigí a la puerta con decisión. Él no hizo nada cuando pasé por su lado. Su ceño estaba tan fruncido que casi se tocaban sus cejas, parecía estar teniendo una lucha interna.

—Abra la puerta —exigí, moviendo el pomo frenéticamente.

—No.

Lo miré con ira. No quería comenzar a gritar; pero si no abría la mugrosa puerta, planeaba levantar el colegio a gritos.

—Abra la…

—No voy a abrirla —me interrumpió —. Tienes razón: no somos nada. Pero cambié de opinión…

—Que novedad —murmuré.

—Cállate y déjame terminar —gruñó apretando los puños —. Quiero que continuemos con lo de ayer.

Parpadeé, perpleja. ¿Había escuchado bien? ¿Debería haberme lavado más a fondo las orejas?

—¿Usted…?

—Sí, Heron —asintió con la cabeza, aún se veía enojado —. Acércate.

Dudé, pero segundos después dejé la puerta en paz y puse mi maleta en el suelo. Me acerqué a Snape con paso vacilante. ¿Sería una treta para ahorcarme por fin? Cuando estuve frente a él, Snape levantó las manos de improviso, haciéndome estremecer y cerrar los ojos aterrada.

—No voy a matarte, Heron.

Sentí como sus manos se posaban a ambos lados de mi cara. Abrí los ojos a tiempo para ver como su rostro se acercaba al mío, acortando la distancia de nuestros labios.

—¿Y si yo no qui…?

Sus labios se posaron sobre los míos, impidiendo que completara la pregunta. Fue un beso menos intenso que el del día anterior, aunque no parecía tampoco como el que le das a tu abuela. Él terminó el beso con un suave roce de sus labios.

—Sí quieres —susurró sin soltar mi rostro —. No te quedes a solas con Finnigan. No confío en él.

—No parece capaz de dañar una mosca —dije apenas moviendo mis labios.

—Eso no lo sabes. No tenía motivos para llamarte a su despacho

—Mis amigos arruinaron su clase… también quería informarme sobre cómo estaban ellos.

—No importa, Lena —sentí que me derretía al escuchar mi nombre —. Procura no estar a solas con Finnigan…

—¿Son celos? —sonreí burlona

—Por supuesto que no —sus ojos recorrieron mi rostro —. No digas tonterías.

Me soltó antes de que pudiese decir algo.

—A las ocho en mi despacho —comenzó a avanzar hacia la salida.

—¿En verdad estoy castigada todavía? —pregunté, abatida.

—Es lo que debe pensar todo el mundo.

Abrió la puerta y salió del salón, dejándome sola y confundida. Ahora me preguntaba si el té de Finnigan no me había hecho alucinar, si de verdad había comenzado en ese momento algo con Severus Snape.

SEVERUS

Pasé el resto de la tarde en mi despacho, tratando de concentrarme en calificar las estupideces que los estudiantes ponían en sus trabajos. Resultaba difícil evitar que mis pensamientos giraran en torno a Lena Heron. ¿Qué me había motivado a cambiar de parecer cuando iba a dejar de lado semejante locura? ¿Era por Finnigan realmente o sólo me estaba engañando a mí mismo para no admitir que estaba siendo débil? Quería proteger a Heron de Finnigan, de eso no tenía dudas. El tipo no podía mantener sus pantalones arriba desde que estaba en el colegio y no perdonaba a ninguna mujer en la que se fijase. Incluso Pansy Parkinson, con todo y su amor por Draco Malfoy, había terminado cediendo. Sacudí la cabeza, tratando de apartar el recuerdo de Parkinson y Finnigan desnudos en una mesa. Qué evento más desagradable había tenido que presenciar. Si no los llevé ante el director esa noche, fue sólo por salvar el pellejo de la Slytherin.

De alguna manera, temía que el muchacho fuese el mismo mujeriego de antaño. Odiaba la idea de que tratase de enrollar a Heron de esa misma forma. ¿Pero acaso yo no quería hacer lo mismo? No podía negar que sentía deseo por Lena Heron y que no confiaba demasiado en que lograse mantener la compostura en todo momento.

—No es lo mismo —murmuré para mí.

¿Por qué no era lo mismo? Yo era un hombre adulto que acababa de iniciar una relación inapropiada con una estudiante de sexto año. Al menos Finnigan había salido del colegio sólo seis años atrás. Apreté la pluma contra el pergamino que estaba calificando y dejé un horrible manchón de tinta. Después de eso resultaba casi ilegible el primer párrafo. Sin ganas como estaba de leer nada, garabateé un seis en la esquina al ver que pertenecía al cabeza de chorlito de Joshua Montorfano. Seguramente el idiota se daría por bien servido, en vista de que sólo servía para detener bludgers con la cabeza.

Dejé a un lado los pergaminos por calificar y puse la pluma en el tintero. Si seguía calificando así iba a ponerle notas erradas a todo el mundo. Me escurrí en la silla, quedando casi acostado sobre el asiento. "vas a torcer tu espalda, Severus", decía mi madre cada vez que me veía sentado de esa manera. Solía hacerlo cundo algo me perturbaba. En mi adolescencia habían sido Lily y el Señor Oscuro los temas que me robaban la paz, veinte años después habían sido la memoria de Lily, el Señor Oscuro y Dumbledore. Ahora, sin Señor Oscuro a quien servir o traicionar, según fuera el caso, y sin Dumbledore para disponer de mis servicios de traidor número uno, sólo quedaba Magdalena Heron y su chiflada existencia. Además, también estaba Lily y el creciente sentimiento de estar traicionando el amor que sentía por ella. Porque amaba a Lily ¿no? Siempre lo había hecho y nunca había dudado de que siempre lo haría.

Me pasé la mano por el corto cabello. No me había crecido desde que saliera de San Mungo y tampoco me había molestado en pensar en ello hasta ahora. En otra época, el cabello habría vuelto a su forma original sólo con pensarlo; pero justo ahora no me importaba. Casi debía aceptar que prefería esta nueva apariencia. Era como si fuese una persona diferente, un Severus Snape que no estaba tan dañado como el otro. "Estás perdiendo la razón, Snape", pensé sonriendo con tristeza.

LENA

Había una vez una joven de dieciséis años, con las hormonas disparadas por culpa de su profesor de pociones, cuya vida estaba a punto de cambiar en cuanto entrase al despacho de dicho maestro… Ese habría sido el comienzo ideal de un cuento de hadas poco convencional; claro si todo en mi vida fuese un cuento de hadas.

Me limpié las manos en la túnica, procurando eliminar el sudor frío que comenzaba a aparecer debido a los nervios que sentía ante el próximo encuentro. Mi vista estaba fija en el enlodado césped que se observaba fuera de la ventana de mi sala común, y me mordía el labio de vez en cuando.

—¿Qué tienes?

Di un bote al escuchar la irritada voz de Collette.

—¿Qué? —dije para ganar tiempo, mientras me hacía la interesada en el tablero de ajedrez que reposaba en la diminuta mesa que teníamos en frente.

—No has movido… y tienes la mirada en la luna —sentenció ella con sus ojos grises fijos en mí.

—No es cierto. Pensaba en cómo mover —alegué en mi defensa.

—Oh, ya. Seguro.

Collette comenzó a recoger las piezas del tablero.

—¡Oye! ¿Por qué haces eso? —inquirí, asombrada por la actitud de la chica.

—Porque sí —dijo cortante —. No quieres jugar. No quieres hablar. Estás peor que Ben.

—¿Qué? ¿Peor que Ben? —me sentí ofendida —¡Yo no te he hecho nada!

Ella guardó todas las fichas dentro del tablero y lo cerró. Frunció el ceño y se mordió el labio mientras tomaba aire con fuerza.

—Lo sé. Lo siento —murmuró al fin, viéndose abatida —. No es contigo… es que… Ben es un idiota.

Suspiré y después le dediqué una pequeña sonrisa. No iba a discutir con ella por semejante tontería.

—Eso no es algo nuevo —traté de animarla —. ¿Por qué no hablas con él? Trata de arreglar las cosas.

—Ya le pedí disculpas… pero sigue muy molesto por lo de la clase de Finnigan —se recostó en su sillón —. Creo que ya no volverá a hablarme jamás.

—Sí lo hará —miré la hora en el reloj sobre la chimenea. Me quedaban quince minutos para mi encuentro con Snape.

—¿Tú crees?

—Sí, seguro —salté sobre mis pies, guardando mi varita en el bolsillo de la túnica —. Tengo que irme ahora… A mi detención. Ya sabes… Snape.

Ella asintió. Su gesto aburrido denotaba lo mucho que le fastidiaba quedarse sola; pero yo no podía faltar a mi encuentro con Severus… Snape, como sea, no tenía idea de cómo llamarlo. Había soñado tanto con el día en que él quisiera tener una loca aventura conmigo, que no podía retractarme y dejarlo plantado justo ahora.

—Ya nos veremos —me despedí con un gesto de la mano y me escabullí por el pasadizo fuera de la sala común.

¿Cuáles serían las consecuencias de esto? Esa pregunta llevaba rondando mi cabeza durante las últimas horas. No sabía a ciencia cierta si estaba ansiosa porque las cosas estaban pasando tal y como quería, o si era terror por cómo iba a comportase Snape a partir de ahora. Deseaba que el camino a las mazmorras fuese más largo, así habría tenido más tiempo para pensar mejor las cosas. No era como si tuviese demasiadas dudas respecto a lo que sentía por él, pero era bastante joven, con tanta experiencia en relaciones con hombres mayores como la madre Teresa. No era de extrañar que me atemorizara el porvenir.

Una vez frente a la puerta de su despacho, tomé aire profundamente y golpeé la superficie de madera tres veces. Un desganado "siga" me indicó que era libre de adentrarme en el sombrío lugar.

—Hola —dije tímidamente cerrando la puerta tras de mí.

—Buenas noches, Heron —respondió secamente. Estaba sentado tras su escritorio, con un montón de pergaminos frente a él, su vista fija en uno de ellos, pluma en mano, rayando aquí y allá.

¿Heron? ¿Así era como me recibía? Debí suponer que no iba a cambiar demasiado su trato hacia mí.

—Eh… ¿cómo estás? —traté de iniciar una conversación.

Él dejó el pergamino sobre el montón y me miró con una ceja elevada, parecía divertido.

—Eres pésima estableciendo conversaciones —sonrió burlonamente.

Fruncí el ceño, ofendida. No podía establecer una conversación con él si lo primero que me decía al entrar era "buenas noches, Heron" … Era simplemente ridículo. No tenía idea de cómo actuar frente a él si el trato iba a ser tan formal como antes. Su saludo no me dio ninguna idea.

—No sé cómo hablar contigo… usted… ¿puedo tutearlo?

Soltó un bufido entre exasperado y divertido.

—Puedes.

Se levantó de la silla y desvaneció los pergaminos con un ondeo de su varita.

—Bien — sonreí con nerviosismo.

—¿Bien? ¿Dónde dejaste al fastidio de Magdalena Heron? No puedo verla —comentó con tono burlesco.

—No me gusta que me digan Magdalena —bufé con los dientes apretados.

—Ah, ya está apareciendo —una maliciosa sonrisa se dibujó en sus labios —. Siéntate… no irás a pasar el resto de la noche ahí de pie ¿verdad?

Negué con la cabeza, con la sensación de que me veía tonta. Avancé hasta la silla frente a su escritorio, sentándome lo más derecha que pude.

—Es mi impresión… ¿o Lena Heron está nerviosa? —se deslizó hasta quedar tras mi silla.

—No —di gracias a Dios porque no estuviese mirando mi cara en ese momento, porque no estaba nerviosa: estaba al borde de requerir medicación.

—Qué bueno… —sentí sus manos posarse sobre mis hombros, haciendo que diera un respingo —que no estás nerviosa.

Me mordí el labio, sintiendo que el aire se hacía más pesado y que me costaba respirarlo con normalidad, cuando él comenzó a recorrer mi cuello con sus largos y finos dedos. De un momento a otro, pude percibir su respiración en mi oído derecho, acompañada de una caricia de su nariz.

—Hueles bien —susurró con su sedosa voz en mi oído.

Me pasé la lengua por los labios y cerré los ojos, junté mis manos para evitar que temblaran. Su voz era tan… Dios, tan seductora. Sólo había hecho un simple comentario, pero fue suficiente para que mi piel se erizara.

Sus manos llevaron mi cabeza hacia atrás con suavidad, elevando mi rostro. Abrí los ojos lo suficiente para verlo acercar su rostro al mío lentamente, mientras acariciaba mi tráquea con sus dedos. Sus labios se posaron sobre los míos, comenzando con un suave roce, para después adueñarse de ellos con necesidad; era un como un hombre sediento en un cristalino arrollo. Supe de inmediato que, de haberme quedado de pie, me habría caído: mis piernas comenzaron a temblar, sintiéndose como de mantequilla, a medida que el volvía el beso más profundo, explorando mi boca con su lengua.

Mis manos se aferraron a los brazos de la silla con más fuerza de la necesaria. El beso continuó hasta que se hizo difícil respirar; entonces él se separó de mí, dejándome con una extraña sensación de vacío en la boca del estómago. No quería que dejara de besarme, sus labios eran como una especie de droga que una vez probada no podía abandonarse.

—Ven —tendió su mano hacia mí, invitándome a levantar.

No necesité oírlo dos veces. Me puse de pie y me acerqué a él, tomando su mano. Sus ojos fijos en los míos, su boca con una ligera sonrisa de satisfacción, como si conociera algo que yo no.

—¿Cuánto te falta para ser mayor de edad? —preguntó tomando mi barbilla con su mano y acariciando mis labios con su pulgar.

—¿Por qué quieres saber eso? —pregunté a mi vez.

—Curiosidad.

—El 31 de agosto.

—No harás demasiada magia en casa —se burló.

Apreté los labios, un poco molesta. Ya llevaba bastante sufriendo con esa idea: no poder hacer magia en el verano en que todos mis compañeros la estarían haciendo, no era la mejor forma de llevar las vacaciones. Cómo deseaba haber nacido antes, no era justo tener sólo un miserable día para hacer magia fuera de la escuela.

—No es divertido —refunfuñé.

—Sí, lo es —nuevamente se apoderó de mis labios.

Sus manos se posicionaron en mi cintura, apretando un poco sobre la negra tela de la túnica, mientras las mías tuvieron el atrevimiento de acariciar su rostro pálido hasta llegar dubitativamente al oscuro cabello.

—Sería bueno que volvieras a tomar asiento… —murmuró en cuanto separó nuestros labios.

—¿Por qué? —grazné automáticamente, aún con los ojos cerrados y mis manos en su cabello. Yo quería seguir con el beso; se sentía demasiado bien para querer dejarlo.

—Porque es lo que más te conviene ahora.

Abrí los ojos de golpe al escucharlo, sintiendo como cierta parte de mi anatomía cobraba vida y comenzaba a exigir atención. Alarmada, me solté de él, retrocediendo mientras trataba de disimular mi sonrojo alisando mi túnica. Tal vez estaba loca y malinterpretando la frase de mi profesor, pero mi cuerpo deseaba que mi deducción fuese correcta; y eso no estaba bien, absolutamente nada bien… Carajo, si apenas lo comenzaba a conocer. No, ni siquiera eso: no estaba ni cerca de comenzar a conocerlo.

Levanté nuevamente mi mirada hacia su cara, sonrojándome aún más al ver su sonrisa burlona.

—¿Qué es tan gracioso? —solté a la defensiva.

—No voy a violarte, Heron —soltó un bufido burlesco.

—¿Cuándo he dicho eso? —las manos comenzaban a temblarme. Era una curiosa mezcla entre vergüenza y nerviosismo la que sentía en la boca del estómago.

—Si te muestro un espejo, sabrías que no hace falta que lo digas —se cruzó de brazos sin dejar de mirarme ni un segundo —. ¿Me tienes miedo?

—Yo… yo no… yo —¿podía llegar a ser más boba en la vida? No lo creo.

—Voy a serte sincero, Magdalena… —comenzó.

—Lena —intervine automáticamente.

—Lena —corrigió sin abandonar el gesto burlón de sus labios —. Soy un adulto, bastante mayor que tú, por cierto. Y como todo adulto, tengo ciertas necesidades que, si bien pueden obviarse por un tiempo, no lo harán para siempre…

Sentí como mi labio inferior comenzaba a temblar. Él… ¿me lo estaba pidiendo? ¿Así? ¿Sin rodeos de ningún tipo? ¿Sin prometerme la luna, el cielo y todas las malditas estrellas del puto firmamento? No estaba actuando como los hombres que mi madre solía mencionar: él no me estaba jurando amor eterno antes de decir que quería acostarse conmigo.

—Sin embargo, no va a pasar nada que no desees —continuó, esta vez con gesto serio —. No voy a decir que te amo para que dejes que haga lo que quiera contigo; no soy ningún adolescente desesperado para recurrir a eso… Quisiera que me comuniques cuando te sientas incómoda para saber hasta qué punto puedo…

—Ahora me siento incómoda —dije con un graznido.

—Ahora no cuenta. Estoy dejándote claras mis condiciones…

—¿También los términos de uso? —por milésima vez en mi existencia, no pude dejar mi boca cerrada.

—No seas payasa —regañó con tono molesto.

—Bien. De acuerdo. He cogido la idea —agité mis manos frente a mí, queriendo que cesara de explicarme sus "necesidades de adulto" —. No eres un niño, necesitas… —me aclaré la garganta, incómoda. Bajé la voz hasta convertirla en un susurro —necesitas sexo…

—No específicamente…

—Sí. Ya. Necesitas ciertas cosas y eso… —interrumpí, elevando la voz de nuevo —. Yo… bueno… yo tal vez… ¡No soy una niña!...

—No he dicho nada semejante…

—Sí, bueno, por si lo pensabas decir —mierda, estaba diciendo toda una sarta de idioteces juntas. Pero no me juzguen, sólo era una mocosa de dieciséis años —. Severus, no puedo decirte que yo seré como la profesora Louper…

—No viene al caso que la nombres —dijo ácidamente.

—No es una escena de celos —atajé —. Sólo es… un punto de comparación. Como iba diciendo: no sé si pueda llegar a todo ese tipo de cosas que de seguro hacías con ella —mierda que sí sentía celos ahora que pensaba en ello —. Eres un hombre hecho y derecho. Lo sé. No necesito que lo digas… y, como dije antes, sé que tienes necesidades… sólo… sólo ¿podrías tenerme un poco de paciencia?

Me mordí el labio, arrugando la cara con vergüenza. Sentía mi espalda arder, casi al punto de incendiarse; no creí que llegaría a tener ese tipo de conversación en la primera cita.

—¿Por qué crees que accedí a continuar con este descabellado asunto? —bufó —. Tengo más paciencia para ti de la que quisiera.

Me dedicó una sonrisa encantadora (para mí lo fue; al demonio si para otro no), haciendo que me relajara un poco. Bueno, no era tan malo que me hablara de frente ¿no? Por lo menos era sincero.

Mi padre y madre siempre decían que los hombres que no pertenecían a su iglesia sólo buscan una cosa: el asunto que queda entre tus piernas. Crecí escuchando sobre el terrible pecado que cometía una mujer que se dejase tentar por "los hombres lujuriosos que sólo quieren fornicar", así que no era raro que me diese un poco de temor todo lo relacionado con el sexo. Si bien no era una mojigata y entre mis planes de vida no estaba llegar "pura" al matrimonio, no había estado con nadie, nunca, jamás de los jamases. Había permitido a Kutcher tocarme el busto un par de veces sobre la ropa, pero nada más caliente que eso.

Vale, mi cuerpo había respondido ante Severus Snape con una simple frase, cosa que no hizo con el bobo de Kutcher ni con aquel muchacho de Ravenclaw con el que me besara en cuarto. Eso le daba puntos y lo hacía avanzar un gran tramo en sus posibilidades de llevarme a la cama; y no podía negar que en el fondo lo deseaba. No quería que fuese justo ahora, pero sí en algún momento, cuando me sintiese un poco más segura sobre el asunto. Pero Severus me había dado una opción bastante sencilla: abrir mi bocota cuando no quisiese algo. Definitivamente la utilizaría… o tal vez no; todo dependía del poder de convencimiento de Severus y de qué tanto me pudiera el miedo.