SEVERUS
Tal vez me pasé un poco con Heron ese día, quizás la aterroricé más de lo necesario; pero ¿qué puedo decir? Quería comprobar un par de cosas sobre ella. Necesitaba saber que no sería el único que iba a arriesgar el pellejo en esa absurda relación disparatada. Sin duda debí quedar como un pervertido que quería llevarla a la cama con premura, pero la única cosa que se me ocurrió para probarla fue esa ¿a qué más podría temerle una chiquilla de su edad? Entiendo que con eso pude alejarla de mí, que bien podría haber salido corriendo y no regresar jamás. Sin embargo, ahí estaba al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente también.
No hablábamos de cosas demasiado interesantes, ella no me seguiría la cuerda con política o hechizos complicados; pero era hasta cierto punto entretenido escucharla parlotear sobre lo mucho que había admirado a su abuelo y las cosas que hacía de niña. Todo marchaba bien hasta que ella se interesaba por mi vida y comenzaba a hacer preguntas, así que más de una vez me vi obligado a cambiar de tema preguntándole alguna cosa sobre sus intereses. Gracias a ello me enteré de su entusiasmo por la idea de ser medimaga en el futuro.
—Tal vez no lo consiga —comentó una noche, acomodando mejor su cabeza en mi regazo.
—¿Por qué no? —pregunté con el ceño fruncido.
—Bueno… mis notas no son las mejores —sus mejillas adquirieron un tono rosa intenso —. No soy tan lista.
—No eres tonta. Sólo despistada —dije. Sentí remordimiento por las veces que la ridiculicé en clases.
—Me distraigo fácilmente —ella comenzó a juguetear con su corbata, con la mirada perdida en algún punto de las estanterías llenas de libros.
—Harías mejor las cosas si te centraras más — dije acariciando su sedoso cabello castaño.
—Lo intento, créeme… ¿Severus? —se levantó de mi regazo, sentándose bien en el sofá. Su mirada de repente era intensa.
—¿Qué? —la escruté con mi mirada, queriendo deducir sin meterme en su mente, qué se traía entre manos.
—¿Por qué te ves tan joven? Ben dice que eres muuuuucho mayor que Finnigan. Y no te ves mucho mayor que Finn…
—Suficiente de cuentos, Heron —la interrumpí. No tenía deseos de hablar sobre mi estadía comatosa en San Mungo y, mucho menos sobre cuántas cosas habían probado en mí para mantenerme con vida.
—Pero…
—Cambia el tema o vete a dormir.
Después de eso, por primera vez en mucho tiempo, Lena Heron demostró tener algo de sensatez y volvió a hablarme de sus técnicas de estudio para obtener buenos EXTASIS.
LENA
Los días pasaron volando esa semana. Antes de darme cuenta estábamos en pleno sábado, a escasos diez minutos del partido de quidditch contra Slytherin. Abracé mi escoba, muerta de nervios, sintiendo el estómago pesado a pesar de no haber desayunado nada.
—Todo saldrá bien —dijo Astrid animadamente.
—Lo dudo —intervino Ann con tono ácido.
Ann Perkins, capitana del equipo, estaba enojada conmigo por haber faltado a la última sesión de entrenamiento. Sentí culpa. Había faltado a la práctica nocturna por estar "castigada" en el despacho de Severus.
—Claro que sí, Ann —Andrew Jones, uno de los golpeadores, le pasó un brazo sobre los hombros, apretándola contra sí —. Recuerda que Lena es bastante buena.
—Oh, sí. Es buenísima buscándose castigos con Snape —refunfuñó la capitana —. Escuché que estuvo toda la semana metida en su despacho.
Tragué con dificultad, sintiendo como mis manos comenzaban a sudar. Así que todo Hufflepuff sabía de mis "castigos".
—¿Has sido muy mala, Lena? —preguntó Julia Mathew, una de las cazadoras, con mirada soñadora.
—¿M-mala? —tartamudeé, tratando de que mis ojos no se abrieran asustados, recordando todas mis sesiones de besos fogosos con el profesor de pociones.
—Sí. Tu castigo ha sido más largo de lo normal —asintió Julia —¿Hiciste algo muy malo?
Abrí la boca para responder, pero Joshua Montorfano, el otro golpeador, me ahorró el trabajo.
—¡Ja! Si le tumbó los dientes a Carter —rio mi compañero de curso —Fue alucinante. Aunque creo que será un milagro si le levanta el castigo este año.
—Eh… Sí. Eso. Está muy molesto… Snape… me odia —dije tratando de sonar convincente.
Ann me miró con el entrecejo fruncido, evidentemente no muy contenta ante la perspectiva de que su buscadora estuviese castigada todo el año.
—Sí. Bueno, excelente plática, pero es hora del partido —dijo soltándose de Andrew —. Procura ver la snitch, Heron —murmuró en mi oído al pasar junto a mí.
Apreté los labios, sintiéndome apenada. Ann Perkins siempre había sido tan buena conmigo, que realmente me dolía que me tratara con frialdad.
Seguí a los chicos al campo, sintiendo el viento silbar en mis oídos con fuerza. Mi cabello, atado en una cola de caballo, fue zarandeado de aquí para allá, sin rumbo aparente, mientras mi túnica luchaba por levantarse y ser libre. Me las arreglé para subirme sobre la escoba y levantar el vuelo al escuchar el sonido del silbato de madame Hooch, sintiendo que en cualquier momento iba a salir disparada a la estratosfera por el viento.
—Y Mathew tiene la quaffle —la voz de Andy Redfield, de Gryffindor, se elevó sobre los gritos de las tribunas —. Se la pasa a Stewart, ahora la tiene Perkins. Mathew, Perkins, Mathew…
Volé alrededor del campo de quidditch, tratando de localizar la diminuta pelotita dorada, notando que Tisdale, la buscadora de Slytherin, me seguía a escasa distancia. Por ninguna parte se veía la maldita pelota, y la tentación de mirar a la tribuna de Slytherin en busca de cierto profesor se me hacía cada vez más irresistible. Vamos que sólo era girarme un poquito y mirar…
—Eah, Heron… a qué te da miedo atrapar la snitch hoy —la voz burlona de Tisdale me hizo frenar mi recorrido del campo.
—¿Por qué le temería a eso? —la miré sobre el hombro, tratando de poner una expresión burlona.
—Porque el profesor Snape te castigaría más… uuuuh —me sacó la lengua y girando, aceleró su escoba en dirección contraria.
Fruncí el ceño. ¿Toda la maldita escuela sabía que estaba castigada? Impulsé mi escoba tras la de Tisdale, para evitar que ella me llevara mucha ventaja en caso de que viese la snitch primero.
—Perkins esquiva la bludger de Rodríguez, evade el bate de Bulstrode… ¡Y anota! —chilló Andy sobre el alboroto de los Hufflepuff —Diez a cero a favor de los tejones… Kootrapunki se ve molesto…
—Koothrappali —lo corrigió la profesora McGonagall en voz alta.
—Sí, Koothrappali… —asintió el chico —. Ahora es Slytherin quien lleva la quaffle… Hayes a Lodge, Lodge a Clapton. Clapton la deja caer y la atrapa Perkins… Está muy animada Perkins el día de hoy, seguro que es para impresionarme…
—¡REDFIELD! —el grito de McGonagall fue audible sobre las risas de los Hufflepuff y los abucheos de los Slytherin.
—Lo siento, lo siento. Aún no me creo que salga conmigo —se excusó Andy antes de proseguir con la narración —. Perkins continúa con la quaffle… Bulstrode la golpea con el bat… ¡SERÁS HIJO DE…!
El micrófono fue insonorizado, mientras Andy agitaba su puño en el aire, diciendo sabrá Dios que cosas al bateador de Slytherin. Tisdale y yo nos habíamos detenido en mitad del aire: ella para reírse de la nariz sangrante de Ann y yo para asegurarme de que la capitana no estaba herida de gravedad.
—Penalti a favor de Hufflepuff —gritó la profesora McGonagall en vista de que Andy no cesaba de gritar groserías hacía Bulstrode.
—¿Estás bien? —grité a Ann, haciéndome oír sobre el rugido de los Hufflepuff que animaban a Julia a marcar.
—Tú vuedve a buscar la snitch, Hedon —gruñó Ann con voz nasal. Su nariz se hinchaba rápidamente.
—Pero…
—Vuedve o te deemplazo —ella dio media vuelta en su escoba y fue a reunirse con Astrid.
—Veinte a cero a favor de Hufflepuff… ahora Lodge va con la quaffle…
—¡HERON!
Brinqué en mi escoba al escuchar el grito de la tribuna de Hufflepuff. Miré en todas direcciones, buscando a Tisdale, para verla un par de metros sobre mi cabeza, detrás de la preciada pelotita dorada. Solté una maldición y de un tirón brusco, encaminé mi escoba tras la de la chica. No lo lograría, estaba muy lejos…
—¡Tisdale! ¡Tu lápiz de labios! —grité en medio de mi desesperación en cuanto alcancé la cola de la escoba.
Ella se llevó la mano a los labios, horrorizada, durante los segundos suficientes para perder ventaja. Logré igualarla, sonriendo ante su furiosa mirada.
—Serás… —chilló, golpeando mi costado con su codo.
Solté un gemido de dolor, pero no abandoné la persecución.
—LODGE EVADE A ARTHUR ROGERS Y ANOTA. VEINTE A DIEZ A FAVOR DE HUFFLEPUFF
Le devolví el golpe, sonriendo maliciosamente al escucharla lloriquear en su escoba, disfrutando desquitarme con ella por lo de Ann, mientras estiraba el brazo y lograba cerrar mi mano alrededor de la preciada snitch.
—¡HUFFLEPUFF TIENE LA SNITCH! ¡LOS TEJONES GANAN CON CIENTOSETENTA PUNTOS! —gritó Andy con emoción —ESO ES POR LA NARIZ DE MI NOVIA. SUFRE KUTRAPISCO.
—KOOTHRAPPALI
No pude menos que reír ante la nueva corrección de la profesora McGonagall, mientras era rodeada por los brazos de mi equipo, incluso Perkins estaba ahí, con su nariz hinchada y los ojos llenos de lágrimas.
—De abo, Hedon —lloró apretándome con fuerza cuando descendimos.
—¿Cómo que me amas? Me odiabas hace cinco minutos —sonreí.
—Quedia dafte uda ledción —se encogió de hombros y se alejó corriendo en la dirección en la que venía Andy.
—Está chiflada —rio Arthur despeinándome con una de sus manotas —. Que no se te pegue.
—Ojalá no —sonreí con ganas, viendo a Tisdale arrojar su escoba contra Clapton, antes de dirigirme a los vestuarios con mi alegre equipo, animados por los gritos de júbilo de la afición amarilla.
La euforia por la victoria de Hufflepuff frente a Slytherin nos duró el fin de semana completo. No hubo un tejón que no felicitara a los miembros del equipo por el buen trabajo; Perkins fue la más aplaudida por su fortaleza al seguir jugando con la nariz rota. Esto no ocurría desde los tiempos de Diggory, lloró la profesora Sprout entre hipidos cargados de emoción, mientras repartía muffins de plátano a todo el equipo.
No había visto a Severus desde la noche anterior al partido y rogaba con toda mi alma que no estuviese enfurruñado por la derrota de su equipo. Por largas horas me sentí libre, feliz, todo me estaba saliendo a pedir de boca ese año: tenía una relación con mi maestro más amargado, no iba tan mal en las materias y había ganado el primer partido de quidditch de la temporada. Sólo una cosa opacaba un poco mi felicidad: Collette y Ben no se dirigían la palabra. Ella lo ignoraba olímpicamente y él había optado por pasearse con la rubia junto al lago toda la tarde del domingo. Era bastante incómodo realmente, sobre todo porque fui yo quien tuvo que escuchar como Collette se sonaba la nariz en el baño.
—Es que es un imbécil —gimió Collette tras la puerta de uno de los cubículos.
—Bueno… —agité la caja de pañuelos de papel para comprobar que quedaban pocos — tal vez él necesite tiempo…
—¿Para qué? —la voz de la chica sonó aún más gangosa —Ya le pedí disculpas por lo de la clase de Finnigan.
—Sí, pero… —me mordí el labio, tratando de encontrar un argumento que la hiciese dejar de llorar —Él… bueno…
Un sollozo de Collette me hizo erizar los vellos de la nuca. Ella podía ser peor que Myrtle la llorona si se lo proponía.
—Collette… —gemí, mientras rascaba mi cabeza, consiguiendo alborotar mi cabello.
La puerta del cubículo se abrió un poco y la mano de Collette se asomó por el resquicio. Sabiendo lo que quería, saqué otro pañuelo y lo puse en su palma. La mano de mi amiga desapareció nuevamente, mientras el trompeteo de su pequeña nariz hacía eco en las paredes del recinto.
Suspiré, sintiendo unas locas ganas de salir corriendo del lugar. No es que fuera mala consolando gente, era pésima de hecho, tenía una nulidad innata a la hora de subirle el ánimo a alguien. Quería a mi amiga, claro que lo hacía: era ella quien mantenía mis pies sobre la tierra y a la vez me daba momentos de diversión, ella le bajaba a Ben las ansias de molestar por el estudio. A la hora de la verdad, Collette era la mejor de nuestro grupo de amigos. Y eso me ponía nerviosa, más bien, me desesperaba. Yo no podía darle el apoyo que seguramente ella sabría darme y, por eso mismo sentía la necesidad de largarme de aquel baño. Vaya que era egoísta.
—Bueno ya —la escuché decir con voz ronca —. Al demonio con Ben y su peróxido con patas.
La puerta del cubículo se abrió del todo, dejándome apreciar el enrojecido rostro de Collette. Sus ojos grises estaban hinchados y veteados de rojo, además de tener un brillo un tanto enloquecido.
—Eh… —le tendí los pañuelos otra vez.
—Gracias.
Ella tomó uno más y avanzó hacia el espejo para darse toquecitos en los ojos. Me limité a observarla, confundida. Hacía un momento estaba llorando casi a gritos en su cubículo y ahora sacaba su maquillaje del morral para retocarse.
—Si Ben quiere andar con esa niña tonta… si ella lo hace feliz… —murmuraba Collette polveando su nariz para disimular el enrojecimiento —. Bueno, pues que sea dichoso. No voy a rogarle… más faltaba…
—¿Entonces…? —me aclaré un poco la garganta —¿Hasta aquí llegan? Quiero decir… ¿ya no serán amigos?
Sí, lo sé. Fue una pregunta bastante infantil. Pero entiendan: estaba desesperada. Ya no me sentía feliz por el partido, esa emoción se acababa de ir al garrete; ahora sólo tenía miedo, pavor a quedarme sin los dos buenos amigos que había encontrado en esos seis años. No quería que el pequeño grupo que siempre conformamos fuese dejado en el olvido, prefería mil veces hacer de farolito mientras los veía besarse en las esquinas.
—Es que él no quiere ser mi amigo, Lena —Collette se giró hacia mí con el rímel en una mano. Su ojo derecho aún permanecía sin pintura, dándole un aspecto extraño a su rostro.
—Pero… —ahora era mi voz la que sonaba ahogada —. Collette… ¡Hablaré con él!
—No hace falta —Collette volvió a girarse hacia el espejo —. Por mí que se lo coma el calamar gigante.
Sentí como mis ojos comenzaban a humedecerse. Maldita sea, ya sé que estaba comportándome como una niña; pero cuando sólo tienes dos buenos amigos en el mundo y ellos ya no quieren estar juntos, es como si perdieses a tus propios hermanos. Ahora sí, definitivamente necesitaba salir de ese lugar, o me pondría a lloriquearle a Collette para que hablase con Ben.
—Collette… —parpadeé para despejar mis ojos —. Tengo que hacer algunas cosas…
—¿Qué cosas?
Sonó un poco decepcionada, pero no se volteó. Sus ojos estaban fijos en el resultado de su maquillaje.
—Debo buscar un libro en la biblioteca… —mentí.
—Oh, vale.
Esta vez sí abandonó su inspección en el espejo y me miró sonriendo. Quien la hubiese visto habría dicho que esa chica no había conocido el llanto en su vida: ahora se veía como la Collette "artista" de siempre. Sus ojos y su nariz respingona ya no estaban rojos, su cabello negro había retomado sus divertidas y acostumbradas capas y la piel de porcelana de su rostro recuperó su tono trigueño de siempre. Las pocas veces que me detuve a compararme con Collette, siempre supe que saldría perdiendo; mi amiga no llegaba a ser tan hermosa como Tiffany Morrison de Ravenclaw, pero bien podría ocupar algún puesto entre las diez chicas más bonitas de Hogwarts.
—Sí. Bueno. Nos vemos —me despedí con un gesto de mi mano, encargando a mis pies salir lo más aprisa posible del baño.
Me alejé lo suficiente del sitio donde había dejado a mi amiga antes de dar rienda suelta a mi infantil llanto. ¿Qué haría ahora? ¿Cómo podría ser amiga de ambos? Ben era apegado a mí, aunque me regañara a veces; Collette no se llevaba demasiado con las demás chicas porque le parecían demasiado huecas. Era una decisión difícil. Pasar más tiempo con Collette, significaba abandonar a Ben; y pasar más tiempo con Ben, era dejar a Collette como un jodido champiñón.
Saqué mi varita y apunté a un pequeño corcho de cerveza de mantequilla que reposaba al otro lado del pasillo. Concentrándome lo más que pude, lo hice levitar un poco, logrando llevarlo temblorosamente al techo.
Quería ser el maldito corcho. Él no tenía que pasar por la angustia de decidirse por uno de sus amigos, él no debía sentirse perdido, él ni siquiera sentía un jodido pepino. Si lo pensaba un poco más, el corcho tampoco llevaba una relación clandestina que podía descubrirse en cualquier momento. Y hablando de relaciones clandestinas, no había ido a visitar a Severus desde el día anterior al partido. Tal vez debería enviarle una nota. ¿Pero qué le diría? Querido Severus: he estado feliz por haber pateado el trasero de tus serpientes; pero también he estado triste porque mis amigos tienen su pelea de perros privada. ¿Cuándo nos vemos? Con cariño, Lena…
—¿Lena?
Me sobresalte, casi resbalando de la pared donde estaba recostada, dejando caer el corcho al suelo; el diminuto objeto rebotó unas cuantas veces hasta perderse de vista a la vuelta del pasillo. Rápidamente limpié mis lágrimas con la manga de mi túnica, antes de girarme para encarar a quien me estuviese llamando.
—Profesor Finnigan —traté de sonreír, consiguiendo, por segunda vez en pocos días, dedicarle una mueca indescifrable.
—¿Por qué estás llorando?
Llevaba un montón de libros entre los brazos y su habitual túnica al estilo "rockstar". Su cabello estaba más alborotado que de costumbre y su mirada estaba cargada de curiosidad.
—No estoy llorando —salté a la defensiva.
—Vale, vale. No lo estás —sonrió —. Ven a tomar té. Hoy no tengo nada que hacer.
—¿Y los libros? —pregunté, poco convencida de seguirle la corriente; aún recordaba las palabras de Severus: "No debes estar a solas con Finnigan".
—Son para la clase de mañana —se encogió de hombros —. Vamos.
Emprendió la marcha delante de mí, parloteando acerca de lo rápido que haríamos todos nuestro patronus en la siguiente clase; según él, esos libros traían métodos infalibles. No dudaba de las capacidades para enseñar de Finnigan, pero tenía claras las reglas para hacer aparecer un buen patronus, y si me era sincera, no me creía capaz de convocar uno. Ben era quien me ayudaba cuando algo se me hacía dificultoso en clases, pero no creía que esta vez se sentara a mi mesa, no si Collette también lo hacía.
Cuando entramos a su despacho, dejé de lado los patronus y me dediqué a observar al maestro atentamente, tratando de encontrar cualquier signo de perversión en él. Sinceramente, a los pocos segundos me di por vencida; no veía al "violador en potencia" que Severus parecía ver en él. Seamus Finnigan sólo aparentaba ser un joven de veintitantos con un extraño gusto por los modelos de guitarras en miniatura y vestimenta alocada. Era la clase de hombre que mis padres desaprobarían, a quien sacarían a patadas apenas cruzara el umbral de la puerta, no sin antes darle un sermón sobre lo que el pastor decía sobre cómo debían vestirse los hombres.
Tras dejar los libros, Finnigan comenzó con su ritual de preparación de té, rebuscando aquí y allá para reunir los ingredientes. Encontró la caja de bolsitas de té y un par de tazas y, tras un par de minutos más, al fin dio con la tetera.
—Muy buen partido, por cierto—comentó, poniendo la tetera sobre la mesa y sacando su varita.
—Gracias —musité con una ligera sonrisa.
—Por un momento creí que iba a ganar Slytherin —rio, apuntando la tetera con la varita —¿Por qué se detuvo Tisdale?
Dudé un momento.
—Bueno… —sonreí al recordar la expresión de Tisdale —. Le mencioné su lápiz de labios.
Finnigan me miró anonadado por un par de segundos, para después estallar en carcajadas. La tetera silbó, anunciando que el agua estaba lista. Finnigan retiró su varita mientras seguía riendo con ganas; su rostro estaba tan rojo como el de Collette cuando lloraba y sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
—V-vale —graznó, tratando de frenar su risa —. N-no le di-digas a nadie —rio un poco más —, pero que chica tan tonta.
—Bueno. Ella es bastante vanidosa —dije un poco más animada por el comentario del profesor.
—Dejémoslo en tonta.
Asombrada por la forma de hablar de mi profesor acerca de una alumna de Slytherin, olvidé por completo cualquier advertencia que Severus me hubiese hecho. Al demonio, Finnigan era el profesor más divertido que hubiese tenido nunca.
El maestro de defensa sirvió agua hirviendo en dos tazas, dando risitas de vez en cuando.
—Sólo tengo té amarillo —dijo poniendo una bolsita de té en cada taza — ¿Te gusta?
—No lo he probado —admití, tomando uno de sus famosos sobrecitos de azúcar muggle.
—Es bueno —comentó, poniéndole azúcar al suyo —. Estamos compartiendo un té que antes sólo se destinaba a la familia imperial en china. Siéntete afortunada.
Sonreí, al tiempo que acercaba la taza a mis labios. Alcancé a percibir su aroma, quedando encantada de inmediato; si sabía cómo olía, debía ser una maravilla. Di un pequeño sorbo, asombrándome con el suave sabor, completamente distinto del té que solía tomar a menudo; no era extraño que antes sólo se destinase a la realeza.
—Ahora sí —dejó su taza frente a él — ¿Por qué llorabas?
También bajé mi taza, rehuyendo su mirada. Sabía que no serviría de nada mentirle de nuevo: Finnigan no parecía ser tonto. Aun así, no quería rebelar mis sentimientos de niña chiquita frente a él. No era justo que él me preguntase sobre mis motivos para andar berreando por ahí, yo no le estaba preguntando cosas personales.
—Puedes confiar en mí. Me gustaría ayudarte si es posible —insistió.
Seguí sin decir ni media palabra, mirando un hilo que se escapaba de la tela de mi túnica.
—Hace unos años, Quien tú sabes se estaba apoderando de todo —levanté la mirada, estupefacta ¿a qué venía eso? —. Mis compañeros y yo nos revelamos desde el colegio. Fueron tiempos duros… solía llorar en el baño por las noches; tenía miedo de que todo fuese en vano y de perder a mis amigos. Era sólo un poco mayor que tú en esa época.
Parpadeé, sintiéndome un tanto extraña. Era raro conocer ese detalle proveniente del propio Finnigan, así que, sintiendo que le debía algo, suspiré, resignada a contarle mis preocupaciones.
—Es que… —lo miré a los ojos, queriendo comprobar que no se reiría de mí — Collette y Ben siguen peleados… y… ellos ya no van a hablarse.
Él asintió, al parecer comprendiendo la situación. Dio otro sorbo a su té.
—¿Te preocupa a quién le brindarás tu apoyo?
Asentí.
—Bueno… no tienes que elegir un bando. Puedes ser amiga de ambos —sonrió —. Sólo identifica en qué momento te necesita cada uno.
—Claro —dije. No le dije que no tenía idea de cómo identificar quién me necesitaba más. Supuse que sería obvio en su momento.
Finnigan se rascó el cuello distraídamente
—Lena, ¿podrías pedirle a Collette que venga mañana al medio día?
Lo miré con curiosidad.
—Quisiera hablar sobre su problema con Ben —dijo él tranquilamente.
—¿Va a castigarla? —solté alarmada.
—No te preocupes, sólo quiero hablar con ella —rio —. Ah, a propósito ¿querrías hacerme otro favor?
—Ehhh… Sí, seguro.
—Buena chica —sonrió animadamente —¿Podrías —sacó un bote de una de las gavetas de su escritorio — llevarle a Hagrid este repelente?
Lo dejó frente a mí.
—Vale —tomé el bote, apreciando la imagen estampada en su etiqueta: parecía una especie de hormiga mutante.
—Si puedes, hazlo ahora, por favor —se desperezó y apuró el resto de su té, dejando caer la última gota sobre su lengua, tal como lo hiciera la primera vez que estuve en su despacho.
Asentí, bebiendo en dos tragos lo que quedaba de mi té. Ya no estaba tan caliente como antes y fue fácil beberlo de golpe.
—Entonces, nos vemos, profesor —me puse de pie, aún con el repelente en la mano —. Gracias por todo.
—No es nada. Vuelve cuando lo necesites.
SEVERUS.
Curiosamente siempre encontraba a Magdalena Heron haciendo algo que me sacaba de casillas…
Esa tarde de domingo hacía mi usual ronda por uno de los pasillos del quinto piso, en busca de posibles mocosos amantes de los duelos cuando, sorpresivamente, la ídolo del quidditch salió del despacho de Finnigan con una sonrisa de oreja a oreja. La observe caminar, casi dando saltitos, hasta perderse de vista al doblar una esquina. ¿Qué creía que estaba haciendo? ¿Acaso no le advertí sobre el baboso con tendencias piromaníacas? Esa mocosa definitivamente debía tener aserrín en lugar de cerebro. Si creía que podría ir por ahí metiéndose al despacho de semejante imbécil, estaba completamente equivocada; de una u otra forma, la alejaría de él.
Me dirigí con paso rápido hasta la puerta de la oficina de mi ex alumno, llamando un par de veces. Entré antes de ser invitado a pasar, poniendo mi peor cara de asesino en serie. El hombre me miró sorprendido y, según pude ver en sus ojos, un tanto temeroso.
—¿Profesor Snape? —balbuceó.
—No. Soy un boggart, Finnigan —respondí con sorna.
El joven frunció el entrecejo, levantándose de su silla.
—¿Qué necesita, profesor? —inquirió con un ligero tono de desprecio que no me pasó desapercibido.
—Vengo a exigirle que no invite a las alumnas a su despacho, Finnigan —solté sin rodeos.
—¿Qué? —pareció desconcertado.
Sonreí levemente.
—Si cree que puede hacer lo mismo que cuando era estudiante, se equivoca, Finnigan —dije —. La última vez, fue por Parkinson que mantuve la boca cerrada.
