SEAMUS.

Realmente era absurdo que Snape trajera a colación ese suceso. Vale, había cometido una infracción a las reglas del colegio, bueno, más bien varias; pero esa era la única comprobable. Snape me había descubierto una noche en uno de mis encuentros sexuales esporádicos con Pansy Parkinson y desde ese entonces se propuso ser más desagradable que de costumbre. Tuve que abandonar mi actitud de conquistador y comportarme, para evitar que Snape me volviese a descubrir con alguna otra chica. De hecho, después de ese incidente, reevalué mi actitud y me propuse ser más serio con las chicas. Hasta ahora creía estar haciendo un buen trabajo al respecto.

—Profesor, considero que ese incidente no viene al caso —dije con los dientes apretados.

—Me temo, Finnigan… que su fama de mujeriego siempre va a venir al caso —siseó Snape.

—Han pasado siete años… Ya no soy el mismo —apreté los puños, deseando estrellarlos contra aquella ganchuda nariz.

—Nada lo garantiza, Finnigan.

—Profesor, realmente estoy muy ocupado, así que…

—¿Ocupado? ¿En qué? ¿En citar alumnas a su despacho? —dijo Snape con sorna.

—¿Qué está insinuando? —solté muerto de ira.

—No lo sé… con usted nunca se sabe —los ojos negros de Snape me taladraban sin tregua —. Por eso, me permito exigirle que deje las conversaciones privadas con las alumnas. Existen otros lugares del castillo donde los demás docentes podemos vigilar el bienestar de las jovencitas.

El comentario de Snape fue la gota que derramó la copa. Me erguí en toda mi estatura, sobrepasándolo por varios centímetros. Tal vez no era una masa de músculos, pero cuando de riñas se trataba, era capaz de asestar más de un buen tortazo; y vaya que estaba dispuesto a darle unos cuantos.

—Le exijo que se largue de aquí de inmediato, Snape —gruñí peligrosamente —. No voy a tolerar sus acusaciones. Así que, o se larga o lo saco a patadas.

Snape arqueó las cejas con ese dejo aristocrático de la edad media que parecía poseer, e hizo lo que nunca creí que llegaría verlo hacer: soltó una carcajada, completamente ausente de humor, pero carcajada al fin.

—No sea ridículo, Finnigan —masculló en cuanto terminó de reírse —. Estaré vigilándolo.

Dio media vuelta y salió del despacho con la túnica agitándose tras él.

—Maldito hijo de perra —refunfuñé antes de dejarme caer nuevamente en la silla.

Eché la cabeza hacia atrás, maldiciendo mentalmente al profesor de pociones. ¿Es que no iba a tener un día de paz sin ese ser narizón metiéndose en todos lados? No iba a violar a nadie por Dios. Jamás en la vida se me pasó por la mente tocar a una jovencita sin su consentimiento.

Alguien llamó a la puerta, sacándome de mis cavilaciones.

—Siga —dije preparándome mentalmente por si era Snape de nuevo.

—¿Profesor? —un par de ojos grises aparecieron ante mí.

Bueno, fue en lo primero que me fije antes de darme cuenta de que era Collette Neveu la dueña de los ojos. A pesar del maquillaje, todavía se alcanzaba a percibir que había estado llorando recientemente. Sin embargo, parecía haberse esmerado bastante en disimularlo, con muy buenos resultados.

—Oh, Collette. Sigue —sonreí, encantado de que no fuese Snape —. Te esperaba hasta mañana.

Ella sonrió tímidamente y cerró la puerta tras de sí.

—Sí, lo sé. Lena dijo que me necesitaba… me ganó la curiosidad —dijo la chica sin apartarse de la puerta.

—Entiendo —asentí —. Siéntate entonces.

Señalé una silla y ella, un poco indecisa, acortó la distancia y se sentó. Ahora que la tenía en frente sin tanto escándalo de por medio como el día del cangrejo, podía notar lo bonita que era. Tenía el pelo largo, absolutamente negro y ondulado en las puntas, sus ojos grises grandes y expresivos y una nariz pequeña y respingona. No pude evitar fijarme, estando ella vestida de civil, en que sus formas femeninas también estaban muy bien formadas. Collette Neveu indudablemente sobresalía entre las chicas del colegio, tanto que resultaba risible que su pelea con Benjamin Weasley fuese por celos. ¡Por Merlín! ¡El chico era como ver una muy rara mezcla entre Ron y Percy Weasley!

—Me gustaría hablar contigo sobre Ben.

LENA.

—¿Qué hay, Hagrid? —pregunté animadamente, encaramándome en la cerca del huerto del semigigante.

El hombretón dejó caer un montón de estiércol dentro de una zanja antes de mirarme con una enorme sonrisa en medio de su poblada barba.

—Creí que no ibas a volver —dijo.

—Oh, bueno. No he tenido demasiado tiempo —me encogí de hombros —. Ann ha estado bastante intensa con los entrenamientos…

—Veo —asintió el hombre —¿Dónde están Ben y Collette?

—Matándose para variar. El profesor Finnigan te envía esto —dije mostrándole el bote de repelente.

Hagrid arqueó sus pobladas cejas, pero no hizo comentarios respecto a mis amigos. Ben y Collette solían discutir con regularidad.

—Ah, déjalo por ahí.

Dejé el bote de repelente en el suelo, junto a la cerca, haciendo maromas para no caerme de mi puesto sobre las tablas.

—¿Quieres ver a los escregutos? —preguntó Hagrid, repentinamente emocionado.

—¿Los qué? —inquirí con recelo. Hagrid solía emocionarse sólo si los bichos eran especialmente peligrosos.

—Escregutos —sonrió Hagrid —. Son una ternura. A que te gustan.

Comenzó a avanzar a grandes zancadas hacia su cabaña. Miré su espalda durante unos segundos, indecisa sobre si ir a ver los bicharracos o quedarme a salvo donde estaba. Al final bajé de la cerca de un brinco, sabiendo que rompería el corazón del gigante si no lo acompañaba a ver sus mascotas.

Entré a la cabaña con un mal presentimiento. Antes ya me habían mordido algunos de los "tiernísimos" amiguitos de Hagrid y temía por mi integridad física. Miré en derredor, notando que la cabaña estaba tal y como la recordaba: diversas piezas de carne seca colgando de las vigas, la cama enorme con su edredón de retazos y una chimenea ardiendo acogedoramente.

—Mira, ven —dijo Hagrid con emoción contenida, agachado frente a una enorme caja de madera.

Me acerqué con cautela, asomándome sólo un poquito sobre la caja. No supe si sentir admiración o asco. No eran sólo un par, tenía por lo menos un par de docenas de las criaturas más raras que había visto nunca: Median unos 30 centímetros y su piel parecía viscosa, de un color rosa pálido antinatural; les salían patas de diferentes sitios y parecían no tener cabeza por ningún extremo.

—Puedes acariciarlos si quieres —me animó Hagrid.

—No… gracias —balbuceé.

—Vamos, no seas tímida —rio Hagrid tomando uno con su enorme mano.

Lo acercó a mí instándome a que lo tomara.

—Ehhh —dije indecisa.

Miré la cosa que se retorcía en la mano de Hagrid y después al rostro esperanzado del semigigante. Me di por vencida y alargué la mano para permitirle depositarlo en mi palma. Hagrid lo dejó sobre mi mano extendida y, aguantándome las ganas de arrojarlo lejos, lo sostuve para evitar que se callera al suelo.

—¿A qué se siente esponjoso? —dijo Hagrid encantado.

—Sí… bastante… —dije tratando de sonreír.

En realidad, el escreguto se sentía como si tuviera la mano llena de alguna baba sumamente fría. Quería devolverlo cuanto antes, pero Hagrid no parecía interesado en recibirlo.

—Lástima que no puedas quedarte uno de mascota. Son buena compañía —él mismo tomó otro escreguto y comenzó a acariciarlo con su enorme mano.

—No creo que pudiera llevarlo a casa —miré el bicho en mi mano con espanto —. A papá le daría un infarto.

—Oh, los muggles no saben apreciar la belleza.

Sí, belleza, pensé sin apartar los ojos del bicharraco. No le veía la belleza por ninguna parte. Era sólo un poquito menos repugnante que las cucarachas. Sentí un escalofrío. Esperaba que Hagrid nunca cruzara una cucaracha con otro bicho, o abandonaría Hogwarts para siempre. Miré a Hagrid para pedirle que volviera a meter el escreguto en la caja.

—Hagrid, creo que debo irm…

Se escuchó un sonido como de un globo que revienta y un ardor se extendió por toda mi mano derecha. Emití un chillido, sacudiendo la mano y dejando caer el escreguto al suelo en el proceso. Sentía como mil agujas enterradas en la palma de la mano y, cuando la miré, pude apreciar el tamaño de la herida que me había causado el animalejo: tenía por lo menos dos cortes de unos seis centímetros de largo que chorreaban sangre sin tregua y, para completar, ampollas comenzaban a formarse alrededor.

—Oh, no —gimió Hagrid horrorizado, viendo mi sangrante mano—. Lo siento… yo…

—No. No pasa nada —mentí con los ojos llenos de lágrimas—. Sólo debo ir a la enfermería.

—La… la señora Pomfrey… ella dijo que no quería problemas con los escregutos —balbuceó Hagrid con los ojos más llenos de lágrimas que los míos.

Lo miré incrédula, sintiendo como la sangre continuaba fluyendo de mi mano. ¿Qué se suponía que hiciera entonces? Me quité la bufanda y la enrollé en torno a mi mano para tratar de frenar el sangrado.

—Hagrid… no creo que tengas algo con lo que curarme aquí —dije con los dientes apretados.

—No… no realmente.

Hagrid se dejó caer en la silla que estaba junto a la caja de los escregutos y recogió con pesadumbre a la criatura que me había destrozado la mano. Lo miró con las lágrimas chorreando por su barba y lo dejó nuevamente con sus "hermosos" hermanos en la caja.

El dolor de la mano estaba matándome, pero la pena por Hagrid me impedía moverme en busca de ayuda para mi pobre extremidad. Me mordí el labio, más indecisa que cuando tomé el puto bicharraco.

—¿Tienes alcohol? —inquirí, dándome por vencida. Mi madre habría usado agua oxigenada, pero dudaba que los magos tuvieran eso en su botiquín de primeros auxilios. Más bien, dudaba que los magos tuvieran botiquín.

Hagrid me miró con los ojos enrojecidos, comenzaban a hincharse por el llanto.

—Tengo sólo whiskey de fuego —dijo con el labio temblándole.

—Eso servirá —dije lo más animadamente que pude.

—No sabes cuánto lo siento —más lagrimas fluyeron de sus ojos negros.

—Oh, no es nada. He tenido peores lesiones en los partidos —mentí, tratando de subirle el ánimo.

El hombretón me sonrió. Pude ver en sus ojos negros agradecimiento por no ir a acusarlo con madame Pomfrey. Se levantó de la silla y sacó una botella de Whiskey del aparador. Volvió con ella y la destapó, entregándomela en mi mano sana.

—¿Sabes? No creo que yo pueda hacerlo… —murmuré —Creo que necesitaré ayuda con esto.

Hagrid asintió y tomó la botella. La volteó de golpe, dejando caer su contenido sobre mi mano. No creo que deba describir la magnitud de chillido que pegué en cuanto sentí el líquido caer sobre las heridas abiertas. Supongo que mi agudo grito se escuchó hasta el fondo del bosque prohibido, despertando a cada minúsculo ser que habitara en él.


Llegué a mi sala común con la mano vendada con un enorme pañuelo de lunares de Hagrid, con la nariz congestionada y los ojos enrojecidos. Admito que no sólo grité, también lloré como por media hora, sacudiendo la mano, mientras Hagrid corría tras de mí tratando de soplarla. Por fortuna era la hora de la cena y la sala común estaba desierta, así que nadie pudo ver el miserable estado en el que llegué.

—Maldito bicho —gimoteé entrando al dormitorio de las chicas de sexto año.

Me metí al baño, observando mi cara en el espejo. Me veía peor que cuando me resfriaba. Me desvestí, utilizando mi mano izquierda, comprobando lo torpe que era sin mi mano dominante, maldiciendo una y otra vez a los seres mutantes que Hagrid llamaba "tiernos y esponjosos".

Me salté la cena y no pegué los ojos gran parte de la noche, porque no era capaz de dejar de pensar en lo mucho que dolería si llegaba a acostarme sobre la mano lastimada. Así que al día siguiente tenía todo el aspecto de un zombie constipado. Bañarme fue todo un suplicio. Cada gota de agua que caía en mi mano dañada era una tortura, ni qué decir del champú. Creo que grité una docena de veces antes de salir de la ducha con la mano estallando de dolor. No sé cómo logre vestirme sin desmayarme, tal vez fue sólo el pensamiento de lo vergonzoso que sería ser encontrada desnuda e inconsciente en el baño.

—¡Dios mío! ¿Qué te pasó? —exclamó Collette cuando me reuní con ella en la salida de la casa.

—Accidente —murmuré sin mucho ánimo.

—Déjame ver —dijo.

Sin previo aviso me arrastró hasta un rincón de la sala común y comenzó a quitarme el nuevo pañuelo que utilizaba a modo de vendaje. Se llevó las manos a la boca, horrorizada, cuando vio el aspecto de mi mano.

—¿Dónde metiste la mano? —murmuró aún con la boca cubierta.

—No importa —mascullé, tratando de atarme el pañuelo nuevamente.

—¿No me vas a contar?

—Bueno… —comencé, no muy convencida de contar el asunto con el escreguto —Hagrid tiene unos nuevos bichos y…

—¿Es culpa de Hagrid? —Chilló Collette.

—¡Baja la voz! —grazné mirando en todas las direcciones para comprobar que no había moros en la costa.

—Lo siento. Continúa.

—Me dio uno para que lo observara más de cerca y… pues me estalló en la mano —admití.

—¿Te estalló en la mano? —inquirió anonadada.

—Sí. Era un escreguto de cola explosiva —continué con mi labor de atarme el pañuelo.

—¿Un qué?

—Escreguto de cola explosiva —repetí —. No preguntes. No parecen legales.

Collette observó con el ceño fruncido mis intentos con el pañuelo.

—Deja yo lo hago —dijo tomando mi mano y atando las puntas de tela —¿Ya viste a madame Pomfrey?

Negué con la cabeza.

—Regañaría a Hagrid —dije sin apartar los ojos de mi mano —. Y no está tan mal ¿no?

—Creo que se te caerá a pedazos —dijo Collette con seriedad.