LENA.
—¿Qué te pasó en la mano? —preguntó horrorizada Ann Perkins durante el desayuno.
Bajé nuevamente la cuchara al plato de cereal y le dediqué una sonrisa carente de ánimo.
—Me mordió un perro —traté de sonar convincente.
Ann levantó una ceja, incrédula.
—El único perro en Hogwarts en Fang. Y él sólo te chuparía la mano.
Removí la cuchara dentro del plato, incómoda. Sabía que, si no daba una buena explicación, Perkins me iba a hostigar el resto de mi vida por no poder entrenar para el quidditch.
—No puedo decírtelo —murmuré al fin.
—¿Cómo que no puedes? ¡Soy tu capitana! —golpeó la mesa con la palma de la mano, sobresaltando a Andrew Jones, quien comenzó a toser estrepitosamente, ahogándose con un trozo de tostada.
El otro golpeador del equipo, Joshua Montorfano, le comenzó a dar fuertes palmadas en la espalda, casi tirándolo contra la mesa. Todos los Hufflepuff se giraron para ver el alboroto, aguantando la respiración al ver que Andrew estaba poniéndose azul.
—¡AUXILIO! —chilló Joshua, entrando en pánico y golpeándolo aún más fuerte.
Al escuchar el grito de Joshua, los profesores levantaron la mirada de sus platos de comida. Sprout y McGonagall se levantaron a la vez, aproximándose lo más rápido que podían a la mesa de los tejones.
—Anapneo —dijo una voz sedosa y fría como el hielo. Andrew escupió el trozo de tostada sobre la mesa y comenzó a recuperar su tono de piel.
Aparté la mirada de mi compañero de equipo para descubrir que el salvador era nada más y nada menos que Severus Snape, quien tenía una expresión de extremo fastidio en el rostro. Los demás Hufflepuff también se le quedaron mirando en completo silencio; sólo se escuchaba el carraspeo de la garganta lastimada de Andrew.
—Sería maravilloso que aprendiera a comer, Jones —siseó Snape —. Dado que sus compañeros son unos completos inútiles a la hora de aplicar un hechizo para el ahogamiento.
Andrew lo miró con ojos de vaca muerta.
—Y diez puntos menos para Hufflepuff por escandaloso, Montorfano —añadió en el momento en que las profesoras McGonagall y Sprout llegaban a la mesa —. Puede estar tranquilo; no se ha quedado viudo.
Joshua se tornó del color de los rábanos cuando la mesa de Slytherin estalló en carcajadas. Miré en derredor comprobando que, aunque no se reían, muchos estudiantes de otras casas tenían cara de estar aguantándose las ganas de celebrar la gracia de Snape. Volví a mirar a Snape, percatándome de que sus ojos negros estaban fijos en mi mano precariamente vendada. Con un movimiento brusco que me hizo ver las estrellas, escondí la mano bajo la mesa, ganándome una mirada cargada de sospecha por parte del pocionista.
—Creo que eso estuvo fuera de lugar, Severus —dijo McGonagall, logrando que Snape me quitara los ojos de encima.
—¿He dicho algo malo? —dijo Snape con fingida inocencia —Si me disculpas, Minerva, tengo asuntos que atender.
Antes de que McGonagall pudiese decir algo más, Snape se alejó con paso firme hacia la salida del gran comedor.
Al ver que no había nada más por hacer o decir, McGonagall y Sprout volvieron a sus puestos para continuar con su desayuno. A Perkins parecía habérsele olvidado su interrogatorio hacia mí y se disculpaba una y otra vez con Andrew por casi ser la causante de su muerte.
—Yo que tú me daba prisa para irnos a Hogsmeade; no hay muchos festivos en el año —me susurró Collette con premura—. Muévete antes de que Ann se vuelva a acordar de tu mano.
Apuré mi jugo en un par de tragos y me levanté, siguiendo a Collette hacia la salida. Alcancé a ver a Ben en la mesa de los Gryffindor; parecía muy feliz riendo con su rubia.
En cuanto llegamos a la salida del castillo, donde Filch estaba tomando lista de quienes salían para el pueblo, refunfuñando a todo el mundo, comencé a sentir mi mano más adolorida que antes. Traté de ignorarla, pero los ojos espantados de unos alumnos de tercero y el grito de furia del conserje, me obligaron a prestarle atención nuevamente.
—¿QUE ESTÁS HACIENDO? —chilló Filch mirando al suelo con los ojos desorbitados.
Mi mano lastimada dejaba caer gotas de sangre en el suelo del vestíbulo, formando un charquito a mi lado. El pañuelo estaba completamente rojo y húmedo.
—Lo siento —dije poniendo la mano en alto, consiguiendo que la sangre se escurriera por mi antebrazo hasta perderse en la manga de mi suéter.
—¿Lo sientes? ¿Lo sientes? —Filch tenía un tic en el ojo. Los alumnos de tercero retrocedieron espantados —¡Estás arruinando el suelo!
—No sangro por gusto, ¿sabe? —espeté con molestia.
—¡Despreciable muchachita! —chilló Filch agitando el puño —¡Fuera de mi vista!
—Vale, vale. Ya me voy —bufé —. Collette, creo que no voy a ir a Hogsmeade hoy.
—No quiero ir sola —gimoteó la chica arrugando la nariz.
—Van a ir Perkins y los demás chicos —dije ignorando las maldiciones de Filch por no haberme ido aún —. Tráeme unos caramelos.
Me apresuré a volver por el pasillo que llevaba hacia las cocinas.
—Ve a la enfermería —gritó Collette, a lo que respondí con un gesto de mi mano sana.
Por supuesto que no planeaba ir a la enfermería. Había prometido a Hagrid que no lo delataría y si iba, Madame Pomfrey descubriría de inmediato qué me había causado la herida. El problema era que, estaba dejando un camino de sangre por todo el pasillo y mi mano no parecía tener intensiones de dejar de sangrar hasta que mi cuerpo se quedase sin el líquido vital.
Nada de lo que hice en mi dormitorio dio resultado. Mi mano se veía simplemente horrible, terriblemente enrojecida, con una línea roja que iba desde el par de heridas hasta la mitad de mi antebrazo, además de sentirse como si tuviese brasas en lugar de carne. Me puse un montón de cubitos de hielo para disminuir el sangrado, pero mientras los ponía iba gimiendo como un perro herido a causa del dolor. Hice presión en la herida, pero sólo conseguí que la tela del paño se pegara y me doliera más quitármela. A medida que pasaban las horas, la veta roja de mi antebrazo se apoderaba de más centímetros de mi extremidad, casi llegando a mi axila, y comenzaba a tener escalofríos.
—Mierda, mierda, mierda —murmuré a eso de las dos de la tarde. Ya no sangraba, pero sentía que me iba a morir de frío por culpa de mi elevada temperatura.
Sabiendo que la única opción que tenía si no buscaba ayuda, era morirme, me puse en pie tambaleándome un poco y salí de la casa Hufflepuff. En realidad, apreciaba mucho mi existencia como para dejarme morir ridículamente. No iría a la enfermería, pero buscaría la ayuda de alguien que debía conocer muchos remedios para cualquier clase de herida.
Cuando llegué a las mazmorras, toqué un par de veces la puerta, rogando mentalmente que Severus estuviese allí. Por suerte para mí, transcurridos unos segundos, la puerta se abrió y el maestro de pociones se asomó como un espectro malhumorado. Tal vez esperaba a alguien más alto porque sus ojos estaban unos diez centímetros sobre mi flacuchenta persona. Dando un bufido, bajó la mirada hacia mí, frunciendo el entrecejo cuando lo saludé con un "hola" sumamente desanimado.
—Entra —dijo, haciéndose a un lado.
Entré al despacho con la lentitud de un caracol drogado y, sin que él me lo pidiera, me dejé caer en el sillón frente a la chimenea.
—¿Se puede saber qué te pasó? —preguntó con tono molesto.
—Explosión… mano… fiebre… —balbuceé con los ojos cerrados.
—¿Has tomado algún brebaje para idiotas? —gruñó impaciente —. Habla en español.
Levanté mi mano con desgana para que pudiera apreciarla. Se veía en todo su esplendor, no me había tomado la molestia de cubrirla de nuevo.
—¡Merlín! —exclamó y por el rabillo del ojo vi que se inclinaba un poco para observar mejor —¿Quién te hizo esto?
—Promete que no le dirás a nadie —abrí los ojos del todo. Se veía un poco desenfocado.
—No voy a prometer nada —se cruzó de brazos.
—Vale, gracias por la ayuda —grazné, tratando de ponerme en pie.
—No seas ridícula —me empujó con sutileza de vuelta al sillón —. Dime qué te ocurrió. No voy a decirle a nadie.
Asentí. Le conté absolutamente todo, desde mi llegada a la cerca hasta cuando el maldito bicho me estalló en la mano. Él no dijo nada mientras yo narraba mi impresionante aventura, se limitó a escuchar atentamente hasta el final.
—Y entonces me dio fiebre y ya no pude quedarme más en mi cuarto —concluí, sintiéndome un poco tonta.
—Serás tonta —gruñó yendo hacia el armario donde un montón de frascos aguardaban —. Pude curarte en minutos si hubieses venido de inmediato.
—pensé que querrías delatar a Hagrid —alegué en mi defensa.
—Me importa un pepino lo que ese animal tenga en su casucha —refunfuñó.
—No le digas así. Él no es…
—Silencio, Heron. Me sacas de quicio —dijo tajante.
Cerré la boca, molesta por la forma en que había llamado a Hagrid.
—Tengo que desinfectarla primero, así que va a doler —informó.
Antes de que pudiese estar lista para cualquier cosa, él dejó caer un líquido humeante en la palma de mi mano. Me avergüenza decirlo, pero el alarido que solté fue peor que el de cualquier banshee presagiando la muerte. Mis ojos rebosaron de lágrimas que no pude contener.
—¿Podrías no volver a hacer eso? —gruñó impaciente —. Pensarán que te estoy matando.
—Lo siento —gemí.
Terminó de curar mi mano con una crema pastosa que olía a mentol, cubriéndola con un vendaje limpio. Lo observé trabajar sintiendo cierta ternura en mi pecho. Severus estaba siendo realmente delicado al momento de poner la venda, con sus ojos concentrados y su ceño ligeramente fruncido.
—Gracias —susurré.
Él levantó la mirada y por un momento me perdí en sus profundos ojos oscuros. Mi mano sana se posó en su mejilla suavemente, sobresaltándolo. Lo miré, apreciándolo como nunca había podido: él casi arrodillado en el suelo, sujetando mi mano herida con delicadeza. Su nuez de Adán subió y bajó cuando él tragó, parecía un tanto incómodo, así que retiré mi mano de su rostro.
—No ha sido nada —dijo, soltando mi mano con delicadeza y levantándose rápidamente.
Respiré profundo, preguntándome por qué Severus Snape tenía que ser tan extraño. De un momento a otro pasaba de regañarme por cualquier cosa a verse nervioso por mi contacto. Y pensar que hacía poco había expresado que sus necesidades de adulto tarde o temprano iban a aparecer.
—¿Siempre será así? —dejé escapar la pregunta que rondaba por mi cabeza.
—¿A qué te refieres?
—Bueno… —suspiré —Es casi como si nada hubiese pasado entre nosotros.
Severus carraspeó un poco antes de responder.
—No sé qué esperas de mí, Magdalena —pasó sus dedos sobre el lomo de los libros de la estantería —. Esto no es un romance novelesco.
—Lo sé —respondí ofuscada —. No espero que cites versos de Romeo y Julieta, Severus. Pero quiero que las cosas queden claras entre nosotros. No quiero encontrar un enemigo dispuesto a reñirme a cada oportunidad que se le presente.
—No soy tu enemigo.
—Tampoco mi amigo —solté.
—Soy tu profesor —dijo como si nada.
—Pero bien que me besas —me levanté del sillón haciendo una mueca al sentir un dolor sordo en la mano.
Suspiro, viéndose un poco incómodo.
—No voy a ponerle nombre a lo que tenemos, si es eso lo que quieres saber…—sus ojos negros se clavaron nuevamente en los míos.
—No. Claro que no lo harás —murmuré, más para mí que para él.
Dejó de acariciar los libros y se acercó a mí, sin apartar sus ojos de los míos ni un instante. Mi barbilla tembló cuando las puntas de sus dedos rozaron mi mejilla.
—Te quiero cerca —susurró, antes de inclinarse y posicionar sus labios sobre los míos. Cerré los ojos, dejándome llevar por el beso, sabiendo que él siempre arreglaría las cosas de esa manera, que lo nuestro no tendría nombre y quizás tampoco un significado profundo para él; pero era tan débil en lo que a Severus Snape respectaba, que estaba dispuesta a continuar a pesar de todo.
