LENA

El martes todo el grupo de sexto de Hufflepuff y Slytherin trató de invocar un patronus corpóreo, sin conseguir más que un par de volutas de humo plateado por parte de media docena de alumnos, entre los que yo no me encontraba por supuesto, consiguiendo que un decepcionado Finnigan estuviese del color de las lechugas al finalizar la clase. El pobre Finnigan dio por sentado que necesitábamos más teoría antes de pasar a la práctica y decidió posponer cualquier nuevo intento hasta después de Halloween, pensando que tal vez la fiesta nos daría recuerdos suficientemente felices para hacer algo más que humo.

Lo que restó de semana tuve a Perkins sobre mí dándome la lata por no poder practicar para el quidditch. Mi mano estaba mucho mejor gracias a la poción de Severus: Ya no se veía roja ni inflamada y dentro de poco se me caería la costra que habían desarrollado las heridas. Collette y Ben seguían sin hablarse, cada uno por su lado, obligándome a ir de aquí para allá para poder seguir conservando la amistad de ambos. Ben, al parecer, era quien menos me necesitaba, por lo que la mayor parte de mí tiempo lo pasaba con Collette. Siendo sincera, no me habría gustado caminar junto a él y la rubia de Gryffindor durante algún atardecer romántico.

—Voy a aceptar salir con Joshua —dijo de pronto Collette una tarde junto al lago, mientras veíamos como la rubia se colgaba del cuello de Ben.

—¿Cuál Joshua? —inquirí con los ojos fijos todavía en el pelirrojo.

—Pues cuál. Montorfano —respondió.

Dejé de observar a Ben y su rubia y la miré con la boca abierta, preocupándome por su salud mental.

—¿Qué? Sé que le gusto —dijo encogiéndose de hombros —. Además, desde que Snape lo acusó de ser pareja de Andrew no es muy popular entre las chicas.

—Déjame ver si lo entiendo —dije entrecerrando los ojos —¿Quieres salir con Joshua porque te da lástima?

Las mejillas de Collette se tornaron de un tono rosado.

—N-no —balbuceó —. Es por mí… Quiero dejar atrás a Ben.

—Ya —musité volviendo a mirar hacia donde se encontraba Ben.

El chico se fijó en que lo observaba y levantó la mano en señal de saludo. Se veía bastante contento, tanto que no daba la impresión de que le doliera estar lejos de Collette. Le devolví el saludo, procurando sonreírle con la mayor sinceridad posible, teniendo en cuenta el hecho de que me molestaba profundamente que me dejase en semejante situación con Collette. De no ser por sus celos sin sentido y, actualmente, sus amoríos con la rubia, no tendría que estar tratando de hacer entender a mi amiga lo tonta que estaba siendo.

—Y bien… ¿Qué opinas al respecto? —preguntó Collette, atrayendo mi atención.

—Creo que ya estás muy grande para que te diga lo malo que es salir con alguien por lástima —respondí sin rodeos, apartando mis ojos de Ben.

—Ya dije que no es por lástima.

La miré con incredulidad.

—Sí, como digas —me rasqué la punta de la nariz con el dorso de la mano lastimada. La utilizaba todo lo que podía para que no se acostumbrara a ser una inútil mientras terminaba de curarse —. Debo hacer un par de cosas. Nos vemos luego.

Me puse de pie, sacudiéndome los trocitos de césped que se le habían pegado a mis vaqueros.

—¿Qué cosas? —dijo con curiosidad.

—Sólo cosas.

—¿Por qué tanto misterio?

—No hay misterio.

—Sí que lo hay —Collette hizo un mohín —¿Tienes novio?

Sentí como la sangre se me subía al rostro. Lo que Severus Snape y yo teníamos definitivamente no era un noviazgo.

—Oh, cállate —refunfuñé.

Le di un golpe amistoso en el brazo antes de dar media vuelta y emprender la marcha rumbo al castillo.

—¿Me dirás quién es? —la escuché gritar emocionada tras de mí.

—No —respondí sin darme la vuelta.

Entré al vestíbulo caminando tranquilamente, pensando en cómo sería el encuentro con Severus esta vez. Lo había visto bastante esa semana, siendo él quién se estaba ocupando de mi maltrecha mano. Siempre eran encuentros tranquilos, que se basaban en la curación reglamentaria y alguna que otra conversación de temas que normalmente giraban en torno a mí. A él poco le gustaba hablar de sí mismo y me tenía rotundamente prohibido preguntar cualquier cosa referente a su paso por la escuela. Debo admitir que, aunque en un principio me molestaba un poco no saber gran cosa de él, después de un par de días comencé a acostumbrarme y a respetar su deseo.

Poco antes de llegar a las mazmorras, escuché la voz de Filch llamando a su maldita gata. Era sorprendente que semejante bicho del averno continuase vivo. No faltaba el que decía que el conserje había hecho un pacto con el diablo para que le diera larga vida a la Señora Norris o, incluso, que la Señora Norris era el mismísimo satán reencarnado. Yo más bien pensaba que el triste bicharraco tenía más poderes de los que aparentaba, posiblemente más de los que Filch llegaría a tener jamás.

Con tal de no estrellarme con el desaliñado tipo, di un giro hacia un pasillo en el que sabía había uno de esos tapices que te llevan a otro lado del castillo con más rapidez. No siempre los usaba, pues al contrario de muchos, a mí me gustaba caminar y ver como las armaduras tintineaban al estornudar o los personajes de los retratos parloteaban alegremente entre sí.

Mi plan para no chocarme con el conserje funcionó y estuve en las mazmorras antes de lo que canta un fénix. Nunca en la vida había escuchado un fénix, pero me gustaba usar esa frase. Admito que se la copié a la señora Weasley hacia un par de años y la usaba bastante a menudo, haciendo que Ben dijera que tenía un poco de ancianidad en mi interior.

Una vez frente al despacho de mi tormento de vestimentas negras y nariz ganchuda, llamé a la puerta tratando de no ponerme nerviosa. En cuanto él abrió, fracasé olímpicamente en mi intento de mantenerme tranquila, mi corazón traicionándome al galopar como loco. Sonreí tímidamente una vez que Severus se apartó para dejarme seguir. Él no sonrió, se limitó a inclinar la cabeza cortésmente antes de preguntar por mi mano.

—Está mucho mejor —respondí abriendo y cerrando la mano para que él la viese —. Ya no me duele.

—Qué bueno.

Las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente, dedicándome una de las escasas sonrisas que se le veían cada vez que San Juan agachaba el dedo.

—Eh… ¿Has escuchado sobre la fiesta de Halloween de este año? —dije, tratando de entablar conversación mientras Severus aseguraba la puerta.

—¿Qué, de todas las tonterías que dicen?

—¿Es cierto que van a venir los Vampiros de Pensilvania?

—¿No serán de Transilvania? —arqueó las cejas, divertido.

—No. No. Pensilvania —dije moviendo la mano como si espantara una mosca —. Así se llama el grupo. ¿De veras no los has escuchado?

Negó con la cabeza, yendo a sentarse en su sofá. Se rascó una ceja con aire pensativo.

Pasé la mano por el borde de su escritorio, memorizando los trazos de la madera, sin dejar de mirar cada uno de los movimientos del profesor. Todavía me daba un poco de vergüenza acercarme a él por iniciativa propia. Una vez descubiertos mis sentimientos, me volví una total y absoluta gallina. Severus pareció percibir lo que pasaba por mi cabeza y me invitó a sentarme a su lado.

—Deja de mirar como si fuese a comerte viva —soltó cuando me dejé caer de culo en el sofá.

—No hago tal cosa —repliqué.

—¿Quieres un espejo? —sonrió burlón, tomando mi cara entre sus pálidas y delgadas manos.

—No…

Me besó, acallando mis palabras y haciendo que me olvidara de lo que iba a decir a continuación. Me sujeté de las mangas de su túnica cuando sentí que incrementaba la intensidad del beso. Sus manos bajaron por mi cuello, deteniéndose a palpar mi pulso acelerado mientras soltaba una maliciosa risa entre dientes.

Severus se separó lo suficiente para mirarme a los ojos antes de arremeter contra mi cuello. Dejé escapar un suspiro por la sorpresa: él jamás había ido más allá de besarme en la boca. Tuve miedo, pero me contuve. No saldría corriendo como una nenita llorona. El profesor volvió a mi boca, comenzando a empujarme un poco con su peso hacia atrás, haciendo que cayera de espaldas sobre el sofá.

—¿Todo en orden? —susurró mirándome con intensidad, acomodándose sobre mí, balanceando su peso para no aplastarme.

No respondí. Me limité a mirarlo estúpidamente con la boca entreabierta, sintiendo mi corazón a mil por hora. Un frío pánico comenzaba a extenderse desde mi vientre hasta mi garganta.

Él volvió a besar mi cuello mientras comenzaba a acariciar mi cintura con su mano libre. El frio comenzó a volverse más templado en cuanto sus dedos se abrieron paso por debajo del suéter sobre la piel de mi cadera. Gemí al sentir un leve mordisco en mi clavícula. Nuevamente se dirigió a mis labios, dejando caer más su cuerpo sobre el mío, de modo que quedamos bastante apretados sobre el sofá.

—Lena… —gruñó sobre mis labios.

Mi corazón iba a escapar de mi pecho, sin duda iba a terminar muerta sobre ese sofá al paso que iba. No sabía si estaba muy excitada o al borde de un ataque de pánico. Me atreví a pasar mis manos por su espalda, sintiendo la suavidad de la negra tela de su túnica. Severus respondió a mi movimiento pegándose aún más y, algo que no había sentido despierto antes en la anatomía del profesor hizo acto de presencia entre nosotros, presionando sobre mí pierna.

—¡Ay! ¡Quita! —Lo empujé aterrorizada.

Severus se separó, mirándome con sus negros ojos voraces. Su expresión cambió casi de inmediato cuando crucé mis brazos sobre mi pecho en un infantil acto de autoprotección.

—Disculpa —murmuró, quitándose de encima y levantándose del sofá.

—Y-yo… —grazné, sentándome en el sofá y acomodándome bien el suéter.

—Es mejor que te vayas a tu casa, Lena —dijo el profesor con el semblante serio, alisando el frente de su túnica.

Me mordí el labio. Quería quedarme, pero tenía mucho miedo de lo que pudiese pasar.

—Severus… yo…

—Escucha —me miró con intensidad —: Te deseo, Lena. Pero no puedo obligarte a nada.

Abrí la boca. No fui capaz de decir nada. Mi mente se quedó ridículamente en blanco y sólo coordiné lo suficiente para levantarme del sofá y salir del despacho sin mirar atrás.

Corrí sin detenerme, casi llevándome a la Señora Norris por delante en la puerta de entrada del castillo, hasta llegar al cerco del huerto de las calabazas de Hagrid. Llegué empapada en sudor frio y sin aliento, sintiéndome la mujer más insulsa del planeta mientras las manos me temblaban sin control. Me mordí el labio para no gritar de frustración y enojo conmigo misma.