LENA

Lo que quedaba de octubre pasó a la velocidad de la luz, terminando con una fiesta de Halloween sin Vampiros de Pensilvania, pero con un grupo de momias bailarinas de flamenco que se robaron el show. Todo el mundo se divirtió y nadie contrajo rabia cuando los murciélagos se salieron de control a la media noche y mordieron a una docena de estudiantes, incluyendo (para todo mi placer) a Carter. Después del incidente, los que no fuimos mordidos tuvimos que irnos a la cama aletargados con tanto dulce. Noviembre también se esfumó sin saber cómo y cuándo me percaté, Hagrid y el profesor Flitwick ya habían decorado el gran comedor con los doce enormes pinos tradicionales. Siempre era una gozada entrar a desayunar y ver la nieve mágica sobre el verde intenso de los pinos.

Curiosamente, a pesar de mi escape a todo correr de la oficina de Severus, logré reunir el valor suficiente para seguir yendo a verlo algunas noches por semana. Él no volvió a intentar nada que me hiciese entrar en pánico de nuevo y volvimos a nuestros ratos de pláticas donde yo hablaba sin parar mientras él escuchaba atentamente. Seguía siendo el mismo murciélago huraño frente al colegio, pero conmigo era distinto. No piensen que era un dulce de miel, pero llegó a ser menos frío y distante. Al menos, ya no me miraba como si yo tuviese un retardo mental importante.

Una mañana de lunes, la profesora Sprout junto a los demás jefes de casas, pasó recogiendo los nombres de las personas que se quedarían para navidad ese año. Como casi todos los años hasta ahora puse mi nombre en la lista casi de primera. Mis padres estaban mejor si yo no participaba de las fiestas de su comunidad y yo estaba conforme con ello.

Ben Weasley se sentó a mi lado ignorando olímpicamente a Collette, quien a su vez se giró con gesto digno en el asiento para entablar conversación con Ann Perkins. Como siempre que estaba cerca a esos dos sentí un retorcijón de incomodidad.

—Mamá quiere que vengas a casa para navidad —informó. Se le notaba tenso cuando sus ojos recorrieron rápidamente la espalda de Collette.

—Bueno… —comencé a balbucear.

—No puedes decir que no. Este año están todos mis hermanos —Ben apartó sus ojos de la espalda de Collette, tomó una tostada y la mordisqueó. Después, con cara de estar haciendo un gran esfuerzo, añadió en un tono más alto: — Mamá me pidió que invite a Collette. Siempre que quiera ir.

La aludida volteó a mirar con marcada incredulidad en su rostro. Ann se quedó mirando la escena con curiosidad.

—Me estoy limitando a transmitir el mensaje —dijo Ben con una mueca.

—¿Quieres que vaya? —inquirió Collette en voz mucho más baja de lo habitual. Sus ojos grises fijos en los de Ben.

Al menor de los Weasley se le notaba en la cara lo difícil que resultaba hablarle a Collette después de dos meses sin dirigirle una sola palabra. Me dediqué a mirar de uno a otro, suplicando mentalmente que Ben no fuese a comportarse como un imbécil en esta oportunidad.

—Son los deseos de mi madre. A mí me da igual lo que hagas —respondió cortante.

Los labios de Collette palidecieron y pude ver el sufrimiento reflejado en sus ojos justo antes de que se levantara de su asiento y saliese corriendo del gran comedor, casi derribando a unos estudiantes de primero que llegaban rezagados al desayuno.

—¡Collette! —la llamé, sin poder evitar sentir pena por ella.

Me estaba levantando de la silla, cuando Ben me tomó del brazo y me obligó a sentarme. Tenía la mirada en su regazo y estaba terriblemente pálido.

—¿Por qué le dijiste eso? —pregunté con tono molesto.

—Ella… —carraspeó — Ella no… ella ha… Me dijo que… —tragó saliva con esfuerzo.

Lo miré consternada. No entendía qué estaba sucediendo. Era consciente de su pelea hacía dos meses, pero no los había vuelto a ver en contacto desde entonces.

—¿Qué sucede entre ustedes, Ben?

Ben se levantó de la silla apretando los puños.

—Traté de hablar con ella ayer… —susurró —Que te cuente ella.

Se marchó de la mesa con la cabeza gacha. Se veía como el hombre que acaba de perderlo todo en la guerra. Creí que iba a recoger a su novia a la mesa Gryffindor, pero en cuanto pasó por allí, la rubia sencillamente se giró agitando su cabello para hablar con su vecina de asiento. Entonces comprendí lo distraída que había estado todo ese tiempo. No había visto algo que terminó de romper la relación de mis dos amigos, ni siquiera me había enterado de que Ben y su novia Gryffindor habían terminado. Sentí un nudo en mi garganta y también me marché del gran comedor en busca de Collette.

La encontré en el dormitorio, hecha un mar de lágrimas. Sus hombros se sacudían en medio de sus sollozos mientras abrazaba sus rodillas sobre la cama. Era por mucho la visión más deplorable de Collette que había visto nunca. No supe qué decir, así que sólo me senté a su lado y puse mi mano sobre su espalda en un mediocre intento de consolarla.

—Ayer se me declaró —sollozó Collette.

—Pero eso es grandioso —dije tratando de sonar animada —. Era lo que querías ¿no?

Ella me miró con sus ojos grises húmedos de lágrimas. Había desesperación en esa joven mirada.

—Le conté todo… —lloró. Su nariz estaba roja y húmeda.

—¿También le dijiste lo que sientes? —pregunté confundida.

—Sí —se secó la nariz con la manga de la túnica —. Y también le dije que estoy saliendo con alguien más.

Retiré mi mano de su espalda, mirándola confundida. Collette no salía con nadie. Yo me había encargado de hacerla desistir de su loca idea de salir con Montorfano.

—¿Por qué dijiste eso? —dije con los ojos como platos —. ¡Tú no sales con nadie!

Collette me miró con expresión culpable y sus ojos se inundaron de lágrimas nuevamente.

—Me he estado acostando con el profesor Finnigan —susurró rápidamente, como si decirlo a gran velocidad disminuyera el impacto de la frase.

Mis ojos se abrieron aún más, incrédulos ante la revelación. No podía ser posible. No lo habría siquiera imaginado. Era como si de repente me enterara de que el profesor Flitwick tenía amoríos con la entrenadora Hooch. Definitivamente había estado demasiado absorta en mi propio amorío con Severus como para percatarme de que Collette se estaba viendo con el nuevo maestro de DCAO.

—Di algo —rogó Collette.

Tragué saliva, indecisa sobre qué decir. Al fin tomé aire y pregunté lo que me temía.

—¿Le contaste eso a Ben?

—Sí. Tuve que hacerlo… —se llevó las manos a la cara y se restregó con las palmas hasta enrojecer —Me dijo que me ama.

Las lágrimas seguían fluyendo de sus ojos sin detenerse.

—Y yo… yo sólo pude decirle que me estaba acostando con Finnigan… que estaba demasiado ciega por los celos y creí que así lograría olvidarlo...

—¿Creíste que acostándote con Finnigan ibas a olvidarte de Ben? —balbuceé estúpidamente.

—Es encantador. No sabes lo genial que es —dijo con tristeza —. Pero simplemente no es Ben… No sé qué hacer, Lena.

Ese día comprendí lo compleja que es la naturaleza femenina, lo mucho que se puede poner en juego cuando se ama a alguien. Vi en Collette el reflejo de mil sentimientos revueltos en un frágil organismo y las decisiones precipitadas que pueden tomarse por el agobio de cargar con tanto. Pude ser testigo de que los errores que se comenten cuando eres joven son incitados por lo duro que resulta enamorarse y sentir más de una emoción al tiempo; que mujeres y hombres fallan por la necesidad de sentir algo que no sea dolor. Y no pude juzgar de ninguna manera, sino tratar de comprender lo enredado de la situación y tener la certeza de que en algún momento de la vida todos nos enfrentaremos con ello en mayor o menor medida.

Los días posteriores a la revelación de Collette fueron sumamente incómodos. Ben, en su actitud de macho herido, no determinaba a mi amiga, era como si sencillamente no existiera. Collette por su parte, se soltaba a llorar en cualquier momento y lugar, así que el día en que salimos a vacaciones de navidad optó por rechazar la invitación de la señora Weasley y quedarse en el castillo para seguir llorando con total comodidad. En vista de la situación decidí quedarme con ella, con cierta desazón pues en verdad deseaba ver a los Weasley y a Harry. Pero mi deber moral como amiga era servirle de paño de lágrimas, además de que podría aprovechar la soledad del colegio para tratar de arreglar algunos asuntos.

—¿Segura de que no quieres venir? —preguntó por milésima vez Ben, antes de entrar a la oficina de la jefe de Hufflepuff.

Ben, a pesar de verse frío y distante, era un libro abierto en lo que a sentimientos respectaba, así que estaba segura de que lo estaba pasando igual o peor que Collette. Debido a esto, había querido acompañarlo para despedirme, algo así como brindarle el escuálido apoyo que podía proveerle.

—No puedo. Necesito poner algunos asuntos en orden —repetí, también por milésima vez.

—¿Qué puede ser tan importante? — hizo un mohín mientras se acomodaba sus cuadradas gafas.

Me quedé viéndolo fijamente, sopesando si valía la pena decirle algo de lo que tramaba.

—Ella me necesita —dije al fin —. Además, debo hablar con "esa persona" sobre Collette.

Ben hizo un gesto de amargura y soltó un resoplido. La molestia fue evidente en los azules ojos del chico.

—¿Qué quieres saber de eso? ¿si la pasó bien con ella?

—No seas imbécil, Ben – susurré molestándome repentinamente de nuevo. Últimamente mi genio estaba demasiado maleable por culpa del par de idiotas que tenía por amigos —. No puedes juzgarla. Ella no iba a guardarte luto mientras le restregabas a tu novia en la cara.

Ben abrió y cerró la boca sin saber qué contestar. Se puso rojo hasta las orejas.

—Ella intentó ser feliz sin ti, baboso. Si tenemos que hallar al culpable, es mejor que te vayas mirando en un espejo —añadí ante su silencio.

—Traté de enmendarlo —murmuró bajando la mirada —. Quería que estuviésemos juntos y ella simplemente me dijo que estaba saliendo con ese tipo. ¡Es mayor que ella!

El comentario me hizo sentir incómoda, así como cuando a uno le cae agüita y le salpica. Me rasqué una ceja para disimular el pequeño choque emocional.

—Sé que soy un idiota —masculló entre dientes, bajando la mirada a sus zapatos.

Sentí pena por él. Le tomé la mano y le di un apretón amistoso. Quería decir algo que le hiciese sentir mejor, pero no encontraba ninguna frase que no fuese un reproche por haber llevado a Collette a creer que debía meterse con el primer imbécil que se le atravesara con tal de olvidarlo.

—Ella es tu amiga —dije —. No tenía ningún compromiso contigo. No era de tu propiedad. De hecho, no puedo creer que un cerebro como el tuyo no logre asumir que una chica puede involucrarse con quien desee, aunque tú no estés de acuerdo.

—Lo sé —sonrió débilmente, volviendo a fijar sus ojos en mi —. Asumo que soy un imbécil.

—Sólo un poco —asentí —. Ahora vete. Si fuera tú, trataría de comunicarme con ella.

Ben hizo un gesto de asentimiento y dándome un golpe en el hombro con sus nudillos, se giró para entrar al despacho de Sprout. Se detuvo a mitad de camino con la mano en el pomo de la puerta.

—¿Ella va a seguir viéndolo? —preguntó de forma casi inaudible, confirmándome una vez más lo afectado que estaba con el tema de Collette y Finnigan.

—No lo sé —respondí.

El chico abrió la puerta y entró en el despacho sin decir ni media palabra más. Cerró tras de sí, dejándome con la vaga impresión de que de haberse quedado un poco más habría llorado tanto como Collette.