SEAMUS
Llevaba días sin ver a Collette. Bueno, días sin que ella viniera a mi despacho. De vez en cuando me la encontraba en los pasillos y sólo recibía miradas cargadas de lo que parecía ser un sufrimiento infinito, antes de que diera media vuelta y desapareciera de vista rápidamente. Incluso había dejado de acudir a mis clases poco antes de vacaciones de navidad. Estaba sumamente confundido respecto a su actitud, en vista de que las cosas parecían ir bien durante las últimas semanas. Collette se veía muy segura de lo que pasaba entre nosotros.
Sentado en la silla tras mi escritorio, observaba los modelos a escala de las guitarras, dándole vueltas al asunto sobre Collette. Ella me gustaba y bastante. Le llevaba unos cuantos años, pero no se me hacía la diferencia de edad más significativa. No alcanzaba a llevarle una década y la chica era muy madura para su edad; incluso había cumplido diecisiete años hacía un par de semanas.
Llamaron a la puerta, sobresaltándome. Bufé, pensando que podría ser el cretino de Snape y sus ganas de acusarme de algún abuso sexual nuevamente. Me acomodé mejor en la silla.
—Adelante — dije sin ganas.
Me llené de sorpresa al ver aparecer ante mí la figura bajita y delgaducha de Lena Heron. Sus ojos claros estaban llenos de reproche, algo totalmente fuera de lugar en alguien que casi siempre parecía despistada y soñadora. Traía el cabello castaño suelto, cayendo en cascada sobre sus hombros y la ausencia de túnica me permitió percatarme de que la pubertad ya había hecho su magia. Claro, no era Collette y sus marcadas curvas, pero me sorprendió caer en cuenta de que nunca había visto a Lena como una mujer hasta ese día.
—Hola, Lena —la saludé amistosamente, dedicándole una sonrisa.
—¿Qué quiere de Collette? — soltó ella sin rodeos.
—¿Disculpa? —dije asombrado, abriendo los ojos más de la cuenta. La sonrisa se borró de mi rostro. No quería ni pensar que ella estuviera al tanto de mi relación con Collette.
—Sé que usted se ha estado… ya sabe… con ella— masculló la chica. Sus ojos azules fijos en mí, taladrando mi propia mirada. Sentí un vacío crecer entre mis tripas.
—Oh — murmuré estúpidamente —. Pensé que lo mantendría en secreto.
Las mejillas de Lena se encendieron a la vez que su mandíbula se apretaba. Comprendí que con esas palabras sólo quedaba como un pervertido abusador.
—¿Es todo lo que va a decir? —dijo. La rabia contenida en cada sílaba.
Negué con la cabeza, levantándome de la silla y caminando hacia ella. A ver si algún día podía dejar de cagarla, me dije fastidiado. Traté de colocar mis manos sobre sus hombros para calmarla, pero desistí cuando retrocedió con recelo. Levanté las manos en gesto de rendición.
—Nos hemos estado viendo. Y la quiero, si es lo que necesitas saber —dije cruzándome de brazos para dar a entender que no invadiría su espacio personal nuevamente —. Pero ella parece haber dado por finalizadas las cosas, sin notificarme.
La muchacha continuó con los ojos clavados en mí. Era una mirada madura y seria, ajena a la normalmente divertida Magdalena Heron. Era como si hubiese madurado mucho en muy poco tiempo.
—Está muy confundida —Lena se rascó la nariz. Noté varias marcas rosadas sobre la piel de su mano, como de una cicatrización muy reciente. En otras circunstancias le habría preguntado por el origen de las marcas.
—¿Confundida? —pregunté sintiéndome un poco tonto.
—Por Ben —dijo sin un ápice de duda.
Fue como si una pala se estrellara contra mi cráneo.
—¿Ben?
Lena asintió, como si fuese lo más obvio del mundo.
—Ella quiere a Ben… Usted la confunde y la hace sentir culpable.
—¿Culpable?
—Piensa que está jugando con ambos.
Ahora las cosas tenían un poco más de sentido. Collette Neveu estaba lidiando con el hecho de estar enamorada de Benjamin Weasley, y estar involucrada conmigo la hacía creer que me lastimaría. La entendía, pero no dejaba de hacerme sentir mal el hecho de que prefiriera huir de mí en lugar de hablarlo como dos personas civilizadas. Me sentí tonto por haber pensado que Ben era cosa pasajera.
Collette me gustaba. De hecho, sentía cosas bastante intensas por ella, tanto que me molestaba la idea de que ella tuviese sentimientos hacía Ben Weasley. Pero como buen idiota que era, estaba siendo bateado por una mujer enamorada de otro, mujer que no se atrevía a decirme las cosas de frente. Las escoges de puta madre, Finnigan.
—¿Estás aquí por tu cuenta? —le pregunté a la chica. Aunque la pregunta sobraba: dudaba que Collette enviase intermediarios.
Lena asintió sin apartar su mirada cargada de reproche.
—¿Vienes a pedirme que me aparte?
—No —Negó con la cabeza. Su cabello castaño se sacudió graciosamente contra sus mejillas —. Creo que debe hablar con ella. Ser responsable de lo que ha causado…
—Yo no…
—No me interrumpa —me silenció con un tono de voz peligroso.
Guardé silencio, totalmente asombrado de la Lena que se presentaba ante mí.
—Usted la ha confundido —continuó —. La abordó cuando ella era vulnerable y la hizo pensar que era una especie de salvavidas…
—¡Hey! ¡Eso suena como si yo fuese un abusador y no es así! —me defendí, ofendido.
—Tómelo como quiera —dijo Lena desafiante.
Las palabras de la muchacha me dolieron hasta el fondo, porque las cosas no eran como ella creía. El día que invité a Collette a venir a mi oficina, fue con la sincera intención de hablar con ella respecto a su actitud hacia Ben, para tratar de ayudarla de alguna manera. Ella me confesó que Ben Weasley le gustaba, pero que no estaba segura de sus sentimientos porque el muchacho era un imbécil. Nos hicimos amigos y las cosas avanzaron rápidamente en una dirección diferente a la amistad. La misma Collette había iniciado el beso que marcó el rumbo de la relación, y su forma de comportarse conmigo era tan espontanea que nunca dudé de que yo le gustaba realmente, sin tantos peros como lo de Weasley.
—No era mi intención hacerla sufrir —dije negando con la cabeza —. Creía que Collette de verdad sentía lo mismo… que lo de Ben no era algo serio.
La expresión de la chica se tornó un poco menos agresiva, como si mis palabras le causaran algo de pena. ¡Genial! Ahora una chica de dieciséis años me tenía lastima.
—Lamento su situación —dijo suavemente —. Pero justo ahora me preocupa más Collette.
Asentí, dándole a entender que comprendía la posición en la que se encontraba. Lena era la mejor amiga de Collette, así que era natural que cualquier cosa que le afectara a la chica fuese un motivo de preocupación para ella. Era muy buena amiga, aunque ella misma dudase de sus capacidades.
—Intentaré solucionarlo —dije. Dejé escapar el aire lentamente. No habría querido darme por vencido, pero no creía tener mucha ventaja.
Pensé que debía dejar escoger a Collette sin presiones. Naturalmente ella iba a elegir al pelirrojo, pensé abatido. Siempre era de la misma forma: yo llegaba, me subía al carro del romance, emocionado, y ellas terminaban marchándose con su amor que antes parecía imposible. Básicamente yo era un amuleto para organizar relaciones que parecían no tener futuro antes de mi intervención. Casi me planteaba con seriedad volverlo negocio.
—Usted sabrá manejar sus sentimientos mejor que ella—dijo la muchacha.
Que curiosa podía resultar esa chica: un día parecía que estaba en la luna y al siguiente aparentaba una madurez poco propia de ella. A decir verdad, preferiría que continuara fuera del planeta con los nargles de Luna Lovegood y que no me estuviese poniendo a tomar decisiones cargadas de moralidad y buena fe.
—Me sorprendes—dije volviendo a dejarme caer de culo en la silla tras mi escritorio
Lena se encogió de hombros y sin decir ni media palabra más, salió del despacho, dejándome con un sentimiento creciente de desazón.
COLLETTE
Me senté en el alfeizar de la ventana, apretando el trozo de pergamino que acababa de recibir en mi mano derecha, viendo la nieve caer con desgana sobre los terrenos del castillo. La luz del sol reflejada en la infinita blancura casi me hacía daño en los ojos, pero no me importaba demasiado. Estaba distraída pensando en las últimas semanas de mi vida, tratando de encontrar los restos de la persona que había sido y que, de un momento a otro, dejé de ser. ¿En qué momento cambié a la chica feliz de ser tía por un manojo de nervios e infelicidad?
Ben me había gustado desde que podía recordarlo, como si siempre hubiese estado ahí, tanto que el amor por él surgió sin saber el momento exacto. No sabía a ciencia cierta por qué le dije a Seamus que mis sentimientos hacia Ben no eran concretos. Tal vez me dejé deslumbrar por el atractivo del joven maestro, por su cautivadora forma de ser… o tal vez sólo fue el enorme deseo de dejar de amar a Benjamin Weasley. Siempre había soñado con el momento en que al fin me atreviera a dar el paso y confesarle lo que sentía; pero nunca me atreví a hacerlo. Creo que Ben sobrepasaba los limites de mi paciencia y me obligaba a retroceder, pero no lograba suprimir mis emociones. Sonará feo, pero Ben Weasley era como el moho que crece con la humedad en las paredes, que por más que lo pintes seguirá apareciendo. Sentía que lo odiaba por amarlo, lo odiaba porque era grosero y empollón; pero le amaba con locura porque también era divertido, entregado y jodidamente brillante.
Seamus fue como una especie de tabla salvavidas, como aferrarse al último sorbo de agua en medio del terrible desierto. El joven docente era todo lo opuesto a Ben: ocurrente y dispuesto a disfrutar la vida sin pensarse demasiado las cosas. No estoy muy segura de en qué momento me decidí a plantarle un beso en una de las tardes de charlas y té; simplemente lo hice y él me correspondió efusivamente. A partir de ahí, las cosas se salieron de control. Me sentí libre y rebelde, ajena a mi misma. Estar con Seamus Finnigan era cosa de otro mundo: cómo me miraba, cómo me tocaba…
El problema de tocar el cielo con Seamus Finnigan era que, al volver a mi dormitorio, sólo Ben y su novia rondaban mis pensamientos. Y lo sobrellevaba bastante bien, a pesar de todo. Sin embargo, las cosas se vinieron abajo cuando Ben pareció pensar que era tiempo de "perdonar la ofensa de haber charlado con el sumamente homosexual Brandon Kutcher". Fue en ese momento que me desmoroné y pude admitir que tratar de que un clavo sacara otro no era lo indicado para mí.
No fue mi intención lastimar a Ben cuando le confesé que había estado viendo a Finnigan, pero no pude guardármelo. No quise que hubiese secretos entre nosotros. Él se vio muy afectado, como si yo hubiese cometido la peor de las traiciones y, con un "no te creí capaz" dicho con el mayor tono de repudio que pudo reunir, me dejó sola y sintiéndome la peor de las basuras. A partir de ese momento no me sentí capaz de regresar a ver al profesor de DCAO y comencé a evitarlo, aun sabiendo que lo correcto era plantarle cara al asunto. La sensación de ser una mala persona me ahogaba y solía esconderme en los baños a llorar, al mejor estilo de Myrtle la llorona. La gota que colmó la copa fue antes de las vacaciones de navidad, cuando Ben nuevamente se encargó de hacerme ver lo poco que le importaba.
Ahora estaba allí con la carta de Finnigan expresándome su deseo de apartarse, apretada en el puño, sin saber muy bien si eso me hacía feliz o si me deprimía más. Desplegué nuevamente el trozo de pergamino y leí por doceava vez la nota:
Querida Collette.
Estas semanas me has dado la alegría que se consigue en muy pocas ocasiones. Agradezco enormemente que quisieras compartir tantas cosas conmigo; pero he notado que tal vez la experiencia no te ha llenado de la misma forma que a mí. En vista de que no he logrado cruzar palabra contigo (esperando que no suene a reproche), me parece que lo mejor es continuar siendo amigos y que, ruego a la providencia, logres conseguir la paz que ahora sé que te falta. Por favor no pienses que albergo algún tipo de rencor por la forma impersonal de comunicarte mi decisión de dejar las cosas de este tamaño, sólo deseo limitar la incomodidad que pueda llegar a causarte.
Tuyo,
S. F.
¿Cómo sabía Seamus que me faltaba paz? No quería pensar en que mi estado de ánimo era tan evidente, aunque supongo que no era muy difícil dilucidar que algo pasaba conmigo si le huía cada vez que se acercaba. Mis ojos se llenaron de lagrimas nuevamente y esta vez no me molesté en limpiarlas. Ojalá fuese más lista, o más como Lena y su forma despreocupada de vivir. Mi amiga era de las personas que pocas veces veías preocupada por algo, como si su vida fuese simple y llevadera; parecía sobrellevar todo con ánimo, soñadora y distraída como ella sola.
LENA
Parecía que Severus estaba destinado a encontrarse conmigo cada vez que salía del despacho de Finnigan. En el momento justo en que cerraba la puerta, mi oscuro tormento doblaba la esquina del pasillo. Su rostro lívido fue más que suficiente para petrificarme, sabiendo que en menos de nada iniciaría su maldita perorata sobre lo peligroso que podría resultar el desaliñado profesor de defensa contra las artes oscuras.
—Sígueme —gruñó Severus, apenas moviendo los labios.
Con un bufido de resignación, poniendo los ojos en blanco, lo seguí a regañadientes. Puta vida triste, pensé malhumorada, sin querer escuchar su próxima regañina. Lo peor de todo era que no podía darle una explicación sincera respecto a mi necesidad de visitar a Finnigan. ¿Qué podía decirle? Tal vez: Severus, mi mejor amiga se ha estado acostando con el tipo que me dijiste que no era de fiar… No, eso sólo daba pie para darle la razón al oscuro maestro; y me negaba rotundamente a darle la razón a Severus Snape.
Continué caminando tras el hombre lo que pareció ser una eternidad, rumbo a las mazmorras, escuchando resonar sus pasos apresurados en el silencio de los pasillos. El colegio estaba desierto, salvo por uno que otro fantasma que deambulaba distraído. Nos encontramos con el monje gordo que, sonriente y presuroso, acudió a saludarme; sin embargo, al percatarse de la expresión en el rostro de Severus, pareció cambiar de opinión y siguió de largo atravesando un muro, como quien no se percata de que llevan a un estudiante al matadero.
Al fin llegamos a las mazmorras, donde estaba haciendo suficiente frío para hacerme castañetear los dientes y condensarme el aliento. Me acerqué las manos a la boca para tratar de calentarlas con mi aliento, maldiciéndome mentalmente por no ponerme los malditos guantes térmicos antes de salir de mi dormitorio. Ahora, además de estar a punto de convertirme en una estudiante/amante secreta regañada por su maestro/tormento amoroso, me iba a convertir en un maldito cubo de hielo.
Una vez frente al despacho, Severus abrió la puerta de golpe y se hizo a un lado haciendo un gesto de cabeza para indicarme que entrara. Su expresión era, por demás, aterradora. Me lo pensé bastante, incluso sopesé las posibilidades que tenía de salir corriendo y robar un thestral para iniciar una nueva vida en Somalia.
—Muévete —masculló Severus, sacándome de mis fantasías de fuga.
Lo miré con resignación, añorando una posible y calurosa vida en África. Muy a mi pesar, me adentré en el sombrío despacho, preparándome mentalmente para el sermón y tratando de inventar una excusa creíble. Escuché la puerta cerrarse y Severus pasó bruscamente por mi lado para ir a sentarse tras su escritorio. Se veía amenazante.
—Hola, Severus. ¿Qué tal tu día? —dije cándidamente. No me moví de mi lugar seguro cercano a la puerta.
—¿Y bien? —preguntó, ignorando mis palabras.
—Y bien, ¿qué? —pregunté a mi vez, tratando de parecer inocente.
—No te hagas la tonta, Heron —regañó con sus ojos negros centelleantes —¿qué hacías en el despacho de Finnigan? Pensaba que había sido lo suficientemente claro.
—Ah, sí… Fue un favor para Ben—dije con la voz más inocente de la que fui capaz. Traté de mirar a un punto fijo sobre su cabeza para evadir su mirada con disimulo —. Él quería saber si podía tener algunas clases los fines de semana... para los EXTASIS.
—No me mientas —Severus se levantó de la silla y se acercó, tratando de hacer contacto visual.
Rehuí su mirada todo lo que fui capaz, hasta que tomó mi barbilla con su mano para obligarme a hacer contacto visual. Sentí como sus ojos negros se adentraban en mis ojos de borrego asustado, escudriñándome el alma entera. Me obligué a pensar en los escregutos de Hagrid, sacando a Collette de mi mente.
—¿Qué tratas de ocultar? —su otra mano se posó en mi mejilla y la acarició con el pulgar, haciéndome dar un brinquito de la impresión.
Fue suficiente para distraerme, de modo que la imagen de Finnigan sonriendo explotó en mi cabeza. Creí que Severus continuaría su escrutinio mental, pero en lugar de eso, me soltó como si de una babosa carnívora me tratase y se alejó de mi con una expresión que helaba la sangre. ¿ira contenida, tal vez? ¿asco? ¿una mezcla de ambas?
—Estás con él —no era una pregunta.
—¿Qué? ¡Claro que no! —dije saliendo de mi estupor, comenzando a cambiar mi asombro por la sensación que tienes cuando te das cuenta de que ofendieron a tu abuelita.
—Largo —dijo sin más.
Abrí la boca para defenderme de su acusación, pero no me dejó articular palabra.
—LARGO —gritó.
Cerré la boca y fruncí el ceño hasta que mis cejas casi se juntaron. No estaba dispuesta a permitir que el murciélago inseguro me tratase de esa manera. Lo fulminé con la mirada y dando media vuelta, salí del despacho dando un portazo que casi derriba la puerta de sus goznes. Pues que se vaya a la mierda, pensé dolida. Ni que fuese el último maldito hombre del planeta.
Terminé en mi habitación, acostada en mi cama y envuelta en la colcha de retazos, sintiéndome totalmente idiota por no responderle como se merecía. ¿De verdad pensaba que podía tener algo con Finnigan? ¡Por Dios! Si no tenía ojos más que para él. Pero él se lo perdía. Que creyera lo que se le diera la gana; yo no estaba para andar calmando sus celos propios de la pubertad y no de un adulto que pasaba de los cuarenta. Por muy joven que se viera, no era ningún adolescente.
—¿Estás bien?
La voz de Collette llegó a mis oídos, sobresaltándome. No me había percatado de que ella estuviese en el dormitorio. Me senté, todavía envuelta en la colcha, para darme cuenta de que ella estaba sentada en el alfeizar con gesto compungido. Tenía los ojos enrojecidos y brillantes, como si hubiese estado llorando. Nos miramos fijamente unos instantes.
—Estoy bien —dije sin mucho convencimiento.
—Bueno —dijo ella, volviendo a mirar por la ventana.
Me dejé caer de nuevo contra el colchón.
—¿Tú estás bien? —pregunté.
—Estoy bien —masculló ella, con el mismo tono que yo había usado.
Ninguna de las dos dijo nada más. Cada una tenía la mente ocupada en sus respectivos problemas con el sexo opuesto. Sabía que Collette debía estar teniendo su eterno debate sobre Ben y Finnigan. Ojalá pudiese pedirle ayuda sobre Severus y su estúpida forma de actuar, ojalá pudiese hablar de eso con alguien.
