SEVERUS
Llevaba un par de días rumiando mi mal genio, apretando la mandíbula cada vez que veía a Heron en algún lugar del castillo. La muchacha se limitaba a mirarme fijamente unos instantes, como quien valora un queso maloliente y, sin más, giraba el rostro y continuaba hablando con su amiga francesa. Habría querido hablarle, intentar ver qué se traía con Finnigan en realidad, pero no se despegaba de la pelinegra que últimamente tenía cara de acontecimiento de forma permanente. Por otro lado, quería ir a partirle la cara a Finnigan. De verdad lo deseaba con todas mis fuerzas. Sólo me detenía el hecho de saber que me expondría si llegaba a hacerlo. Maldito imbécil con pinta de artista de medio pelo, ojalá pudiera destrozarle esa sonrisa de farsante. Nunca había sido capaz de tolerar que se metieran con lo que consideraba mío y, maldita sea, sentía que Magdalena Heron me pertenecía. Así que, me sentía terriblemente ofendido al imaginarlos juntos.
En navidad me senté a la mesa como de costumbre, junto a la directora, que parecía especialmente animada esa noche. Minerva, que había estado riéndose pudorosamente con un evidentemente ebrio Hagrid, de inmediato me acercó una copa, esbozando una sonrisa que no fui capaz de corresponder.
—¡Severus! Qué bueno verte —dijo alegremente.
Asentí cortésmente y me acerqué la copa a los labios, percibiendo de inmediato el aroma a hidromiel.
—Hagrid justo estaba preguntando por ti.
El semigigante sonrió de oreja a oreja. Costumbre que tenía desde que regresé de San Mungo hacía algunos meses. El idiota parecía haberme tomado un inesperado cariño después de todo lo acontecido con Potter y yo no me sentía cómodo con ello, así que procuraba no permanecer demasiado tiempo a solas con él.
—Bonita noche, Snape. Todo nevado —hipo el grandulón —. A Fang le encanta la nieve, pero no lo dejo salir mucho por miedo al moquillo.
—Hmmm —fue mi respuesta, fingiendo que bebía de la copa. No estaba en mis planes embriagarme, temiendo que tal vez terminaría golpeando al cretino de Finnigan. Como odiaba cada centímetro del risueño idiota que se sentaba al extremo izquierdo de la mesa hablando animadamente con el viejarral compuesto por Pomfrey, Sprout y Hooch.
Vi entrar a Lena, acompañada como de costumbre por su inseparable y evidentemente compungida amiga, Neveu. Había abandonado la túnica del colegio y se había puesto lo que parecía ser uno de los espantosos suéteres de Molly Weasley. De suéter amarillo, con falda y mallas negras parecía un abejorro desnutrido, diferente de su curvilínea amiga, quien a pesar de su cara de estar al borde de las lágrimas, se veía de maravilla con cualquier cosa. Sin embargo, Lena Heron estaba sonriente y animada. Ignorante por completo de lo mal que le sentaba el estúpido suéter, Lena tiraba del brazo de Neveu, señalando emocionada una tarta de fresas con crema que había en el centro de la casi totalmente vacía mesa de los Hufflepuff.
Al fin logró posicionar a Neveu en el banco y le sirvió un poco de tarta, atacando ella misma un trozo particularmente grande. Bufé, pensando que era sorprendente que sintiera tantas cosas por alguien que comía como si tuviera ocho años. ¡Por Merlín!, si había mil platillos en la maldita mesa. Finnigan soltó una sonora carcajada, sobresaltándome y haciendo que mi atención se desviara un instante de las chicas en la mesa y lo volteara a ver con fastidio.
—¡Collette!
El chillido de Heron resonó en el comedor, seguido del estrepito de platos y cubiertos contra la baldosa. Volví mi atención a la mesa de los tejones justo a tiempo para ver a la chica francesa terminar de caer al suelo, inconsciente. Me levanté de mi asiento, pero no fui tan rápido como Finnigan, que ya iba a mitad de camino, pálido como un inferius.
LENA
Por primera vez en días me sentía alegre, tal vez era la navidad o que al fin Collette había salido de la cama por su propia cuenta y no había derramado una sola lágrima en el proceso. Así que, en la noche, nos vestimos con los suéteres de regalo de la señora Weasley y bajamos al comedor para la cena de navidad. Una vez estuvimos frente a la puerta, Collette se detuvo en seco y regresó su expresión depresiva.
—Él va a estar ahí — masculló.
—Él siempre está ahí —dije poniendo los ojos en blanco.
Llevaba días amargándome la existencia por culpa de Severus Snape y justo esa noche me sentía de maravilla, así que no iba a permitir que se arruinara. Quería comer algún postre y disfrutar de mi horrible suéter sin que nadie me hiciera sentir mal. Así que tomé a Collette por el brazo y comencé casi a arrastrarla por el comedor hasta la mesa de Hufflepuff. No había mucha gente, solo una docena de estudiantes, incluyéndonos, más los profesores en su mesa.
Pude sentir los ojos de Severus en mí, pero me limité a ignorarlo mientras ubicaba a la triste Collette en un asiento y nos servía trozos de una llamativa tarta de fresas a ambas. Comencé a comer disfrutando de cada bocado como si nunca me hubiese comido un postre en la vida.
—Ben nunca va a perdonarme… —gimoteó mi amiga.
Una sonora carcajada proveniente de la mesa de profesores llegó hasta nuestra mesa. Reconocí de inmediato la risa de Finnigan y todo lo demás pasó demasiado rápido. Pude ver los ojos de Collette empañarse y su rostro tornarse de un feo color verdoso, antes de que sus ojos giraran hacia arriba en sus cuencas y cayera de la mesa, arrastrando consigo los platos más cercanos al aferrarse al mantel.
—¡Collette! —chillé, levantándome de mi asiento y arrojándome de rodillas al suelo junto a ella para sujetarla.
La chica estaba como un papel, sus ojos moviéndose rápido bajo los párpados maquillados con sombras amarillas a juego con el suéter. La sacudí un poco, presa del pánico, con mis manos temblando como locas. Los pocos estudiantes habían acudido y se amontonaban en torno a nosotras, cuchicheando entre ellos.
—Abran paso —dijo una voz que sonó como un graznido, irreconocible para mí. Levanté la vista del rostro de mi amiga y vi a Finnigan casi tan pálido como la misma Collette.
—¿Qué le sucede? — pregunté estúpidamente. Como si Finnigan pudiera saber más que yo.
Finnigan no respondió. Simplemente levantó a Collette en brazos y salió del comedor dando grandes zancadas. Aturdida como estaba, pude ver a la señora Pomfrey corriendo tras el maestro de defensa contra las artes oscuras para alcanzarlo. Miré en derredor, asustada. Los otros chicos me miraban desde arriba, escuchaba susurros apresurados entre ellos.
—A lo mejor le puso veneno —dijo un Slytherin.
—Ha de ser por celos —dijo el otro Slytherin.
—Cierren la boca —dijo un chico alto, empujándolos y abriéndose paso entre ellos.
Me tendió la mano. Tenía un rostro trigueño, sonriente, enmarcado por un cabello castaño oscuro y rizado que caía graciosamente sobre su frente. Sus ojos color aceituna, evaluadores, acompañaban a su radiante sonrisa. Le di la mano, dejando que tirara de mí hacía arriba.
—Gracias —murmuré una vez estuve de pie.
Los maestros habían dejado sus lugares y comenzaban a ordenar a los escasos estudiantes regresar a sus respectivas mesas. El chico todavía sujetaba mi mano, sin dejar de mirarme con curiosidad.
—Soy Theo —sacudió mi mano, presentándose.
Abrí la boca para decir mi nombre, pero una mano se posó en mi hombro sobresaltándome.
—A tu mesa, Williams —dijo fríamente la voz de Severus. Así que la mano sobre mi hombro ya tenía dueño.
Theo Williams sonrió a Snape. Vaya sonrisa más deslumbrante, pensé, olvidando momentáneamente a Collette y su desmayo.
—Nos vemos, Lena —dijo el chico sin dejar de sonreír. Con una última mirada a Snape, se dirigió hacia su mesa.
¿Cómo sabía mi nombre? ¡Claro! ¡El capitán de Ravenclaw! Casi no lo reconocí sin el uniforme de quidditch. El año pasado él mismo le había dado una paliza a mi equipo en el último partido de la temporada cuando hizo trescientos puntos en diferentes anotaciones. Ann Perkins casi decapita a un aturdido Arthur Rogers por permitir tantos goles en menos de una hora. Ese partido nos había dejado fuera de la final.
—Sígueme, Heron —dijo Snape, sacándome de mis cavilaciones sobre Theo Williams.
Como no me moví, Snape apretó mi hombro, obligándome a girar y caminar hacia la salida del comedor. Ahora que ya no estaba viendo a Theo, volvía a pensar en Collette y su estado de salud. Quería zafarme de Snape y correr a la enfermería.
—¿Puedo ir a la enfermería? —pregunté una vez estuvimos fuera del comedor.
—Es a donde nos dirigimos —respondió Severus —¿Qué le sucede a Neveu?
Negué con la cabeza.
—No lo sé. Estaba bien cuando salimos de los dormitorios.
Continuamos caminando a paso ligero hacia la enfermería. Severus aún mantenía su mano sobre mi hombro, como si necesitara que alguien me guiara o como si temiera que fuese a huir en algún momento. Cuando llegamos frente a la puerta de la enfermería me giró hacia él y me soltó. Se cruzó de brazos.
—Se ve mal últimamente —dijo, clavando sus ojos en mí.
—Tiene problemas, ¿vale? —mascullé. Esperaba que mi tono fastidiado bastara para que dejara de hacer preguntas.
—¿Vas a decirme qué hay entre tú y Finnigan? —preguntó en voz baja.
—¿Todavía con eso? —susurré, ofuscada —. Ya te dije que nada. Problema tuyo si lo pones en duda.
Justo cuando Severus abrió la boca para responder, la puerta se abrió y apareció Finnigan. Nos miró a ambos interrogadoramente.
—¿Cómo está Collette? —le pregunté.
—La señora Pomfrey dice que está bien —Finnigan detuvo su mirada en Severus — ¿Qué hace aquí, profesor Snape?
—Es lo que yo me pregunto de usted, Finnigan —dijo Severus lacónicamente.
Finnigan enrojeció.
—Yo la traje —dijo Finnigan, todavía rojo.
—Ah, cierto —Severus sonrió ligeramente —. Un caballeroso gesto. ¿Quedando bien con alguien, Finnigan?
Finnigan se irguió en toda su estatura, desafiante.
—¿Qué insinúa? —escupió Finnigan con los dientes apretados.
—¿Por qué supone que insinúo algo?
Guardé silencio, siguiendo la discusión de los hombres como si se tratase de un partido de ping pong. La expresión de ambos parecía indicar que al mínimo movimiento en falso se irían a los golpes.
—No supongo nada.
—No insinúo nada, entonces.
—Bien —gruñó Finnigan con rabia contenida en cada sílaba —. Que tengas buena tarde, Lena.
Pasó por el lado de Severus con gesto de odio y se perdió de vista al final del pasillo.
—¿No vas a ir con él? —preguntó Severus. Se veía más amargado que de costumbre.
—¿Por qué haría tal cosa? —solté un bufido. Comenzaba a perder la paciencia nuevamente.
—La trajo para quedar bien contigo.
—No la trajo por eso.
—¿Entonces por qué?
—Alguien tenía que traerla ¿no?
No dijo nada. Sin mirarlo siquiera, pasé junto a él y me adentré en la estancia, tratando de ubicar a Collette entre las camas. Vi su negro cabello sobresalir entre las mantas al final del enorme lugar y me dirigí silenciosamente hacia ella. La señora Pomfrey se encontraba a su lado con un frasquito en la mano.
—¿Qué tiene? —pregunté una vez llegué junto a ella, asustando a la enfermera.
—¡Heron! ¡Por Dios! ¡No puedes entrar así a una enfermería! —exclamó, poniéndose la mano en el pecho.
—Lo siento, señora Pomfrey —me disculpé.
La mujer me miró un momento con severidad y luego suavizó la expresión.
—Está bien, Heron. Solo fue un bajón de azúcar —levantó el frasquito para que lo pudiese apreciar. Decía: "gluco-no-sé-qué", en letra cursiva —. Me temo que la señorita Neveu no ha comido muy bien últimamente. Recobró la conciencia de camino acá. Ahora duerme un poco.
Sentí alivio, pero inmediatamente después culpa. Collette no había estado preocupándose por ella en los últimos días y por estar pensando en Severus no presté atención al asunto. Ella sólo picaba un par de cosas del plato mientras miraba al infinito. Debí haberle insistido en que comiera más.
Collette se removió un poco en la cama y abrió los ojos. Miró en derredor desconcertada hasta que se percató de mi presencia. Sonrió débilmente, casi con vergüenza.
—Lo lamento —dijo en un susurro.
Negué con la cabeza, al borde de las lágrimas.
—No. Yo lo lamento —gimoteé con un nudo en la garganta —. Debí cuidarte mejor.
—No. Yo debo dejar todo esto de lado —sonrió Collette —. Al demonio con Ben.
La señora Pomfrey bufó.
—Adolescentes —masculló, sacudiendo la cabeza con gesto de fastidio antes de dirigirse a su oficina.
Collette y yo cruzamos miradas estupefactas. Una sonrisa genuina se formó lentamente en el bello rostro de Collette, estallando en carcajadas cuando la señora Pomfrey cerró la puerta de un golpe. La miré como si se hubiese vuelto loca y al fin me rendí, comenzando a reírme con ella.
SEVERUS
Dejé que Lena entrara a la enfermería sin decirle nada más. Por alguna razón ya no estaba tan seguro de lo que había visto en la mente de la chica. Después de todo, sólo había sido una imagen de Finnigan sonriendo; y el muy imbécil sonreía por todo, como si tuviese un déficit mental. Finnigan no parecía en absoluto interesado en Lena cuando salió de la enfermería; en realidad se veía más preocupado por la muchacha que acababa de dejar allí dentro. Debo admitir que me sorprendió bastante verle correr y llegar primero ante la desmayada Neveu y, aún más, cuando la levantó del suelo y corrió con ella fuera del gran comedor, como si realmente le importara su bienestar. Maldije mentalmente ser tan débil emocionalmente cuando de Heron se trataba. De haber evitado caer en mi ridículo ataque de celos, tal vez habría visto realmente lo que ella había estado haciendo en el despacho del pirómano inútil.
Quise esperar a que saliera de la enfermería, pero al caer en la cuenta de que probablemente no saldría de allí hasta que dieran de alta a Neveu, opté por marcharme e intentar hablar con ella en otra ocasión.
Llegué a mi despacho, todavía pensando en la actitud de Finnigan. ¿Era posible que su interés estuviese dirigido a Collette Neveu? A decir verdad, la muchacha era más de su tipo que Lena. Cuando Finnigan era un estudiante pude darme cuenta de algunas de sus conquistas y, ciertamente, eran muchachas bastante bonitas y de atributos abundantes. Tal vez me estaba dejando cegar ante mi yo posesivo, creyendo que cualquier hombre estaría cerca de Lena sólo para conquistarla. Quizás Finnigan se estaba acercando a Lena para llegar a Neveu. De ser así, no era como que yo fuese el más indicado para entrometerme, en vista de que tenía tanto rabo de paja como él.
Llamaron a la puerta, sacándome de mis pensamientos.
—Adelante —dije, deseando que fuese Lena. No podía negar que me había hecho una falta de los mil demonios.
Mi ilusión se fue al garrete cuando vi entrar a Angela. La mujer se veía tan hermosa como siempre, incluso traía puestos los tacones que tanto me gustaran en nuestros antiguos encuentros.
—¿Podemos hablar? —dijo a modo de saludo. No se molestó en cerrar la puerta.
—No creo que sea el mo…
—Nunca es el momento, Severus —me cortó —. Siempre tienes algo que hacer. ¿Qué es lo que te ocupa tanto?
Bien. No tenía una respuesta sincera para eso. ¿Qué podía decirle? No era como que pudiese contarle que me estaba volviendo loco por una adolescente inmadura y obstinada. No podía más que seguir dándole evasivas.
—Angela…
—¿Qué, Severus? —la mujer me miró intensamente con sus grandes ojos castaños, como retándome a inventar otra excusa —. ¿Qué vas a decirme esta vez?
Dejé escapar el aire lentamente. Miré hacia las estanterías llenas de ingredientes. ¿En qué momento me había metido en ese embrollo?
—¿Ni siquiera vas a mirarme?
Volví a fijar mis ojos en ella. Sentía algo de culpa por no poder corresponder a la ilusión que la mujer tenía conmigo. Me resultaba incómodo que Angela estuviese allí reclamándome por haber finalizado una relación que ni siquiera debió empezar. Si hubiese admitido que Heron había comenzado a desordenar mi existencia desde el primer momento en que la vi a los ojos, no tendría un embrollo amoroso con la profesora de transformaciones.
—Lo lamento, Angela —dije sin dejar de ver sus ojos castaños, que justo ahora comenzaban a humedecerse —. No me siento en la capacidad de corresponderte.
—¿Por qué no? ¿Qué hace que no puedas? —las lágrimas comenzaron a correr por su rostro de porcelana —¿Hay alguien más?
—Sí, Angela —asentí. Pensé que le debía algo de sinceridad —. Hay alguien más.
La mujer dejó escapar un sollozo y se cubrió el rostro con las manos. Me sentí azorado, sin saber muy bien qué hacer al respecto. No sabía si abrazarla sería una buena idea, si le daría otra falsa esperanza; pero tampoco creía correcto dejarla llorar allí sin más. Me acerqué a ella y la envolví en un torpe abrazo. Angela se pegó más a mí y también me abrazó.
—¿Quién? —lloró contra mi pecho.
—No importa —dije.
—A mí me importa.
—No importa.
—¿La amas?
—Creo.
—¿La amas o no?
—Sí.
Me sorprendí con esa revelación. No me había planteado la posibilidad de amar a Magdalena Heron, pero la respuesta me salió tan natural, que no dude de ella. Fue entonces cuando la vi. Lena estaba de pie en el marco de la puerta, con el entrecejo fruncido en un gesto de incredulidad, su boca ligeramente abierta, dejando ver parte de sus blancos incisivos. Antes de que pudiese hacer o decir nada, ella dio media vuelta y salió corriendo. ¿Qué clase de telenovela muggle era esta?
