LENA
Después de su desmayo en el comedor, Collette parecía haber recapacitado respecto a su situación amorosa con Ben y Finnigan. Ahora se veía más animada y comía con normalidad, es decir, como si la comida del castillo se fuese a terminar en cualquier momento. Por mi lado, desde que viera a la profesora Louper siendo abrazada por Severus, había procurado alejarme totalmente de él y le evitaba en todo momento. Decir que estaba enojada era poco. Me sentía totalmente estúpida por haber ido a su despacho para intentar arreglar las cosas, cuando había sido él quien me ofendiera primero. Qué maldito farsante con su escena de celos, cuando era él quien estaba viendo a otra mujer. Debí haber sabido que él jamás dejaría a alguien como ella para quedarse conmigo.
Notaba que él trataba de acercarse, pero yo insistía en ir acompañada a todas partes ya fuese por Collette o por mi recientemente amigo Theo, logrando que el hombre desistiera de hablarme. No quería tener ningún tipo de contacto con Severus Snape. El sólo hecho de verle me hacía daño y me recordaba lo tonta e ilusa que era. Me había planteado dejar sus clases, pero eran un requisito indispensable para el programa de curanderos de San Mungo y Severus no valía tanto como para renunciar a mi sueño por su causa.
Esa semana Collette y yo hicimos muy buenas migas con Theo, llegando a pasar bastante tiempo en su compañía. El muchacho resultó ser más que agradable y compartía gran parte de mis aficiones, por lo que los ratos de charlas eran muy divertidos. Como la meta de Theo era llegar a ser sanador, igual que sus padres y abuelos, se mostró muy emocionado cuando le confesé que estaba esforzándome para poder ingresar al programa de Sanadores de San Mungo. Tanto así que, al día siguiente se apareció con un montón de apuntes donde resumía los temas más importantes para los EXTASIS, explicándome su técnica de estudio.
Lo más interesante de Theo era que, a pesar de ser increíblemente listo, no era un completo empollón como Ben. El chico amaba el quidditch y era realmente bueno, por lo que parte del tiempo lo destinamos a practicar un poco en el campo del colegio. Collette iba con nosotros y pude apreciar que volar contribuía a que su estado de ánimo mejorara. Theo nos enseñó varias técnicas de vuelo y no descansó hasta que logramos hacerlas a la perfección.
—Tienes que hacer el amague de que girarás a la derecha y de inmediato virar hacia abajo un par de metros, justo ahí subes rápidamente. Con eso Tisdale te seguirá enseguida. Es muy lenta virando hacia arriba, así que tendrás un montón de ventaja —dijo Theo la noche anterior a año nuevo cuando caminábamos por el campo de Quidditch después de una sesión de entrenamiento.
—Ya… ¿Eso no puede hacer que la snitch desaparezca antes de que yo vuelva a subir? —inquirí deteniéndome junto a un poste. Llevaba la escoba al hombro. Dirigí la vista hacia el aro, pensativa.
Aunque Theo me caía muy bien, no estaba acostumbrada a pasar tanto tiempo a solas con él y comenzaba a entrarme el afán de volver a mi sala común. Collette no había querido ir con nosotros esa noche, mascullando algo sobre cólicos y cerrando las cortinas de su cama en mi cara cuando le dije que podía conseguir una poción para ella.
—También puedes probar a decirle que se le están despegando las pestañas —dijo Theo, deteniéndose también junto a mí.
Me reí, desviando los ojos del poste hacia él. Me sorprendió encontrarme con su intensa mirada aceituna. Theo se quitó la escoba del hombro y la dejó caer al suelo, dio un par de pasos hacia mí y sin previo aviso unió nuestros labios en un ligero beso. Dejé caer la escoba y trastabillé hacia atrás, aturdida por la sorpresa, alejándome de él, dando de espalda contra el poste. De repente el aire se sentía más helado.
—¿Por qué hiciste eso? —pregunté estúpidamente.
—Me gustas hace tiempo —anunció Theo sin ápice de vergüenza.
—Oh —atiné a decir, alisándome innecesariamente la túnica de quidditch.
—No sabía cómo decírtelo —continuó el muchacho —. Collette me animó a hacerlo.
Así que lo de los cólicos fue una excusa, pensé. Empezaba a sentirme molesta con Collette y su maldita vocación de celestina. Planeaba decirle un par de cosas en cuanto la tuviese al alcance. Definitivamente me iba a escuchar. Si yo no estaba buscando novio ni nada por el estilo; mucho menos ahora que estaba emocionalmente en la mierda por culpa de Severus Snape
Theo volvió a reducir el espacio entre nosotros. Tomó mi barbilla y trató de besarme nuevamente. Lo detuve, poniendo mis manos en su pecho. Theo me miró interrogante. Pensar en Severus no me permitía seguirle la corriente al muchacho, sólo hacía que me sintiera incluso más miserable, si era posible tal cosa.
—¿Qué ocurre? —indagó Theo, sus manos se posaron sobre el poste, encerrándome en medio de sus brazos. Era un chico grande, de espalda ancha, imponente a la manera de alguien que ha consagrado su vida al deporte. Imaginé lo diminuta que debía verme allí, flacucha y bajita como era. Él, con su metro ochenta y cinco, debía sacarme al menos veinticinco centímetros y quién sabe cuánto en masa corporal.
—Esto no está bien —atiné a decir desde mi acorralada posición.
—¿Por qué? —preguntó arqueando sus pobladas y bien definidas cejas.
—Sólo no está bien —musité.
—Oh —recobró la postura, liberándome de su encierro —. ¿Te gusta alguien más?
—Sí — admití, sintiéndome un poco culpable con su expresión decepcionada —. Yo… lo siento… Me halagas, en serio.
—¿Están juntos? —preguntó.
—No… —dije en voz baja.
Theo sonrió y asintió. Por alguna razón su sonrisa me hizo pensar que esa no iba a ser nuestra única conversación al respecto.
—Entonces todavía tengo chance.
Recogió su escoba y se despidió con un ligero asentimiento de cabeza. Abandonó el campo de quidditch dejándome sola y confusa. ¿Cómo que "todavía tengo chance"? ¿Qué nadie le había dicho a Theo Williams que el interés debía ser de ambas partes? Bufé y le di una patada a la nieve, perdiendo el equilibro y cayendo de culo en el proceso. El frío en mi trasero se sintió como un cuchillo. Me levanté con el nivel de dignidad en números negativos, primero poniéndome a cuatro patas y luego apoyándome en el poste.
¿Qué mierda le pasaba al mundo? Era absurdo que a mi edad estuviese enamorada de Severus Snape y que el guapísimo capitán de un equipo deportivo me tuviese sin cuidado. ¡Por Merlín! ¡Snape me había estado engañando con Louper! ¿Qué clase de mujer idiota era yo? Deseé patear el suelo nuevamente, pero me contuve por miedo a volver a caerme. Al final, también recogí mi escoba y me encaminé hacia el castillo arrastrando los pies en la nieve.
SEVERUS
Había estado siguiendo a Lena y a sus amigos casi a diario al campo de quidditch, escondiéndome bajo la gradería, como un maldito adolescente metiche, queriendo encontrar el momento en que ella se quedase sola. Necesitaba hablar con ella, explicarle lo que pasó en realidad la noche en que me vio con Angela.
Esa noche Neveu no fue con Lena y el capitán fantasía al campo de quidditch; cosa que me pareció totalmente fuera de lugar, pues esa semana jamás se habían separado salvo para dormir. No me hizo gracia que ella estuviese a solas con el chico y nuevamente comenzaba a sentir el ardor de los celos en mi interior. Me repetí hasta el cansancio que el hecho de que estuviesen allí solos no significaba nada; pero la palabra "solos" parecía abofetearme segundo a segundo.
Los vi descender de las escobas y pasear por el campo hasta detenerse junto a uno de los postes. Como el paseo de los chicos había sido un poco largo, estuve por darme por vencido de nuevo, planeando regresar a mi oficina. Sin embargo, justo antes de dar media vuelta, algo llamó mi atención: Williams observaba demasiado fijo a Lena mientras ella se encontraba entretenida viendo uno de los postes de la meta. ¿Qué planeas hacer?, pensé entrecerrando los ojos, suspicaz.
En cuanto Lena bajó la mirada, el muy hijo de perra la besó repentinamente. La ira hirvió en mi interior como un incendio desbocado y estuve a punto de salir de las graderías lanzando maldiciones. Lena retrocedió hasta chocar con el poste, pareciendo confundida ante la situación. Williams quiso besarla de nuevo y, para mi alivio, ella lo impidió con delicadeza. Yo lo habría impedido a puñetazo limpio. ¿Qué tan mal me iría si salía y lo molía a golpes?, me pregunté.
Pude escuchar su conversación en el silencioso campo de quidditch, amplificada por el eco. Ella le rechazaba cortésmente. ¿Acaso era yo el motivo por el que rechazaba a Williams? Quería creer que todavía tenía oportunidad de arreglar las cosas. No quería perderla tan estúpidamente como a Lily.
— Entonces todavía tengo chance —escuché decir al chico.
Sentí un peso frío en el estómago, sabiendo que el chico sí que podía tener chance con quien se lo propusiera. Heron necesitaba a alguien que le diera atención y estabilidad, así que, si él se la ofrecía, tal vez ella le aceptase en algún momento. Siendo honesto, dudaba que Lena pudiese ser realmente feliz conmigo: Lo único que yo podía ofrecerle era una relación a escondidas, que seguramente no trascendiera al colegio. Por muy joven que me viese, la diferencia de edad era bastante considerable y el ministerio tomaría cartas en el asunto si las cosas salían a la luz.
Williams se marchó y, en cuanto estuvo sola, Lena trató de patear el suelo, cayendo despatarrada. En otra oportunidad me habría reído de su torpeza; pero esa noche no me pareció divertido. Después de que se levantara del suelo, ella también se marchó con su escoba al hombro, dando pasos lentos y arrastrados, dejando huellas largas en la nieve. Parecía pensativa y cabizbaja, como si estuviese enfrentando una furiosa lucha interna. Apreté los labios, sintiéndome frustrado ante la idea de haber perdido a Magdalena Heron.
LENA
—¿Cómo salió todo? —preguntó Collette con un brillo ansioso en sus ojos.
La muchacha me esperaba sentada en el borde de su cama y aparentemente ya no tenía cólicos. La miré con cara de pocas pulgas y comencé a cambiarme de ropa, sin responder. La última media hora había desarrollado una ira que no era normal en mí. Sentía ganas de gritarle a mi mejor amiga por su actitud de Cupido. Ella no tenía idea de cómo la estaba pasando y se atrevía a tratar de organizarme la vida. Primero debería organizar la suya y dejarme en paz.
—¿Qué? —dijo ella.
Solté un bufido y tiré el suéter al suelo antes de dejarme caer de culo en mi cama. Me dispuse a quitarme las botas húmedas.
—¿Qué? —repitió Collette.
—No vuelvas a hacerlo —dije ácidamente.
—¿Qué cosa?
Sentí deseos de arrojarle una bota a la cara, pero en lugar de ello, las dejé bajo la cama.
—Lo que organizaste hoy con Theo —mascullé sin dirigirle la mirada, despojándome de los calcetines.
—Pensé que…
—No estuvo bien —la corté, aún sin mirarla.
—Yo sólo pensé que…
Levanté la mirada y, por su expresión, creo que había algo demoníaco en mis ojos.
—¡No pienses por mí! —exclamé, furiosa.
Me encaramé del todo a la cama y cerré las cortinas de un tirón.
