Dormí muy mal esa noche y para cuando amaneció, me sentía terriblemente mal por haberme desquitado con Collette. Ella sólo trataba de hacer algo bueno por mí y no tenía la culpa de que la vida me estuviese pateando últimamente. Ni siquiera me detuve a pensar que mi amiga estaba haciendo un esfuerzo por mejorar mi existencia, dejando de lado la suya. Abrí las cortinas despacio, planeando disculparme con Collette en cuanto la viese, pero ella ya no estaba en su cama. Una nueva oleada de culpa me atravesó. Qué imbécil estaba siendo al anteponer mis emociones causadas por un hombre, a la amistad de tantos años.
—¿Estás de mejor humor?
Me sobresalté al escuchar la voz de Collette, casi rompiéndome el cuello cuando giré a verla.
—Pensé que te habías ido —murmuré.
La muchacha acababa de salir del baño y se estaba secando el negro cabello con una toalla.
—¿A dónde iba a irme? —dijo sonriendo.
—Lo lamento —dije, tratando de disculparme.
Ella negó con la cabeza y fue a sentarse en su cama frente a mí. Continuó secándose el cabello.
—Nunca te había visto así —soltó una risita —. Fue revelador.
La miré como si se hubiese vuelto loca.
—Te grité —balbuceé.
—Exacto —dijo con el tono que se usa para decir lo más obvio del mundo —. En seis años jamás te habías molestado conmigo o con Ben.
—No debería…
—¡Vamos, Lena! Claro que puedes molestarte con nosotros y demostrarlo —dijo ella. Sus grises ojos risueños me subieron un poco el ánimo.
—¿Entonces no me odias? —pregunté tímidamente.
—Ni en un trillón de años.
Sonreí ampliamente. A veces creía que no merecía una amiga como ella.
SEVERUS
El día de año nuevo no quise salir de mi dormitorio. No tenía demasiada hambre y preferí quedarme a rumiar mi desanimo en la cama. ¿Qué habría pensado Lena esa noche? ¿Cambiaría de opinión respecto a Williams? Puse mis brazos debajo de mi cabeza, mirando al techo de piedra. Me parecía en verdad ridículo haber sobrevivido al ataque de Nagini sólo para amargarme la existencia por una Hufflepuff. ¿Qué pasaba conmigo? Esa chiquilla me trastocaba el mundo y odiaba admitirlo. No era sano, definitivamente no lo era.
Lo mejor que podía hacer era dejar las cosas de ese tamaño, no desestabilizar más mi vida y comportarme como un adulto racional. Era un hombre diferente ahora, tanto física como mentalmente. Así que, ¿por qué no me permitía tener algo de paz? Angela era una buena opción como pareja si me detenía a pensar bien las cosas. Era una mujer de treinta y tantos, inteligente, centrada y hermosa, con quien la ley me permitía involucrarme sin represalias. Quizás ella era a quien debería elegir y dejar de lado la locura de estar con Magdalena Heron. El único problema recaía en que yo no amaba a Angela Louper y, muy a mi pesar, ya había admitido que amaba a Lena Heron.
Suspiré, cerrando los ojos. El amor estaba sobrevalorado. Había sobrevivido media vida sin ser correspondido por Lily Evans y no me había muerto por ello; así que lo mismo pasaría con Heron si me decidía a abandonar la idea de volver a hablar con ella. Lo más sano sería dejarla en paz, que continuase pensando que yo estaba con Angela y que ella estableciese los romances adolescentes que debería estar viviendo. Pero no quería, me negaba a dejarlo pasar.
LENA
Mi mente estuvo demasiado inquieta todo el día de año nuevo, tanto que Collette me sacudió un par de veces para que le prestara atención a su incesante parloteo sobre qué ropa le sentaría mejor para usar en la cena de fin de año. No podía dejar de pensar en la noche anterior con Theo y reprocharme el haberle rechazado por perseguir mis absurdos sentimientos hacia Severus Snape. Por lo menos, Theo era un chico de mi edad, a quien no le traería problemas salir conmigo. "Pero no te gusta, Magdalena", me repetía cada vez que me planteaba la posibilidad de aceptar al muchacho.
Al fin, sin obtener gran ayuda de mi parte, Collette se decidió por un enterizo negro y tacones: divina como siempre. Por mi lado, como tenía frío y más sentido común que mi mejor amiga, me encargué de que mi atuendo fuese lo más abrigado posible: vaqueros, camisa de mangas largas y abrigo.
Bajamos al comedor donde múltiples platos despedían olores deliciosos, incluso antes de entrar. Había una sola mesa en el centro de la estancia, ocupada ya por los escasos habitantes navideños del castillo. Theo sonrió al verme e hizo gestos para que ocupara el asiento junto a él. Iba a negarme con la excusa de que no había campo para Collette, pero el chico junto a Theo se levantó y dándole una amistosa palmada en la espalda se trasladó a otro asiento.
—Le gustas mucho —susurró Collette con una risita.
—Cállate —dije sintiendo mis mejillas arder repentinamente. No iba a seguirle el juego.
Me senté junto al Ravenclaw dedicándole una tímida sonrisa. No me había percatado de la presencia de Severus justo en el asiento del frente hasta que escuché al profesor Flitwick pedirle que le alcanzara las papas. Di un brinco en mi asiento y casi derribo la copa de zumo de calabaza que Theo me acababa de ofrecer. Miré a Severus, azorada. Con la mirada que me dedicó, de vuelta sentí que me escrutaba el alma de cabo a rabo. Era la primera vez que le miraba a la cara desde que lo viese abrazando a Louper en navidad.
—Pero sí te pongo nerviosa —sentí el cálido aliento de Theo en mi oído.
Snape arqueó las cejas. Mis mejillas ardieron aún más. En realidad, no tenía idea de qué debía hacer. ¿Levantarme y correr? De nuevo me sonaba tentadora una vida en África. Me llevé la copa a los labios sólo por hacer algo diferente a mirar a Severus.
—Claro que no —susurré con los labios en la copa, antes de tomar un trago de zumo.
—¿Quieres ser mi novia? —preguntó el Ravenclaw.
Me atraganté con el zumo y derramé gran parte del mismo en mi abrigo.
—N-no juegues — dije entre toses, dejando la copa en la mesa.
Tomé una servilleta y comencé a limpiar la mancha naranja de mi ropa.
—No juego —dijo el chico.
—Es en serio, Theo — bufé, tratando de parecer calmada.
—Es en serio, Lena…
Mis manos temblaban un poco a medida que frotaba el abrigo con la servilleta, sintiéndome nerviosa ante la desvergonzada actitud del chico. Escuché la leve risita de Collette a mi lado, mientras la sangre seguía agolpándose en mis mejillas. Comenzaba a molestarme nuevamente con ella, preguntándome si sabía de antemano lo que iba a hacer Theo.
—Este no es el lugar para eso —dije tajante.
Podía sentir los ojos de Severus en mi escuálida persona. Maldita sea. ¿Por qué era tan difícil dejar de pensar en él, dejar de percibirlo?
Theo me quitó la servilleta y la dejó sobre la mesa, para después sostener mis heladas manos entre las suyas, grandes y cálidas. Sonreía encantadoramente. Snape ya no era el único que nos observaba, pude percibir al menos una docena de ojos entretenidos con la escena. ¿Era mi impresión o de repente hacía mucho más calor que antes en la estancia?
—Sé mi novia, Lena —repitió, llevándose el dorso de mis manos a sus labios.
Collette emitió un gemido ahogado y supe sin verla que se estaba cubriendo la boca con las manos, como cada vez que algo la emocionaba. Apreté los dientes, azorada por la situación. ¿Qué parte de "no es lugar para eso", no era clara? Comencé a abrir la boca para negar lo más cortésmente que la vergüenza me permitiera, pero Snape nos interrumpió.
—No estamos en madame Puddifoot, Williams — regañó el hombre.
Lo miré para darme cuenta de que sus ojos negros centelleaban peligrosamente.
—Oh, lo siento, profesor —dijo Theo. No parecía avergonzado en absoluto —. Sólo espero la respuesta de Lena.
Creí que iba a desmayarme. En serio tenía que escoger ese lugar, frente a mi adorado tormento, para proponerme un noviazgo. Ya no era sólo una docena de ojos los que nos miraban: todo el profesorado y los demás alumnos se habían unido al espectáculo. No podía apartar los ojos de los de Severus, con el corazón galopando a toda maquina dentro de mi caja torácica.
—No seas aguafiestas, Severus. Los chicos sólo expresan su amor — dijo el profesor Flitwick con una enorme sonrisa —. La emoción del enamoramiento adolescente.
Vale. Eso no ayudaba en absoluto. Mis manos sudaban tanto que no sé cómo Theo era capaz de seguir sosteniéndolas.
—Vamos, Lena. No dejes esperando al chico —dijo Finnigan soltando una risita.
Aparté los ojos de los de Severus y recorrí la mesa con la mirada. Había expresiones divertidas en los chicos y de emoción contenida en las chicas, todos esperando por una respuesta que me sentía incapaz de dar. Por un momento mi mirada se encontró con la de la profesora Louper, quien bebía de su copa con una expresión de divertida crueldad en sus carnosos labios, como si disfrutara enormemente de mi bochornosa situación.
Ábrete tierra, trágame y escúpeme en el Kilimanjaro. Ya no sentía calor, sino un frío terrible en la espalda. Dudaba de mi capacidad para decir algo que no resultara siendo la burla de todo el maldito colegio cuando se reiniciaran las clases. Al final, respiré profundo y con la mayor delicadeza de la que fui capaz solté mis manos de las del Ravenclaw.
—Lo siento, Theo… —murmuré apenas.
Me levanté de la silla trastabillando un poco. Cuando fui capaz de mantenerme en equilibrio sobre mis pies, salí a paso rápido del comedor. Escuché a Collette llamándome, pero no me atreví a volver atrás. Toda la situación era demasiado vergonzosa.
Caminé, mejor dicho, casi corrí a través de los pasillos del colegio sin un rumbo definido. Cuando se me hizo difícil mantener un paso tan veloz, me detuve a tomar aire, sujetándome de un muro. Detallé el lugar donde me encontraba, percatándome de que estaba en las mazmorras. Mi aliento se condensaba con cada exhalación. ¿Qué iba a hacer ahora? Había rechazado a un chico que parecía increíble, frente a casi treinta personas. No podía aceptar a Theo, no era justo con él ni conmigo, no mientras estuviese enamorada de Severus Snape. Pero Severus no me tomaba en serio: él se veía con Louper. Porque se veía con Louper ¿no? Dudé, pensando que tal vez estaba haciendo lo mismo que Severus cuando tuvo su ataque de celos por Finnigan.
SEVERUS
La cena había terminado sin más propuestas de noviazgo sorpresa. El cretino de Williams se había marchado poco después de Lena, supuse que para buscarla y hacerla cambiar de opinión respecto a su propuesta. Quería levantarme de la mesa y marcharme de inmediato, pero para no levantar sospechas, permanecí allí hasta que el último comensal (un Hagrid muy ebrio) se hubo ido a dormir. Estuve mosqueado todo el tiempo y no disfruté demasiado del filete que me había servido: es que escuchar a Flitwick y Hagrid lamentar el rechazo a tan buen partido no daba demasiado apetito.
Me fui directo a mi despacho, esquivando por millonésima vez a Angela con un "estoy cansado" más falso que el cabello de Rita Skeeter. Realmente no quería dar más explicaciones sobre por qué no podía continuar teniendo encuentros sexuales con ella, sólo quería tirarme a la cama a rumiar mi mal genio. Además, de no ser por ella, las cosas con Lena tal vez se habrían podido arreglar.
Fue toda una sorpresa llegar a las mazmorras y encontrarme con la delgada y bajita figura de Magdalena Heron sentada en el suelo con la espalda recostada en la puerta de mi despacho. Se había quitado el abrigo y lo tenía sobre las piernas. Mis cejas se arquearon por lo extraño de la escena.
—¿Heron?
—Derramé un poco de zumo —dijo enseñándome el abrigo. Un manchurrón naranja se extendía por la superficie café de la prenda.
Ella me miró con ojos de venado en carretera y se levantó de un brinco. Se remetió un mechón de su castaño cabello tras la oreja, como cada vez que estaba nerviosa.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—No estoy segura —dijo ella.
—Entonces deberías ir con tu novio — mi voz sonó más dramática de lo que planeaba.
—Theo no es mi novio.
Sin decir más nada, abrí la puerta del despacho y la dejé entrar a ella primero. La seguí, cerrando tras de mí. Ella se quedó de pie en medio del despacho, dándome la espalda. La ausencia de uniforme remarcaba sus formas femeninas, cosa que habría preferido no notar. Caminé hasta mi escritorio, me despojé del abrigo y lo dejé en el respaldo de la silla. Me quedé de pie junto a la mesa, sin sentarme, esperando a que comenzara a hablar.
—Ella y tú… —dijo Lena con voz ronca. Dejó caer el abrigo al suelo, distraída.
Negué con la cabeza.
—No hay nada entre Angela y yo —dije.
—La abrazabas —Lena se cruzó de brazos.
—Ella lloraba por mi culpa —admití.
—¿Por tu culpa? —la muchacha arqueó las cejas con intriga.
—Sí.
—¿Por qué?
—Le dije que… —sentí como mis mejillas ardían —. Le dije que no iba a regresar con ella.
—Ya le habías dicho eso.
—Le dije algo más.
—¿Qué?
Carraspeé, incómodo. No estaba dispuesto a admitir en frente de Lena Heron que la amaba. Ya había sido suficiente admitirlo frente a Angela.
—Te besaste con Williams —dije para desviar su atención. Sabía que ella le había rechazado y que era una treta algo sucia de mi parte, pero no quería responder por qué había hecho llorar a Angela.
—¿C-cómo sabes eso? —preguntó con las mejillas encendidas.
—Sé muchas cosas —mi intento de distracción parecía estar siendo exitoso.
Ella entrecerró los ojos, suspicaz.
—Me has estado siguiendo —no era una pregunta.
—Tal vez —respondí, sintiéndome acalorado.
—Tú cinismo me sorprende —gruñó Lena —. Te ves con Louper y todavía te atreves a acusarme.
Ella me dirigió una mirada de recelo, negó con la cabeza y se agachó a recoger su abrigo del suelo. Cuando se levantó, anticipé que el siguiente paso era marcharse de la oficina, más molesta que antes si era posible. Así que, la tomé de la muñeca y tiré de ella hacia mí, haciéndola trastabillar. Indudablemente, jamás me iba a ganar un premio a la delicadeza.
—Serás bruto —dijo ella cuando al fin recuperó el equilibrio.
Quiso soltarse de mi mano, pero aumenté el agarre, impidiéndolo.
—¿Podrías soltarme? —había resentimiento en su voz.
—No me veo con Angela —dije sin soltarla — ¿Qué pasa con Finnigan?
¿Por qué seguía insistiendo con Finnigan? Estaba casi totalmente seguro de que entre el imbécil y Lena no ocurría nada, incluso podría jurar que el piromaníaco estaba tras Neveu. Era tan grande el miedo que tenía de admitir frente a la chica que la amaba, que prefería incordiarla con preguntas que ya no tenían sentido.
—No hay nada con Finnigan, ni con Theo, ni con nadie —dijo la muchacha, removiendo su mano, tratando de soltarse —. Contrario a ti con ella.
—No hay nada entre ella y yo.
—No te creo.
—Créeme.
Sujeté su barbilla y la besé. Ella se resistió al principio, pero poco a poco fue relajándose hasta corresponder totalmente al beso. Que maravilloso resultaba volver a probar sus labios después de tantos días. Solté su muñeca y la abracé, intensificando el beso, sintiendo como mi pecho se inflamaba de júbilo cuando ella se pegó más a mí. Nos separamos un poco sólo cuando nos faltó el aire. Puse mi frente contra la suya, respirando para recuperar el aliento.
—¿Qué le dijiste? —susurró.
—Hoy no puedo decírtelo.
—¿Cuándo?
—Luego.
Sonreí, divertido. Volví a besarla como si mi vida dependiese de ello. ¿Dónde habían quedado los celos por parte de ambos? Bien podían irse al diablo.
Retrocedimos sin dejar de besarnos, hasta llegar a la puerta de mi dormitorio. La puerta se abrió, revelando el interior de la habitación y las velas se encendieron inmediatamente, iluminando el lugar. Sentí como la chica se tensó, quedándose arraigada al piso. Dejé de besarla y la observé, apreciando como su rostro se tornaba pálido y luego sus mejillas adquirían una tonalidad rosa intenso. Sus azules ojos brillaban, recorriendo la habitación con nerviosismo.
—No tienes que entrar si no quieres —dije, pensando que tal vez había sido mala idea llevarla hasta allí.
Me miró asustada, se humedeció los labios y tragó saliva. Negó con la cabeza. La atraje hacia mí, envolviéndola en mis brazos y depositando un beso sobre su coronilla. Su cabello olía a miel. Mi mano recorrió su espalda, con gesto tranquilizador.
—¿Quieres quedarte? —pregunté sin soltarla. Nuevamente su cuerpo se tensó.
—¿Q-quedarme?
—¿Quieres?
Dejó escapar un gemido lastimero a la vez que asentía contra mi pecho.
—Deseo pasar la noche contigo, Magdalena.
—Lena —refunfuñó.
—Lena —asentí.
Ella levantó el rostro. Era bonita, claro que lo era. No despampanante, sino bonita al estilo de un campo de girasoles. Me incliné un poco y la besé con delicadeza, permitiéndome saborear sus rojos labios. Poco a poco la fui haciendo retroceder hasta internarnos en la habitación, intensificando el beso y apretándola contra mi cuerpo. En cuestión de segundos estuvimos frente a la cama de oscuras sábanas. ¿Debía? Hacía menos de media hora estábamos molestos el uno con el otro. Las cosas estaban dando un giro totalmente inesperado y no estaba seguro de si era conveniente que ella se quedase.
—Ah —dio un gritito ahogado cuando la parte posterior de sus piernas chocó contra la cama y supo inminente su caída de espaldas, conmigo sobre ella.
Me acomodé, balanceando mi peso para no aplastarla, ignorando la voz de la razón que me instaba a frenar lo que deseaba hacer. Mis labios buscaron su cuello, mis manos recorrieron su cintura y tantearon en busca de los botones de su camisa. La sentí temblar cuando desabroché el primer botón. Me acomodé de forma que no notara aún la dolorosa erección que crecía dentro de mis pantalones y terminé de desabrochar su camisa, depositando besos en cada centímetro de piel que dejaba al descubierto.
Abrí del todo su camisa y me erguí un poco para apreciar sus pequeños pechos cubiertos por un sujetador azul. Lena respiraba un poco agitada, su abdomen plano tembló cuando lo recorrí con los dedos hasta llegar al botón de los jeans. Dejé escapar un suspiro. ¿Era correcto lo que quería hacerle?
—Me detendré, si lo pides —dije.
En el fondo rogaba que me pidiera que lo dejara, pero ella negó lentamente con la cabeza.
—¿Segura?
Asintió sonrojada. Así que por fin le había cerrado la boca del todo a Magdalena Heron.
La despojé de sus pantalones, encontrándome con unas bragas a juego con el sujetador cubriendo el camino hacia la gloria. Me recosté junto a ella y la besé nuevamente en la boca. Mi mano derecha recorrió el contorno de sus pechos, dibujando círculos en sus pezones, arrancando tímidos gemidos de la chica en el proceso. Deslicé la mano más abajo, llevándola hacia su sexo, adentrándola bajo sus bragas para poder sentir la delicada zona. Comenzaba a estar húmeda, preparándose para mí. Gruñí contra su boca, profundizando el beso al tiempo que separaba sus pliegues e iniciaba un suave masaje en su botón de placer. Lena se arqueó en medio de un gemido, aferrándose a mi camisa.
Dejé de tocarla para levantarme y poder quitarme mi propia ropa. Envié zapatos, calcetines, camisa y pantalones, sabrá Merlín dónde, quedándome sólo con los bóxers negros. Ella me observó de arriba a abajo. Su mirada se detuvo en el frente, frunciendo el ceño, pareciendo temerosa ante el bulto que se dibujaba bajo mi ropa interior.
—¿Puedo… ver? —murmuró, sonrojándose aún más.
Asentí, divertido. Me despojé de la última prenda y mi erección hizo presencia en todo su esplendor, con su propia lubricación brillando en la punta. A punto estuve de soltar una carcajada cuando sus azules ojos casi se salen de las órbitas. Lena dejó escapar lentamente el aire que había estado conteniendo y se sentó en el borde de la cama.
—Es grande… —balbuceó.
Me reí ligeramente, entretenido con la expresión en su rostro.
—Podrás con ello —aseguré con solemnidad.
Me dedicó una mirada temerosa.
—¿Tú crees? —preguntó. Se humedeció los labios.
Me incliné para besarla y aproveché para despojarla de su camisa. Encontré el broche de su sujetador y también me deshice del estorbo. Me alejé un poco, apreciando sus pequeños y firmes pechos.
—Merlín… eres perfecta —dije, extasiado ante el cuerpo casi completamente desnudo de la muchacha.
Ella sonrió un poco, avergonzada.
La ayudé a tenderse de espaldas en la cama y comencé a besar sus pechos, deteniéndome a succionar sus rosados y erectos pezones. Bajé, besando todo el camino hasta su zona más sensible, retirando con perverso placer las braguitas y permitiéndome saborearla de una forma más íntima. Lena emitió un gritito, seguido de un gemido que infló mi ego y me animó a darle más ritmo a mi lengua.
—D-d-dios… —exclamó ella entrecortadamente.
—Si tú lo dices —dije contra su inflamado clítoris antes de atraparlo entre mis labios.
Ella se arqueó, intentando alejarse un poco en medio de gemidos. Sujeté sus piernas para evitar que se moviese mientras continuaba mi labor.
—N-n-no…
—¿No? —inquirí burlón, aferrando sus muslos.
Succioné su húmeda carne con lujuria. Las piernas de Lena comenzaron a temblar.
—¿No? — repetí, sin dejar de trabajar en esa delicada zona.
—S-S-Severus… —gimió Lena.
—¿Hmmm? —no deseaba dejar de hacer lo que estaba haciendo. Sabía de maravilla.
Ella puso sus manos en mi cabello, tratando de apartarme con delicadeza. Dejé mi labor un momento y me quedé allí, agachado entre sus piernas, mirándola interrogante. Sus ojos brillaban, sus mejillas estaban sonrosadas y sus labios entreabiertos.
—¿Quieres detenerte? —pregunté. En el fondo sabía que era lo mejor, pero también la deseaba con locura.
Lena negó con la cabeza y sonrió tímidamente.
No continué con el sexo oral. En cambio, subí del todo a la cama, posicionándome sobre ella, besándola con la mayor delicadeza que me permitieron las ganas.
LENA
Su duro miembro rozaba contra mi cadera, caliente y palpitante, amenazante por su envergadura. Debo aceptar que le temía mucho al momento de la penetración: eran muchos mitos los que se escuchaban en un cuarto de chicas adolescentes. Me dejé llevar por los besos y caricias de Severus, tratando de tranquilizarme. Estaba excitada, claro, con mi sexo solicitando un tipo de atención que nunca se le había dado. Pero a la vez estaba aterrada, temiendo no poder soportar el dolor que podría significar su tamaño.
Severus succionó mis pezones, dedicándoles un tiempo considerable, hasta acrecentar mi deseo de recibirle en mi interior. Sentía la humedad en mi entrepierna y un ligero dolor palpitante como de anticipación a los hechos.
—Voy a hacerlo —susurró Severus con voz ronca, separando mis piernas un poco más y ubicándose en el medio de ellas.
Asentí, cada vez más acobardada. Sentí la punta del miembro de Severus rozar mi entrada. Me mordí el labio inferior cuando le sentí empujar lentamente hasta un punto que resultó doloroso. Instintivamente me eché hacia atrás, alejándome del contacto. Él me miró con una sonrisa ladeada dibujada en sus finos labios. Volvió a besarme, acariciando desde mi pecho hasta mi cintura, llegando a mi cadera. Sorpresivamente me abrazo y giró en la cama quedando de espaldas conmigo a horcajadas sobre él.
—Entonces a tu ritmo —dijo tranquilamente. Sus negros ojos febriles me devoraban.
Respiré profundo y le permití ubicar nuevamente su miembro en la entrada de mi centro. Temerosa como estaba, no me atreví a descender de inmediato. Sonreí tímidamente y lo besé, dándome tiempo y ánimo para lo que seguía. Comencé a descender lentamente, dejándolo entrar de a poco. Nuevamente el dolor me hizo detenerme y subir, perdiendo el avance.
—Lo siento —dije apenada, respirando con agitación. Empezaba a ponerme el triple de nerviosa y comenzaba a especular sobre vestirme y marcharme.
—Tranquila —Severus acarició mis piernas con sus manos, subiendo hasta mis pechos. Pellizcó suavemente mis pezones, enviando un corrientazo de añoranza a mi centro. Eso fue suficiente para convencerme de intentarlo de nuevo.
Envalentonada comencé a descender nuevamente hasta sentir la resistencia anterior. Me atreví a dejarle entrar un poco más y de nuevo el dolor me instó a retroceder. Severus bajó sus manos hasta mis caderas y detuvo mi ascenso. Lo miré asustada, anticipando lo que iba a suceder a continuación. Severus sonrió maliciosamente y de un tirón me llevó hacia abajo. Grité, adolorida y sorprendida, sin disfrutar ni cinco la sensación de estar siendo invadida por una maldita máquina de coser encendida.
—Ay, carajo —gemí con los ojos llenos de lágrimas.
Severus me tomó de los brazos y tiró de mi hasta que quedé recostada en su pecho. Me abrazó sin permitir que me moviera. Nuestras pelvis continuaban unidas, con mi sexo palpitante de dolor.
—Shhhhh —dijo comenzando a acariciar mi espalda.
Besó mi frente y mi enrojecida nariz. Limpió una lágrima que se deslizaba por mi mejilla con su pulgar. Sentía toda su dimensión en mi interior, haciéndome daño.
—¿Mejor? — indagó.
—En absoluto —mascullé con los dientes apretados.
—Mejorará, créeme.
Me instó a erguirme nuevamente, sujetando mi cadera para evitar que nos separáramos. Severus comenzó a moverse con lentitud. Dejé escapar el aire entre mis dientes apretados, el dolor estaba nuevamente ahí, duro y crudo. Él se irguió hasta sentarse y capturó uno de mis pezones con sus labios. La sensación de su boca succionando y su lengua juguetona mejoró considerablemente el dolor de mi entrepierna, convirtiendo la experiencia en algo más parecido al placer. Esta vez fui yo la que comenzó a mover la cadera tímidamente, permitiendo la entrada y salida de su miembro. Dolía, pero con el maestro de pociones atendiendo mis pechos, el dolor era mucho menor que antes; de hecho, cada vez resultaba más placentero. Mis gemidos de dolor, ahora comenzaban a transformarse en gemidos de deleite.
Snape volvió a cambiar su posición, dejándome debajo. Comenzó a entrar y salir, volviendo un poco más intensas sus embestidas, haciéndome daño de nueva cuenta; sólo que esta vez no solo resultaba doloroso, sino que también lo estaba disfrutando.
—Mía —gruñó, dejándome aturdida.
Es curioso como la mente de las mujeres reacciona a las palabras. Ese "mía" dicho por Severus volvió mucho más emocionante el asunto, resultando más excitante que las caricias. Comencé a dejar de lado el dolor y a concentrarme más en sus gruñidos, disfrutando cada vez que su pelvis chocaba contra la mía. Recorrí su espalda con mis dedos, gimiendo con cada una de sus embestidas. Una sensación difícil de describir se comenzaba a formar en mi bajo vientre, haciendo que deseara que aumentara el ritmo a pesar del dolor que pudiera provocarme.
—Oh, Merlín… Dios… sí —dejé escapar cuando Severus pareció leer mi mente y aumentó la velocidad. El sonido de los cuerpos chocando inundó la habitación, sumado a los gemidos provenientes de nuestras gargantas.
Cerré los ojos, emitiendo un gritito abandonado cuando la sensación en mi bajo vientre aumentó y atravesó mi núcleo con contracciones electrificantes. Me aferré a la espalda de Severus, con la mente en blanco mientras él me ayudaba a sobrellevar el orgasmo manteniendo su ritmo, antes de dejarse ir también con un sonoro gruñido.
