SEVERUS
Lena no dijo nada después de lo que acababa de ocurrir entre nosotros. No articuló palabra mientras nos duchamos, limitándose a hacer un gesto compungido cuando notó la sangre en nuestras zonas más pudorosas, como avergonzada de los restos de su virginidad perdida. Y cuando regresamos a la cama, se limitó a mirar al infinito, recostada en mi brazo, cubierta con la negra colcha. Yo tampoco estaba muy seguro de qué decir. Comenzaba a preocuparme que la muchacha se estuviese arrepintiendo.
—¿Estás bien? —pregunté, sintiéndome un tanto estúpido.
Ella asintió, pero no dijo nada.
—¿Segura? —insistí.
Volvió a asentir. Tragué saliva, comenzando a sentirme nervioso. ¿Y si ella pensaba que la había forzado? ¿Acaso la había obligado de alguna manera? Yo era un adulto, plenamente consciente de mis actos, pero ella era una chica de dieciséis años que cenaba con pastel de fresas y caminaba hacia atrás mientras hablaba con sus amigos. Tal vez me había precipitado dándole rienda suelta a mi deseo, sin considerar que ella quizás no estuviese lista para un paso tan grande.
—Hey —rocé su mejilla con mi mano y la obligué a mirarme.
Sus ojos azules estaban brillantes y temí que fuese a echarse a llorar. Un ramalazo de culpa me golpeó la boca del estómago con fuerza.
—Lo siento —murmuré.
—¿Por qué? —inquirió ella. Por fin hablaba después de tanto rato en silencio.
—Creo que me he sobrepasado.
—No —dijo poniendo su delicada mano en mi mejilla —. Está bien.
Tomé la mano que ella tenía en mi mejilla, sin dejar de mirarla a los ojos. No vi mentira en ellos, pero lo que vi me asustó de sobremanera: era amor, casi adoración. Me asustó porque yo la amaba, pero no esperaba ser correspondido de esa forma. Me había metido en la cabeza que Lena tal vez podría estar cruzando por un fugaz enamoramiento adolescente, de modo que me resultó aterrador ver en su mente lo que yo significaba para ella en realidad. Acostarme con ella sólo parecía haber terminado de sellar sus sentimientos por mí.
—¿Quieres comer algo? —pregunté, llevando su mano a mis labios y depositando un beso en ella.
—¿Tienes comida aquí? —preguntó ella a su vez, mirando alrededor, como si fuese a aparecer una estantería de Honeydukes de la nada.
—Puedo conseguir algo en la cocina —respondí, sin poder evitar sonreír.
—Está bien —sonrió ella.
La besé ligeramente en los labios y me levanté de la cama, buscando mi ropa por la habitación. Me vestí, pensando todavía en los sentimientos de Lena. Yo la amaba, ya lo había admitido, ¿pero de la misma forma en que ella parecía amarme? Pensé en Lily Evans y su largo cabello rojo agitándose al viento, en la colina del barrio de nuestra infancia. Todavía me conmovía su recuerdo, pero no dolía tanto como antes de dejar entrar a Magdalena Heron a mi vida. ¿Entonces por qué pensaba en Lily en un momento como este? Dejé escapar el aire lentamente, tratando de despejar mi mente. Creo que Lena era una realidad demasiado bonita y mi pasado trágico con Lily siempre iba a tratar de opacarlo.
—¿Estás bien?
La voz de Lena me llegó como a kilómetros de distancia, pero fue suficiente para traerme de vuelta a la realidad.
—Sí —dije terminando de calzarme los zapatos.
—¿Qué piensas? —preguntó Lena.
La miré para darme cuenta de que la muchacha se había sentado en la cama. Las sábanas habían resbalado por su torso y sus pechos pequeños y firmes, estaban al descubierto. No parecía haberse dado cuenta de que estaba enseñando su desnudez ante mí. Mis pensamientos sobre Lily se terminaron de ir al carajo con la visión que estaba teniendo.
—Que, si no te cubres, la comida va a tener que esperar —dije con una sonrisa maliciosa.
Lena miró hacia abajo y se sobresaltó al percatarse de que la sábana no la cubría. Rápidamente tomó la sábana y tiró de ella hasta tapar su pecho, con el rostro completamente rojo. Pensé que a lo mejor no tenía tanta hambre y que la cocina iba a estar en el mismo lugar si dejaba pasar otro rato. Me volví a subir a la cama, acercándome a ella a gatas.
LENA
Me marché del dormitorio de Severus a eso de las nueve de la mañana, después de vestirme a toda máquina. La alarma de mi reloj de pulsera había sonado unos diez minutos antes, despertándonos sobresaltados, mientras maldecía mentalmente mi descuido. Salí rápidamente y con el corazón en un puño, temerosa de que algún profesor me viese merodeando por las mazmorras a esa hora. Un dolor sordo se hacía sentir en mi entrepierna con cada paso que daba, pero no era la gran cosa, sólo estaba ahí como recordatorio de lo que acababa de hacer con Severus.
Mientras estuve en su dormitorio, no dejé de preguntarme si estaba actuando de forma correcta. Mis padres siempre insistieron en que una mujer seria debería esperar hasta estar "bien casada", así que el sexo siempre me causó un poco de temor. En realidad, nunca fui muy de seguir indicaciones de mis padres, así que esperar hasta el matrimonio no era mi meta personal, aunque, claro está, tampoco había pensado en hacerlo con un profesor durante mi año escolar.
Severus se había mostrado preocupado e incluso pensativo cuando no abrí la boca después de terminar. ¡Por Merlín! Si no dije nada cuando él se empeñó en que nos diésemos un baño juntos. Aunque me contrarió un poco ver los restos de sangre seca en nuestras zonas más íntimas, tampoco me sentí capaz de hacer comentarios al respecto. Era un hecho que mi virginidad se quedó en la cama de Severus Snape y no me sentía mal por ello, por el contrario, me resultaba difícil no sentirme bien, así que eso me dejaba pensando en qué tan loca estaba. Tenía sentimientos demasiado fuertes por el profesor de pociones, tanto que me asustaba un poco pensar que seguramente él no me quería de la misma forma.
Había decidido creer en él y su versión de lo ocurrido con Louper, en vista de que él había creído en mí cuando hablamos de Theo y de Finnigan. No confiaba en Louper y sabía que ella insistiría en volver con Severus, pero quería creer que él no estaba interesado en ella. Por mi lado, debía averiguar qué hacer con Theo para no herir sus sentimientos. El chico parecía estar determinado a conquistarme y yo esperaba poder ponerle freno, antes de que las cosas se salieran de control.
—¡Lena! —exclamó Collette cuando me vio aparecer por la entrada de la sala común.
Collette estaba sentada en un puff amarillo, envuelta en su manta turquesa favorita. Su expresión pasó de la preocupación al alivio. Parecía haber estado masacrando la montaña de pastelitos de crema que permanecían sobre la mesa, frente a ella.
—¿Dónde estuviste? —preguntó —. Estaba pensando en reportar tu desaparición con Sprout en quince minutos.
—Por ahí —sonreí, un poco avergonzada por preocupar a Collette.
—¿Con Theo?
—No.
—¿Entonces?
—Sola.
Collette arqueó una ceja, incrédula.
—Ah, claro —bufó —. Por eso perdiste tu abrigo y traes la camisa mal abotonada.
Miré los botones de mi camisa, percatándome de que había empezado a abotonarme el primer botón desde el tercer ojal. Mal-di-ta sea. Como no llevaba el abrigo, que permanecía cómodamente tirado en el piso del despacho de Snape, según acababa de recordar también, no era posible cubrir las precarias condiciones de mi apariencia. Apreté los labios y fruncí el ceño, odiándome por ser tan jodidamente torpe.
—¿Con quién pasaste la noche? —dijo Collette con la curiosidad reflejada en el rostro.
—¡Con nadie! —era difícil mentirle a Collette, quien en ese momento sonreía como caja de dientes en exposición.
—No sabes mentir —se rio la pelinegra —. ¿Quién te ha mancillado?
Me dejé caer en otro puff frente a ella, sin poder evitar reírme.
—¿Mancillado? —pregunté riendo.
—Así le dice mi abuela —se encogió de hombros.
—No parecía un término muy tuyo —dije inclinándome y tomando un pastelito. Acababa de darme cuenta de que tenía un hambre del demonio.
Collette volvió a reír, tomando otro pastelito del montón y dándole un mordisco.
—¿De verdad no vas a decirme? —preguntó, cubriéndose la boca con la mano. Que pulcras llevaba las uñas esa mujer, por Dios.
Hice un sonido de negación, masticando el pastelito. Me pareció que el maldito ponqué estaba demasiado bueno, aunque tal vez tenía mucho que ver con que no había comido gran cosa en toda la noche.
—Entonces… ¿Theo definitivamente no? —dijo con expresión pesarosa.
Me tomé mi tiempo para terminar de masticar el pastelito y tragarlo. Todavía me molestaba que Collette hubiese urdido un plan con Theo sin preguntarme, pero no estaba en mis planes gritarle de nuevo.
—Theo es un chico genial —admití —. Pero sólo lo veo como un amigo.
—Es una pena —suspiró Collette —. Está muy bueno.
—Quédatelo —dije riendo.
—Tengo suficiente de relaciones por ahora, gracias —rio también, tomando un pastelito y sumergiéndose más en el puff.
THEO
—¿Cómo es eso de que te gusta, Theodore?
Bebí otro sorbo de té, sin responder a la pregunta. Mi tía estaba molesta por mi reciente confesión de que Lena Heron me gustaba realmente. Ella era quien había solicitado que me acercara a Lena, con quién sabe qué interés de por medio y ahora le molestaba haber recibido el tiro por la culata. No había querido decirme cuál era su interés en que me acercara a la buscadora de Hufflepuff, cosa que me resultaba intrigante. Había pensado que Lena tenía algún secreto importante que develar, pero en realidad era una muchacha tan normal como cualquiera y no parecía esconder gran cosa.
—¡Contesta, niño!
—Pues eso. Que me gusta —dije al fin.
Para mi pesar, la sensación que me había dejado el rechazo de Lena era de pena. Tenía un peso en el estómago desde la noche anterior, como si hubiese perdido algo demasiado importante. Tuve que admitir que, más que un golpe en el ego por ser incapaz de generar interés romántico en ella, era dolor de verdad lo que sentía. Para mi total sorpresa, ella resultó ser más interesante de lo que aparentaba, con muchos gustos en común conmigo y con la capacidad de hacerme reír como nadie.
Cuando me acerqué a ella la noche de navidad, sólo lo hice porque me dio un poco de pena su preocupación por el desvanecimiento de Collette Neveu. Me sabía su nombre porque soy bueno con los detalles y, jamás habría olvidado a la chica que capturó la snitch, aunque su equipo iba perdiendo por muchos puntos. Al día siguiente, mi tía me encomendó la tarea de acercarme más a ella e informarle sus movimientos. Lo hice por mi estúpido afán de llevarme bien con la hermana de mi madre.
No vi ningún actuar extraño en Lena, salvo que por momentos se ensimismaba, como si algo le preocupara. De ahí en más, no tenía nada demasiado extraño. Mi tía no estuvo muy contenta con mi informe, como si esperara que Lena consumiera drogas y trabajara en un burdel, en lugar de contar anécdotas mientras caminaba de espaldas.
Bastó menos de una semana para que mi corazón saltara de emoción dentro de mi pecho cada vez que la veía. Sencillamente me prendé de Lena como no me había ocurrido con nadie. Realmente disfrutaba cada momento con ella y no hallaba la manera de hacérselo saber. Después de darle muchas vueltas al asunto, me vi en la necesidad de pedir ayuda a Collette para conquistarla, cosa que no funcionó en ninguna de las dos oportunidades en que lo intenté.
—¿Te has vuelto loco? —escupió con tono molesto.
—¿Por qué? —pregunté mirándola a la cara —. Anoche parecías bastante complacida.
—No pensé que te gustara de verdad —dijo ella.
—¿Entonces qué pensaste?
—Que era una conquista más.
Dejé la taza sobre la mesita de centro, asqueado. Qué poco me conocía esa mujer, por no decir que nada. Con razón mi madre no tenía contacto casi nunca con ella. Eran tan diferentes como el día y la noche.
—No me conoces —dije poniéndome de pie y sacudiéndome las migajas de galleta de los vaqueros.
—Ay, por favor, Theodore —dijo mi tía con impaciencia —. Eres igual de dramático que el pelele de tu padre.
—Y tú eres tan desagradable como dicen.
No esperé una respuesta de su parte. Simplemente la dejé sola en su despacho con su horrible forma de ser. Todavía no comprendo por qué tuve algún tipo de interés en mantener una relación cordial con ella, si siempre fue la mayor causante de los problemas en la familia. Según cuenta mi padre, ella nunca fue capaz de lidiar con el rechazo y se armaba de cualquier artimaña para salirse con la suya. La cuestión era: ¿Por qué tenía una fijación con Lena?
ANGELA
Qué ganas había tenido de darle una bofetada a ese maldito mocoso. Me parecía imposible que alguien tan blandengue como él pudiese tener algún tipo de vínculo sanguíneo conmigo. Sin duda era idéntico al imbécil de su padre. Albert Williams siempre fue un pelele sin carácter, incapaz de hacerle frente a nada. No pudo enfrentar a mi hermana, aun cuando era evidente que su corazón me pertenecía. Él sólo se había quedado con Madeleine porque sentía pena por mi frágil melliza, la cual era tan falta de carácter como el mismo Albert.
Sólo había dado una misión al cretino gestado en el útero de mi hermana: vigilar a Magdalena Heron e informarme de sus movimientos. Jamás le había dicho: enamórate de la maldita sangre sucia. No puedo negar que disfruté de la expresión de la mocosa cuando Theodore le propuso ser pareja, pensando que el chico quería divertirse un poco con ella. No le veía nada de malo a contaminarse de vez en cuando, siempre que fuese con fines de entretenimiento. Sin embargo, cuando me confesó que en realidad tenía sentimientos por ella, me sentí asqueada ante la idea de que mi único sobrino trajese una mancha a la familia.
Siempre sentí repulsión por la chica, no sé si sólo era su origen o su particular forma de ser. Era tan… ¿transparente? No tenía clara cuál era la palabra para describirla. Heron era un maldito libro abierto, además tan torpe que rayaba en la estupidez. Lo peor de eso era que casi todo el mundo parecía apreciarla, igual que a Madeleine, como si lo mereciera, cuando en realidad debería estar con los demás muggles barriendo callejones. Con todo lo que odiaba de ella, habría podido continuar soportándola, de no ser por la noche de navidad. Esa noche me enteré de algo que jamás iba a poder perdonarle: se traía algo con Severus.
Durante los últimos meses no había logrado comprender por qué Severus se negaba a continuar nuestra relación, no era capaz de resignarme y aceptar que él me rechazara. No tenía sentido que un hombre como Severus Snape se negara a estar con una mujer como yo, que desde siempre he tenido claro que soy todo lo que cualquiera quisiera ser. Pero esa noche comprendí qué se interponía entre nosotros. En el momento en que recurrí al chantaje emocional, mostrándome frágil frente a Severus, logrando que me abrazara, la vi reflejada en el cristal de una de las estanterías. La expresión del rostro de Magdalena Heron me lo dijo todo: ella estaba enamorada de Severus. Y por la forma en que Severus me soltó de inmediato, entendí que era ella de quien él hablaba cuando me confesó que amaba a alguien más.
