LENA

El regreso a clases fue un poco extraño. Ben volvió de su casa con una actitud totalmente distinta, mostrándose mucho más agradable con Collette. Era como si hubiese reflexionado cada minuto de cada día de las vacaciones. Según me contó Collette, Ben se había disculpado por haberse comportado "de una forma tan poco apropiada" y le había pedido que volviesen a ser los amigos que eran antes. Collette parecía decepcionada de ser sólo amigos, pero lo prefirió a seguir enemistados.

—A lo mejor no nos conviene estar juntos —dijo mientras jugueteaba con su pluma sobre su muy tachado trabajo sobre las reglas para la transfiguración de un ser terrestre en acuático.

Pensaba que Theo iba a alejarse de mí tras el bochornoso rechazo de año nuevo. Sin embargo, ahí estaba para saludar y bromear un poco durante el recreo y para hacer trabajos en la biblioteca después de clases. Ben pareció reacio a relacionarse con Theo, hasta que el chico le dio un excelente menjurje para abrillantar su insignia de prefecto.

El Ravenclaw me trataba como si nunca hubiese sido rechazado por mí. De hecho, parecía que no volvería a tocar el tema. De modo que, agradecí mentalmente no verme nuevamente en un aprieto con él. A Severus no le hacía ni pizca de gracia que continuase siendo amiga de Theo, pero asumió a regañadientes que yo no pensaba dejar de hablarle a nadie por complacerlo.

Enero y febrero se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos, dándole paso a un marzo menos frío y mucho más luminoso. Antes de darme cuenta, estaba llena de trabajos de todas las asignaturas y a portas de la semifinal de quidditch.

—Si vuelves a atacar a Carter, voy a tener que ponerte un castigo real —dijo Severus la noche anterior al partido contra Ravenclaw. Al día siguiente se definiría quién se enfrentaría a Gryffindor por la copa de quidditch.

Estábamos en su dormitorio, sentados sobre la cama con un juego de dominó en el medio. Había sido mi idea enseñarle a jugar y ya iba por la tercera partida en que me vencía. Y pensar que al principio se había negado, exclamando que los juegos muggles no tenían chiste.

—Él se lo busca —refunfuñé, tratando de no sonreír con el recuerdo de Carter bañado en babosas carnívoras. No le habría vaciado el cuenco encima si él no se hubiese burlado de mi equipo de quidditch.

—Y tú picas cada vez —gruñó Severus mirándome con el ceño fruncido, poniendo una ficha delante de la mía —. Te he dicho que las personas listas ignoran a los idiotas.

Lo miré con cara de pocas pulgas.

—A lo mejor no soy tan lista —bufé revisando mis fichas, para darme cuenta de que no tenía ninguna que me permitiese seguir jugando —. Paso.

—A lo mejor —asintió él con una risita maliciosa. Puso otra ficha, quedándose sólo con dos.

—Eres un amor —dije con sorna —. Paso de nuevo.

—Por supuesto que eres lista, Heron —dijo acercándose a mí y tomando mi barbilla con su mano —. No me habrías convencido de jugar esta cosa tonta si no fueses lista.

Me besó antes de que pudiese responder. Escuché las fichas chocar contra el suelo mientras me dejaba caer de espaldas sobre la cama, con Severus encima. Me dejé llevar, como cada vez que él tomaba el control, ignorando que era tarde y que debería descansar para el partido del día siguiente.


Como resultado de mi noche de pasión con Severus, al día siguiente estaba cansada y llena de ojeras. Bostecé y cabeceé un montón de veces sobre mis tostadas con mermelada, antes de que Perkins perdiera la paciencia y me obligara a tomar seis tazas de café absurdamente cargado. Para cuando me hube tomado el último sorbo de la amarga bebida, sentía el corazón acelerado, pero no estaba más despierta.

—Creo que me voy a infartar —le dije a Joshua Montorfano antes de Salir del vestier. Comenzaba a sentir que tenía un colibrí dentro del pecho.

—Anda. No exageres —dijo el chico, aunque se veía preocupado.

Cuando salimos al campo, nos juntamos alrededor de la señora Hooch y montamos nuestras escobas. Theo me sonrió radiante y me guiñó un ojo antes de que la quaffle se elevara con el sonido del silbato. Me elevé en la escoba, con el corazón más acelerado si era posible, sabiendo de antemano que Theo ya debería haber atrapado la quaffle.

—Y Williams tiene la quaffle. Se la pasa a Barrimore, que se la pasa a Phoenix, se la devuelve a Williams que esquiva una bludger de Montorfano y… ¡ANOTA! ¡DIEZ A CERO A FAVOR DE RAVENCLAW! —narró Andy Redfield desde su posición junto a la profesora McGonagall en las tribunas.

Maldije por lo bajo y comencé a rodear el campo buscando la Snitch. Marvin Ferguson me seguía de cerca, queriendo buscar la pequeña pelotita dorada sin dejar de marcarme.

—Perkins tiene la quaffle —continuó Andy —. Se la pasa a Stewart, se acerca a la meta… ¡King la detiene! Se la pasa a Williams, que se dirige rápidamente a la meta, esquiva a Perkins, evade a Mathews ¡Y anota de nuevo! ¡Rogers se equivocó de aro! ¡Williams es todo un goleador!

Comencé a angustiarme. A ese paso se iba a repetir la misma historia del año pasado: perderíamos por muchos puntos y quedaríamos fuera de la liga. Los nervios me comenzaron a embargar, incrementando todavía más mi ritmo cardíaco, tanto que me sentía mareada y mi visión se tornaba doble por momentos. Quería que el partido terminara de una vez para poder aterrizar y controlar el temblor que se extendía desde mis manos al resto de mi cuerpo.

Realmente me estaba sintiendo muy mal. Casi no podía sujetar el palo de la escoba y los dedos sudorosos comenzaron a empapar mis guantes desde adentro. Mi respiración se sentía pesada, como si tuviese un corsé muy apretado. Me erguí un poco sobre la escoba y con dedos temblorosos tiré del frente de mi túnica, como si con eso fuese a mejorar mi respiración. Parpadeé con fuerza, en un intento desesperado por aclarar mi visión y sacudí la cabeza, frustrada. Tomé una bocanada de aire y me decidí a descender y pedir tiempo muerto cuando vi el destello dorado a unos metros de Ferguson. Instintivamente me incliné sobre la escoba y me dirigí hacia la snitch, ignorando todos mis síntomas y sobresaltando al buscador de Ravenclaw, quien pareció pensar que me había arrojado contra él y se hizo a un lado. Cuando el muchacho reaccionó, ya era muy tarde y yo estaba a unos pocos centímetros de la pelotita alada. Escuché su grito de rabia cuando cerré mi puño en torno al frío metal. Ya no veía, sólo escuchaba a lo lejos el griterío de toda la multitud, mientras caía en la más absoluta oscuridad…


—La maté —lloraba alguien, en algún lugar lejano.

—No está muerta, Ann.

—Pero es mi culpa.

—La señora Pomfrey dijo que está bien.

Abrí los ojos perezosamente, parpadeando ante el daño que me producía la luz. Por un instante no supe dónde estaba y traté de recordar qué carajos me había pasado.

—¿Estás bien?

Enfoqué mi atención en la persona que me hablaba, comprendiendo tras unos segundos que era Ann Perkins.

—¿Dónde estoy? —pregunté. Sentía la lengua como de trapo.

—En la enfermería —era Ben quien hablaba.

—¿Por qué? —inquirí mirando alrededor.

—Sobredosis de cafeína —dijo la voz de Collette.

—¿Qué? —pregunté estúpidamente, sin comprender todavía de qué hablaban.

—Te tomaste seis tazas de café —dijo Theo.

—Lo siento mucho, Lena —lloriqueó Ann, abalanzándose sobre mí y abrazándome. Sentí sus lágrimas en mi cuello.

—¿Eh? —balbuceé.

—¿No recuerdas? —graznó Ann separándose de mí. Sus manos sujetaban mis hombros y me miraba con absoluta congoja —. Te obligué. Fue mi culpa. La señora Pomfrey no sabe cómo pudiste jugar así…

—Ah —dije tratando de recordar en qué momento me había bebido seis tazas de café.


Alrededor de una hora después ya me encontraba mentalmente estable, riéndome con Ben, Collette y Theo por la intoxicación más ridícula en la historia de Hogwarts.

—Pensamos que ibas a partirte el cuello —dijo Collette, poniéndose seria por un instante.

—Pero detuvieron tu caída —dijo Ben.

—¿Quién? —pregunté con curiosidad.

—Snape —respondió Theo con una mueca de desagrado.

—Fue asombroso —dijo Collette con emoción contenida —. Todos comenzaron a gritar y él sólo se levantó y dijo algo apuntando al campo… y el suelo se volvió como gelatina.

—Rebotaste un par de veces, pero no tuviste ni un rasguño —dijo Ben.

—Nadie pensaría que Snape te quiere viva —dijo Theo con el entrecejo fruncido —. Se la pasa castigándote… Como si te odiara.

Rehuí la mirada de Theo, sintiendo que me sonrojaba. No tenía idea de qué responder a eso.

—Es un profesor —dijo Ben —. Obviamente no va a dejar que muera un estudiante… Aunque el estudiante sea Lena.

Levanté el rostro, un tanto ofendida, olvidando el rubor de mis mejillas. Iba a mandar a Ben al demonio, cuando la señora Pomfrey llegó con una bandeja repleta de comida, evitando que pudiera defender mi honor.

—Afuera, ya — dijo la enfermera poniendo la bandeja en mi regazo —. Quiero comprobar que no se infarta en lo que resta de noche.

—¿Es posible eso? —preguntó Theo, asustado.

—No —dijo la enfermera —. Pero igual se queda.

Después de que mis amigos se marcharan, comí como si no hubiese probado bocado en meses, lamentando la poca cantidad de postre en la bandeja. Una vez terminada la cena, me lavé los dientes y me recosté de espaldas sobre la mullida cama de la enfermería. Estando sola con mis pensamientos, era más sencillo sentirme un tanto estúpida por haberme causado una sobredosis con café. Suspiré mirando el techo, esperando poder dormirme pronto, pero demasiado despierta para cumplir mi cometido.

—¿Cómo se te ocurrió esa estupidez?

Brinqué en la cama, sentándome de golpe por el sobresalto.

—¡Severus! —grazné, asustada, llevándome una mano al pecho.

Severus estaba de pie junto a mi cama, con los brazos cruzados y cara de pocas pulgas.

—Si Perkins te pide que saltes de un acantilado, ¿lo haces? —riñó el profesor.

—No fue intencional —murmuré, un tanto avergonzada.

—¿Has visto tu tamaño y peso? ¡Bebiste cafeína como para despertar a Hagrid! —continuó con la regañina.

—Vale, lo siento —dije haciendo una mueca —. No lo pensé.

—Eso es evidente.

Guardamos silencio un rato, él todavía mirándome con molestia.

—¿De verdad fuiste tú?

—¿El qué?

—Quien evitó que me matara.

—Por supuesto que fui yo —bufó con suficiencia —. Los demás te habrían dejado volver composta antes de reaccionar.

—Gracias —susurré.

—No lo menciones —dijo antes de dar media vuelta y marcharse.


Si quería darle motivos a Carter para burlarse, ya los tenía de por vida. La noticia de mi sobredosis por cafeína se extendió como pólvora por el colegio durante las horas que estuve en la enfermería, y Carter no dudó un segundo en aprovechar el momento.

—No la pueden invitar a un velorio, porque se va con el muerto —dijo Carter en cuando llegué al comedor para el almuerzo.

Todo aquel que escuchó se desternilló de risa, incluyendo a mis compañeros de casa. Imagina si no hubiese ganado el maldito partido, pensé con rabia.

—Vete a la mierda, Carter —gruñí haciéndole un corte de mangas.

—Esa boca, Heron —se rio —. Despéjate con un café… Ah, verdad que te mueres…

El chico se fue a su mesa antes de que pudiera responderle.

—Es ridículo —dije, abatida, acercándome un plato y poniéndole puré de papa con más fuerza de la necesaria, salpicando a Ben en el proceso —. Debo ser el único ser humano que tiene una sobredosis con café.

—Míralo de esta forma: marcaste un antes y un después en la historia de Hogwarts —dijo Ben, mientras quitaba puré de papa de sus lentes con aire resignado.

Collette se rio y me acercó un vaso de zumo de calabaza. Bufé y le di un trago al zumo. Me pregunté cuánto tiempo tardaría el colegio en dejar de reírse de mí, además de si Severus todavía continuaría molesto conmigo por casi matarme.


Resultó que Severus no estaba tan molesto como parecía, y después de darme una nueva regañina por preguntarle si seguía molesto, continuó cortando babosas y guardándolas en un frasco. Mi escuálida persona se dedicó entonces a zascandilear por el despacho mirando frascos con asqueado interés. Me detuve ante un frasco cuyo contenido parecía particularmente viscoso y desagradable.

—¿Qué es esto? —pregunté, acercando la nariz al frasco hasta que su contenido se hizo casi borroso.

—Intestino de pangolín —respondió Severus sin mirar.

—¿Cómo sabes sobre qué te estoy preguntando? —dije mirándolo sobre el hombro.

—Es lo más raro de ahí —dijo —. Te conozco.

—Hmmm —murmuré, volviendo a mirar el frasco.

Escuchaba el cuchillo contra la tabla de fondo, mientras trataba de hallarle la forma a las tripas del pangolín. Para mí se veía como un amasijo baboso y más nada.

—¿Para qué se usa?

—Quemaduras de tercer grado —dijo Severus —. Si lo mezclas bien, regenera el tejido nervioso.

—Uhhh ¿Por qué no eres sanador? Sabes muchas cosas.

—No podría. Odio a la gente enferma —explicó —. Sobre todo, a los niños.

—¿No te gustan los niños? —me aparté de la estantería y fui a ubicarme frente a él, viéndolo trabajar en las desdichadas babosas muertas.

—Ni un poco.

Miré sus manos de dedos largos y pálidos. Trabajaba en sus cortes con mucha seguridad.

—¿Jamás quisiste una familia?

Él detuvo su trabajo y me miró como si me hubiese vuelto loca.

—No —dijo secamente. Y volvió a empezar a cortar las babosas.

Guardé silencio. ¿Por qué había preguntado eso? Era evidente que Severus Snape no era un hombre de familia, que nunca lo había sido y nunca lo sería. Tal vez debería cerrar mi bocota y dejar de preguntar tonterías. No saber nada de él iba a ser el común denominador de mi vida. Debería haberlo asimilado entonces.

—¿Por qué no? —ahí estaba yo de nuevo, picándole con tonterías.

—No me interesan esas cosas —dejó el cuchillo a un lado y arrojó un montón de trozos de babosa dentro de un frasco, cerrándolo con fuerza.

—¿Por qué…?

—Porque no — cortó Severus, evidentemente ofuscado —. No es algo que desee. Detesto los niños, su llanto… todo lo que tenga que ver con ellos.

Apreté la mandíbula. Sentí un poco de pena porque yo sí que quería una familia en algún momento, dentro de muchos años, claro. Bueno, pues qué esperaba, me reprendí mentalmente, ni que de verdad pudiese haber pensado en que Snape querría llevar las cosas a otro nivel en algún punto de la existencia.

—Comprendo —dije en voz baja.

—Escucha, Heron: seguramente vas a encontrar a alguien con quien casarte y tener hijos y un maldito perro, con una casa y jardín… todas esas cosas que las mujeres sueñan —dijo Severus empuñando el cuchillo de nuevo —. Y va a estar bien que lo hagas… Sólo procura que no sea con el idiota de Williams.