La mañana del sábado en que se celebraría el último partido de quidditch amaneció lluviosa y fría. Ann Perkins estaba tan nerviosa que no me permitió sentarme con mis amigos y mantuvo al todo el equipo junto en la mesa de Hufflepuff, asegurándose de que nadie incluyera café en su desayuno.

—Cálmate, ¿quieres? Es café, no veneno —dijo Andrew molesto cuando Ann le tiró la taza de café de un manotón.

—No quiero más lesiones —replicó Ann.

Quise que me tragara la tierra. ¿Qué nadie iba a olvidar nunca ese incidente?, pensé dejando a un lado mi plato de cereal. No tenía hambre y los nervios empezaban a apoderarse de mí.

—Bueno. Es hora —Ann dio una palmada en el aire y nos instó a levantarnos —. Al campo. Ahora.

Me levanté para seguir a mi equipo, no sin antes dar una mirada a la mesa de los profesores. Severus conversaba con la profesora McGonagall con expresión seria. Ella parecía tensa. En un momento, la profesora apartó la mirada de Severus y la dirigió a la mesa de Hufflepuff, deteniéndose en mí con expresión de estar viendo al vagabundo por el que sientes lástima. Me tropecé con la banca y estuve a punto de caer, pero Astrid me sujetó, estabilizándome.

—Cuidado —dijo la chica.

—Sí… gracias —dije, volviendo a mirar hacia la profesora McGonagall. Pero ella ya no me miraba y seguía conversando con Severus.

Sacudí la cabeza, pensando en que seguramente ni siquiera me estuviese mirando a mí. Y de ser así, tal vez fuese porque sabía que era muy probable que el buscador de Gryffindor me diera una paliza.

—Muévete, Heron —apremió Ann unos metros más allá.

Me di prisa para alcanzarlos y nos dirigimos a los vestidores. Una vez allí, nos cambiamos en un silencio sepulcral, que se rompía de vez en cuando por el ruido de una cremallera que se subía o de un broche que se apretaba. Al final, Ann se aclaró la garganta para darnos el último discurso de la temporada.

—Este es mi último año como capitana. El próximo curso sólo estarán aquí Andrew, Joshua y Lena… y quisiera que la copa de quidditch este en sus manos para ese entonces —sus ojos se pusieron brillantes —. Lo hemos hecho muy bien. Hagámoslo incluso mejor.

Aplaudimos las palabras de la capitana, sonriendo a pesar de los nervios. Ella se enjugó los ojos y agarró su escoba, poniéndosela al hombro, presidiendo la marcha hacia el campo. Los demás hicimos lo mismo, saliendo tras de ella a la lluvia torrencial.

Casi de inmediato nos vimos empapados y para cuando la señora Hooch dio el pitido que marcaba el inicio del partido, estaba calada hasta los huesos. Me puse la mano sobre los ojos, a modo de visera, tratando de identificar algo más que los borrones de colores que representaban mis compañeros bajo la lluvia. Escuchaba los gritos de las tribunas, opacados por el agua que se estrellaba contra mis orejas. Sólo se oía con claridad al comentarista debido al megáfono.

—¡Gol de Gryffindor! Rogers no lo ha visto venir —gritó Andy haciéndose oír por encima del ruido de la lluvia.

No habían transcurrido ni diez minutos de partido cuando Gryffindor iba a la cabeza treinta puntos a cero. Ann se me acercó, empapada y tiritando.

—El guardián de Gryffindor es muy bueno —me dijo a gritos en el oído —. No vamos a poder marcar. Es como si la lluvia no le afectara en los ojos. Tienes que atrapar la snitch, Heron.

—Pero no veo nada —me excusé, presa del pánico.

—Soluciónalo —dijo antes de marcharse volando en dirección contraria.

Bufé, maldiciendo entre dientes. No veía ni al maldito buscador de Gryffindor por ninguna parte, menos iba a ver una pelota del tamaño de una nuez. Me dispuse a dar vueltas alrededor del campo, esquivando una bludger de milagro cuando ésta estaba a un palmo de mi cara.

—Eso estuvo cerca —comentó Andy, dando un silbido tras la frase.

Procuré aguzar la vista, tratando de ver algo más que las gotas que se estrellaban contra mis ojos. El buscador de Gryffindor daba vueltas en la parte más alta del campo, mirando en todas direcciones. Parecía como si el agua no le afectara la visión como a mí y supuse que su equipo conocía la forma de repelerse el agua de los ojos. No recordaba una regla que fuese contra ello y lamenté no ser más hábil con los encantamientos.

—¡Gol de Hufflepuff! —Perkins había logrado colársele al guardián de Gryffindor, pensé, dando un puño emocionado en el aire —. ¡Es buena esta muchacha! ¡Treinta a diez a favor de Gryffindor!

Envalentonada por el logro de Ann, me dirigí a la parte baja del campo, apostando mi suerte a que la Snitch quizá prefiriera volar en una zona menos tormentosa. Di un par de vueltas, comprobando que mi teoría era tan falta de fundamentos como todas mis demás teorías acerca de la vida, así que volví a subir. Para mi total sorpresa, la snitch sí que se ocultaba de la lluvia, pero en medio del aro de la derecha de Hufflepuff, detrás de la oreja izquierda de Arthur Rogers. Tratando de no perder tiempo, me impulsé hacia el aro a toda velocidad.

—¿Qué está haciendo Heron? —gritó Andy cuando yo iba a menos de dos metros de Arthur.

Ningún otro jugador se había dado cuenta de lo que estaba haciendo y todos se giraron a verme ante las palabras de Andy. Arthur gritó, asustado, cuando me estrellé contra él y caímos dando vueltas, en medio de una maraña de escobas. Logré frenar unos tres metros por encima del suelo, sosteniendo a duras penas a Arthur de la túnica con la mano derecha y con la snitch firmemente sujeta en la mano izquierda.

Las tribunas se quedaron en silencio, tratando de comprender qué había pasado, quedando sólo el ruido de la lluvia que arreciaba por todo el campo. Arthur se había aferrado al palo de mi escoba y su propia escoba yacía en el lodo, debajo de nosotros.

—¿Qué demonios haces? —escuché gritar a Ann, que volaba a toda velocidad hacia nosotros.

—Un momento —balbuceó Andy en el megáfono. Se empezaba a escuchar el ruido de murmullos desconcertados en las tribunas — ¡La atrapó…! ¡Heron ha atrapado la snitch!

Los murmullos subieron en intensidad hasta convertirse en alaridos de jubilo entre la afición amarilla. Miré a Arthur, sin dejar de sujetarlo por la túnica y puse la mano izquierda ante sus ojos. La snitch aleteaba con desgana en mi puño. El muchacho abrió mucho los ojos y comenzó a reírse como un maniático.

—Escuché que casi matas a Rogers —dijo Severus esa misma noche, entregándome una taza humeante de té.

—¿Cómo que escuchaste? —pregunté, recibiendo la taza con cuidado de no quemarme —¿No fuiste al partido?

—No. Estaba solucionado otros asuntos —respondió él, sentándose a mi lado en el sofá.

—¿Qué asuntos? —pregunté, un poco mosqueada por el hecho de que él no me viese jugar.

—No es de tu incumbencia —dijo.

Quería protestar, pero decidí que con él era mejor no discutir. Soplé el té antes de darle un sorbo, sintiendo que se me esfumaba un poco la emoción por haber ganado la copa de quidditch. Yo me había escapado de la celebración de mi casa para ir a verlo y él ni siquiera se había tomado la molestia de ir al partido.

—¿Todo en orden? —preguntó Severus.

—Hmmm.

—¿Vas a jugar a los mudos?

—No.

El guardó silencio un momento, sin apartar sus ojos de mí.

—Estaba hablando con Angela —dijo Severus a fin.

Me atraganté con el té.

—¿Qué? —solté tosiendo, sintiendo que algo dentro de mí hervía.

Dejé la taza de té sobre la mesa que había frente al sofá y lo miré fijamente. El monstruo de los celos se había despertado y exigía una explicación. ¿Cómo que había preferido quedarse hablando con ella en lugar de ir a la final de quidditch?

—Quería hablar de su sobrino —explicó Severus —. Le preocupa que se junte contigo. Para ella eres una mala influencia, porque te la pasas castigada.

Abrí la boca, confundida.

—¿Su sobrino? —balbuceé. No tenía idea de quién era el sobrino de Louper.

—Williams.

—¿Theo está emparentado con Louper? —grazné. El asombro hizo que mi crisis de celos se esfumara.

—¿No te lo ha dicho? —se burló Severus —. Creí que eran íntimos.

Lo miré con cara de pocas pulgas.

—No. No me lo ha dicho.

—Ah, que falta de confianza —dijo Severus con malicia.

Cuando me encontré con Theo en la clase de herbología, lo miré con cara de querer cometer un asesinato y me negué a saludarlo. Theo puso cara de confusión cuando seguí de largo con gesto altivo y lo dejé con el saludo en la boca.

—¿Qué te pasa? —preguntó Collette alcanzándome y mirándome como si me hubiese vuelto loca.

—¿Qué ocurre? —preguntó Ben con la misma expresión de Collette.

No respondí. Me acomodé los guantes en silencio.

—Lena ¿todo en orden? —dijo Theo, uniéndosenos en la misma mesa de trabajo.

Lo volví a mirar mal, sin responder.

—¿Hice algo? —dijo el muchacho, mirando a mis otros dos amigos, que pusieron cara de "ni puerca idea".

—¿Por qué no me lo dijiste? —dije con los dientes apretados, tomando un puñado de abono y lanzándolo con fuerza dentro de una maceta.

—¿Qué cosa? —dijo confundido.

—¡Que Louper es tu tía!

Ben y Collette lo miraron con la mandíbula desencajada. Al parecer, nadie sabía de tan maravilloso parentesco.

—No es importante —dijo Theo enrojeciendo hasta el nacimiento de sus rizos.

—Sí, lo es. Ella me odia —arrojé otro montón de abono en la maceta —. Eres sobrino de la maestra que me detesta.

Theo me sostuvo la muñeca cuando fui a tomar otro puñado de abono, obligándome a mirarlo a la cara de nuevo.

—Ella no es importante —dijo el muchacho con seriedad —. Es una arpía y no la tengo entre mis afectos. No me pareció relevante hablarte de ella.

Parecía sincero, tanto que la rabia que sentía contra él disminuyó casi a ceros. Sin embargo, no quise demostrárselo y continué en mis trece.

—Sé que los amigos no deberían ocultarse cosas —dijo Theo, tomando mi mano y sacudiendo mi guante para limpiarle los rastros de abono —. Lo lamento.

Aparté la mirada, incapaz de sostenerla por más tiempo. Su frase me había avergonzado, pues yo era la reina en lo que a ocultar cosas se refería. Comprendí que no tenía ningún derecho a reclamarle por querer mantener su parentesco con Louper en secreto.

—Sí… vale —musité —. No debí molestarme así. Lo siento.

Theo me apretó la mano y se rio por lo bajo.

—Enojona —murmuró y se fue al otro lado de la mesa, preparando su propia maceta.

—Te sonrojaste —dijo Collette dándome un codazo y soltando una risita.

No le respondí, sabiendo que Collette creía que mi sonrojo era por algún tipo de atracción hacia Theo.

Los exámenes finales estaban haciendo mella en el ánimo del castillo en general. Muchos estudiantes colapsaron en medio de estallidos de llanto en la biblioteca y el ambiente en la sala común de Hufflepuff resultaba insoportable por momentos. Severus no me permitía ir a verlo debido a que mucha gente había tomado la costumbre de deambular por los pasillos repitiendo lecciones en murmullos, cosa que ponía nuestra relación en peligro de ser descubierta.

Ben y Theo se empeñaban en que estudiara en cualquier momento del día que tuviese libre, obligándome a comer rápido para que el tiempo restante pudiese invertirlo en productivas sesiones de estudio. No quería imaginar cómo iban a comportarse el año siguiente cuando rindiéramos los EXTASIS.

—¿Qué tal te fue? —preguntó Ben cuando salí del último examen: defensa contra las artes oscuras.

—Bien. Creo —mascullé, un poco aturdida todavía.

—¿Y Collette? —Ben miró por encima de mi cabeza, tratando de ubicar a la chica.

—Venía detrás —dije, girando a ver hacia la puerta del aula.

Esperamos un rato afuera del aula a que Collette saliera. Ben se veía impaciente, cambiando el peso del cuerpo de un pie al otro y mirando la puerta como si quisiera tener visión de rayos x. Comenzaba a preocuparme que ella se demorase tanto en salir, sabiendo que era Finnigan con quien estaba allí a solas y, podría jurar que eso mismo pasaba por la cabeza de Ben.

Al fin Collette salió del aula terminando de cerrar su mochila. A través de la puerta abierta vimos a Finnigan acomodando pergaminos dentro de una caja. Nada se veía fuera de lugar. Sin embargo, Ben no parecía nada contento.

—Qué difícil estuvo —dijo Collette.

—¿Sí? —dijo Ben con brusquedad —. Ya veo.

Collette lo miró desconcertada. Aquí vamos de nuevo, pensé abatida.

—¿Ocurre algo? —inquirió la chica.

—Te demoraste —respondió Ben con los dientes apretados —. Con él.

Collette enarcó las cejas.

—¿Disculpa? —dijo. Su tono de voz, normalmente suave y tranquilo, ahora era peligroso.

—Pues eso. Que te demoraste con él —Ben señaló a Finnigan con el dedo.

Finnigan levantó la mirada de la caja con los pergaminos y miró hacia nosotros con curiosidad.

—Oh, no. No empieces —graznó Collette.

Miré a Finnigan con una sonrisa de disculpa y el profesor me devolvió la mirada un momento, para después concentrarse de nuevo en mis amigos.

—¿Que no empiece? ¿Que no empiece? —gruñó Ben sin dejar de señalar a Finnigan —. Y tu historial ¿qué?

—No tienes ningún derecho… —los ojos de Collette se llenaron de lágrimas.

—¡Weasley! —Finnigan, que parecía repentinamente molesto, fue directo hacia la puerta del aula, deteniéndose frente a mis amigos y yo.

—¿Señor? —dijo Ben con odio en cada sílaba. El pelirrojo se irguió en toda su estatura, igualando en tamaño a Finnigan.

—¿Tienes algún problema? —dijo Finnigan acercándose a Ben, quedando a solo un palmo de distancia.

—¿Usted lo tiene? —respondió Ben.

Maestro y alumno se miraban echando chispas por los ojos. Collette se había llevado la mano a la boca y las lágrimas le resbalaban por el rostro.

—Lo tengo si tú lo tienes —dijo Finnigan llevándose la mano al bolsillo de la túnica.

—Lo mismo digo —dijo Ben, haciendo lo mismo.

—No, no, no —dije, en un vano intento de interponerme entre ellos.

Ambos eran mucho más altos que yo y tratar de separarlos resultaba tan difícil como querer mover dos muros. Me preocupaba que se batieran a duelo allí afuera del aula de DCAO, porque el uno terminaría despedido y el otro expulsado, sin contar el escándalo que habría si se supiera el motivo de la pelea.

—Por favor —dije suplicante a los hombres que parecían tener los oídos tapiados, pues continuaban a un palmo de distancia, mirándose cada vez con más odio, amenazando con desenvainar las varitas.

—Ben, no —Collette se había acercado a los hombres y había entrelazado su mano con la mano libre de Ben, mirándolo con ojos suplicantes.

Finnigan bajó la mirada hacia las manos entrelazadas de mis amigos.

—Oh —murmuró el maestro, como si de repente hubiese comprendido el significado de la vida.

Con un gesto de dolor dio media vuelta y se encerró en el salón con un portazo. Ben miró hacia sus manos, aturdido, y se dejó guiar por Collette cuando ella empezó a andar. Yo me quedé allí de pie, en medio del pasillo, estupefacta ante la escena que acababa de presenciar.

Sentí mucha pena por Finnigan. La expresión que tenía tras comprobar que Collette definitivamente había elegido a Ben, sencillamente daba mucho que pensar. Respiré profundo y abrí la puerta del salón, ignorando la petición de Severus de no quedarme a solas con el profesor de DCAO.

—¿Profesor Finnigan? —dije dubitativamente, asomándome al aula.

—¿Hmm? —respondió Finnigan con desgana.

El hombre estaba sentado en la mesa del escritorio, con la punta de los pies rozando el suelo.

—Eh… —no estaba segura de qué decirle en un momento como ese —¿se encuentra bien?

Finnigan sonrió. Era una sonrisa triste, resignada.

—Hice lo que me pediste y me alejé de ella —se pasó la mano por el cabello, desordenándolo —. Eso no significa que sea fácil. ¿Comprendes?

Asentí, sintiéndome un poco culpable. Después de todo, era yo quien había hablado con él cuando Collette estaba mal emocionalmente.

—Es más complicado de lo que pensaba… Más cuando la veo con ese idiota que nunca ha sabido apreciarla… Pero estaré bien, Lena. No te preocupes.

—Lo siento, profesor —dije en voz baja.

—No te apures —el hombre miró el reloj —. Deberías irte ya. Todavía quedan unas horas de sol para disfrutar de la libertad.

—Sí… Bueno… Hasta luego —dije antes de marcharme del salón.

No estaba segura de que fuese buena idea ir a buscar a mis dos amigos. Definitivamente ellos debían estar teniendo una conversación reveladora en ese momento. Suspiré, sintiéndome un tanto embotada y decidí que tal vez podría ir a ver a Severus un rato, so pena de que me riñera por ir a plena luz de día. Al diablo, de todos modos ya no quedaban más que un par de días en el colegio y quería aprovechar el tiempo con él. Dudaba seriamente que una vez en el mundo muggle pudiese tener mucho contacto con el profesor de pociones.