LENA

Llevaba siete semanas en el mundo muggle y sentía que ya no iba a aguantar un día más allí. Los primeros días habían sido bastante soportables mientras mis padres procuraban hacerme sentir bienvenida, pero después se puso en marcha nuevamente el plan "salvación del alma de Magdalena" y me vi obligada a acompañarlos a las reuniones de la iglesia. Las miradas de los miembros de la congregación eran, si podía decirse, menos disimuladas que nunca, y comenzaban a molestarme a tal punto que debía respirar profundo para calmarme cuando las luces del techo empezaban a parpadear de la nada ante mi mal genio.

Odiaba el hecho de que todavía me faltara una semana para ser mayor de edad y no poder hacer nada de magia fuera del colegio. Así al menos me habría podido divertir un poco en la soledad de mi dormitorio. También lamentaba que Ben se hubiese ido a pasar las vacaciones con sus padres a Rumania, pues de lo contrario podría haber pasado unos días en su casa, alejándome del asfixiante entorno religioso de mi familia. Collette también estaba fuera del país visitando a sus abuelos, así que tampoco podía contar con ella.

Severus no se había comunicado demasiado durante las vacaciones. Se había limitado a enviarme un libro de pociones curativas que, según él, me iban a servir mucho para los EXTASIS que necesitaba para entrar como aprendiz en San Mungo. Así que, noche tras noche, me encerraba en mi habitación a leer algunos apartados del libro, sintiendo que estaba convirtiéndome en Ben Weasley.

Theo era con quien más mantenía contacto. El muchacho me escribía cartas extensísimas sobre todo lo que estaba haciendo en sus vacaciones. Actualmente se encontraba en México y parecía estárselo pasando en grande. Contrario a Severus, no me había enviado libros sino una cantidad enorme de dulces muggles curiosamente picosos. Mi madre se mostró encantada con los dulces y bastante interesada en el chico, dándome la lata hasta que le mostré una fotografía donde aparecíamos mis tres amigos y yo, sonrientes junto al lago. Al menos ya no les tenía miedo a las imágenes en movimiento de mi mundo.

—Podría cortarse un poco el cabello —había dicho mi madre al ver los rizos que le caían despreocupadamente sobre la frente a Theo. El chico de la fotografía se sonrojó y trató de aplastarse el cabello con las manos para aplacarlo.

—Hmmm… —fue toda mi respuesta. A mí me encantaba el cabello de Theo tal cual estaba.

Ya había comprado los útiles escolares y empacado todo lo necesario para regresar a Hogwarts. La ansiedad por volver al lugar donde me sentía completamente libre se asentaba en mi pecho como un pesado yunque. Tano se limitaba a mirarme con sus enormes ojos azules cada vez que trataba de distraerme con la baraja de naipes explosivos, como si esperara el momento de huir ante lo que parecía un incendio inminente.

El día de mi cumpleaños número diecisiete, desperté con la luz del sol dándome de lleno en la cara. Tano maulló, subiéndose a mi estómago, ronroneando, y yo me desperecé estirando los brazos sobre mi cabeza.

—Buenos días, gordo —dije en medio de un bostezo.

Recordé de golpe qué día era y me incorporé de un brinco. El gato resbaló por mi regazo y rodó, cayendo al suelo con un bufido. Me miró con reproche y fue a acostarse sobre la silla de mi escritorio.

—Perdona —dije antes de abrir la gaveta de la mesa de noche y sacar mi varita.

Miré la madera de arce como si fuese la primera vez que la veía, extasiada ante el hecho de que por fin podría utilizarla en este lado del mundo. Sentí como su núcleo de unicornio pedía a gritos ser usado.

—Accio —dije apuntando al vaso con agua posado sobre el escritorio.

El vaso voló a través de la habitación y fue hasta mi mano, derramando un poco de su contenido sobre la colcha de flores con la que mi madre insistiera en tender mi cama. Con otro movimiento de la varita sequé la humedad, sintiendo que el pecho me iba a estallar de emoción. Ojalá pudiese utilizarla en el resto de la casa.

—¡Feliz cumpleaños, Len! —mi madre entró de sopetón a mi habitación, seguida de mi padre, quien llevaba una pequeña tarta casera de fresas en las manos.

Me di prisa en esconder la varita bajo la colcha y sonreí, comenzando a sentir que el cariño por mis progenitores se renovaba. Definitivamente no podía dejar de quererlos a pesar de su obsesión con el culto que profesaban.

—Aquí. Sopla —dijo mi padre poniendo la tarta frente a mi cara.

—Gracias —dije antes de soplar las dos velas que formaban el número diecisiete.

—Ya casi eres una adulta —dijo mi madre, quien siempre había hecho la vista gorda ante la información de que en el mundo mágico se era mayor de edad a los diecisiete. Ella quitó las velas y las puso sobre la mesa de noche.

—Sí. Casi —convine para evitar discusiones innecesarias.

Mi padre sacó tres cucharas del bolsillo de su bata y me dio una a mi y otra a mi madre, quedándose él con la última. Mis padres se acomodaron a ambos lados de mí y nos dispusimos a comer la tarta, como en cada uno de mis cumpleaños. Era el desayuno más exótico del año, pero se trataba de una tradición para nosotros.

—Hoy vendrá a almorzar el pastor Ashford con su esposa —dijo mi madre.

El alma se me fue a los pies. La esposa del pastor era la mujer más entrometida y criticona que hubiese conocido en toda mi vida. Nunca desaprovechaba la oportunidad para quejarse del poco esmero que yo ponía a la hora de vestirme como una mujer virtuosa, juzgando el largo de mi falda o lo ajustado de la blusa.

—¿Es necesario? —pregunté, sabiendo que esa discusión estaba más que perdida.

—Van a orar por ti, Len —dijo mi madre —. Es muy necesario.

No dije nada más y me limité a comer de la tarta. Ya no me sabía tan bien.

—Has crecido un poco. Será mejor que te pongas el vestido azul —dijo mi madre.

—Hmmm —fue mi respuesta, recordando que el maldito vestido azul marino era sencillamente horrible.

Mis padres recogieron las velas y se marcharon con lo que quedaba de tarta en el plato. A regañadientes me bañé y me vestí con el vestido que mi madre me pidiera usar. Me miré en el espejo de cuerpo entero, aliviada de que aquella prenda ya no me quedaba tan mal como el verano anterior. En realidad, parecía que había crecido unos cuantos centímetros y ahora ya no se abultaba en mi escaso pecho, ni arrastraba el dobladillo por el suelo. Incluso no era necesario doblarle las mangas.

—¿Qué dices? Ya no está tan mal ¿verdad? —le dije al gato, que me miró con curiosidad para luego enroscarse y seguir durmiendo —. Sí, eso pensé.

Al medio día bajé al comedor en cuanto escuché voces en el recibidor, respirando lentamente para disminuir los nervios que me producía tener a la pareja de lideres religiosos allí. El pastor ya se había acomodado en la cabeza de la mesa junto a su esposa, quien recorrió con la mirada toda mi flacucha persona de pies a cabeza. Mis padres estaban terminando de poner la comida sobre la mesa.

—Magdalena, feliz cumpleaños —dijo el pastor Ashford.

—Gracias —dije en voz baja.

—Siéntate, Len —dijo mi padre.

Fui a sentarme en mi lugar habitual, a la izquierda de la silla principal, que normalmente ocupaba mi padre. La esposa del pastor continuaba observándome como quien mira un bicho desagradable.

—¿Y bien, Magdalena? —dijo la señora Ashford en cuanto mis padres se nos unieron a la mesa —. Dice tu madre que deseas estudiar medicina.

Miré a mi madre, quien hizo una señal de afirmación casi imperceptible con la cabeza.

—Lo intentaré —dije sin más.

Tomé el vaso de limonada, procurando que la mano no me temblara.

—¿No crees que ese tipo de profesión es un poco liberal para una mujer? —preguntó el pastor antes de llevarse un trozo de pechuga de pavo a la boca. El poblado bigote tembló a medida que masticaba.

—No, señor —dije y bebí un poco de mi vaso.

—Yo siempre he dicho que, si las chicas siguieran el ejemplo de mi Margot, todo sería mucho mejor —intervino la señora Ashford.

—Por supuesto —convino mi padre —. Pero los tiempos cambian, Betty. Hoy en día las mujeres quieren hacer más cosas.

—Oh, y las chicas se pierden por eso —dijo el pastor.

—Len es una buena chica —dijo mi madre —. Le va bien en el instituto.

—¿Cómo saberlo? —dijo la señora Ashford, burlona —. Es lo que ella te dice, porque aquí no vive.

Apreté la mandíbula, sintiendo que lo músculos se me tensaban al extremo. Me obligué a tomar el tenedor para picar un poco de las verduras de mi plato.

—Oh, bueno. Nunca hemos tenido una queja de ella —dijo mi madre. Sus mejillas estaban un poco rojas —¿Verdad, Richard?

—Oh, sí —asintió mi padre, que parecía azorado —. Len se porta bien. ¿No, Len?

Me obligué a asentir, incapaz de mirarlo a la cara. Lo único en lo que podía pensar ante esa conversación era en Severus y los encuentros que teníamos en su dormitorio.

—¿Ese instituto es mixto no? —continuó la esposa del pastor —. Nada peor para el nombre de una buena chica. Eso le ha restado popularidad entre los jóvenes ¿no, Joseph?

—Bueno, ningún joven me ha pedido bendición para pedirle salir —asintió el pastor.

—Lena no piensa en esas cosas todavía —sonrió mi padre.

Me atraganté con el jugo.

—Seguro que no —dijo la señora Ashford con tono incrédulo.

—Es importante asegurar un buen matrimonio desde la juventud, Richard —dijo el pastor, sirviéndose más pavo en el plato —Tal vez tu pantalón debería estar más ajustado con tu hija.

Miré a mi padre. Él estaba sonrojado, avergonzado ante el líder de su iglesia.

—Es importante comprender que ya no es una niña y que el cuidado es primordial, Richard —prosiguió el pastor. Un trozo de pechuga se sacudía en su tenedor a medida que movía las manos al hablar —. Podemos hablar de su futuro en unos días. Esos absurdos de mantenerse lejos de casa a su edad… no está bien visto.

—¿Usted cree? —dijo mi madre en voz baja, casi reverente.

—Como te lo he dicho siempre, Martha: es mejor que las chicas estén en casa, con sus padres… como buenas siervas —dijo el pastor con seriedad.

Está vez mis ojos se clavaron en mi madre, que sostuvo su mirada castaña unas milésimas de segundos antes de apartarla. Supe entonces que esa reunión se había estado posponiendo desde hacia mucho tiempo, que ni siquiera mis padres habían podido hacerle el quite eternamente. Comprendí que mi familia no fue intervenida desde tiempo atrás debido a que yo no me veía como una mujer completa antes, porque no parecía correr mucho riesgo de traer deshonra a la congregación. Observé en la expresión de mi madre que, si bien había podido evitar esa reunión el verano del año anterior, ya no era posible seguir huyéndole a su líder.

—Papá… —susurré cuando él también rehuyó mi mirada.

—Como te había dicho, Richard: el chico Sullivan no ha pedido salir con nadie todavía… —el pastor fijó sus ojos verdes en mí y me sentí desnuda, como si él pudiese ver en mi mente todo lo que Severus y yo habíamos hecho —. Quizás Magdalena sea de su agrado a pesar de todo.

—Papá… —volví a decir, apartando mis ojos de los del pastor y girándome del todo en la silla para quedar frente a mi padre.

—Len… —dijo Richard Heron en voz baja —. Marcus es un chico agradable… quizás… quizás quedarte…

—¡No! —chillé, poniéndome de pie y dejando caer el tenedor con estrepito al suelo —¡Claro que no!

—¡Magdalena! Te prohíbo ese comportamiento —saltó mi madre con tono cortante.

—¿Crees que voy a quedarme callada, madre? —dije girándome hacia ella.

—Es lo que hace una buena mujer —metió la cucharada la señora Ashford.

—Entonces comience por dar ejemplo, señora —respondí, cada vez más enojada.

Odiaba a esa insulsa mujer con sus cejas demasiado perfiladas y sus ojos de jerbo. Podía apostarme la vida en que era ella la causante de que el pastor reparara en mí y se estuviese entrometiendo en mi familia.

—¡¿Cómo te atreves?! —el pastor se levantó de la silla, rojo como un rábano. Su esposa se había llevado la mano al pecho, con aire ofendido.

—¿Cómo se atreve usted a meterse en la vida de los demás? —grazné.

—La vida va a enseñarte a guardar silencio, Magdalena Heron —sentenció el pastor —. Tus padres están de acuerdo con nosotros. Con la iglesia…

El pastor se interrumpió cuando las luces del techo comenzaron a parpadear incesantemente.

—Pues yo no —dije tratando de controlar la magia que pugnaba por salir de mí, sin tener demasiado éxito.

—Tú… —el pastor miró de mí a las luces, pálido —. El mal…

La escena parecía salida de una película de terror ochentera. El líder religioso me señaló con el dedo al tiempo que comenzaba a murmurar frases ininteligibles, mientras la luz se encendía y apagaba a una mayor velocidad, iluminando y apagando casi al tiempo sus asustadas facciones. La esposa del pastor se levantó a trompicones y se situó detrás de su esposo, chillando cosas sin sentido.

—¡Haz que se detenga, Len! ¡Detenlo! —lloró mi madre.

Los bombillos de la lámpara, recalentados, estallaron en una lluvia de cristales, arrancando gritos del pastor y su mujer, que cesaron en su intento de realizar un exorcismo y se agazaparon junto a la mesa. La estancia permaneció tenuemente iluminada por la luz parpadeante proveniente de la cocina.

—El diablo… el maligno —graznaba el pastor acurrucado, aferrándose al mantel.

—Magdalena… —dijo mi padre con un hilo de voz.

Sus ojos azules, exactamente iguales a los míos, estaban brillantes con lágrimas contenidas. No pude evitar sentir algo de culpa. El miedo de mi padre era casi palpable en el ambiente. Me mordí el labio y respiré hondo, sosegando apenas mi ira. Las luces cesaron de parpadear.

—Maligno… —seguía balbuceando el pastor mientras su mujer lloraba detrás de él.

—Cualquiera diría que nunca ha visto al diablo antes, pastor Ashford —dije secamente mientras sacaba mi varita, que había permanecido escondida dentro del frente del vestido.

Apunté a las luces del techo con la varita y las bombillas se repararon de inmediato, quedando el comedor iluminado de nuevo. La señora Ashford dio un grito ahogado y se desplomó inconsciente en el suelo; el pastor gimió horrorizado y se cayó de culo con un ruido sordo, comenzando a arrastrarse en sus cuartos traseros hacia atrás cuando lo apunté a él.

—¡Len, no! —chilló mi madre.

La ignoré por completo y concentrándome como nunca murmuré: —Obliviate.

Los ojos del pastor se desenfocaron y, aprovechando el tiempo que tardaría en recuperarse, repetí la operación con la señora Ashford.

—Ya no tienen de qué preocuparse —dije fríamente —. La excusa que quieran darles está bien para mí. Me marcho.

Mis padres no dijeron nada cuando salí del comedor y tampoco lo hicieron cuando bajé de mi dormitorio arrastrando el pesado baúl. Tano, que iba dentro del transportador que colgaba de mi hombro, soltó un maullido lastimero al ver a mi madre agachada junto a la señora Ashford. Ella no levantó la mirada y yo supe que quizás mi madre no querría volver a hablarme después de ese día. Mi padre estaba ocupado dándole agua al balbuceante pastor.

—¿Qué ha pasado? —decía el pastor en medio de resoplidos.

Decidí marcharme sin decir adiós, para evitar que el pastor tuviese algún recuerdo de mí. Había tratado de que el hechizo le borrara toda mi presencia ese día, y confiaba en que mis padres lograsen inventar una excusa válida para mi ausencia.

Una vez afuera, con la luz del inclemente sol de Cokeworth deslumbrando mis ojos, el miedo al solitario futuro me embargó. ¿A dónde iría? Comencé a caminar hacía la parada de autobús más cercana, tratando de aclararme la mente.

SEVERUS

Alguien llamó a la puerta, sobresaltándome. Estuve a punto de dejar caer la olla llena de pasta que acababa de bajar de la estufa y, con una maldición, la dejé en el mesón de la cocina para ir a ver quién era y qué demonios quería. Si llegaba a ser el viejo loco del frente preguntando por mi madre, planeaba mandarlo a la más profunda mierda.

—¡Heron! —exclamé al abrir la puerta de la calle y verla allí parada en los escalones de la entrada, con los ojos entrecerrados a causa del sol. Llevaba el baúl del colegio y un gato gordo y amarillo dentro de una transportadora de mascotas.

—Hola —dijo dedicándome una tímida sonrisa.

—¿Cómo…? ¿Qué haces aquí? —me asomé un poco y miré en todas direcciones antes de hacerme a un lado para dejarla seguir.

—Dijiste que aquí vivías —respondió entrando y arrastrando el baúl, que en ese momento parecía más grande que ella.

—Ah, ¿sí? —traté de recordar en qué momento lo había mencionado.

—Dijiste que en Cokeworth hacía mucho frío en diciembre —dijo Lena dejando el baúl junto a uno de los sillones —. Te pregunté en qué parte vivías, porque yo también soy de aquí. Y dijiste que tu casa estaba en la calle de la hilandera, cerca al rio y las fábricas.

—Ah… sí —dije recordando la conversación. Comprendí que no recordaba mucho de la charla porque después me había ocupado en ciertos asuntos más… interesantes —¿Cómo diste con la casa? Eso no te lo dije.

Ella se sonrojó.

—Llamé a otras cinco casas antes que a esta —murmuró —. El hombre del frente dijo: seguro estás buscando al chico raro del frente… y pues sí… aquí estabas.

No pude evitar sonreír, imaginando a los vecinos atendiendo el llamado de una chica tan extraña. Sobre todo al anciano del frente, quien parecía pensar que estábamos todavía en los años setenta y me decía "chico, ¿cómo está tu madre?" cada vez que me lo encontraba fuera de casa.

—¿Y bien? —pregunté.

—¿Qué cosa?

—Pues cómo qué…

Ella dejó escapar el aire lentamente antes de comenzar a hablar.

—Me he peleado con mis padres… y con los pastores…

—¿Los que dirigen el culto ese? —le indiqué con la mano que se sentara y ella lo hizo en un sillón junto al baúl.

—Sí —asintió acomodando el transportador sobre sus piernas. El gato maulló —. ¿Puedo soltarlo?

—¿Es limpio? —indagué receloso.

—Mucho —dijo ella.

Asentí.

—¿Y la única opción fue marcharte de tu casa? —dije arqueando una ceja y cruzándome de brazos.

—Es peor de lo que suena —dijo abriendo el transportador y dejando salir al gato, que se estiró un poco antes de hacerse un ovillo sobre la chica, ronroneando.

Y entonces me contó todo lo ocurrido durante el almuerzo. Cuando terminó de hablar, sus ojos estaban llenos de lágrimas y tenía la nariz roja y congestionada. Le tendí un pañuelo.

—Hiciste magia… ¿Cómo es que el ministerio no…? —me callé de golpe, recordando la fecha que era —. Es tu cumpleaños…

Ella asintió. Me maldije mentalmente por olvidarlo.

—Oh… ¿feliz cumpleaños? —dije sintiéndome torpe.

Ella me miró y parpadeó un par de veces, antes de comenzar a reírse.