LENA
La cocina era tan lóbrega como la sala de estar. Un desvaído papel tapiz que se veía de una tonalidad café clara adornaba las paredes, las estanterías eran de madera oscura igual que el mesón de la cocina, y una estufa vieja y un tanto destartalada proporcionaba calor al lugar. El mobiliario consistía en una mesa redonda y dos sillas de madera que hacían las veces de comedor. Todo estaba muy limpio, pero se veía demasiado viejo.
—No puedo aparecer contigo en King´s Cross mañana —dijo Severus mientras ponía un plato de espagueti frente a mí.
—Lo sé. Tomaré un taxi —dije comenzando a atacar el plato.
Él se sentó frente a mí y comenzó a comer, con más modales que yo, indudablemente. En mi defensa debo agregar que llevaba todo el día sin comer casi nada y me estaba muriendo de hambre. No es posible comer mientras los pastores de tu congregación intentan convencer a tus padres de enclaustrarte en la casa.
—¿Un taxi? —Severus arqueó una ceja, burlón.
—No tengo licencia para aparecerme. No he tomado el examen —me excusé —. Hasta ayer era menor de edad, ¿recuerdas?
Severus hizo una mueca que no supe interpretar.
—Puedes hacerlo este curso —dijo. Se veía pensativo.
—¿Ocurre algo? —pregunté, inquieta. ¿Y si me pedía que me largara? No tenía a donde ir y dormir en la calle no me apetecía demasiado.
—No —se llevó un bocado de pasta y masticó parsimoniosamente —. Tus padres deben estar preocupados. Deberías escribirles.
—No creo que quieran saber de mí justo ahora… Es decir… tú no los conoces —jugueteé con el tenedor en el plato —. Les escribiré desde Hogwarts.
—Si tú lo dices…
Terminamos de comer en silencio y al final yo lavé los platos a la usanza muggle, preocupada por mantener la integridad de la vajilla de Severus. No era muy buena con los hechizos domésticos, en vista de que no había tenido oportunidad de practicarlos en casa. Odiaba haber cumplido apenas la mayoría de edad. Me había perdido de hacer magia en el verano y eso era un tanto frustrante.
—¿Vas a hacer todo sin magia siempre? —se burló Severus asomándose al lavaplatos por encima de mi hombro.
—¿Quieres quedarte sin platos? —respondí con una sonrisa.
—Puedes reparar cosas. Lo sabes ¿no?
—He lavado platos toda mi vida así —dije arrugado la nariz —. No molestes.
Lo escuché reírse detrás de mí. Me encantaba el sonido de su risa, lo atesoraba porque se reía en muy pocas ocasiones.
—Te has vuelto bastante atrevida, Magdalena —dijo mi nombre como saboreando el momento previo a mi enfurruñe.
Me giré con el ceño fruncido y las manos llenas de espuma de jabón.
—No me digas Mag…
Me silenció con un beso, abrazándome por la cintura y levantándome del suelo.
—Serás… —murmuré contra sus labios.
Puse mis brazos alrededor de su cuello, llenándolo de jabón. No pareció importarle mucho, porque continuó besándome cada vez con mayor intensidad. Con un movimiento rápido me sentó sobre el mesón de la cocina, apartando los platos con impaciencia. Sus manos expertas desabrocharon el horrendo vestido azul que mi madre me obligara a usar ese día, deshaciéndose de él en menos de nada.
Besó mis pechos con ávides, arrancando el sujetador sin contemplaciones. Gemí cuando su mano se introdujo entre mis bragas, acariciando aquella zona que sólo él conocía tan bien. Eché la cabeza hacia atrás, con un gritito ronco al sentir sus dedos explorando mi interior. No tenía idea de si el sexo era tan bueno con los demás hombres, pero con Severus era sencillamente perfecto. Sabía exactamente dónde tocar para hacerme ver las estrellas.
Antes de darme cuenta, mis bragas habían desaparecido y el maestro de pociones se fundió conmigo con un ronco jadeo. Él esperó un momento a que me acostumbrara nuevamente a sus dimensiones antes de empezar a entrar y salir con un delicioso vaivén de caderas. Me aferré a su espalda, clavándole las uñas, ansiosa por obtener todo de él. En ese momento comprendí lo mucho que le había echado de menos y lo mal que me sabía la idea de separarme de él en algún momento.
Un gruñido de protesta se escapó de mi garganta cuando él salió de mí para tomarme en sus brazos. Aparentemente había decidido que la cocina no era lo suficientemente cómoda para dichos menesteres, y entre besos y tropezones me llevó a su dormitorio. Era tan oscuro como el de Hogwarts, con la cama de negras sábanas y escasa iluminación.
Me tendió sobre la cama y volvió a entrar en mí con suavidad. Hoy era uno de sus días delicados, pensé complacida. En Severus podía encontrar un amante apasionado y un tanto brusco, pero también uno gentil y delicado. Todavía no me decidía sobre cuál me gustaba más, porque ambos me volvían igual de loca.
—Dios… eres… tan… jodidamente… perfecta —acentuó cada palabra con una suave embestida.
Sentí que me sonrojaba con sus palabras. Él siempre me hacía cumplidos cuando estábamos juntos, pero todavía no me acostumbraba a ellos. Severus solía ser tan frío que cada muestra de cariño me sabía a gloria. Lo abracé, sintiendo que mis sentimientos por él me desbordaban y me dejé llevar por un orgasmo descomunal gritando su nombre. Severus tomó mi grito como una invitación a liberarse él mismo, porque incrementó sus embestidas hasta dejarse ir también.
SEVERUS
Me recosté a su lado y la atraje hacia mí, abrazándola. Aspiré el aroma de su cabello, deleitándome con el conocido olor a miel. Cuando le decía que era perfecta no mentía. Para mí, Lena Heron era perfecta. Era plenamente consciente de que no poseía una belleza despampanante y que su mayor cualidad era ser increíblemente torpe; pero desde que había aceptado mis sentimientos por ella, me parecía que no podría encontrar nada que se le asemejara nunca.
No sabía qué pasaría entre nosotros a futuro, porque siempre había tenido claro que no quería una relación estable o una familia, no después de Lily. Pero no podía negarme a mí mismo que me fastidiaba la idea de que ella encontrase alguien que sí le ofreciera ese tipo de cosas. "Pero si ya lo ha encontrado en Williams", dijo la fastidiosa vocecilla de los celos.
La respiración de Lena se acompasó, profundamente dormida con la cabeza recostada en mi pecho. ¿Qué planeaba hacer con ella? Nunca había recibido una mujer en mi casa, mucho menos en mi cama, y allí estaba ella, en el quinto sueño, ajena al monologo interno que solía desatar en mí. Todo lo que a Lena respectaba, resultaba desconcertante.
Cómo haría para organizar de nuevo mi vida el día en que ella se cansase de jugar y se decidiera por alguien como Williams, o por el mismo Williams. El chico parecía lo suficientemente paciente como para esperarla. Pensaba que ese día resultaría muy doloroso para mí, a pesar de ser consciente de que lo mejor para ella sería aceptar a alguien que le ofreciera la estabilidad que yo no podía. Ella querría tener una familia y yo no estaba en capacidad de ofrecerle nada de eso. Simplemente yo no era un hombre de familia.
Suspiré, acariciando su espalda con suavidad. Le había echado tanto de menos que casi contaba los días para volver a verla, aunque no admitiría eso frente a ella ni bajo amenaza de muerte. Tampoco admitiría de ninguna manera, el temor que me producía pensar en el día en que Lena se cansara de las condiciones tan precarias de la relación que teníamos.
LENA
Odié con cada fibra de mi ser tener que despedirme de Severus, pero debía regresar al colegio para convertirme en una bruja plenamente capacitada. Eso era vital ahora que había roto lazos con mis padres, porque, en vista de que nadie iba a mantenerme, debía buscar una fuente de ingresos apenas terminara el año escolar. E indudablemente, todos los posibles empleadores preferirían una persona que al menos hubiese acabado el colegio.
Severus se despidió de mí en la puerta de su casa, dejándome marchar por mi cuenta. No podíamos arriesgarnos a que alguien nos viese juntos por la calle. Sería bastante sospechoso, así que, muy tempranito puse rumbo a Londres en solitario. Para cuando llegué a la estación, estaba muerta de hambre y sumamente cansada de cargar con el baúl y el gato. Lamenté de nuevo no haber podido obtener mi licencia de aparición todavía y con las últimas fuerzas atravesé la barrera y me subí al tren.
Mis amigos se me unieron unos cuantos minutos después. Me sentí feliz de verlos a todos y me sorprendió lo mucho que parecía haber crecido Theo en sólo unas semanas. Estaba más fornido que antes, como si hubiese hecho mucho ejercicio, y su piel tenía un bronceado bastante atractivo.
—Te he traído algo —dijo Theo rebuscando en su mochila.
—No será otro libro donde aparece la gente con las tripas de fuera, ¿verdad? —preguntó Collette, recostándose en el asiento y poniendo la cabeza sobre las piernas de Ben.
El pelirrojo sonrió y comenzó a acariciarle el negro cabello, mirándola como si no se terminara de creer que la chica estaba allí. Me aguanté las ganas de reír ante la expresión de Ben, sabiendo que el muchacho estaba en las nubes desde que él y Collette decidieran ser pareja al final del curso anterior. ¡Qué lucha para todo!
—No. Mucho mejor —dijo Theo sin ofenderse —. ¡Taran!
Puso frente a mi nariz un sobre de pergamino con el membrete del Hospital San Mungo. Lo tomé, un tanto confundida, sin saber qué se traía Theo entre manos.
—¿Qué es esto? —pregunté abriendo el sobre con delicadeza.
—Tu boleto para el programa —respondió Theo con una enorme sonrisa.
Fruncí el entrecejo, incrédula. Desdoblé la carta y me dispuse a leerla.
Señorita M. Heron.
Nos complace informarle que ha sido preseleccionada para el programa de formación de sanadores del Hospital San Mungo para enfermedades y heridas mágicas. Le recordamos que su admisión se completará únicamente si cumple con las notas requeridas en los próximos EXTASIS, las cuales equivalen al Extraordinario en las asignaturas indispensables.
Atentamente,
Ferdinand Grey.
Coordinador en jefe.
Programa de formación de sanadores
Hospital San Mungo para enfermedades y heridas mágicas.
—¿Cómo es que tienes esto? —pregunté, asombrada.
—Mi madre es la encargada de enviar las cartas de preadmisión y las de admisión —dijo encogiéndose de hombros —. Le pedí que me dejara entregarte la tuya personalmente.
—¡Es increíble! Dudaba que con los TIMOS que tenía me alcanzara —chillé emocionada —. También has quedado ¿Verdad?
—Sí que sí —asintió.
Volví a soltar un chillido y lo abracé con fuerza. Theo me dio un apretón, levantándome del suelo en el proceso.
—Felicidades, Lena —dijo Ben desde su asiento.
—Es maravilloso, Lena —dijo Collette.
—Gracias, chicos —me solté de Theo y volví a contemplar la carta —. Sin ustedes no habría tenido ni medio TIMO.
—¿A mí no me agradeces? —preguntó Theo haciendo un mohín.
—¡Hey! Que tu no estabas en este carro en ese tiempo, impostor —dijo Collette.
—Ah, cierto —dijo Theo arrugando la nariz.
