LENA

—¿Pociones dobles con Slytherin? ¡Uff! —dijo Theo en mi oreja.

—Ya es costumbre —respondió Collette al otro lado de la mesa.

—Este año se define quien cae primero. Le voy cinco galeones a Carter —dijo Ben con una risita.

—¡Ja, ja! Divertidísimo —gruñí poniendo los ojos en blanco.

Tomé una tostada para llevármela a la boca, pero Theo me la quitó de la mano a mitad de camino.

—¡Oye! —exclamé, girándome molesta, justo a tiempo para ver cómo le daba un mordisco.

—¿Qué? —dijo con la boca llena.

—Tienes comida en tu mesa —lo reñí.

—¿Y? —me guiñó un ojo antes de marcharse.

Solté un bufido exasperado y me giré nuevamente con la intención de servirme otra tostada. Para mi mala suerte la charola estaba vacía y sólo quedaban panqués de pasas. Hice una mueca de asco y me serví un vaso de jugo de naranja, lamentándome internamente por mi tostada perdida.

Miré hacia la mesa de los profesores y casi me atraganto con el jugo. La profesora Louper estaba detrás de Severus, inclinada sobre su oído, hablándole MUY de cerca. La mano de la mujer permanecía sobre su hombro y Severus asentía con expresión seria. Apreté la mandíbula, con la bestia de los celos removiéndose en mi estómago. ¿Qué se creía esa mujer? ¿Cómo se atrevía a acercarse tanto a mi…? ¿A mi qué? Los celos se apagaron y dieron paso a una sensación de abatimiento. Severus y yo no éramos algo propiamente dicho ¿no? Nunca habíamos tenido una conversación al respecto y nuestra relación no tenía un título.

—¡Lena!

Collette chasqueaba los dedos frente a mis ojos, trayéndome de nuevo a la tierra.

—Vamos. Si llegamos después de Snape, será un mal día —dijo Ben.

Me puse de pie, dando otra rápida mirada a la mesa de los profesores. Severus ya no estaba. Y Louper tampoco.

—Date prisa —dijo Collette con impaciencia, comenzando a andar de la mano de Ben.

Los seguí, con un nudo en la garganta. ¿Estaría Severus con Louper en ese momento? Sacudí la cabeza, intentando despejarme. Él y yo ya habíamos hablado al respecto el año anterior. Su relación con la maestra de transfiguraciones había terminado. No debería sentirme insegura al respecto.

Llegamos con un par de minutos de antelación al aula de pociones, ubicándonos en la mesa de siempre, a la izquierda. Todos los demás estudiantes ya estaban en sus lugares, esperando a que la clase diera inicio. Sin embargo, Severus no llegó hasta pasada media hora.

—Filtro para muertos en vida —dijo cerrando de un portazo —. Quiero una muestra sobre mi escritorio al final de la clase. Quien no lo consiga, que no se moleste en regresar.

Pasó entre las mesas rumbo a su escritorio sin mirar a nadie. Se veía enfadado, inclusive furioso. Su rostro, normalmente pálido, estaba casi traslúcido cuando se sentó en su silla. Me pregunté qué le habría ocurrido para hacerlo llegar tarde y tan alterado. ¿Tendría que ver con Louper?

—Psss, sanadora. Que se te hace tarde —dijo Ben tomando mi mano y poniendo el mango del cuchillo en mi palma —¿Estás aquí hoy?

—Sí… Sí, claro —dije sintiendo que se me calentaban las orejas.

Me dispuse a trabajar en la poción lo mejor que podía, sin dejar de lanzar miradas furtivas a Severus, quien ahora se paseaba entre las mesas observando el trabajo de los alumnos. Su expresión seguía siendo la de alguien dispuesto a matar al primero en cometer un error, por lo que no me atreví a hacer alguna tontería que me acarreara un castigo falso.

—Continúen trabajando. Vuelvo enseguida —dijo Severus antes de salir del salón.

Estaba tan distraída, pensando en lo sumamente inusual que era ver a Severus abandonando el salón a mitad de la clase, que la hoja del cuchillo resbaló por el borde del grano de sopóforo que intentaba cortar, haciendo que el grano saliese despedido al otro lado del salón, estrellándose contra la frente de Carter.

—¡Fíjate en lo que haces, fenómeno! —exclamó Carter furioso, yendo hasta mi mesa y arrojando el grano de sopóforo contra mi pecho. Logré atraparlo antes de que cayera al suelo.

—Fue un accidente, Carter —dije volviendo a tratar de cortar el grano.

—¿Cómo es que llegaste al nivel EXTASIS siendo tan inútil? —escupió Carter.

—Vete a la mierda —respondí, dejando de lado el sopóforo y haciéndole frente al Slytherin.

—¿Me estás invitando a tu casa, sangre sucia? —Carter acercó su rostro al mío, con gesto intimidante.

—Basta, Carter —dijo Collette tirando de la manga de la túnica del chico.

—No me toques, francesa de mierda —murmuró Carter soltándose de un tirón.

—¿Qué has dicho? —dijo Ben, tomando a Carter del hombro, obligándolo a retroceder.

El pelirrojo se irguió en toda su estatura, sobrepasando a Carter por varios centímetros. El Slytherin le hizo frente, mirándolo con asco.

—¿Qué piensas hacer, cuatrojos? —preguntó Carter con tono burlón.

—Te voy a partir la cara, donde sigas molestando —dijo Ben con el rostro crispado de rabia.

—¿Me vas a partir la cara? ¿Eres un muggle como tu amiga?

Todo el mundo había dejado de lado el trabajo y observaba el enfrentamiento entre los dos muchachos. El pelirrojo y el rubio se miraban con profundo odio.

—No vales un encantamiento —dijo Ben acercándose un poco más a Carter.

—Valgo más que tu puta francesa y todos sus compatriotas juntos, Weasley.

—¡Ben, no! —exclamó Collette cuando Ben descargó su puño contra la mejilla de Carter.

Mi amiga sujetó a Ben por un brazo, tratando de alejarlo de Carter, quien se apoyaba en la mesa, escupiendo sangre en el suelo. Muda de asombro, me uní a los esfuerzos de Collette, arrastrando a Ben lejos del Slytherin. Los demás Slytherin parecieron salir del trance que les generó ver al Weasley psicorrígido golpeando a alguien, y comenzaron a acercarse con actitud amenazadora. Los demás Hufflepuff se miraron entre ellos, como sopesando qué tanto merecía la pena inmiscuirse en el enfrentamiento.

Los Hufflepuff no tuvieron que decidir, porque justo en el momento en que yo soltaba a Ben y sacaba mi varita, Severus abrió la puerta del aula. Todo el mundo se quedó petrificado ante la mirada asesina con la que el pocionista recorrió el salón.

—¿Qué están haciendo? —preguntó peligrosamente, deteniendo su mirada en mí.

Lamenté ser la única que tenía la varita en alto y bajé el brazo, acobardada ante sus ojos. Ben había dejado de debatirse ante el agarre de Collette y permanecía tieso a mi lado, con el rostro tan rojo como su cabello. Collette, todavía sujetando el brazo de Ben, estaba tan pálida como el papel.

—Weasley le ha dado un puñetazo a Carter —dijo Bulstrode ayudando a Carter a enderezarse —. Le ha partido el labio.

—¿Weasley? —dijo Severus con tono escéptico.

—Pero Heron lo ha empezado todo —dijo una chica de Slytherin señalándome con un dedo acusador —. Le ha arrojado el sopóforo a la cara.

—¿Por qué no me extraña? —dijo Severus sin apartar su mirada de mi escuálida persona.

—Fue un accidente —me defendí.

—Todo se trata de accidentes contigo, Heron —dijo Severus.

El comentario se me hizo tan cruel que no fui capaz de articular otra palabra y bajé la cabeza con la sensación de tener arena en los ojos.

—A sus puestos —dijo Severus.

No tuvo que repetirlo dos veces. Los Slytherin se atropellaron entre ellos para regresar a sus lugares, temerosos de una represalia por parte del profesor. Ben y Collette también emprendieron camino hacia la mesa, seguidos por mí.

—Tú no. Fuera de mi clase, Heron —dijo Severus secamente —. No quiero volver a verte en este salón.

Levanté la mirada hacia él, horrorizada. ¿De verdad me estaba echando? Necesitaba terminar pociones para acceder a San Mungo. Él lo sabía. Sin embargo, su expresión me daba a entender que estaba decidido a correrme. Me miraba con tanto fastidio que no parecía el mismo hombre con el que compartiera tantas noches.

—¿No entiendes español? —Severus se aproximó a mí y me tomó del brazo, tirando de mí fuera del salón.

Apreté los labios y aguantando las ganas de llorar, le permití arrastrarme fuera de clase. Salimos del salón, él tirando de mi brazo y yo dando traspiés para seguirle el ritmo. Sólo se detuvo cuando llegamos frente a su despacho para abrir la puerta. Me soltó, indicándome con un gesto de cabeza que entrara. Obedecí, todavía conmocionada.

—Me tienes harto —dijo cerrando de un portazo —. ¿Te crees con derecho de convertir mis clases en un circo?

—De verdad fue un accidente —balbuceé con tono suplicante —. Carter empezó a ofendernos…

—Suficiente, Heron —levantó la mano, indicando que me callara —. Si no puedes comportarte como un ser humano normal, no pienso recibirte en mi clase.

—Necesito cursar pociones —dije, horrorizada ante la idea de que cumpliera su amenaza —. Sabes que quiero entrar a San Mungo.

—No me tutees —dijo con voz molesta. Después, con una frialdad que no le había escuchado nunca, añadió: —Dudo que puedas llevar una carrera que implica tanta responsabilidad.

Abrí la boca y volví a cerrarla, quedándome sin palabras para responder a su cruel afirmación. De verdad había creído que él confiaba en mi capacidad para lograr mi sueño de ser sanadora. Tenía un nudo en la garganta y sentía que me iba a echar a llorar en cualquier momento.

—No puedo lidiar contigo, Heron. Tus tonterías me superan —continuó Severus. Fue hasta una estantería y se quedó mirando los frascos, dándome la espalda —. A partir de este momento rompo cualquier vínculo contigo.

—¿Q-qué significa eso? —logré articular con un hilo de voz.

—No creo que tu torpeza te impida comprender lo que significa —dijo con frialdad —. Significa que te quiero fuera de mi vida.

—¿Estás de broma? —balbuceé estúpidamente.

Era absurdo. ¿Severus me estaba mandando a freír espárragos por culpa de un enfrentamiento con Carter? La sola idea era risible. Algo más debía estar pasando para que tomara una determinación como esa.

—No. No es una broma.

—Nunca te has molestado tanto por una pelea con Carter.

—Toda la clase estaba a punto de pelearse —se giró de nuevo hacia mí con expresión pétrea —. No ha sido sólo Carter.

—Algo te pasaba desde antes —dije, recordando la expresión de su rostro cuando llegó a clases —. Incluso llegaste tarde. Esto no es por Carter ¿verdad?

Guardó silencio un momento, con la mandíbula apretada. Esperé impaciente su respuesta.

—Sí, es por Carter —dijo al fin.

—Mientes… —odiaba la idea de verme como una loca celosa, pero no iba a quedarme con la duda —. ¿Es por Louper? Vi cómo te hablaba en el desayuno. Lo de Carter es una excusa, ¿no? ¿Ella y tú…?

Me miró a los ojos por lo que pareció una eternidad antes de dignarse a responder.

—Sí —respondió.

Cerré los ojos y asentí con la cabeza, respirando para serenarme.

—Dime algo: ¿Me utilizaste para darle celos, o algo así? —pregunté cuando me sentí capaz de abrir los ojos, tratando de que mi voz no se quebrara.

—Sí —dijo sin apartar la mirada.

Asentí de nuevo con los labios apretados.

—No pienso renunciar a las clases de ninguna manera —dije con la sensación de tener la garganta envuelta en llamas. Di media vuelta y abrí la puerta para salir —. Felicidades… por Louper.

Cerré tras de mí con delicadeza. No tenía fuerzas para derrumbarle la puerta, tal como habría querido hacer. A pesar de haber dicho que no pensaba renunciar a las clases de pociones, no me dirigí al aula para terminar el trabajo del día, sino que emprendí camino a mi dormitorio, preguntándome si al acostarme quizás me despertaría de la pesadilla que estaba viviendo esa mañana.

Me dejé caer en la cama y me hice un ovillo entre las cobijas, cerrando los ojos con fuerza. Sentía como si una prensa me estuviese aprisionando el pecho, ahogándome lentamente, impidiéndome respirar con normalidad. Un sollozo se escapó de mi garganta, desatando con él un llanto imposible de controlar.

Si alguien me hubiese dicho que un ser humano podía llorar durante tantas horas seguidas, me habría echado a reír, exponiendo mi firme creencia de que era imposible. Sin embargo, ese día comprobé que tenía una fuente inagotable de lágrimas para derramar. Me sentía tonta por haber permitido que un hombre me utilizara de semejante manera. No me importaba que me hubiese llevado a la cama; lo que me ofendía realmente, era saber que él todo el tiempo había pensado que yo era sólo una chica torpe con quien darle celos a la mujer con la que estaba peleado. Ni en mis sueños más locos habría imaginado que el increíblemente serio profesor de pociones era sólo un imbécil inmaduro más.

—¿Lena? ¿Qué ha pasado? —preguntó la voz de Collette.

—Nada —dije secamente —. Quiero dormir.

Escuché la puerta del cuarto cerrarse nuevamente. Me sentí todavía peor por haber sido tan fría con mi mejor amiga. Ella me había defendido de Carter y yo le pagaba comportándome como una imbécil.

Al día siguiente Collette trató de convencerme de salir de la cama para ir a desayunar, pero me limité a murmurar algo sobre un dolor de cabeza y me negué a abrir las cortinas. Ya no lloraba. Me limitaba a mirar con ojos secos las horrendas cortinas, todavía hecha un ovillo. Apenas y me había movido para estirar los músculos agarrotados, para después recuperar la misma posición, como si permanecer encogida me aportarse alguna clase de alivio emocional.

Por la noche, Collette se negó a marcharse y, abriendo las cortinas, se sentó a mi lado, apartándome el revuelto pelo de la cara. No respondí, limitándome a seguir mirando las cortinas. No puedo decir que recuerde muy bien en qué pensaba en ese momento. Era más bien como si no pensara en nada, como una concha desocupada.

—¿Snape te ha hecho algo? —mi amiga sonaba realmente preocupada.

Ahora que lo pensaba, Severus había estado lejos de mis pensamientos todo ese tiempo. Como me había limitado a contemplar las cortinas sin casi pensar en nada, la mención del maestro de pociones me regresó de golpe a la realidad. De nuevo recreé en mi mente la forma en que me había mandado al diablo, sintiendo como el aire se volvía difícil de respirar nuevamente. Negué con la cabeza y abrí la boca para dar alguna excusa sobre mi estado cuasi catatónico. En lugar de palabras, se me escapó un graznido que se transformó casi de inmediato en sollozos que parecían no tener fin. Después de más de veinticuatro horas en silencio, no pensé que pudiese emitir semejantes sonidos.

—Oh, Lena —dijo Collette con voz angustiada.


COLLETTE

Lena no parecía capaz de articular ningún sonido coherente en ese momento. Lloraba a moco tendido, dando sollozos como única respuesta a mis preguntas. Me carcomió la culpa por dejarla sola todo el día mientras los demás íbamos a clases.

—Dime qué te hizo —insistí, maldiciendo mentalmente a Snape, pensando que, si ella lloraba de esa forma ante su mención, era porque él le debía haber hecho pasar un rato verdaderamente malo.

El hombre la había sacado de clases a rastras y, conociéndolo, seguramente le había dicho mil cosas crueles, aprovechando que no había ningún testigo. Me preocupaba que el tipejo cumpliese su amenaza de expulsarla de su clase, porque sabía lo importante que era para Lena ser aceptada en el programa de medimagos de San Mungo. ¿Y si era esa la causa del llanto de mi amiga? Me mordí el labio mientras acariciaba su cabello, viéndola llorar compulsivamente.

—¿Snape te ha expulsado? —me atreví a preguntar.

Negó con la cabeza, sin dejar de llorar.

—Por favor. Dime qué pasa entonces —dije subiendo un poco la voz.

Eso pareció empeorar la situación, porque la chica abrió la boca como si fuese a contestar para cerrarla inmediatamente y comenzar a llorar más fuerte que antes. La puerta se abrió y entraron nuestras tres compañeras de cuarto riendo y bromeando.

—¿Qué ocurre? —dijo Eva Hudson acercándose a la cama con curiosidad.

Las otras dos chicas, Marie Anderson y Laurie King, dejaron de reírse y también se acercaron a contemplar a la sollozante Lena. La chica lloraba de tal manera que las tres compañeras y yo nos miramos, buscando silenciosamente respuestas sobre qué hacer a continuación.

—¿La han expulsado? —preguntó Laurie por encima del llanto de Lena.

—Dice que no —dije.

—¿Le habrá gritado mucho Snape? —preguntó Marie con voz asustada —. Él da mucho miedo.

Lena lloró más fuerte ante la mención de Snape, logrando asustarme todavía más. Ahora que lo pensaba, ella llevaba dos días sin salir de la habitación, negándose a comer ni beber nada. Me parecía casi milagroso que tuviese lágrimas todavía.

—¿Puedes quedarte con ella un momento? —le pregunté a Eva.

—Eh… claro —dijo poco convencida.

—No me tardo —dije, jurando mentalmente que la maldeciría si se atrevía a dejarla sola.

Salí como un vendaval del dormitorio, bajando las escaleras de dos en dos. Encontré a Ben enfrascado en la lectura de algún aburridísimo libro que no recuerdo.

—Lena no está bien —sentencié.

Mi novio bufó con aire divertido.

—¿Cuándo ha estado bien Lena? —dijo sin dejar su lectura.

—Es en serio, Ben —dije, quitándole el libro de las manos y poniéndolo sobre la mesa —. No deja de llorar. No sé qué hacer.

Ben frunció el entrecejo. Parecía confundido.

—¿De verdad está llorando? Nunca la he visto llorar —dijo pensativo.

—¡Por eso, Ben! Algo serio le ocurre —dije exasperada por la lentitud del Weasley —. Podría jurar que Snape le hizo algo.

—Ya nos quitó cien puntos el primer día. ¿Qué más pudo hacerle?

—Yo qué sé. No quiere decir nada.

Ben se levantó con expresión aburrida y me siguió hasta el dormitorio de las chicas. Una de las ventajas de que fuese un prefecto, era que podía entrar a la sección de mujeres sin verse afectado por ello.

En cuanto llegamos al dormitorio, su cara cambió por completo, viéndose casi tan asustado como mis compañeras de cuarto. Los sollozos de Lena eran, si se podía, más fuertes que antes. Laurie le estaba acariciando la cabeza con torpeza, diciendo palabras tranquilizadoras que quedaban ahogadas por el llanto de mi amiga.

—¿Lo ves? —dije señalando a Lena con la mano.

—Creo que necesita un sedante —dijo Eva con voz fastidiada.

La miré de mal talante, pero sin decirle nada, porque muy a mi pesar estaba de acuerdo con ella.

—Voy a llevarla a la enfermería —dijo Ben.

Laurie se levantó de la cama y le dio espacio a Ben para que levantara a Lena en brazos. La chica se acurrucó contra su pecho, aún sollozando. Me pregunté cuánto llamaríamos la atención por el camino mientras caminaba rápidamente tras Ben. Nunca se me había hecho tan largo el camino a la enfermería como ese día. Los alumnos que vagaban por los pasillos se detenían a mirarnos y a cuchichear, estirando el cuello para ver mejor a mi amiga y su mar de lágrimas.

—Va a ser otro año de popularidad —gruñó Ben cuando pasamos por debajo de un muy risueño Peeves.

—¿Más café, panquecito? —cacareó Peeves, zascandileando sobre nosotros en el pasillo de la enfermería.

—Cierra el pico —dije amenazándolo con la varita mientras abría la puerta con la mano libre.

El poltergeist sacó la lengua y con una sonora pedorreta se marchó, dando tumbos por el pasillo. Maldito ente demoníaco, pensé molesta, haciéndome a un lado para que Ben entrara con Lena.

La señora Pomfrey nos dio un sermón por no haberla llevado antes, riñéndonos por culpa de la deshidratación de Lena. Aparentemente llorar también podía deshidratarte, sobre todo si te negabas a ingerir nada por dos días. Me sentí aún peor, culpándome por no mantenerme más al pendiente de ella. Lena siempre estaba para lo que yo necesitara, y yo no era capaz de asegurarme de que no se muriera llorando.

—Le he dado una poción sedante —dijo la enfermera con voz severa —. ¿No van a decirme qué la ha puesto así?

—Ni idea —dijo Ben como por milésima vez.

Habíamos acordado no decir nada, queriendo evitar represalias de Snape hacia Lena. Llegamos a la conclusión de que, si el hombre la había puesto así por una pelea con Carter, sería mucho peor la cosa si la consideraba una soplona. Así que, sin obtener una respuesta por parte de nosotros, la enfermera se marchó refunfuñando.


SEVERUS

Miserable. No había otra palabra para expresar cómo me sentía al momento de enterarme de que Lena estaba en la enfermería. El rumor de que la buscadora de Hufflepuff había sucumbido a un ataque de llanto inconsolable, se había extendido tan rápido como un incendio, llegando a mí a través de una muy molesta Pomona Sprout. La mujer me acusaba de haber hostigado a la chica hasta hacerla colapsar, y me amenazó con no proveerme nunca más de ingredientes si evitaba que Lena acudiese a mis clases. No le llevé la contraria y le aseguré que ella podría regresar a clases cuando gustara.

No habría esperado que ella se pusiese así. No parecía ser el tipo de chica que termina en la enfermería porque no cesa de llorar; aunque claro, tampoco parecía el tipo de chica que se involucra con un profesor mucho mayor que ella. ¿Qué podía hacer? Yo la había cagado involucrándome con ella, sabiendo que era mucho más sensato mantenerla alejada desde el principio. Si me hubiese comportado como un adulto consciente y no como el joven imbécil que aparentaba ser, ella no estaría sufriendo ahora.

La mañana anterior había sido el detonante de todo. Angela se me acercó demasiado, invadiendo cualquier espacio personal, pidiéndome hablar. Me negué con la mayor amabilidad posible, queriendo evitar conflictos, hasta que se agachó junto a mi oído mencionando a Lena. Procuré mantener la calma, sabiendo que no era prudente discutir en pleno gran comedor, aceptando verme con ella al finalizar el desayuno.

—Verás, Severus. No me siento demasiado conforme con tu rechazo —dijo Angela con suavidad, pasando su dedo con suavidad por el frente de mi túnica.

—Ya lo hemos hablado —dije, incómodo ante el contacto.

—Oh, sí. Pero nunca la mencionaste a ella… Heron se veía más inocente de lo que es.

Todas las alarmas de mi cerebro se encendieron ante sus palabras.

—No comprendo de qué hablas —dije fríamente.

Angela se rio sin rastro de humor.

—Nadie más lo sabe, Severus —dijo ignorando mi negativa de los hechos —. Pero al ministerio le encantaría saberlo… Creo que Harry Potter no te podría salvar de algo así ¿verdad?

—Angela… —no sabía cómo convencerla de que estaba en un error.

—No, no, no, Severus —su mano recorrió mi mejilla —. No intentes decir mentiras.

Tomé aire profundamente, deseando poder apartar su mano de un manotón y reprimiéndome a duras penas.

—Bien… ¿qué esperas de todo esto? —dije al fin.

Sonrió maliciosamente, sin apartar la mano de mi cara.

—Quiero que la dejes.

—Angela…

—Has oficial nuestra relación.

—Tú y yo no tenemos una relación —dije con los dientes apretados.

—Si no quieres terminar en Azkaban y que ese maldito incordio sea expulsada, la tendremos —dijo peligrosamente.

Angela ya no sonreía. Su mirada era tan escalofriante, que me pregunté cómo demonios no me di cuenta antes de lo loca que estaba.

—Estás loca —dije apartándole la mano con brusquedad.

—¿Lo estoy, Severus? Ponme a prueba con McGonagall.

Angela dio media vuelta y fue hacia la salida. La alcancé justo a tiempo para evitar que abriera la puerta del despacho, tirando de su brazo con brusquedad hasta hacerla retroceder.

—No te atrevas —siseé amenazante.

—Decídete ahora, Severus —volvió a sonreír —. Si no te importa estar encerrado, tal vez te importe que ese miserable renacuajo termine el colegio.

La amenaza contra Lena fue suficiente para obligarme a ceder. Solté su brazo, mirándola con odio.

—Eso es. Yo mando ahora —sonrió como una niña a la que le acaban de cumplir un capricho —. Vas a terminar con esa tontería hoy mismo. Sabré si no lo haces.


Evidentemente Angela estaba encantada con todo el asunto de Lena y la enfermería. Había venido de visita justo después de que Sprout se marchase, regodeándose en el sufrimiento de la joven que ella tanto despreciaba. La dejé hablar sola tanto como quiso, sorprendiéndome cada vez más de no haber notado lo mal que estaba de la cabeza. Ella era poco menos que una psicópata manipuladora, en extremo peligrosa para los que la rodeaban. Pero justo esa loca era quien se las había arreglado para descubrir mi relación con Lena, poniéndome entre la espada y la pared.

—He hablado con Rita. Estará encantada de mostrarle al mundo cómo el héroe de guerra ha encontrado el amor —anunció tras aburrirse de hablar sobre Lena.

—¿Qué Rita? —pregunté con recelo, prestándole verdadera atención por primera vez.

—¿Pues cuál más? Skeeter, tontito —se irguió hasta quedar sentada en el sofá, aparentemente cansada de haber estado acostada, cual paciente de psiquiátrico.

—No es necesario hacer eso —dije tratando de sonar calmado.

—Oh, yo creo que sí. Todo el mundo va a estar encantado —rio tontamente —. Menos Lena, claro. A lo mejor y se pasea de nuevo por la enfermería.

—Déjala en paz —gruñí, comenzando a enfurecerme de nueva cuenta.

—Eres muy blando, Severus. Pero no lo vas a ser con ella. Tengo ojos y oídos en todas partes, cariño —se puso la mano bajo la barbilla, como si se fuese a tomar una fotografía, y rio de nuevo —. Espero no enterarme de que la tratas diferente de la basura que es. Digo, si quieres que ella termine la escuela.


LENA

Me dieron de alta dos días después, tras demostrarle a la señora Pomfrey que no me iba a echar a llorar nuevamente y que podía comerme un plato completo de comida. A pesar de salir en una hora poco concurrida, me encontré con varias personas en el pasillo y los cuchicheos no se hicieron esperar.

—Ignóralos, Heron —dijo la profesora Sprout a mi lado. Tenía su mano en mi hombro, cosa que no ayudaba en nada.

—Está bien —murmuré, queriendo que me tragara la tierra.

—Mañana vas a ir a pociones como siempre. He conversado un poco con el profesor Snape —dijo en cuanto se abrió el pasadizo a mi sala común.

Asentí, poniendo la mueca más parecida a una sonrisa que pude, tratando de ignorar la punzada de dolor en mi pecho. Supuse que pasaría mucho tiempo antes de dejar de sentirme miserable al escuchar su nombre.

—Bueno… voy a ponerme al día con los deberes —mentí, balanceando los brazos, tensa.

—Sí, sí, claro. Esfuérzate, Heron —la profesora Sprout me palmeó el hombro antes de marcharse.

Suspiré, pensando en lo largo que iba a resultar ese año. En parte lamentaba no haberle seguido la corriente al pastor. Tal vez me habría ahorrado mucho sufrimiento.