—Lena, estás muy distraída —dijo Joshua en el vestidor de Hufflepuff.

—Lo siento. He estado del asco —me disculpé, sabiendo de sobra que la única en cometer errores sin sentido había sido yo.

—No. No tanto así —el chico parecía incómodo —. Sólo concéntrate más. Ndiaye por dos, estuvieron muy bien. Artemis, excelente amague.

Los mellizos Amath y Aminata Ndiaye esbozaron sendas sonrisas en su perfecto rostro de ébano. Los dos chicos iban al tercer curso y su desempeño al volar era alucinante. Parecían tener una conexión que les permitía comunicarse sin palabras, y lo mejor era que integraban a la perfección a Artemis Thomson, la tercera cazadora, quien también sonreía tímidamente ante el elogio del nuevo capitán.

—Takaishi, cubre más tu derecha. Williams sabe ver cualquier baja —continuó Joshua.

Shiro Takaishi asintió con una seca cabezada, con sus ojos llenos de determinación. El muchacho era, por mucho, el mejor guardián que habíamos podido encontrar. Era puntual, incansable y parecía ser capaz de corregir sus errores casi de inmediato. Realmente todos eran muy buenos jugadores, incluso mejores que los compañeros que se habían graduado el curso anterior. Siendo sincera, la única que parecía despistada y fuera de lugar ese año era yo. O al menos, así me sentía.

—Jones… dame eso cinco, hermano —dijo Joshua levantando la mano ante Andrew, quien estrelló su mano con fuerza en la de Joshua —. Que buenos golpes.

—Sí, pero yo no puedo hacer esto: —dijo Andrew arrojando una canica con su mano libre hacia mi cara.

Instintivamente atravesé la mano, interceptando la canica antes de que se estrellara contra mi nariz. Sacudí la mano, soltando un siseo, al sentir el dolor de haber atrapado el objeto sin guante.

—¡Oye! —exclamé molesta.

—¡Wow! —exclamaron los cuatro nuevos miembros del equipo.

—Te dije que tiene alguna mutación —dijo Andrew a Joshua, riendo —. Como injerto de araña.

—Bien, Heron. Tú deja actuar a la araña si estás distraída en el juego —dijo Joshua.

—¡Ja, ja! —dije con sorna.

—Vale. Todos vayan a cenar —dijo Joshua dando una palmada.

Me quité el resto del equipo deportivo y me lavé la cara con agua fría mientras mis compañeros salían del vestier al trote. Estaba un poco mal del estómago y sentía que vomitaría de nuevo en cualquier momento, como cuando me comí un trozo de pizza que mi madre había insistido en que no me comiera. Me miré en el espejo, secándome la cara con una toalla con los colores de mi casa. Estaba muy pálida y tenía las ojeras muy marcadas. Me recogí el corto cabello en una pequeña coleta, pellizcándome un poco las mejillas para darles color. Seguí tan pálida como antes y con la misma sensación de querer devolver hasta la primera papilla.

—Soy un estropajo —dije bajando la mirada al lavabo.

—Sí, pero uno muy bonito —dijo la voz de Theo.

Levanté la mirada, viéndolo reflejado en el espejo. El muchacho estaba recostado despreocupadamente contra el marco de la puerta.

—¿No deberías estar cenando? —pregunté sonriendo con desgana.

—Igual que tú —dijo sin inmutarse.

—No tengo hambre —dije dándome la vuelta y yendo a recoger mi abrigo de la percha en la que reposaba.

—Ya son muchas comidas que te saltas —dijo Theo. Su voz ya no era jocosa.

—No lo creo —dije mientras me ponía el abrigo.

—Podría enumerarlas —dijo con expresión seria.

—Entonces te sobra tiempo —dije arqueando las cejas.

—Me preocupo por ti —se enderezó y se acercó a mi —. Estás delgada. Mucho.

Solté un bufido exasperado, cruzándome de brazos.

—Ocúpate de tus asuntos, Williams —dije molesta.

Yo tenía ojos. Por supuesto que notaba lo mucho que había perdido peso desde que las cosas con Snape terminaran. Era yo quien no sentía hambre y me obligaba a comer día tras día para mantenerme con vida, así que era perfectamente consciente de que los pocos bocados que ingería no eran suficientes para mantenerme con buen aspecto. ¿Qué derecho tenía Theo de decirme lo evidente? Precisamente por eso prefería mantenerme distanciada de Ben y Collette, sobre todo a la hora de las comidas. Ellos también llevaban las últimas tres semanas dando la lata con el tema de mi pérdida de peso.

—Puedes confiar en mí, Lena. Llevas semanas con aspecto de estar al borde del colapso —Theo tomó un mechón de mi cabello y lo apartó de mi frente —. Ya no te reconocemos.

Sus ojos aceituna taladraban los míos con intensidad, como si quisiera leerme la mente.

—Estoy bien —dije con firmeza.

—¡No lo estás! —las manos de Theo sujetaron mis hombros con firmeza —. ¡Mírate!

—¡Estoy bien! —me liberé de su agarre con brusquedad —. ¡Déjame en paz!

Tomé mi escoba y comencé a dirigirme a grandes zancadas hacia la salida. Quería que todo el mundo se fuera al diablo.

—¿Cómo es que él te ha arruinado tanto? —dijo el chico a mi espalda con un dejo de odio en su voz.

Me detuve en seco.

—¿De qué hablas? —dije con la voz más firme que pude.

—Hablo de Snape —el resentimiento en la voz del muchacho era palpable.

La escoba resbaló de mi mano hasta caer al suelo. Me giré, sorprendida, mirándolo sin dar crédito a mis oídos. Theo parecía haberse convertido en adulto en los últimos cinco minutos. No había rastro del chico bromista y despreocupado.

—¿C-cómo…? —balbuceé estúpidamente.

—Que los demás sean demasiado estúpidos para verlo, no significa que yo también lo sea —respondió.

—N-no… No sé qué crees…

—He visto cómo lo miras, Lena. Cómo te afecta cada mención de su nombre —Theo dio un par de pasos hacia mí, sin apartar su mirada —. Al principio pensé que eran ideas mías, pero te he observado. Y también a él… Por la forma en que lo he visto mirarte, podría jurar que las cosas han trascendido bastante entre los dos.

Negué con la cabeza, incapaz de articular palabra. Empezaba a ver borroso por las lágrimas que comenzaban a acumularse en mis ojos.

—¿Estoy en un error? Me encantaría estar en un error —el chico se acercó más y tomó mi mano.

Quise negarlo todo, pero no fui capaz. Me quedé allí de pie, con mi mano helada en la cálida mano de Theo, sin poder contener las lágrimas que resbalaban por mis mejillas. Le sostuve la mirada, sin saber si debía sentir vergüenza o culpa.

—He sido muy estúpida —dije con voz gangosa.

—¿No estabas al tanto de mi tía? —preguntó Theo, comprensivo.

Negué con la cabeza, tragando saliva con fuerza.

—Él no vale lo que te estás haciendo, Lena —dijo Theo con firmeza.

—Estoy mejor que antes —mentí, tratando de excusarme.

Theo sonrió antes de envolverme en un fuerte abrazo. También lo abracé, permitiéndome llorar de nuevo, desahogándome, queriendo explicar lo tonta que había sido y lo mucho que lamentaba ser tan ingenua.


Me levanté de la cama con mucho esfuerzo. Me sentía terriblemente cansada, como si en lugar de dormir hubiese corrido una maratón. Me bañé y me vestí con desgana, lamentando haberle prometido a Theo que bajaría a desayunar. Pero el chico había sido tan comprensivo, que no pude negarme a hacerle la promesa de esforzarme por salir del agujero donde estaba últimamente.

—¡Lena! —exclamó Collette, con una enorme sonrisa en su bello rostro en cuanto me vio aparecer en el gran comedor —. Hay waffles ¿Te sirvo?

Ben también sonrió y le alcanzó la bandeja con los waffles a Collette.

—Sí. Gracias —dije sentándome junto a ella.

—¿Quieres algo más? —preguntó la chica poniendo un par de waffles en mi plato —Hay crema… ¡Ben, la crema!

El Weasley estuvo a punto de ponerse de pie para alcanzar la crema batida, que por cierto estaba bastante lejos de nosotros.

—Así están bien —dije, haciendo que Ben se detuviera.

—Puedo ir por ella. No me molesta —dijo Ben alegremente.

—No hace falta —dije tomando el tenedor y partiendo un trocito de waffle.

¿Hacía cuánto tiempo no desayunaba con waffles? Recordaba picar algo de fruta ocasional, beber jugo de lo que estuviese más cerca y ya. No solía comer más nada, siempre negándome a mirar a la mesa de los profesores y marchándome pocos minutos después de llegar al comedor. No me apetecía en absoluto probar la comida en mi plato, pero era consciente de que Theo debía estar observándome, comprobando si cumplía mi promesa.

Suspiré y me llevé el trocito de waffle a la boca, masticando lentamente, casi con desgana. El estómago se me revolvió cuando me obligué a tragar, pero me mantuve en mi asiento, respirando profundamente para forzarme a mantener dentro la comida.

—¿Estás bien? —preguntó Collette con expresión preocupada.

Asentí, obligándome a sonreír.

—¿Segura? —insistió mi amiga.

—Sí. Totalmente —respondí.

Logré comerme uno de los dos waffles y beberme medio vaso de jugo de naranja. No había sido demasiado, pero estaba bien para ser la primera comida del día. Creía que si comía más seguramente vomitaría en medio del gran comedor. No era una gran forma de iniciar la semana, así que preferí ser prudente.

—¿Qué tal estuvo el entrenamiento? Me dormí antes de que llegaras —dijo Collette animadamente.

—Los chicos nuevos son geniales. Deberías haber visto a Takaishi —dije recordando la forma de volar de los nuevos miembros del equipo.

—¿Es bueno? —preguntó Ben.

—Absolutamente brillante —aseguré.

—Takaishi no está mal… un poco bajito para mi gusto —dijo Collette estirando el cuello para ver al guardameta al otro lado de la mesa —. Es de nuestra edad ¿no?

—¿Estás buscándole novio a Lena? ¿Qué hay de Theo? —preguntó Ben, haciendo otro tanto.

—No es lo suyo —respondió Collette.

—Sigo aquí. Lo saben ¿no? —dije sin saber si reír o exasperarme.


SEVERUS

—¿Cenamos juntos esta noche? —preguntó Angela.

—Hmmm —respondí sin apartar la mirada de la mesa de los Hufflepuff.

—A las ocho, entonces —dijo ella con voz alegre.

—Hmmm —fue mi nueva respuesta.

—Se le ve desmejorada ¿no? —ella se inclinó un poco más hacia mi oído —. Has hecho un buen trabajo, Severus.

Esta vez no respondí. Ella tenía razón: Lena se veía terrible. No tenía que ver con su nuevo corte de cabello, que por cierto me agradaba bastante, sino con la forma en que le quedaba la ropa. Era como si se estuviese poniendo prendas dos tallas más grandes, viéndose enjuta y cansada. En poco más de un mes me había encargado de convertir a la risueña y alborotadora Magdalena Heron, en poco más que una sombra cuya presencia apenas se sentía. Ya ni siquiera se peleaba con Carter, limitándose a ignorar sus comentarios hirientes acerca de su aspecto.

¿Cuánto más iba a continuar así? Me comenzaba a preocupar por su salud. Cada día parecía empeorar. Si tan sólo pudiese deshacerme de Angela, quizás podría remediar el daño que le estaba causando a Lena. Pero no había forma de librarme de la desequilibrada maestra de transformaciones, y menos ahora que todo el maldito país era conocedor del "romance". Sería muy sospechoso y, para ser sincero, lo de matar gente no era lo que más disfrutaba hacer. Además, dudaba que alguien como ella dejase cabos sueltos y, muy seguramente, habría encontrado la forma de ponerme al descubierto si le llegaba a pasar algo.

—Pero no ha llorado últimamente en tu clase ¿verdad? —susurró otra vez con una risita —. Me gustaría escuchar eso hoy…

Sin otra opción, más que aguantarme las ganas de estrangular a Angela, me puse de pie para irme a dar la primera clase de pociones de la semana. Me esperaban dos horas para ver cómo Lena trabajaba en silencio, con su ropa demasiado holgada y su rostro demacrado. Dos horas de escuchar las burlas de Carter y los demás Slytherin hacia ella, sin poder decir nada para defenderla, incluso hiriéndola yo también para mantener feliz a doña psiquiátrica.


LENA

¿Era impresión mía o el salón olía peor que nunca? Pensé mientras me dirigía a mi puesto, junto a Ben y Collette. Severus ya estaba en su escritorio, con una palangana frente a él, sobre la mesa. Tuve el presentimiento de que el olor provenía del recipiente y deseé poder mantenerme alejada de eso.

—Poción coagulante —dijo Severus en cuanto el último alumno estuvo en su puesto — ¿Quién puede decirme su ingrediente principal?

Ben levantó la mano, pero Severus pasó de él.

—¿Heron? —preguntó fijando sus negros ojos en mí.

—B-bazos de rata —respondí dubitativamente.

—Así es. Bazos de rata —asintió Severus y señaló la palangana frente a él —. Y nos harás el honor de repartirlos entre tus compañeros.

Oh, Dios, ¡no!, pensé abatida, sintiendo la repulsión en la boca del estómago. Nunca había tenido problemas con las cosas asquerosas, pero últimamente no estaba muy dispuesta a manipularlas.

Me acerqué con paso lento, como quien camina hacia el patíbulo, respirando por la boca, queriendo evitar el aroma que se intensificaba con cada paso. Una vez frente al escritorio, me atreví a mirarlo a los ojos. ¿Por qué me hacía esto? Yo no era la que le había fallado. ¿Por qué me trataba como si yo fuese culpable de algo?

—Date prisa —ordenó.

Bajé la mirada hacia el revoltijo de vísceras dentro del tazón metálico, apretando los dientes y haciendo una mueca de asco. Recorrí la mesa con la mirada, buscando con qué servirles los bazos a mis compañeros.

—¿Qué esperas, Heron? —inquirió con voz aburrida.

—No veo el cucharón —respondí en voz baja.

—No lo necesitas… La medida es un puñado. Entrégaselos medido —dijo como si fuese lo más simple del mundo —. Sin guantes… Para no alterar la porción.

Mi primer impulso fue negarme y mandarlo al diablo, pero la necesidad de poder presentar los EXTASIS de pociones me obligó a serenarme. Tomé el platón con la mano izquierda y me dirigí hacia mis compañeros, dispuesta a cumplir con la labor encomendada.

—Es una pena que no fuesen huesos —escuché decir a Carter en voz baja, pero audible —. Habríamos usado los de Heron.

Tranquila, tranquila, tranquila, me repetí mentalmente, intentando no caer en las provocaciones de Carter, mientras los Slytherins se reían por lo bajo. No era como si no estuviese acostumbrada a que el muy imbécil buscara puntos débiles para burlarse. Antes de que mi delgadez se hiciese evidente, me incordiaba por lo que él mismo había hecho con mi cabello. No eran nuevas sus burlas, así que ni al caso. Lamentablemente, el cretino estaba en un lugar del frente por lo que sería el primero en recibir el ingrediente.

—¿Qué? —dijo en cuanto llegué a su lado.

—Pon tu bandeja —le pedí lo más amablemente que pude.

—Ponla tú —dijo con una sonrisa cruel.

Sabiendo que yo tendría las de perder si se iniciaba una discusión, tomé la bandeja de la mesa de Carter y la acerqué para poder depositar los bazos de rata en su superficie.

—Ñomi, ñomi —dijo Carter mirando el interior de la palangana llena de bazos —¿No se te antojan? ¿No comes ni esto?

No respondí y bajé la mirada hacia los bazos. No quería hacerlo, realmente no me sentía capaz de meter la mano ahí sin más. Apreté los dientes, luchando con la imperiosa necesidad de soltar el tazón y salir corriendo.

—¡Muévete, Heron! —dijo Snape en voz alta, sobresaltándome.

—Sí. Muévete, Heron —murmuró Carter, burlón.

Tomando aire por la boca, metí la mano en el tazón. La sensación viscosa me produjo una arcada. Traté de ignorar las ganas de vomitar y tomé un puñado de bazos de rata en mi mano. Eran sumamente difíciles de sostener y tan pronto traté de cerrar la mano, estos resbalaron entre mis dedos.

—¿Vas a arrojar la papilla? —se burló Carter, encantadísimo ante la visión.

Solté la palangana, que cayó con estrepito en el suelo, salpicando las vísceras de rata por todos lados, incluyendo mis propios zapatos. El asco se hizo con la victoria. La bilis subió por mi garganta, se me llenó la boca de saliva y no tuve otra opción que inclinarme y echar fuera el escaso desayuno. Para mala suerte de Carter, sus zapatos fueron los encargados de recibir mi vómito casi en su totalidad.

—Serás… —gruñó, empujándome con todas sus fuerzas.

Trastabillé hacia atrás, perdiendo el equilibrio. Un par de manos enormes me detuvieron, ayudándome a sentar en el suelo, lejos de las vísceras y el vómito. Cerré los ojos, tratando de frenar la necesidad de seguir vomitando.

—¡Así no, cabrón! —escuché gritar a una voz que no supe reconocer —. No vas a pegar a una mujer delante de mí.

—¡Vete a la mierda, Rodríguez! —gritó a su vez Carter.

—BASTA. LOS DOS — gritó la voz de Severus.

—Lena. Háblame —las manos de Collette me tocaban la frente.

Abrí los ojos a tiempo para ver como Severus separaba a empujones a Carter y, para mi absoluta sorpresa, a Beto Rodríguez, uno de los golpeadores de Slytherin. La nariz de Carter sangraba, pero Rodríguez no tenía un solo rasguño. Todo me daba vueltas y no terminaba de asimilar por qué se estaban peleando los dos Slytherins.

—Deberíamos ir a la enfermería —dijo Ben, agachado junto a Collette.

—Apártense —dijo Severus, sobresaltando a mis amigos.

Ben se levantó tan rápido que casi se le caen las gafas.

—Profesor, ella… —empezó Collette.

—Que se quite, Neveu —repitió Severus.

Collette se apartó, dándole paso a Severus. El hombre se agachó frente a mí, poniendo su mano en mi frente. Estaba muy frío y si la vista no me fallaba, un tanto más pálido de lo normal.

—Arriba —dijo, tomándome por los brazos y tirando de mí hacia arriba.

Me tambaleé, pero me ayudó a mantener el equilibrio sujetándome por la cintura. Me instó a caminar hacia la salida, todavía pendiente de que no me fuese a caer.

—Quiero que todos terminen su trabajo. No voy a repetirlo —dijo antes de salir conmigo al pasillo.

Esperaba que tomáramos el camino hacia la enfermería, pero en lugar de eso, me guío hacia su despacho. Para cuando llegamos, me sentía más despejada y fui capaz de sostenerme en pie mientras él cerraba la puerta. ¿Qué planeaba hacer ahora? ¿Gritarme por haber vomitado en su salón? ¿Culparme de la pelea entre sus estudiantes?

—Vamos a que te limpies —dijo tomando mi brazo con delicadeza y llevándome hasta el baño de su dormitorio.

Me ayudó a quitarme la túnica y a lavarme las manos, restregando mis dedos concienzudamente, sin que ninguno de los dos emitiera ni media palabra. Después me dio un cepillo de dientes nuevo, cosa que agradecí infinitamente cuando pude librarme del sabor amargo del vómito. Él mismo se encargó de desaparecer cualquier tipo de sustancia ajena a mi uniforme, dejándolo como si nunca hubiese estado repartiendo bazos de rata.

—Siéntate —dijo señalando la cama.

—Debo irme. La poción… —comencé.

—No tiene importancia, Lena —me interrumpió con voz firme.

Guardé silencio.

—Me preocupas —dijo él acercándose a mí.

Lo miré con incredulidad. A lo mejor y me estaba soñando todo esto.

—Te ves enferma —continuó, poniendo su mano en mi mejilla.

El corazón me comenzó a bombear a toda maquina ante el contacto de su mano. Necesitaba salir de allí, pero no quería. Le había echado tanto de menos todas esas semanas, que el simple roce de su mano me sabía a gloria.


SEVERUS

Ella me miró fijamente cuando puse mi mano en su mejilla. Sus ojos abandonaron la expresión vacía de las últimas semanas y me miraron con todo el amor de siempre. Todavía me quería, pensé, sin saber si alegrarme por ello. A pesar de todo lo mal que la había tratado, sus sentimientos por mí seguían ahí dentro.

—Lena… —susurré antes de rendirme ante sus ojos.

Acerqué mis labios a los suyos y me permití besarla, sabiendo de sobra lo mal que estaba obrando. Lo peor de todo es que ella correspondió a mi beso, al principio con timidez, para después pegarse a mí casi con necesidad. Retrocedí con ella hasta la cama, trastabillando en medio de besos urgidos de más, sentándome en el borde, con ella a horcajadas sobre mí.

—Severus… —gimió ella en voz baja cuando me deshice de la camisa de su uniforme y me apoderé de sus pechos.

Me dejé caer de espaldas en la cama, con ella todavía sobre mí, besándola como si el futuro de la humanidad dependiera de ello. Aprisioné uno de sus pechos con mi mano, arrancándole un gemido, que nunca supe si fue de placer o dolor, porque ella se incorporó de golpe con una mueca.

—Dios mío, Lena… —murmuré espantado.

Me quedé de piedra al ver su torso semidesnudo y ver lo extremadamente delgada que estaba. Las clavículas se le marcaban, haciendo muy notorios los huecos sobre sus hombros; podría haber contado sus costillas si hubiese querido; y su vientre se apreciaba cóncavo en medio de las prominencias de su cadera.

—No lo digas —dijo ella bajándose y comenzando a buscar su camisa.

Su espalda era tan impresionante como lo demás: las vertebras eran visibles sobre la piel. ¿Cuánto peso había perdido? ¿Seis, ocho kilos? ¡Merín! Si antes a duras penas pesaría unos cincuenta kilos, a lo mucho.

—¿Qué has estado haciendo? ¿Matándote de hambre? —inquirí, levantándome de la cama y comenzando a acomodarme la ropa también.

—He tenido un par de días malos —dijo abotonándose la camisa.

—¿Un par de días? —dije con sorna.

—¡Vete al diablo! —dijo ella de mal talante.

—¿Esto es por mí? Porque déjame decirte que no lo valgo.

—Oh, eso me quedó claro hace semanas.

—¿Entonces?

—¿A ti qué? ¡Preocúpate por la mujer de la amorosa sonrisa!

Se marchó hecha una furia antes de que pudiese responder nada. Así que lo de Angela le había afectado hasta el punto de autodestruirse. Pero bueno, no era posible que su salud física y mental dependiesen de una relación que de todas formas no iba para ningún lado. ¿Recuerdas cuántos años tiene, zoquete? Dijo la vocecilla fastidiosa en mi mente. Maldije mentalmente, dándole la razón a la voz, sabiendo de sobra que ella habría estado de maravilla si la hubiese dejado en paz desde el principio.