LENA
—¡Lena! ¿Estás bien? —Collette se levantó y fue a tocarme la frente con su mano —¿Qué ha hecho Snape?
—Nada. Me ha dado la lata con el desorden de nuevo —mentí.
—Pensamos que estaba preocupado —dijo Ben detrás de Collette.
—¿Él? Primero se congela el infierno —dije con resentimiento.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Ben.
—Bien —respondí secamente.
—Estabas muy pálida —apuntó Collette.
—Debo estar pescando un resfriado —dije como restándole importancia.
Me marché al dormitorio sin esperar la respuesta de mis amigos. Dudaba que se tratase de un resfriado y sinceramente, temía pensar en otras opciones. Tenía un nudo en la garganta, mientras me daba una ducha para intentar relajarme, recordando una y otra vez el dolor que había sentido cuando Severus hizo presión en mi pecho. Llevaba días con una sensibilidad inusitada y podría jurar que el color de las areolas estaba considerablemente más oscuro, sin haber rastro del rosa pálido de antaño. ¿Hacía cuánto que no tenía mi periodo? Sólo sabía que había sido en casa de mis padres, alrededor de dos meses atrás.
—Estás estresada. Sólo estás estresada —dije en voz baja, cubriéndome la cara con las manos, mientras el agua caliente continuaba cayendo sobre mi cabeza.
Tal vez estaba desnutrida. Había leído que la desnutrición hacía que las mujeres dejaran de menstruar. Pero ninguna tenía sensibilidad en los pechos, ¿verdad? La desnutrición no traía consigo cambios en el color de los pezones, ni cansancio, ni nauseas…
No quería ni considerar la posibilidad de estar embarazada. Pero debía planteármela, porque todas las probabilidades jugaban en mi contra. Realmente nunca había tomado alguna medida para prevenirlo, cegada como estaba por mis sentimientos hacia Severus. Nunca había sopesado la idea de que tener relaciones sexuales con mi maestro de pociones podría tener consecuencias de ese tipo. ¿Y si estaba embarazada? Debería haber ocurrido en mi cumpleaños. Esa última vez.
Me descubrí la cara, bajando la mirada hasta mi vientre. Estaba tan delgada que se veía cóncavo, sin aspecto de estar formando un ser humano en su interior. ¿Y si allí estaba creciendo alguien? ¿Qué iba a hacer en ese caso? No tenía ni la más mínima idea. Horrorizada ante la perspectiva de estar esperando un hijo de Severus, cerré la llave del agua con mano temblorosa y salí del baño. ¿Cómo salir de dudas?
¿Y si hablaba con Severus? No. Definitivamente no era una opción. A lo mejor pensaría que quería desestabilizar su perfecta relación con Louper. Pero bien que ha estado al borde de acostarse contigo de nuevo, pensé dolida. Ninguno de los dos ha pensado en Louper en ese momento, continué regañándome mentalmente mientras me vestía. Si pensaras mejor las cosas no estarías en semejante embrollo, ¡idiota!
Severus no había vuelto a ordenarme que repartiera cosas asquerosas en clase y Carter mantenía la distancia, temeroso de que me volviese a transformar en el monstruo de los mil vómitos. Había agradecido a Beto Rodríguez por su intervención ante Carter, pero el muchacho se limitó a negar con la cabeza, restándole importancia. Me sabía un poco mal que el chico se hubiese ganado el rencor de los de su casa, quedándose prácticamente solo por haberse enfrentado a Carter. Sin embargo, tampoco parecía interesado en ser amigo de los Hufflepuff y trabajaba en solitario.
—Ya déjalo, Lena —dijo Ben cuando me vio mirar al Slytherin por lo que parecía la millonésima vez —. El orgullo le puede.
—Es mi culpa que esté solo —alegué.
—No puedes adoptar Slytherins marginados —dijo Collette partiendo una seta por la mitad —. Es su problema.
La espera para el siguiente viaje a Hogsmeade fue una tortura. Estaba tan tensa que solía dar un brinquito cuando la gente me hablaba. Las cosas se me caían de las manos y el viernes anterior a la salida, por poco incendio el aula de transformaciones tratando de convertir un sillón en un piano. Louper me restó veinte puntos y me gritó hasta casi quedarse sin voz.
Dormí bastante mal esa noche, despertando cada dos por tres, hasta que me rendí y me puse de pie, estando lista para salir antes que cualquier otro miembro de mi casa. Ben y Collette se extrañaron por mi repentino entusiasmo por ir al pueblo, en vista de que el curso anterior me había perdido casi todas las salidas.
—Es el último año. Habrá que disfrutarlo ¿no? —dije con voz cándida.
—Sí… supongo que sí —dijo Collette mirándome con recelo, mientras caminaba de la mano de Ben por la calle principal del pueblo.
—Hace frío. ¿Vamos a las Tres escobas? —sugirió Ben, acomodándose el cuello del abrigo para defenderse del frío viento.
Collette y yo estuvimos de acuerdo, por lo que nos adentramos en el bar de la señora Rosmerta. Hacía un calorcito delicioso cuando nos sentamos en una de las mesas del fondo, debatiendo qué beber a continuación. Me pregunté, por primera vez en la vida, si las cervezas de mantequilla tenían alcohol y pedí un chocolate caliente con crema y malvaviscos, por si acaso.
—Voy al baño —dije dejando la taza de chocolate a medio terminar sobre la mesa.
—Tienes la vejiga del tamaño de una nuez —dijo Ben con cara de resignación.
Sonreí, un tanto incómoda de que el chico hubiese notado otro de los brillantes síntomas que me traían con el alma en un hilo. Aproveché que mis amigos se distrajeron haciéndose arrumacos, para salir del bar sigilosamente después de utilizar el baño. Mi meta era ir a la botica del pueblo, comprar lo que sea que utilizaran las brujas como prueba de embarazo y regresar con mis amigos. Ya se me ocurriría alguna excusa por la demora.
Entré en la botica, zascandileando entre mostradores, sin decidirme sobre cómo preguntarle a la vendedora. Definitivamente, yo era toda una tonta en lo referente a afrontar asuntos tan delicados. Al final tomé un ungüento para el dolor de pies y me aproximé al mostrador.
—Llevaré esto —dije.
—Son diez sickles —dijo la vendedora echando una mirada aburrida al producto.
—Y… verá… necesito algo más —dije armándome de valor.
—Tú dime —dijo la vendedora con un poco más de interés.
—Es… necesito confirmar… descartar… —chasqueé la lengua, nerviosa.
—Oh —dijo ella, comprendiendo el asunto. Se agachó un momento bajo el mostrador y sacó dos frasquitos —. Aquí orinas —puso el frasquito vacío sobre el mostrador y levantó el otro, más pequeño y de color ámbar frente a mis ojos —. Después pones esto dentro. El rosa son malas noticias, pequeñita.
—¿Cuánto cuesta? —pregunté.
—Son quince sickles sin el ungüento para pies —dijo ella divertida.
—Gracias —dije sacando el monedero y dejando el dinero sobre el mostrador.
Tomé ambos frasquitos y los metí en el bolsillo de mi abrigo, dispuesta a salir de allí cuanto antes.
—Estás muy joven, cielo —observó la vendedora —¿Qué edad tienes?
—Cuarenta. Tengo problemas de hipófisis —dije de manera cortante.
La mujer soltó un bufido y se dio la vuelta, ofuscada. Por mi parte, salí de la botica en dirección a las Tres escobas de nueva cuenta, temiendo el momento de regresar al castillo. No podía darle más vueltas al asunto y esa misma noche tendría que descartar (o confirmar) mis temores.
—¿Dónde estabas? —preguntó Collette.
—En el baño —mentí.
—Acabas de entrar por la puerta principal —observó Collette con voz acusadora.
—Utilicé otro baño —dije sin gota de vergüenza.
—Pero… —quiso insistir Collette.
—Qué más da —dijo Ben interrumpiendo lo que parecía ser el inicio de un interrogatorio. Collette lo miró ceñuda —. No va a decirnos nada.
Me encogí de hombros ante la mirada de mi amiga y retomé mi chocolate, que ahora estaba frío como culo de foca. Collette tenía aspecto de querer seguir discutiendo, pero Ben la distrajo preguntándole por su sobrino. Collette cambió por completo el semblante y se puso a contar, con lujo de detalles, todas las proezas del pequeño. ¿Cómo le podía resultar fascinante que hiciese burbujas con las babas?
Tras orinar dentro del frasco vacío y añadir el líquido color ámbar, me dispuse a pasar los minutos más largos de mi vida sentada en un rincón del baño. El frasco con la muestra de orina permanecía sobre el lavamanos, tan amarillo como al principio. Me comencé a preguntar si la vendedora no me habría tomado el pelo, cuando el contenido del frasco comenzó a tomar una coloración rosa desde el fondo hasta la superficie.
—El rosa son malas noticias… —repetí en voz baja.
Me levanté del suelo y me acerqué al frasco para verlo mejor. Cosa que no era necesaria, porque brillaba tanto que habría podido verlo a kilómetros de distancia. Me mordí el labio, sin estar segura de si debía soltarme a llorar. Me rasqué la nariz con el dorso de la mano, antes de arrojar el frasco y su contenido por el retrete. La botellita que había contenido el líquido revelador también fue a hacerle compañía a la orina rosa.
—Idiota —me dije antes de inclinarme sobre la taza y devolver el chocolate con todo y malvaviscos.
Me iba a morir de inanición si continuaba así. Cómo planeaba sobrevivir esa criatura si me estaba matando de a poco, limitando de semejante manera que asimilara nutrientes. Tal vez debería buscar asistencia médica, porque dudaba que todas las mujeres embarazadas perdiesen tanto peso por no tolerar casi ningún alimento.
SEVERUS
Un par de semanas después de que casi me acostara con Lena nuevamente, ella parecía estar teniendo una lucha interna mientras revolvía en el interior de su caldero, con la mirada perdida. Hacía mucho tiempo que la chica no cometía errores en clase, y me sorprendió mucho ver cómo el contenido de su caldero salía despedido hasta el techo, goteando asquerosamente sobre los alumnos. Por suerte no se trataba de ninguna poción peligrosa y no hubo heridos.
—¿Qué te propones? —pregunté cuando todos se hubieron marchado, mientras ella fregaba el suelo con un cepillo para lavar ropa.
—¿De qué? —preguntó ella sin dejar de refregar.
—¿Todavía te estás matando de hambre? —dije sin rodeos.
—No me he estado matando de hambre —dijo aclarando el cepillo en el cubo de agua.
—Podría haber contado tus costillas —me senté en una silla frente a ella, con los brazos cruzados.
—En primer lugar: no exageres. En segundo lugar: eso no debería haber pasado —se irguió, todavía de rodillas, mirándome de forma acusadora —. Estás con ella. Por muy desagradable que me resulte, no merece que la engañes.
Carraspeé, incómodo. Era ridículo que Lena defendiera a la causante de sus desgracias. Claro, yo tenía gran parte de la culpa; pero Angela era la responsable de mi comportamiento de mierda.
—No es tu asunto si soy un infiel de primera —dije de mala gana.
—Bien —espetó ella arrojando el cepillo al cubo de agua —. No lo seas conmigo.
Guardé silencio, viéndola recoger los productos de limpieza para después guardarlos en el armario. Tuve el impulso de levantarme y abrazarla, como solía hacer cada vez que la incordiaba. Sin embargo, me contuve, queriendo mantener a salvo el futuro de la chica.
—Severus… —titubeó con la mano en la puerta del armario. Su tono de voz era totalmente diferente al que había usado antes.
—¿Sí? —inquirí con interés.
—Nada —dijo en voz baja, cerrando el armario.
No obtuve más palabras de su parte. Ella terminó de recoger sus cosas en silencio y, con una última mirada cargada de duda, se marchó del salón en silencio. Me quedé allí sentado, preguntándome qué habría querido decirme.
