LENA

—¿Cómo puedes dejarnos ahora? —dijo Joshua molesto.

Tras pensármelo durante varios días, había decidido renunciar al equipo de quidditch. No podía jugar en las condiciones en que me encontraba, pues representaba un riesgo demasiado grande. Alegué que necesitaba el tiempo para estudiar para los EXTASIS, ganándome miradas de decepción por parte de todo el equipo.

—Lena, piénsalo un poco más —dijo Shiro con voz calma.

—Lo siento. Es mi decisión —dije con firmeza.

Dejé mi túnica sobre la mesa del capitán y me marché de los vestidores con un nudo en la garganta, sintiendo las miradas de los chicos en mi espalda. Renunciar al equipo me resultaba increíblemente doloroso, casi como una ruptura amorosa, recordándome segundo a segundo lo mucho que la había cagado.

Evidentemente también tendría que renunciar al colegio, porque era prácticamente imposible ocultar semejante situación por mucho tiempo. Haciendo cuentas, debería estar rondando las siete semanas, y para cuando llegase diciembre seguramente mi vientre ya se habría comenzado a abultar. ¿Cómo podría sobrevivir fuera del castillo en ese estado? No contaba con mucho dinero y casi podía jurar que nadie querría darme un empleo.

No tenía más opción que volver a casa con el rabo entre las piernas y pedir ayuda a mis padres. Debía admitir que el líder de la congregación tenía razón y que me había perdido, esperando que mis padres me apreciaran lo suficiente para perdonar mi falta. Sólo me quedaba confiar en que no fueran muy duros conmigo en cuanto llegase para vacaciones de navidad con la sorpresa de que serían abuelos.

Pateé una pequeña roca en mitad del campo de quidditch, viéndola rodar hasta detenerse en el agua de un charco. Casi le había confesado a Severus el problema tan grande en el que estaba metida, arrepintiéndome en el último momento, intuyendo que a él poco o nada le interesaría la situación. Una y otra vez me repetía que yo no era la única responsable de lo que estaba pasando, que yo no había procreado sola a un niño no planeado y mucho menos deseado. Pero tampoco me atrevía a buscar a Severus y decirle: Oye, es que vas a ser padre y, ya que estamos, Louper madrastra.

¿De verdad quería quedármelo? No lo sabía. Era bastante probable que mis padres sugirieran guardar silencio y dejar el niño al cuidado de alguien más. Tal vez podría regresar a Hogwarts el año siguiente, alegando alguna enfermedad o algo así. Nadie tenía que enterarse. Si esperaba hasta vacaciones de navidad, podría fingir que había enfermado en casa y solicitar un cupo para el siguiente curso. No tenía que quedarme con el niño, no era obligatorio afrontar una situación tan compleja a mi edad.

Miré las graderías, lamentando profundamente no poder volver a escuchar los gritos de los estudiantes desde mi escoba. Ya no sentiría la adrenalina de perseguir la snitch, ni podría dejar en ridículo a Slytherin de la única forma en que era buena. Dentro de nada estaría enorme y redonda, preparándome para un parto para el que nunca estaría lista.

Indudablemente esa no era mi única opción, pero la educación extremista de mis padres casi me impedía pensar en otra forma de solucionar la situación. No era que no hubiese barajado otras opciones, pero la que sentía que pesaba menos en mi consciencia era la de esperar a que el niño naciera. Siempre y cuando no me muriera de inanición en el proceso.

Mis pasos me llevaron hasta el lago, donde me quedé contemplando el agua. Se veía demasiado helada, incluso para ser otoño. Para ser franca, nunca me había detenido a mirar la bonita que era esa extensión de agua. Sólo ahora que corría el riesgo de no volver al colegio, lograba ver la belleza de cada uno de sus componentes. Hasta Carter se me hacía preciado si consideraba la opción de no regresar a culminar mi educación.

No había llorado desde que comprobé que estaba embarazada, pero en ese momento se me llenaron los ojos de lágrimas. Algo hizo click en mi mente, haciéndome comprender que enfrentaba un asunto que me superaba con creces, que no era tan simple como lo hacían ver las mamás. Sencillamente no me sentía en capacidad de ir por la vida con un niño de la mano, cuando me sentía tan o más indefensa que el propio niño que crecía en mi interior.


SEVERUS

—Tal vez deberíamos casarnos —dijo Angela desde detrás de la revista que hojeaba en el sofá —. A lo mejor te animas a otras cosas.

Masajeé mi sien con los dedos, haciendo el mismo gesto que hacían los muggles cuando fingían pegarse un tiro. ¿Qué le pasaba por la cabeza a esa mujer? Habían pasado más de tres meses desde que me obligase a fingir una relación con ella, y en todo ese tiempo no me atreví a tocarle un pelo.

—¿Qué te hace pensar que va a cambiar algo? —pregunté con voz aburrida.

Odiaba que ella fuese a buscarme, que ocupara espacios que antaño fuesen para Lena. La despreciaba al punto de desear poner veneno en su bebida y verla caer, retorciéndose en el suelo.

—He sido paciente contigo, Severus —contestó Angela, todavía mirando su revista —. Tengo ciertas necesidades.

—No voy a ser yo el que las satisfaga —dije cruzando las piernas con gesto despreocupado.

La mujer bajó la revista y me miró con gesto adusto.

—¿Por qué? ¿Por qué no soy el ente raquítico por el que te desvives? —dijo con una mueca de asco.

Sonreí, burlón.

—En efecto —dije saboreando el impacto de mis palabras en ella.

La mujer apretó la mandíbula. Era hermosa incluso molesta, con sus largas pestañas y labios carnosos. Pero a mí no ya no me interesaba cuan bien se viera ella, porque conocía qué tan retorcida podía llegar a ser.

—Estás jugando con fuego, Severus. No lo olvides —dijo Angela con ira contenida.

—Lo tengo claro —convine, sin darle el gusto de verme alterado.


LENA

El tiempo estaba pasando tan rápido que resultaba alarmante. En un abrir y cerrar de ojos llegó un diciembre muy nevado y con él, innumerables adornos en todo el castillo, dando un ambiente festivo que no lograba apaciguar mi lucha interna. Continuamente me encontraba pensando en lo que me esperaba dentro de una semana, cuando fuese a pasar vacaciones de navidad a casa de mis padres. Me daba un poco de tranquilidad que habían respondido a mi carta, expresando lo complacidos que se sentían de que hubiese decidido pasar las festividades con ellos. Aparentemente habían sabido lidiar con el incidente del pastor y su esposa el día de mi cumpleaños.

—¿Me alcanzas los pepinillos? Por favor —dije a Ben mientras ponía sal sobre el cerro de puré de papa que me había servido.

—No te gustan los pepinillos —dijo Collette cuando Ben puso la charola de los pepinillos frente a mí.

—Sí me gustan —la contradije sirviéndome un par y comenzando a comer.

Percibí la mirada de preocupación que intercambiaron mis amigos.

—Debería decir que me alegra que hayas comenzado a comer mejor —dijo Collette mirando con recelo mi plato de puré con pepinillos —. Pero… ¿no te parece que estás actuando muy raro?

Mastiqué lentamente y tragué, aprovechando que las nauseas habían disminuido considerablemente esa semana. No podía darme el lujo de desaprovechar que el ser que crecía dentro de mí me estuviese dejando comer por fin.

—No —dije sin más.

—En seis años no te he visto comer pepinillos —apuntó Collette.

—Bueno. Pues ahora me gustan —dije encogiéndome de hombros.

Vi cómo los ojos de Collette se abrieron de par en par, con expresión asustada.

—¡Te sangra la nariz! —exclamó mi amiga.

Un par de gotas de sangre cayeron sobre mi mano antes de que pudiese reaccionar.

—Toma —dijo Ben, alcanzándome una servilleta de papel.

Maldiciendo por lo bajo, apreté mi nariz con la servilleta y me levanté de la mesa.

—Te acompaño a la enfermería —dijo Collette, poniéndose de pie también.

Hice un gesto de negación con la mano libre, dándole a entender que no hacía falta. Ya me había sangrado la nariz algunas veces en el último mes y comenzaba a acostumbrarme.

—Nos vemos en herbología —dije con voz gangosa debido a mi nariz ocluida.

—Pero… —comenzó Collette.

—Estaré bien. De niña me pasaba a menudo —mentí antes de marcharme a paso rápido del gran comedor.

Me detuve un par de pasillos más arriba, todavía con el pañuelo apretado contra la nariz. Si sobrevivía a toda sintomatología de mierda que estaba teniendo, iba a ser un completo milagro. Ya había perdido la cuenta de la cantidad de calambres en las piernas que llevaba las dos últimas semanas, además de que me había visto obligada a comprar sostenes dos tallas más grandes debido al tamaño que estaban adquiriendo mis pechos. Era consciente de que eso no pasaba desapercibido y que los chicos lo notaban con mucha facilidad. Ejemplo de ello había sido la última clase de herbología, donde se abrió mi túnica en medio de una lucha contra una tentácula venenosa, quedando en evidencia lo mucho que me apretaba la camisa en el frente. Theo había recibido un fuerte latigazo en el cuello cuando se me quedó viendo con los ojos como platos.

—¿Heron?

Beto Rodríguez acababa de salir de un aula cercana, con un libro sujeto bajo el brazo. Estaba despeinado, como si se hubiese pasado muchas veces la mano por el cabello mientras leía.

—¿Qué te pasó? —preguntó el muchacho aproximándose a mí con expresión intrigada.

—Nada —dije con el ridículo acento que me daba tener la nariz apretada.

Beto era realmente enorme comparado conmigo, de modo que debía levantar el rostro para ver algo más que su corbata desacomodada sobre su amplio pecho.

—Ah. Bueno… creí que te habían golpeado, o algo —dijo el chico encogiéndose de hombros.

—No. Es espontáneo —dije sin dejar de apretar mi nariz con la servilleta. La sangre había empezado a gotear por mi mano, habiendo empapado por completo el papel.

El muchacho rebuscó en el bolsillo de su túnica y sacó un pañuelo.

—Está limpio —dijo tendiéndomelo.

—Gracias —dije aceptando el pañuelo.

Cambié la servilleta por el pañuelo, apretando mi nariz con un poco más de fuerza.

—Deberías ir a la enfermería.

—No pasa nada. En un momento se arregla —negué con la cabeza.

—Si tú lo dices —Beto volvió a encogerse de hombros y se reacomodó mejor el libro bajo el brazo. Pude notar que no era un libro perteneciente al mundo mágico, sino una novela muggle de Jane Austen.

Sonreí un poco ante el descubrimiento.

—Eso no es muy Slytherin de tu parte —dejé escapar, señalando el libro con la mano con la que sujetaba la servilleta de papel ensangrentada.

—Oh —dijo sacándose el libro de debajo del brazo y contemplándolo con sus ojos castaños. Un asomo de sonrisa se dibujó en sus labios —. Me lo ha enviado mi madre. Es muggle y le va todo este rollo romántico.

—¿Eres un mestizo? —pregunté con el asombro reflejado en mi voz.

El muchacho asintió.

—No lo ando pregonando, pero tampoco me avergüenza —dijo con seriedad.

—Entiendo —dije, tratando de no hacer algún comentario sin filtro como los que normalmente solían escapárseme.

Guardamos silencio un momento. Él parecía indeciso sobre si debía marcharse y dejarme allí con mi sangrado nasal, así que retiré con cuidado el pañuelo de mi nariz, tocando con los dedos para comprobar si ya no sangraba.

—Te ves como Carter cuando le diste con el libro —comentó Beto, burlón.

No pude evitar sonreír.

—No sé qué opinar al respecto —dije divertida.

—¿Puedo limpiar tu cara? Siento que estoy hablando con un filete recién sacado de la vaca —el chico sacó su varita.

Dudé si sería buena idea permitir que un Slytherin usara magia en mi rostro, pero luego recordé que ese mismo Slytherin había molido a golpes a Carter por haberme empujado.

—Vale —respondí.

El muchacho apuntó a mi cara con la varita y con un ligero movimiento limpió la sangre seca.

—Mucho mejor —asintió Beto y volvió a guardar su varita en el bolsillo.


No podía decir que Beto Rodríguez y yo éramos amigos, pero llevábamos una relación bastante cordial, incluso saludándonos cuando nos encontrábamos por los pasillos. Ben y Collette no aprobaban que fuese amable con un Slytherin, y Theo no se quedaba atrás, haciéndome saber en cada oportunidad lo mal que podía salir cualquier tipo de relación con las serpientes. Debía morderme la lengua para no responder, sabiendo de sobra que el Ravenclaw continuaba dolido por mi relación pasada con Severus.

Faltaba sólo una semana para salir a vacaciones de navidad y me sentía más nerviosa que nunca. Mi vientre se notaba cada vez más, obligándome a usar varias capas de ropa para ocultarlo y me angustiaba la idea de que alguien lo notara. Una línea oscura se dibujaba desde mi ombligo hasta mi pelvis, pero al menos las náuseas eran cada vez menos frecuentes.

Había barajado la posibilidad de utilizar algún tipo de faja, pero no estaba segura de que fuese una buena idea. No estaba encariñada con el niño que venía en camino, pero tampoco deseaba causarle daño limitándole el espacio. Y como cualquier decisión que pudiese tomar estaría limitada a la charla que planeaba tener con mis padres una semana más tarde, pensaba que era oportuno mantener al niño a salvo mientras tanto.

Las clases con Severus se me hacían momentos llenos de angustia, donde debía esforzarme para mantener completamente cerrada la túnica, además de encorvarme ligeramente para que mi vientre no resultase notorio. Collette no cesaba de dar la lata con lo extraño que estaba actuando y yo sólo rezaba para que Snape no reparara en su incesante parloteo.

—Te vas a quedar jorobada —dijo Collette pinchándome la espalda para que me enderezara.

—Déjalo ya ¿quieres? —susurré, ofuscada.

Me moví hacia el otro lado de la mesa, siempre cuidando de no enderezarme por completo, arreglándomelas para mover el cucharon dentro del caldero desde mi incómoda posición. Collette frunció el entrecejo y bufó.

—¿Qué te ocurre? ¿Te duele la espalda? ¿Deberíamos ir a la enfermería? —dijo Collette con su acostumbrada expresión preocupada.

No respondí, poniéndome nerviosa. Por el rabillo del ojo había visto a Severus en la mesa de al lado, y cada vez se acercaba más a la nuestra. Dejé el cucharon a un lado y me acomodé mejor la túnica, tratando de meter la barriga. Una extraña sensación, como un aleteo se hizo presente un instante en mi bajo vientre, sobresaltándome. Me llevé la mano al lugar de la sensación, ¿acaso eso había sido el niño?, pensé mirando en derredor. Descubrí a Beto mirándome con las cejas arqueadas y de inmediato retiré la mano, simulando que rebuscaba algo en mi bolsillo, separando un poco la túnica de mi cuerpo.

—¿Quieres dejar de rebuscar en tus bolsillos y fijarte en lo que haces, Heron? —dijo Severus acercándose a grandes zancadas a la mesa donde trabajábamos mis amigos y yo.

Instintivamente me encorvé, pegándome a la mesa. Severus me miró suspicaz y después tomó el cucharon para remover el contenido del caldero. Hizo dos movimientos a la izquierda y uno más a la derecha.

—Continúa. Si no quieres que se vuelva engrudo —dijo seriamente.

Lo miré, sin moverme del lugar donde estaba, sintiendo el corazón palpitando casi en mi garganta.

—¡Merlín, Heron! ¡Toma el maldito cucharon! —Severus se acercó más a mí y me tomó bruscamente del antebrazo, tirando de mí para aproximarme al caldero. Una vez allí, me obligó a agarrar el cucharon —¿Comprendes cómo hacerlo? —añadió con impaciencia.

Asentí, nerviosa. Todo el salón nos miraba y pude divisar a Carter riéndose por lo bajo.

—A ver cómo lo haces —señaló el caldero con la cabeza y se me quedó viendo fijamente.

Traté de imitarlo, moviendo el cucharon una vez a la izquierda y dos veces a la derecha. Casi de inmediato la poción silbó y adoptó la apariencia de engrudo reseco.

—Largo de mi clase, Heron —Severus sacó su varita y desapareció el contenido del caldero con un ondeo —. Quiero un ensayo de metro y medio sobre cómo elaborar correctamente la poción crece huesos, para la primera clase después de vacaciones. Ay de ti donde no lo entregues.

Miré al suelo, avergonzada.

—¿Has comprendido lo que te he dicho? —él se agachó un poco frente a mí, para verme a la cara.

Asentí, con un nudo en la garganta.

—Contéstame cuando te hable.

—Sí.

—Sí, ¿qué?

—Sí, señor.

—Mejor, Heron. Ahora, largo.

Comencé a recoger mis cosas, sin poder evitar que mis ojos se humedecieran. Debería estar acostumbrada, porque casi que cada maldita clase se las arreglaba para hacerme sentir como una total mierda incompetente. Sin embargo, suponía que las hormonas no me permitían asumir las cosas con la dureza necesaria.

—Lena, lo siento —Collette se llevó las manos a la boca para disimular el movimiento de los labios —. Yo atraje su atención…

Negué con la cabeza, sin decir nada, temiendo que la voz me saliera entrecortada. Terminé de recoger mis cosas y salí del aula con la mochila casi a rastras. No quería ponérmela al hombro y que accidentalmente se me marcara la panza sobre el uniforme.

Caminé por los pasillos y me detuve frente a un salón vacío. Incapaz de aguantar las lágrimas, abrí la puerta y me adentré en el aula, dejando la mochila en el polvoriento suelo. El llanto se hizo presente mientras miraba la pared del fondo, mordiéndome el labio inferior. ¿Qué había hecho para merecer lo que me estaba pasando? ¿Acaso mis padres tenían razón y estaba recibiendo un castigo divino por ser desobediente? Me restregué los ojos con las palmas de las manos, en un vano intento por secarme las lágrimas y dejar de llorar.

—Me vas a acabar los pañuelos —dijo la voz de Beto a mi lado, sobresaltándome.

El muchacho sostenía un pañuelo de tela frente a mi cara y su expresión era risueña. No me había dado cuenta en qué momento llegó al salón. Me parecía que era demasiado grande para ser tan sigiloso.

—No te oí entrar —dije con voz gangosa.

—Soy una sombra cuando quiero —dijo, sacudiendo el pañuelo frente a mí.

—Gracias —murmuré tomando el pañuelo y secándome los ojos con él —¿No te ha dicho nada Snape por salirte de clase?

—Le entregué mi trabajo antes y dije que necesitaba ir al baño —Beto se encogió de hombros, como sin darle importancia.

Asentí, sonándome la nariz con el pañuelo. Definitivamente tendría que darle un juego completo de pañuelos en compensación, pensé.

—Heron… No es por ofenderte, pero tú eres muy extraña —comentó Beto.

—¿De veras? —me reí tontamente, todavía con el pañuelo en la nariz.

—Mucho… Y te estás superando a ti misma estos días.

El chico fue hasta una mesa llena de polvo y la sacudió despreocupadamente con la mano. Después se limpió la palma en el pantalón del uniforme, antes de sentarse sobre la superficie de la mesa. Me miró con una sonrisa que se me antojó triste.

—Hace unos años Amy, mi hermana, estaba igual —continuó hablando el muchacho. Sus ojos se apartaron de los míos y descendieron hasta mi vientre —. Dentro de poco ya no bastará con encorvarte.

—¿Vas a delatarme? —pregunté, dándome por vencida, sin animo alguno de negar su afirmación.

—No soy un soplón —se rio un poco.

—Es bueno saberlo —sonreí un poco.

El muchacho comenzó a rebuscar en su mochila y sacó un trozo de pergamino y una pluma. Apuntó algo y me lo tendió. Lo recibí y me di cuenta de que era un número telefónico.

—¿Qué…? —comencé a decir.

—Por si necesitas algo —sonrió y se levantó de la mesa, sacudiéndose el pantalón.