LENA

La mañana de navidad luché un poco con el botón de los vaqueros antes de darme por vencida y dejarlo sin abotonar. ¿Cómo es que crecía tan rápido? Maldije por lo bajo y me puse un amplio suéter, antes de salir de mi habitación. Mis padres estaban abajo en el salón, esperando a que me les uniera para tomar un poco de té. Había llegado hacía unos cuantos días y ellos insistían en servir el té a diario para charlar conmigo, aunque habría preferido mantenerme alejada y dilatar aún más el momento de revelarles el problema que traía conmigo.

—¿Galletas, Len? —preguntó mi madre cariñosamente.

—Sí, gracias —acepté sentándome en el sillón frente a ellos.

—Tal vez debería tomar sólo té —dijo mi padre con una risita.

—¿Por qué? —inquirió mi madre con curiosidad.

—Bueno. Has subido un par de kilos, ¿no, Len? —comentó mi padre, todavía con tono divertido.

Sonreí con desgana, por no decir que una mueca carente de humor se dibujó en mis labios. De verdad había rogado muchas veces que la ropa muggle sin chiste que solía utilizar escondiera el resultado de mi falta. Evidentemente mis súplicas no habían tenido una respuesta favorable, y cada día que pasaba sólo precipitaba más las cosas.

—Sí… eso creo —recibí la taza de té que me ofrecía mi madre y me quedé mirándola, indecisa. ¿Cuánto más sería prudente esperar? No tenía demasiado tiempo realmente, así que me decidí a ser honesta —. Respecto a eso… tengo que decirles algo.

Mis padres intercambiaron una mirada de preocupación, mientras yo me removía incómoda en el sillón ante el movimiento de la criatura dentro de mí. ¿Por qué se tenía que mover en momentos así? Me producía más angustia de lo normal.

—¿Qué pasa, Len? —preguntó mi madre con su acostumbrado tono de voz cariñoso. Era ese tipo de voz que te hacía sentir amado y a la vez terriblemente culpable, que te obligaba a confesar tus culpas de una forma u otra.

Tomé aire profundamente y lo dejé escapar con lentitud, dándome valor. Esto resultaba más difícil en persona que en la imaginación. Pensé en Severus y Louper, sobre todo en Louper, quien era una mujer hecha y derecha que no estaba obligada a depender de sus padres. ¿Qué más daba? Ellos no estaban en mis zapatos y no lo estarían nunca.

—Estoy embarazada —confesé con una voz que se me antojó ajena.

Mi padre dejó su taza de té sobre la mesa de centro y se pasó la mano por la cara. De repente había dejado de verse como un hombre de cuarenta y seis años, pareciendo mucho mayor. Mi madre se llevó una mano a la boca, pálida y con los ojos casi fuera de sus orbitas, antes de ponerse de pie y darme la espalda.

—¿Vas a casarte? —preguntó mi padre poniéndose de pie igual que mi madre. La comisura de su labio había comenzado a moverse espasmódicamente, como si se estuviese conteniendo para no gritar mil maldiciones.

—Me temo que no —dije mirándolo con temor.

Él tomó aire un par de veces, como luchando consigo mismo, sin dejar de mirarme. Sin embargo, su intento por tranquilizarse fue en vano y la ira lo abordó con la fuerza de un tren descarrilado, haciéndolo palidecer. Se llevó ambas manos, fuertemente apretadas en sendos puños, a la frente, con gesto desesperado.

—¿Has dejado que te cojan como a una puta? —preguntó con los dientes apretados. Su piel se adivinaba de un feo color moteado tras los puños que cubrían casi todo su rostro.

—Y-yo… —balbuceé, anonadada ante sus palabras. Richard Heron jamás había soltado una sola palabrota en mi presencia. Él era un hombre sereno, con mucho sentido del humor, cuya vida se movía por la idea de actuar como lo haría Jesús.

Mi padre guardó silencio un momento, todavía con los puños firmemente presionados contra su frente.

—Vas a largarte de mi casa ahora mismo —sentenció al fin, bajando las manos. Sus ojos, exactamente iguales a los míos, mostraban odio puro. Jamás habría creído posible que mi padre pudiese mirarme de esa manera.

—Papá, por favor… —supliqué, levantándome del sillón. Ahora que lo pienso, no me preocupaba tanto quedarme sin casa; lo que realmente me aterrorizaba era que mi padre no me quisiera. Me sentía como una niña pequeña que teme ser aborrecida por sus progenitores ante una travesura.

Ignorando mi suplica y sin previo aviso, mi padre acortó la distancia entre nosotros y me soltó una bofetada que me hizo tambalear. La taza se me cayó de las manos, dejando un manchurrón de té sobre la impoluta superficie de la alfombra. Trastabillé hacia atrás, llevándome la mano a la mejilla izquierda, con el sabor de la sangre inundando mi boca.

—No te atrevas a llamarme así. Yo no tengo una hija —dijo furioso, levantando nuevamente la mano, amenazante.

Me alejé de él, caminando hacia atrás, todavía con la mano en la mejilla. Mi madre, que en algún momento indeterminado había dejado de darnos la espalda, observaba la escena con la cara bañada en lágrimas, negando con la cabeza, como si no diera crédito a lo que había escuchado.

—¿Mamá? —dije con un hilo de voz, buscando un poco de apoyo en ella.

—No me hables. Por Dios, no me hables —dijo antes de dar media vuelta, yendo a refugiarse a la cocina en medio de sollozos.

—Baja tus cosas o te voy a sacar a patadas sin ellas, Magdalena —amenazó mi padre.

No dije nada. Sentía como mi labio inferior comenzaba a inflamarse y la cara me ardía. La opción de suplicarle a mis padres por su perdón no era para nada viable, por lo que me vi obligada a aceptar que marcharme era lo más sensato que podía hacer. Así que, con una última mirada a mi furibundo padre, me marché rumbo a mi dormitorio por mis cosas.


Metí una moneda en el teléfono público y marqué con mano temblorosa el número que Beto me diera el otro día. Tano maullaba molesto dentro de la transportadora. La gente que pasaba por la plaza miraba con curiosidad el baúl a mis pies.

—Por favor, contesta. Por favor —susurré contra el auricular, recostándome contra la cabina y toqueteando el cable casi con desesperación. Rogaba mentalmente que el número telefónico no hubiese sido una broma del Slytherin.

—Diga —una voz reseca, como de anciana, contestó al otro lado de la línea.

—Hola… Busco a Beto, Alberto Rodríguez, por favor —dije con voz atropellada.

—Ah, sí, sí. ¡BETO! —chilló la anciana con un ímpetu del que no la habría creído capaz.

—Ya voy, abuela —se escuchó la voz del muchacho a lo lejos.

El pitido del teléfono me obligó a poner otra moneda en el aparato. No contaba con demasiado cambio y me comenzaba a preocupar que no alcanzara a hablar con Beto.

—Diga —dijo la voz de Beto en mi oído.

—Beto, soy yo: Lena.

—¿Heron?

—Sí.

—¿Algo ha ido mal? —preguntó. Era demasiado intuitivo.

—Mucho —respondí, con ganas de soltarme a llorar contra el teléfono.

—¿Dónde estás? Voy por ti.

—Cokeworth. En la plaza central.

Beto chasqueó la lengua.

—Espérame. No te muevas de ahí —escuché como el muchacho decía algo en otro idioma, algunas risas y después volvió a ponerse al teléfono —. Ya voy, Heron.

Colgué el teléfono y me alejé arrastrando el baúl, con la transportadora de Tano colgando de mi hombro. Me senté en una banca, haciéndole cariñitos con un dedo al molesto gato. Hacía frío y el cielo amenazaba con dejar caer toneladas de nieve en cualquier momento. El niño volvió a moverse, como un ligero aleteo dentro de mí, reafirmando su presencia en mi vida.

—Dame un respiro, ¿quieres? —murmuré.

No había esperado molestar a un compañero de colegio con mi problema, mucho menos a un chico de Slytherin con quien apenas cruzaba frase alguna. Pero, ¿Qué podía hacer? Debía admitir que casi fue un alivio para mí que él me descubriera, que me ofreciera algo de apoyo, aunque fuesen sólo palabras.

Me acomodé un mechón de cabello tras la oreja y suspiré, pensando en qué iba a hacer conmigo. Sinceramente no quería aferrarme a un niño al que no deseaba. ¿No era más piadoso para la pobre criatura que crecía dentro de mí abandonar el mundo antes de enfrentar su dureza? ¿No era mejor para mí volver al colegio e intentar hacer algo de provecho con mi vida? Si pedía cita en un centro médico muggle podría dar vuelta a la página y avanzar. ¿Hasta cuántas semanas era permitido? Recordaba que el pastor había despotricado del caso de una chica que tenía veinte semanas o quizá un poco más. Yo tenía menos tiempo que ese, según mis cuentas.

Observé a los niños correteando en medio de la nieve acumulada en la zona infantil de la plaza. Sus madres eran mujeres adultas, capaces de guiar y proteger a un ser humano pequeño. ¿Qué era yo? Apenas y me consideraban mayor de edad ante la ley mágica; en el mundo muggle todavía era una mocosa.

Uno de los niños del parque se soltó del pasamanos, cayendo al suelo cuan largo era, dejando impresa su forma en la nieve. Soltó un chillido que resonó en toda la plaza, alertando a su madre. La mujer, de unos treinta y tantos se levantó del banco donde conversaba con otra señora y fue a atender a su hijo. El muchachito chillaba como si hubiese caído sobre cuchillos en lugar de la blanda nieve, y sólo cerró la boca cuando la mujer lo tomó en brazos. ¿Quería enfrentarme a eso? ¿Tenía acaso madera para eso?

—¡Heron!

Me volví para ver a un sonriente Beto bajándose de una destartalada camioneta.

—Démonos prisa. Va a caer una nevada de las que atascan —dijo acercándose a mi banca con una enorme sonrisa, que vaciló al mirarme a la cara —¿Quién te ha hecho eso?

—No tiene importancia —dije levantándome de la banca.

—¡Por supuesto que la tiene! —exclamó ofendido —. Te han partido el labio y…

—No pasa nada, Beto —dije para zanjar el asunto. Ya me había visto al espejo y el moretón sobre mi pómulo izquierdo resultaba escandaloso en mi pálido rostro.

—¿Fue tu padre? —insistió.

—Tenía el anillo de matrimonio puesto. El golpe no fue tan fuerte —mentí.

—Me atrevo a poner en duda eso —frunció el ceño y se agachó a levantar el pesado baúl —. Podríamos denunciarlo. Para los muggles aún eres menor de edad —parecía muy afectado por mi apariencia.

—No quiero complicar más las cosas —me negué y levanté la transportadora con el gato, que soltó un maullido lastimero por el repentino movimiento.

Beto me miró un instante más, en silencio.

—A mi abuela le encantan los gatos—comentó al fin, comenzando a andar hacia la camioneta. Aparentemente había decidido que era mejor hablar de algo más, en vista de que yo no quería dar el brazo a torcer respecto a mi padre.

—No sabía que vivías tan cerca —dije mientras el muchacho depositaba el baúl en el platón del vehículo.

—¿Cerca de qué? Si este es el culo de Gran Bretaña —bufó Beto.

—De mí, al menos —dije sin poder evitar soltar una risita.

—Habríamos hecho deberes juntos, de habernos hablado antes —sonrió y me abrió la puerta del copiloto, tendiéndome la mano para ayudarme a subir.

—Gracias —dije tomando la enorme mano del muchacho y encaramándome torpemente en el asiento.

Acomodé a Tano en el asiento del medio y me puse el cinturón de seguridad, que se ajustó a mí, revelando un poco mi panza.

El chico se sentó tras el volante, colocándose a su vez el cinturón.

—¡Vaya! En un par de semanas vas a ser visible desde China —comentó mirándome de reojo.

—Espero haber encontrado una solución para ese entonces —dije con desgana.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Beto encendiendo el auto.

—Agasájate —dije sobre el rugido del motor.

—¿Le has dicho al padre?

Miré por la ventana, a la nieve que se arremolinaba en el suelo con el viento helado.

—No —respondí.

—¿Por qué?

—Es complicado.

—¿Crees que no querrá hacerse cargo? —la camioneta comenzó a avanzar —. Al menos deberías darle la oportunidad de decidir si quiere desentenderse.

—No es tan sencillo…

—Si tú lo dices…


La casa de Beto quedaba a las afueras de la ciudad, en medio de un espacioso campo nevado. No era demasiado grande, pero tenía un aspecto acogedor y familiar, con sus paredes blancas y su techo de tejas rojas casi totalmente cubierto por la nieve. Bajo las ventanas se podían ver los matorrales resecos de lo que seguramente serían rosales en otra época del año.

Beto condujo hasta dentro de un enorme granero y aparcó junto a un gigantesco tractor naranja. Me bajé de la camioneta con ayuda del chico, y no pude evitar asombrarme de la cantidad de heno amontonado contra las paredes del lugar. Nunca había estado en una granja.

—¿Tienen animales? —pregunté con curiosidad.

—Sí. Hay un par de vacas, algunas gallinas y un caballo —respondió Beto bajando el baúl del platón —. Ya no vivimos del campo y es más por gusto de la abuela. Phil y mamá mantienen la casa con la panadería en el centro.

—Ya veo —me colgué nuevamente la trasportadora de Tano en el hombro, preguntándome cuántas personas vivían con el muchacho.

Beto me guio a través de la nieve hasta la casa, parloteando sobre lo mucho que me iban a gustar los pasteles hechos por su madre. Nos sacudimos los zapatos en el tapete de la entrada y colgamos los abrigos en sendas perchas. El chico me ayudó a liberar a Tano y llevó el baúl hasta su dormitorio.

—Espero que no te moleste el verde —dijo Beto.

La habitación del chico era tan blanca como el resto de la casa, pero las cortinas y la ropa de cama eran del mismo verde esmeralda de los Slytherin. En un rincón había un armario negro, contra el que reposaba la escoba de Beto, y frente a la ventana se destacaba un robusto escritorio de madera, atiborrado de libros mágicos entremezclados con literatura muggle.

—Me encanta tu habitación —dije con sinceridad.

—Que bueno, porque será tuya en lo que solucionamos —dijo Beto.

—Oh, no. No puedo quitarte tu espacio. Puedo acomodarme en la sala —dije avergonzada. No quería incomodar a mi benefactor.

—Claro que no. La sala es lo mío —dijo el muchacho moviendo una mano para restarle importancia.

—Beto, no…

—No te compliques, Heron. Mejor ven, conoce a mi familia.

Me tomó de la muñeca y me arrastró fuera del dormitorio. Caminamos por el tenuemente iluminado pasillo hasta la cocina, donde cuatro adultos y un niño pequeño se sentaban alrededor de una mesa rectangular. Cinco rostros se giraron a verme en cuanto entramos, cuatro de ellos trigueños con idénticos ojos oscuros un tanto almendrados. El quinto, que me podía apostar la vida a que era Phil, era más pálido que yo, rubio y sumamente pecoso.

—Familia: esta es Heron —dijo alegremente Beto.

—¿Se llama Heron? —preguntó el niño con voz aguda.

—¡Manny! —regañó la mujer más joven, que debía ser su madre. Ella me sonrió a modo de disculpa.

—Me llamo Lena —dije tratando de sonreír.

—Ellos son: la abuela Ana; Amelia, mi madre; Amy, mi hermana; Phil, mi cuñado; y Manny, mi sobrino —los presentó Beto. Y uno a uno me saludaron con una sonrisa.

La familia de Beto se veía demasiado normal y no pude ver en la cocina ningún utensilio que perteneciera a nuestro mundo. Supuse que la magia de Beto debía proceder de su padre, y me pregunté qué sería del hombre.

—Siéntate, querida. Has de estar muerta de frío —dijo la abuela, señalando una silla vacía entre ella y su bisnieto.

Me senté, sintiéndome un poco tímida ante las atentas miradas de la familia de Beto.

—¿Eres la novia del tío Beto? ¿También eres maga como él? —soltó el niño, confirmando mi teoría de que el único mago allí era Beto.

—¡Manny! —esta vez fue su padre el del regaño.

—¿Qué? —rezongó el crio.

—Eso no se pregunta —dijo el padre.

—Es una buena amiga, compañero —dijo Beto sirviéndome chocolate caliente en un colorido pocillo, para después sentarse al otro lado de la mesa junto a su madre.

—¿Qué le pasó en la cara? —quiso preguntar el pequeño, mirándome con la boca abierta.

—¡Manuel! —exclamó la madre de Beto, palideciendo —. No le hagas caso, Lena. Que tiene la lengua muy larga.

La madre de Beto era una mujer de mediana edad, muy bonita, de pómulos altos marcados y nariz respingona. Su cabello, de un negro brillante e intenso, no dejaba entrever ni media cana en medio de la larga trenza pulcramente elaborada.

—No es nada. Me he caído —respondí tratando de que no se le diera importancia.

—Te hiciste pupa —dijo el chiquillo, ignorando la expresión escandalizada de los adultos.

—Eso. Me he hecho pupa —sonreí.

—Lo lamento. Tiene cuatro años y es muy imprudente —se disculpó Amy. Era bastante parecida a su madre, pero a diferencia de esta, llevaba el cabello corto hasta los hombros, dándole un aire de seriedad bastante parecido al de Beto.

—No pasa nada —dije sin dejar de sonreír.

Probé el chocolate, sintiéndome reconfortada casi de inmediato, amando cada partícula de sabor. La cocina estaba calentita y la familia de Beto era risueña y conversadora, en especial el cuñado, que parecía ser quien proporcionaba las mejores anécdotas sobre su infancia en escocia. Allí nadie parecía asustado de que dos personas con magia estuviesen compartiendo la mesa con ellos, e incluso parecían aprovechar las capacidades de Beto para acercar las cosas sin tener que ir por ellas.

—Gracias, cariño —dijo la madre de Beto cuando el chico convocó la mantequilla desde la encimera.

—Has burbujas, tío —pidió Manny emocionado.

—No, no. Hasta que te bañes —dijo Amy.

—Mala suerte, compañero —dijo Beto alcanzando la canasta de pan —¿Más pan, Heron?

—No, gracias. Estoy satisfecha —respondí. Ya me había comido dos panes gigantescos con mucha mantequilla.

—Lástima que no vinieras al desayuno. La abuela hizo chila… —Manny se quedó pensando —. ¿chila, qué?

—Chilaquiles —respondió Phil. Parecía orgulloso de su pronunciación.

—Eso suena bien —le dije al niño amablemente. Recordaba vagamente el término por alguna telenovela de las que solía ver mi madre, pero, a decir verdad, no tenía idea de lo que era.


SEVERUS

Mi fastidio por Angela Louper había alcanzado magnitudes insospechadas, odiándola un poco más con cada mirada de sufrimiento que descubría en los ojos de Lena. Todavía no lograba identificar cuál de los estudiantes de mi clase era el encargado de informarle si era duro con Lena y, sinceramente, la situación me tenía los pelos de punta. Sospechaba del inútil de Carter, pero no lograba encontrar una excusa válida para quedarme a solas con él y escudriñarle su minúsculo cerebro.

Por mi propia salud mental, procuré librarme de Angela durante las vacaciones de navidad, negándome rotundamente a acompañarla a su casa y, mostrándome totalmente reacio a recibirla en mi propia casa. Así que, con berrinche de por medio, no tuvo de otra que aceptar que me alejaría durante tres semanas.

Sentado en un sillón de mi sala de estar, con un vaso de whisky en la mano, mi casa resultaba un tanto deprimente, trayéndome una y otra vez el recuerdo de Lena el día de su cumpleaños. Era la última vez que la había podido tratar bien, justo antes de que esa maldita mujer sacase a relucir su insana obsesión por mí. ¿Acaso estaba obligado a tener una vida de mierda por siempre? Se suponía que haber sobrevivido a Nagini y verme más joven a pesar de mi edad debería haberlo mejorado todo. Pero en lugar de eso, estaba nuevamente al borde del abismo.

Pensar que Lena estaba tan cerca de mí, me hacía sentir angustia. Deseaba ir a su casa, pedirle perdón por todo el daño que le había hecho y convencerla de que huyéramos juntos a cualquier lugar, lejos de Angela, del ministerio y de cualquiera que se opusiera a que estuviese con ella. Pero era ridículo, una idea sencillamente risible y absurda. Ella debía poder cumplir sus metas, sin que yo la arrastrara a una vida de huir de la justicia como una vil delincuente. Precisamente por eso estaba cumpliendo los caprichos de Angela ¿no?


A pesar de haberme repetido una y mil veces que era muy mala idea lo que estaba haciendo, no pude resistirme a mis impulsos y fui a su casa, llamando a la puerta sin tener claridad sobre la excusa que iba a darle a ella y a sus padres. ¿En qué estaba pensando? ¿Qué iba a decirle si ella abría la puerta?

—Dígame —dijo el hombre alto y rubio tras abrir la puerta.

—Buenas tardes —dije a duras penas. Los ojos del hombre eran exactamente iguales a los de Lena, lo que hacía que las cosas resultaran menos sencillas.

—¿Nos conocemos? —preguntó el padre de Lena.

—No. En realidad, no —miré al interior de la vivienda. Una mujer bajita y menuda, que debía ser la madre de Lena, estaba parada en el pasillo con expresión aprehensiva. Era bastante parecida a su hija, con el mismo rostro delgado y la misma naricilla respingona —. Soy Severus Snape. Enseño en el colegio de su hija.

—No me interesa lo que tenga que decir de ella —dijo el hombre con voz altanera. Una expresión de furia surcó su rostro —. No pienso volver a abrirle las puertas de mi casa a esa… —no terminó la frase.

—No comprendo —dije confundido, frunciendo el ceño — ¿Ella no está aquí?

El hombre bufó.

—Usted debería saberlo. Su maldito colegio es el culpable de todo.

—¿Mi maldito colegio? —pregunté sin poder disimular el tono ofendido en mi voz.

—Escúcheme, señor Snape: Ese lugar del infierno me ha quitado a mi hija. Hace dos días que la he echado de mi casa y no me interesa saber nada de ella —su voz estaba cargada de desprecio.

—¿De qué está hablando? ¿Por qué ha hecho eso? —pregunté, sin dar crédito a mis oídos. Siempre había pensado que Lena exageraba cuando se refería a la forma de ser de sus padres.

—Pregúntele a ella lo que ha hecho a su familia —soltó antes de cerrarme la puerta de golpe en la cara.

Me marché de allí caminando sin un rumbo determinado hasta llegar a la plaza central del pueblo. Me pregunté si debería haber derribado la puerta para obligar al señor Heron a hablar a punta de magia. Sacudí la cabeza, consciente de que sería demasiado sospechoso atacar al padre de mi alumna. Quizá ella estuviese con alguno de sus amigos y volvería a verla en el colegio en enero. Dudaba que la chica renunciara a su educación por haber sido echada de su casa.

¿Qué habría motivado a Richard Heron para lanzar a su hija a la calle en navidad? ¿Alguna manifestación de magia de las que tanto tenían miedo él y su esposa? No lo creía probable. ¿Entonces qué era? ¿qué los había molestado tanto?

Me quedé viendo hacia un local que parecía ser una panadería. ¿Ese no era Rodríguez? Sí, sin duda era el mismo grandullón. El muchacho se reía con alguien que aún no había salido del local. ¿Qué mierda importaba con quien se reía el chico? Sacudí nuevamente la cabeza, dispuesto a marcharme a mi casa, cuando la vi salir de ese lugar, riendo a la par de Rodríguez.

Apreté los puños, sintiendo que la sangre me hervía. Tal vez esa era la respuesta a la actitud de Richard Heron. ¿Podía ser que ella llevase al muchacho a casa? ¿Lo habría presentado como su pareja? Seguramente a su padre no le habría gustado la noticia. Aunque eso no era suficiente para sacar a tu hija de casa ¿no?... ¿y si ella lo había metido a su habitación…? No. No era posible. Ella no haría eso, porque ella todavía me… ¿me qué? ¿Creía realmente que una chica de diecisiete años iba a amarme toda la vida? ¿Qué me iba a esperar a pesar de mi actitud hacia ella? Fue tal la rabia en mi interior que la farola del poste junto a mí estalló en mil pedazos. Con una última mirada hacia la risueña pareja, giré en el lugar para desaparecerme.


LENA

—¿Qué? —preguntó Beto.

—Creí ver… olvídalo —dije mirando hacia el lugar donde la farola de la calle todavía chisporroteaba.

La mente debía estarme jugando una mala pasada. Casi podría jurar que Severus estaba de pie junto a la farola antes de que esta estallara. Pero no era posible. Debía estar desvariando a causa del estrés que traía conmigo últimamente.

—¿Estás lista? —preguntó Beto.

—Sí —asentí con seriedad. Ya no se me antojaba tan gracioso el chiste que me contara Beto minutos atrás.

—Bueno. Vamos. Podemos desaparecernos en la calle de atrás —el muchacho empezó a caminar por delante de mí —. Compraré boletos de tren para el regreso. Tal vez no deberías desaparecerte después de… —guardó silencio y continuó caminando.

Una vez en la solitaria calle de atrás, le di la mano al chico para que él guiase la desaparición conjunta. Yo no tenía autorización para hacerlo, pero no podía darme el lujo de hacer los trámites para conseguirlo justo ahora. Tenía que darme prisa si quería volver a tener una vida medianamente normal.

—¿Todo en orden? —preguntó Beto cuando nos aparecimos en una solitaria calle detrás de la clínica en Londres.

—Sí —respondí soltándome de su mano y acomodándome mejor el abrigo.

Salimos a la calle principal, en donde un grupo de personas permanecía de pie, mostrando letreros en dirección a los ventanales del centro de salud. Quise leer alguno, pero Beto me puso el brazo sobre los hombros, apresurando el paso hacia las puertas dobles de vidrio, obstaculizándome la visión.

—Mejor si los ignoras —dijo el muchacho en mi oído.

—Elige la vida —un hombre con una enorme calva en la coronilla y el escaso cabello sujeto en una coleta se nos atravesó, poniéndome un folleto frente a la cara.

—Vete a la mierda —dijo Beto apartándole la mano de un manotón y de paso aventando el folleto al suelo.

—No es el único camino —insistió el hombre mientras recogía el folleto.

Beto me instó a caminar más rápido para dejar al hombre atrás.

—Ya te voy a mostrar yo el camino si te acercas —le espetó Beto al hombre de mal talante.

Una vez dentro del centro médico, Beto se acercó a la recepción e intercambió algunas palabras con una robusta enfermera. Miré a mi alrededor tratando de tranquilizar mis nervios. El lugar tenía las paredes de un blanco tan impoluto, que el azul de las sillas en la sala de espera resaltaba de sobremanera. Me pregunté nuevamente si lo que hacía era lo correcto y nuevamente me respondí que era lo mejor para ambos.

—Heron, Magdalena Anne —una mujer vestida con un traje quirúrgico verde llamaba desde la puerta de un consultorio.

—Te estaré esperando —dijo Beto apretando mi mano rápidamente.

Asentí, tratando de sonreír y me adentré en el consultorio tras la mujer.

—¿Cómo estás, Magdalena? Toma asiento —dijo ella sentándose en la silla tras su escritorio.

—Bien —respondí sentándome también.

—Necesito hacerte unas preguntas de rutina, antes del procedimiento —dijo la mujer acomodándose las gafas y tomando un formulario sujeto a un sujetapapeles.

—Está bien —acepté.

—¿Tu nombre es Magdalena Anne Heron?

—Sí.

—¿Edad?

—Diecisiete años.

Ella chuleó algo en el formulario y asintió.

—Dices que tienes… ¿Diecisiete semanas?

—Sí —respondí. Me obligué a sostenerle la mirada, con una punzada de angustia en el pecho. Diecisiete semanas sonaba a demasiado tiempo, dicho por otra persona.

—¿Has contemplado la adopción? —preguntó ella con voz monótona, como si estuviese harta de repetir las mismas preguntas una y otra vez.

—No quiero darlo en adopción —dije con firmeza.

—¿Has sido coaccionada para realizarte el procedimiento?

—No.

—¿Qué te pasó en la cara?

—¿Eso está en el formulario? —pregunté arqueando una ceja.

—No. Pero estamos facultados para denunciar violencia domestica —respondió la mujer volviéndose a acomodar las gafas.

—No deseo denunciar a nadie por violencia domestica —dije, rogando mentalmente para que el tema quedase zanjado.

—Bien. Dentro del baño hay una bata. Por favor retírate todas tus prendas y ponte la bata con la abertura hacia atrás.

Me levanté de la silla y entré al baño. Cuando encendí la luz, me recibió mi propio reflejo en el espejo. Estaba tan pálida como un fantasma. El moretón en mi pómulo izquierdo comenzaba a teñirse de tonos amarillo verdosos, pero al menos mi labio ya no estaba hinchado y se veía casi normal de no ser por el pequeño corte en proceso de cicatrización.

Me desnudé y me puse la bata tal como me indicara la mujer, evitando a toda costa mirarme el abultado vientre. El ya acostumbrado aleteo dentro de mi útero se hizo presente un momento, para desaparecer un instante después. Tragué saliva y me restregué la cara con las manos, ignorando el dolor punzante que me asaltó cuando toqué mi mejilla. Dentro de un rato ya no volvería a sentir como se movía el hijo de Severus Snape en mi interior.

—Sígueme —dijo la mujer con una sonrisa que pretendía infundir ánimo.

La seguí a través de otra puerta al fondo del consultorio y nos adentramos en un área llena de camillas. Todo era tan blanco como la parte exterior, salvo el azul rey de las sabanas que cubrían las camillas.

—Toda tuya, Bob —dijo la mujer antes de retirarse.

—Hola. Magdalena ¿no?

—Sí. Hola.

—Sube a la camilla, por favor. Mi nombre es Bob. Soy el enfermero a tu cargo —dijo acomodando una escalerilla junto a la camilla.

Me ayudé de la escalerilla para encaramarme a la camilla y tumbarme boca arriba en ella. El enfermero llamado Bob me cubrió con una gruesa cobija de color azul y se dispuso a rebuscar en un armario en la pared. Cuando pareció obtener todo lo que necesitaba, volvió a acercarse a la camilla empujando un carrito lleno de diferentes elementos.

—Voy a ponerte una vía endovenosa. Es necesaria para la medicación —dijo colocándose unos guantes blancos de látex —¿Eres alérgica a algo?

—No tengo ninguna alergia —respondí, dejando que el hombre pusiera un torniquete en mi brazo izquierdo.

—Sólo será un piquete —dijo desinfectando la zona con un algodón empapado en alcohol.

Arrugué la cara y apreté los dientes al sentir el pinchazo en mi antebrazo. Después sentí un poco de frío cuando el enfermero comprobó la permeabilidad de la vena dejando pasar un poco de suero.

—Eso es. Ya está —dijo Bob terminando de fijar el acceso —. En un momento te llevaremos al quirófano.

Asentí, deseando que se dieran prisa. Quería que me durmiesen de una vez por todas y no sentir nada más. Odiaba el nudo que se estaba formando en mi garganta y, sobre todo, odiaba que parecía estarle pasando mi intranquilidad al ser que crecía dentro de mí. La criatura había empezado a moverse con mayor frecuencia, como si sintiese el mismo miedo que yo. ¿Qué tan grande debía ser si ya lo podía sentir de esa forma? ¿Se vería como un humano pequeño? Cerré los ojos y respiré profundo, tratando de alejar esos pensamientos de mí. El niño era parte de Severus… ¿se parecería a él? Supuse que el chiquillo sería muy parecido a su padre, porque se suponía que los genes del cabello oscuro son dominantes.

Sentí que las sienes se me humedecían y sólo me percaté de que estaba llorando cuando mis hombros se comenzaron a sacudir, acompañando a mis sollozos. Me cubrí la cara con las manos, haciendo caso omiso a la molestia que sentí en el lugar donde tenía la vía venosa. Quise ahogar mi llanto, pero no pude. ¿Por qué me sentía de esa manera? No quería ser madre, no deseaba traer al mundo al hijo de Severus Snape. Pero no me sentía capaz de esperar para acabar con su vida en un quirófano.

—Magdalena, escúchame. Tranquila —la voz de Bob llegaba a mis oídos, un poco ahogada por mis sollozos.

—N-no p-puedo —sollocé todavía con las manos en la cara.

—No importa. Tranquila —el enfermero me quitó las manos de la cara. Pude ver comprensión en sus ojos verdes —. Puedes pensarte mejor las cosas. No tienes que hacer esto si no lo deseas.

—Quiero irme —balbuceé con voz llorosa.

—Por supuesto. Voy a retirar la vía para que puedas marcharte, ¿de acuerdo? —dijo tomando mi brazo con delicadeza y comenzando a retirar el adhesivo.

—¿Debo firmar algo? —pregunté.

—El disentimiento del procedimiento —dijo el enfermero haciendo presión en el sitio donde había estado la vía.

Una vez hube firmado el documento donde rechazaba que se me practicara el aborto, pude vestirme con mi ropa de calle y salir a la sala de espera nuevamente. Beto estaba sentado en una de las sillas azules, ojeando una revista distraídamente. Le toqué el hombro con cuidado para llamar su atención.

—¿Ya? —dijo mirando su reloj de pulsera con sorpresa y dejando la revista sobre el asiento de al lado.

—No pude —admití en voz baja.

—Oh —dijo poniéndose en pie —. ¿Quieres pizza? Venden una muy buena a un par de calles.

No pude evitar sonreír. ¿Eso era todo? ¿No me iba a tratar de idiota por tomar el camino de la maternidad?

—Sí. Vamos —acepté.

—Verás… Yo creo que el nombre Ezequiel tiene un toque aristocrático —dijo Beto, poniendo su brazo nuevamente sobre mis hombros para acompañarme a la salida.

—¿Ezequiel? ¿En serio? —pregunté con una risita.

—¿Por qué no? También está Reginald… podemos decirle Regie… o Aline, si es niña…