LENA

El muchacho estaba sentado sobre un fardo de heno con la cabeza gacha, mirando al suelo. Sus codos permanecían apoyados en sus rodillas, dejando que las manos le colgaran despreocupadamente. Llevaba un largo abrigo café con el cuello levantado como si se hubiese estado protegiendo del frío.

—¿Theo? —pregunté confundida adentrándome en el granero —¿Qué haces aquí?

—¡Lena! ¿Estás bien? Rodríguez me escribió. Dijo que me necesitabas con urgencia —dijo Theo levantándose de golpe y acortando rápidamente la distancia que nos separaba, para envolverme en un fuerte abrazo.

—¿Qué? —dije más confundida que antes, petrificada en medio de los brazos del muchacho.

—Tienes que hablar con él —dijo la voz de Beto a mi espalda —. ¡No puedes asumir esto sola!

¡Oh, por Dios! ¿Qué estaba pasando? Me solté del abrazo de Theo y me giré hacia el Slytherin con expresión interrogante. El muchacho estaba de pie a la entrada del granero, con los brazos en jarra al mejor estilo de Molly Weasley.

—Beto ¿qué intentas hacer? —pregunté frunciendo el ceño.

—¡Es justo que lo sepa! —sentenció Beto.

—¡No! —dije subiendo el tono de mi voz, comprendiendo de repente lo que pasaba por la cabeza del grandulón — ¡Estás confundiendo las cosas!

Theo miraba de Beto a mí, como en un partido de ping pong. Su expresión habría resultado graciosa en otras circunstancias menos complejas.

—No estoy entendiendo nada —dijo Theo poniendo las manos en jarras, igual que Beto.

—No tienes que entender nada —dije lanzándole a Beto una mirada de advertencia, antes de mirar a Theo seriamente —. Es mejor que vuelvas a casa.

El muchacho me miró con expresión dolida.

—Ya veo. ¿Entonces los Slytherin son lo tuyo? —soltó con voz resentida.

—¡Oye, no te confundas Williams! —dijo Beto señalándolo con un dedo amenazador —. Tu chica y yo sólo somos amigos.

—Beto, de verdad… —comencé a decir.

—¿Qué hace ella aquí entonces? —interrumpió Theo, adelantándome para enfrentarse a Beto más de cerca —¿Seguro que no la estás rondando?

Solté un bufido exasperado. ¿Por qué no había negado lo de "tu chica"? ¿Qué todo el mundo creía que yo era propiedad de alguien?

—¡Estoy cuidando de ella y de tu bebé, bastardo malagradecido! —exclamó Beto enderezándose hasta alcanzar su mayor estatura, sobrepasando a Theo de forma considerable.

Theo abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua, y se giró hacia mí lentamente, mirándome perplejo. Parecía haberse olvidado repentinamente de la disputa que estaba teniendo con Beto.

—¿Cuál bebé? —graznó.

Ábrete tierra y trágame, pensé, horrorizada. La expresión de Theo era un poema, mientras me recorría con la mirada, como queriendo encontrar al mentado bebé colgando de alguna parte de mi cuerpo.

—Ella no quería decirte que va a tener a tu bebé —terció Beto con seriedad.

—Por Dios —murmuré y me fui a sentar sobre el mismo atado de heno donde estuviese Theo minutos atrás, cubriéndome la cara con las manos. Beto era un amor de persona, además de un ser humano muy intuitivo, pero en esta oportunidad se había pasado de tonto.

—¿Estás embarazada? —la voz de Theo se escuchó como un agudo chillido —¿Permitiste que Snape te embarazara?

—¿Snape? —la voz de Beto igualó en agudeza a la de Theo.

¡Ya estaba! El circo se había completado en menos de nada. Por lo que parecía ser la millonésima vez, maldije mi existencia, deseando que la tierra me tragara y no me volviera a escupir. Sentí como el niño se movía, como burlándose de mi azorada situación.

—Te dije que era complicado, Beto —dejé que mis brazos reposaran sobre mis rodillas, dándome por vencida con ellos. Los miré, agotada con la situación.

Theo se dejó caer de culo al suelo cubierto de heno y Beto se le unió segundos después. Ya no se veían como un par de machos en celo al borde del duelo, sino que parecían un par de compañeros que acaban de atravesar una guerra juntos.

—Te juro que creí que era tuyo —dijo Beto a Theo rascándose la cabeza, hasta ponerse el negro cabello de punta.

Theo bufó.

—Ella sólo se desvive por Snape —respondió con voz resentida.

Ni siquiera pude molestarme con él, porque debía aceptar que tenía razón. Snape había sido mi perdición, quien me había enceguecido estúpidamente. Debido a mis sentimientos por el maestro de pociones era que mi vida se estaba yendo a pique.


—¿Trajiste otro amigo, Beto? —preguntó la abuela cuando mis amigos y yo entramos a la casa.

La mujer iba camino de la cocina y llevaba en las manos un par de agujas de tejer y un ovillo de lana. Como era costumbre, su rostro cargado de arrugas no mostraba más que buen humor.

—Sí, abuela. Es Theo Williams —dijo Beto con tono afectuoso. Siempre le hablaba a su abuela con un cariño que no parecía propio de su físico corpulento.

—Mucho gusto, señora —dijo Theo estrechando la arrugada mano de la anciana.

—Que alegría que mi niño tenga amigos —dijo la anciana sonriente —. Siéntete bienvenido.

Theo sonrió encantadoramente, disimulando a la perfección la molestia que yo sabía que lo embargaba. Beto miró para otro lado, un poco sonrojado por el comentario de su abuela.

—Vamos —dijo Beto encabezando la marcha a su dormitorio.

—Cuanto Slytherin hay aquí —opinó Theo, arrugando la nariz en cuanto entramos a la habitación.

—A mí me gusta —dije, sentándome en la cama, sin esforzarme por evitar que se me viera el abultado vientre.

—No me cabe duda —dijo Theo con sorna.

—¿Vas a dejarlo en algún momento? —dije rodando los ojos.

—¿Qué? Me estalla Snape y todo lo que se le asemeje —respondió Theo girando la silla del escritorio y sentándose en ella.

—Supéralo, Williams —dijo Beto sentándose a mi lado.

Sentí como la cama se hundía bajo el peso del muchacho, haciendo que me deslizara un par de centímetros hacia un lado. Me tuve que reacomodar sobre el colchón para no terminar encaramada sobre Beto.

—No sé ni qué hago aquí —gruñó Theo mirando por la ventana.

Tragué saliva, sin saber cómo responder. Cualquier cosa que dijera sonaría como si fuese una maldita malagradecida, así que guardé silencio.

—Puedes irte si quieres —dijo Beto cruzándose de brazos —. Puedo cuidar de ella yo solo, si sus amigos no valen lo suficiente.

—¿Estás diciendo que no soy un buen amigo? —Theo apretó la mandíbula y volvió su mirada aceituna hacia Beto.

—Tú lo estás diciendo.

—¡Basta! —atajé, harta de que los dos chicos estuviesen cada dos por tres con ganas de matarse —. Es mi problema, no el de ustedes. No tienen que pelear por ello.

Los dos chicos me miraron.

—Ah ¿sí? ¿Cómo vas a solucionar tu problema? Ilumíname —dijo Theo.

Tragué saliva ante la dureza de sus palabras.

—Va a regresar al colegio, después va a tener al bebé y a aplicar para San Mungo. No tiene que cambiar nada —intervino Beto con optimismo.

—¿Estás de broma? ¿Crees que va a parir un juguete? —bufó Theo poniendo los ojos en blanco —. Eso se va a notar en el colegio y la van a expulsar. Seguramente eso nazca antes de acabar el curso.

—Deja de decirle así al bebé —lo riñó Beto —. Hemos hecho cuentas y la primera semana de exámenes es del primero al cinco de junio. Esa semana se evalúan las materias que exige San Mungo. Si todo sale bien, Lena alcanzará a presentar sus exámenes y podrá irse de Hogwarts antes de que se ponga de parto.

—No es un plan muy confiable —dijo Theo con una mueca —. ¿Y qué hacemos con la barrigota? Todo suena muy bonito, salvo que será bastante notoria.

—Beto ha pensado en hechizar mi ropa con un encantamiento de expansión indetectable —dije tímidamente —. Todavía debemos perfeccionarlo un poco.

Theo posó su barbilla en la palma de la mano, pensativo.

—No es una idea demasiado mala —dijo al fin.

—¿Verdad que no? Se le ocurrió a ella. Es un genio —dijo animadamente Beto.

Me sonrojé. El chico era una maquina de mejorar el estado de animo de la gente. Lamentaba no haberlo conocido antes.

—¿Cuánto tienes? Exactamente —preguntó Theo, quien no parecía compartir la teoría de Beto sobre mi cerebro superdotado.

—Dieciocho semanas —respondí.

Se quedó en silencio un momento.

—Eso hace cuarenta semanas exactas durante los EXTASIS —comentó el muchacho. Sus ojos aceituna mostraban preocupación —. Es una apuesta grande. Sobre todo, con Snape incordiándote todo el tiempo… Podría adelantarse.

—Es mi única oportunidad —instintivamente puse una mano sobre mi vientre cuando el niño se movió. Los ojos de Theo no pasaron por alto mi gesto e hizo una mueca de desagrado, que procuré ignorar, en vista de que unos días atrás yo tampoco estaba demasiado cómoda con el asunto —. No tengo más opciones.

—Vamos a necesitar más gente que te respalde en esto —dijo Theo con seriedad, rascándose una ceja —. Tenemos que decirles a Ben y Collette.

—No quisiera involucrar a más personas —dije asustada ante la idea de una muy segura regañina de Ben. ¿Qué tal si al chico se le escapaba algo frente a su cuñada? Me angustiaba la postura que podría adoptar Hermione Granger ante mi situación si se enteraba de quién era el padre.

—Es una necesidad. Ni Rodríguez ni yo somos de tu casa. Necesitas respaldo allí —insistió Theo.

—Tiene razón. Ellos pueden respaldarte en sitios que nosotros no —convino Beto.

Dejé escapar el aire en un suspiro.

—¡Bien! Pero no pueden saber quién es el padre.

—Como si no fuese lo primero que van a preguntar —se mofó Theo —¿A quién se lo vas a achacar? ¿a Rodríguez?

—Pues ya me inventaré algo —rezongué sonrojándome.


Theo fue el encargado de realizar el encantamiento de expansión indetectable en mis prendas, teniendo especial cuidado de que funcionara a la perfección en las túnicas del colegio. En apariencia no se veía nada fuera de lo normal, como si nada ocurriera debajo de la oscura tela. Sólo tenía que ser precavida a la hora de tener contacto con la gente porque, aunque no se viera, era posible sentir lo que había debajo si se hacía presión.

—No es como si la gente fuera por la vida tocándole la panza ¿no? —dijo Beto para darnos ánimos.

Me mordí el labio, preocupada. Sí que era una apuesta grande, aunque no se viese a simple vista mi abultado vientre. Estaba comenzando a caminar con un poco más de dificultad durante los últimos días, y suponía que tenía que ver con que mi centro de gravedad estaba siendo reemplazado. ¿Qué diría si la gente preguntaba por qué caminaba como un pato?

—Creo que, si no llama la atención, funcionará —dijo Theo dándole la última mirada a la túnica hechizada que me estaba midiendo —. Nada de cafeína y esas cosas.

—Ja, ja —dije con una mueca.

Beto soltó una carcajada, sobresaltándonos.

—No me acordaba de eso —dijo el grandulón.

—¿Cómo no? Si casi aleteaba como una snitch —se rio Theo.


SEVERUS

La vi entrar al gran comedor acompañada de Rodríguez. Ella sonreía de alguna cosa dicha por el chico, como si fuese feliz de nuevo. ¿No era bueno aquello? ¿Qué ella volviera a sonreír realmente, que ya no llorase por mi causa? Debería haberme alegrado por ella, pero no podía. Odiaba la idea de que ella hiciese una vida con alguien más.

—Se ven bien juntos ¿verdad? Es como un pequeño adornito —dijo Angela en voz baja.

Deseé poder estamparle su venenoso rostro contra la mesa, pero me contuve, ignorando su comentario.

—Oumm, ¿no te gusta la idea? —ella acarició mi brazo aferrándose a él, con aire triunfal.

Sonreí y me incliné hacia ella, acercándome a su oído, con la mejor cara de hombre enamorado que logré componer.

—Suéltame o voy a ahogarte en el cuenco de la sopa —le susurré, sin dejar de sonreír.

—No me tientes —murmuró Angela soltándose de mi brazo.

—Has lo que te plazca —murmuré también, depositando un ligero beso en el lóbulo de su oreja antes de erguirme nuevamente.

Con enorme placer escuché cómo Angela rechinaba los dientes mientras se servía vino en su copa. Sabía que no debería buscarle la quinta pata al gato, pero disfrutaba llevándola al limite de su paciencia, haciéndole sentir un poco de la frustración que me embargaba a diario desde que ella me obligase a renunciar a Lena.

Continué mirando a la chica, embebiéndome de cada una de sus facciones, de sus gestos. El cabello le había crecido unos cuantos centímetros durante el verano, cayéndole graciosamente sobre los hombros, y sus pómulos ya no estaban hundidos, de modo que el aspecto enfermizo de antaño era cosa del pasado. De nuevo comía, riendo con el par de pegotes que siempre la acompañaban, totalmente ajena a mí y a la arpía sentada a mi lado.