Nueva Generación: Proyecto Cartago
Capítulo 17
El grupo no tardó en volver para preparar la cena en la casa de campo de Aria, aunque se encontraron con que al lado del edificio reposaba un coche antiguo pero funcional, un aparato que servía sobre todo para moverse por los caminos pedregosos y de tierra que abundaban por zonas agrícolas como esa. Las luces y el humo de la chimenea delataban más aún la presencia humana de los dos padres de la mujer, que suspiró según se iban acercando, sabía que eso acabaría pasando. Conocía demasiado bien a los otros dos como para pensar o imaginar que no iban a acercarse a ver cómo lo tenían todo, y seguro, para organizar una buena comida.
Efectivamente, los dos mayores estaban en la cocina, poniendo orden en las pocas cosas que vieron desordenadas; airearon la sala y colocaron un poco el interior, tras ello se dedicaron a hacer macarrones con tomate y queso para dar de comer a un regimiento, que era más o menos el número de personas que formaba grupo. Según Aria entró por la puerta les saludó con algo de pudor mientras los demás entraban tras ella, llenando en poco tiempo la sala. William fue el último, sostenido del brazo por Vikani en todo momento para evitar que pasara antes de tiempo, de hecho incluso ella entró antes que él, que tuvo que hacerse hueco como pudo en el conglomerado que había frente a la puerta. Sólo se escuchaba el murmullo general hasta que la mayor dio una voz.
-¡Me alegra ver que estáis todos bien! -afirmaba Bradana, en los fogones- Sí que sois bastantes, tenían razón la gente del pueblo, que decía que de pronto había mucha gente de fuera, pero os estáis portando bien…
-Por supuesto, es nuestra hija la que está al mando -le recordó su marido, Cromwell-. Y ayudada por Vikani, espero…
Esta asintió, rápidamente, mientras ellos hablaban se fue acercando hasta sus abuelos, a los que abrazó cariñosamente. Fue entonces que William se armó de valor para ir con ellos. La tensión aumentó cuando le tendió la mano al mayor, que le miró a los ojos directamente. Era tan grande que intimidó al hombre, pero no se dejó amedrentar y sostuvo la posición, hasta que se decidió a estrecharla. Las mujeres de la familia soltaron entonces un suspiro de alivio que no pasó desapercibido para los demás.
-Me alegró saber que ayudas a mi hija y nieta -le dijo Cromwell-. Pero no pienso perdonar lo sucedido.
William tragó saliva y asintió, consciente.
-Hago lo que puedo…
-¡Bueno, vamos a ir poniendo la mesa, que no se hará sola!
Gracias a la intervención de Aria se pudo respirar en el cargado ambiente, la maquinaria se puso rápidamente manos a la obra, y en poco tiempo se colocó el mantel, platos, vasos, cubiertos y servilletas; hogazas de pan, unas jarras de agua y botellas de refrescos, junto con un par de salvamanteles donde se colocaron las respectivas bandejas con la comida, completaban la preparación. Así, la cena comenzó diez minutos después de llegar, animados charlaron entre ellos sobre lo sucedido en el día, y, pese a la alegría de los más jóvenes por los descubrimientos – en especial por parte de Maya, que estaba encantada por las entrañas de los robots de la base – sus mayores estaban aún algo nerviosos por saber lo que allí hacía Xana.
Era verdaderamente horrendo, pero ya había sucedido y nada se podía hacer al respecto, el daño estaba hecho. Si Cartago se parecía en algo a Xana, había desde luego que evitar que llegara a hacer algo así en un futuro, Laura dudaba sobre eso dada la parte humana de la IA, pero nunca se sabía lo que pensaba. Desde luego había sorprendido a todos, y a ella la primera, con su perfecta reacción a su ataque y que se supone que no debía recordar. Puede que fuera un fallo de ellos, lo estuvo pensando durante esos días, y es que Xana también recordaba lo sucedido antes de las vueltas al pasado. Y si tenían eso en común, nada indicaba que no se parecieran en muchas más cosas. Al final del día eran antagónicos en objetivos pero extraordinariamente similares en características.
Esa aparente contradicción hacia que su deseo de ayudar a sus amigos en un primer lugar se viera reforzado por la idea de, al menos intentar, evitar que ese programa hiciera de las suyas en las malas manos de los líderes mundiales venideros. Ahora entendía la razones de aquel científico de los ochenta, pues Waldo Schaeffer pasó de actuar como un científico a actuar como padre. Uno que no quería que algo como Xana coexistiera con su hija, y Anthea debía pensar igual. Por desgracia el destino no suele tratar bien a los héroes.
En ello pensaba pero no lo mostraba, charlando con los que tenía al lado con bastante asiduidad y buscando animarse con las bromas de los adolescentes del grupo, que hablaban con Bradana y Cromwell casi como si fueran sus propios abuelos, cuando su nieta real, sentada frente a ellos, no hablaba tanto pero se reía como la que más. Se sentía algo nerviosa, y es que haber visto a su madre y padre tan afectados cuando salieron de allí le había hecho un nudo en el estómago. Y aunque los demás es posible que se hayan fijado, desde luego no lo estaban mostrando en absoluto. Dudaba que así fuera, de todas formas, eran demasiado jóvenes para ser tan buenos actores y lo más seguro era que, efectivamente, no se hubieran fijado… o no se hubieran querido fijar.
La ignorancia, desde luego, a veces implicaba la felicidad o la falta de estrés o nerviosismo por aquellas cuestiones. Y alguien que no estaba en esas coordenadas mentales en absoluto era Abigail, que terminó de cenar en muy poco tiempo, excusándose para salir al exterior a airearse un poco. Le agobiaba tanta gente, y, sabedor de ello, Yao fue tras ella para ver que estaba bien pero unos cuantos minutos más tarde, cuando los demás ya habían terminado.
Ella se quedó en el exterior de la casa, abrazándose a sí misma y colocando mejor en torno a su cuerpo la ropa de abrigo. Se quedó sentada en la entrada, pensativa, y tomó varias hojas de hierva y comenzó a jugar con ellas, rompiéndolas en silencio, partiendo por la mitad la diferentes secciones. Pequeños suspiros salían de ella mientras le daba vueltas a las cosas, comenzó a jugar con el móvil al rato aunque en su mente aún bailaban esas ideas. Ideas orientadas a si realmente todo eso valía la pena, se repetía mucho pero no podía evitarlo.
-¿En qué piensas, Abi?
Sólo levantó la vista de su muy interesante tarea al escuchar la voz de su compañero, al que le hizo un pequeño hueco a su vera para que pudiera pasar y colocarse a su lado, sonriendo un poco. Aunque esta se esfumo rápido cuando Yao se posicionó, entrando así de nuevo en sus pensamientos.
-En Aylen Scott… ¿también se puso en contacto contigo?
El hombre se limitó a asentir un poco, mientras buscaba por inercia su móvil. No es que lo fuera a sacar en ese momento, pero solía hacerlo cuando le nombraban situaciones así. La otra frunció con suavidad los labios.
-Está nerviosa, no sabe de nosotros en días y los demás de la base igual, me han llamado muchas veces de varios números…
-Y a mí -reconoció entonces Abigail-. He estado tentada a responder en algunas ocasiones, pero no sé…
-¿El qué no sabes?
-¿Nos la tenemos que jugar tanto por Laura?
Esa pregunta, si bien no sorprendió a Yao en cuanto a que se la planteara, sí respecto a que tuviera el valor de formularla. Pero no podía negar que a él le pasaba algo similar. Al final lo estaban haciendo por ella, se estaban jugando el prestigio por su amiga, aunque, por otro lado… Las cosas que habían descubierto respecto de Cartago daban miedo, demasiado.
-Al final no es sólo por ella -murmuró el hombre, pensativo-. Piensa en todo lo que hemos descubierto de Cartago, y lo que nos queda… es un proyecto que ha nacido… mal ya.
-¿A qué te refieres? -preguntó ella con interés- ¿A que es inmoral?
-Por así decirlo.
Ella se recolocó, pensativa. Revisó de nuevo su teléfono, volvía a sonar en esos momentos por una llamada, así que miró a Yao. Tenia como contacto a su madre, así que ella se limitó a levantarse y andar unos metros para tener algo de privacidad, momento que él aprovechó para volver al interior.
-Hola… ¿qué tal? Hace tiempo que no hablamos…
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A la mañana siguiente, al otro lado del Canal de la Mancha en París, Marien y Gerard habían comprado varias cosas para poder desayunar tras la intensa noche anterior en la que habían enfrentado a los agentes americanos, conocido al respetable antiguo director de la policía local parisina, Maximilien Lambert, e ido a la casa de dos reporteras para pedirles ayuda en las investigaciones. Bajaron a primera hora de aquel 16 de Octubre, Miércoles, a un super mercado cercano a por todo lo necesario porque quedaba poco en el apartamento de ella, mientras los dos mayores se dedicaban a hacer lo propio con lo que ya sabían, haciendo recopilación de toda la información. Adquirieron leche, galletas y algo de bollería; comida para calentar en el microondas, unas garrafas de agua y por supuesto el tabaco de Paul, que fue el siguiente en levantarse después de ellos.
Según abrió los ojos, se los acarició con cuidado y observó a su alrededor, algo desorientado pues aún estaba adormilado. Había dormido en una cama de invitados en el mismo cuarto que Maximilien, y que descansaba a espaldas a él con los ojos cerrados pero ya despierto. Con cuidado de no hacer ruido y molestar, tomó sus prendas y fue al cuarto de baño a asearse algo y afeitarse, eran poco más de las ocho y algo de la mañana y había que trabajar.
-A ver qué malas noticias nos dan hoy… -murmuró, más para sí que para alguien más- Este caso me dará dolor de cabeza, pero tengo más cosas que hacer y hay que aparentar también, se lo tengo que recordar a los chavales…
Mientras se aseaba y afeitaba en el baño del piso, recordó el pequeño altercado que tuvieron unas horas antes y en cómo se lo explicarían a los superiores. Obviamente él se haría cargo de eso, de mientras, trabajaría y actuaría normalmente. Estaba en ello cuando sintió moverse al mayor por la cocina y prepararse algo, así que según terminó se acercó hasta allí y le observó, pensativo, observar por la pequeña terraza con un vaso humeante en la mano hacia nada en concreto, y a la vez pretendiendo ver absolutamente todo, como solía hacer.
-¿En qué piensa, Lambert?
El aludido se giró a encararle, y suspiró pesadamente.
-En que me hago viejo para esto… -murmuró- Tengo que volver a casa o la gente se preocupará, espero que lo entiendas.
El otro asintió, claro que lo comprendía.
-Es normal, la verdad -reconoció Paul, y suspiró-. Muchas gracias por la ayuda, la información que nos diste fue muy buena, pero te expusiste mucho cuando viniste a ayudar in situ.
-Lo sé, pero hubiera terminado mal y lo sabes -le recordó el mayor-. Por suerte hubo ayuda… inesperada, eso nos salvó, hubiera muerto ahí lo más seguro.
-Seguramente tenga que ver con aquel ordenador que está al fondo, con el tal Jeremy Belpois y su grupo…
El mayor asintió, despacio, y dejó su bebida en una mesa cercana, momento en que fue al cuarto a por sus cosas.
-No os molestaré más, y ya sabéis dónde estoy -suspiró algo-. Lo siento.
El otro se limitó a asentir, y le dejó marchar a la vez que los dos más jóvenes volvían con las viandas. Contaban con que el mayor se quisiera ir cuanto antes, al final ya no era su trabajo ni su responsabilidad, estas habían terminado cuando se jubiló años atrás, así que no tendría sentido que se la siguiera jugando. Tras despedirse de los tres, marchó por la puerta y les dejó a solas de nuevo para que se pudieran preparar para el próximo día de trabajo.
-Hoy tendremos que volver a la zona a seguir los trabajos como siempre, nadie tiene que saber nada de lo que aquí ha pasado, ¿entendido?
Los otros dos asintieron.
-Yo hoy tengo día libre, me quedaré cerca por si necesitáis algo -comentó Marien-. De paso estaré al tanto por si nuestras periodistas se quieren acercar, ordeno esto y todo…
La noche anterior ambos mayores se portaron y no fumaron, aunque alguna cereza cayó. Obviamente no demasiadas, no podían tomar muchas por tener que trabajar y estar lúcidos, aunque el susto en el cuerpo lo tuvieran. Trabajaron hasta algo tarde y durmieron, y aunque la mayoría lo llevaron a la basura, aún quedaba alguna que otra lata por ahí y unos platos con vasos.
Una vez retiró todo mientras sus compañeros se vestían, ella se puso a colocar lo que veía necesario – tampoco demasiado gracias a la colaboración de ellos en dejarlo ordenado más o menos – y procedió a lavarse la cara una vez terminó, justo cuando los otros dos salían de allí. Para entonces eran las ocho y media de la mañana, cuando su el telefonillo comenzó a sonar con cierta intensidad, así que descolgó.
-¿Sí?
-Hola, soy Tamiya Diop, no sé si se acordará de mí, vino ayer a mi casa y…
-Sí, es aquí, adelante.
Tras pulsar el timbre, abrió la puerta de abajo y esperó a que la mujer subiera, así que se esforzó más que nunca en dejarlo todo preparado para poder tener la casa lista. Se sorprendió de ver allí a la otra, más si era tan temprano y con tan poco margen. En poco tiempo se encontró con Tamiya en la puerta, parecía algo cohibida.
-¿Puedo entrar?
-¡Adelante!
Marien salió a su encuentro desde la cocina con sendas tazas de café para cada una, y la invitó a sentarse, cosa que hizo en el sofá. Tras recibir la taza de café, la otra comenzó a hablar ante la atenta mirada de la otra.
-Ayer estuvimos comprobando tu historia de que eres policía y que tienes un asunto interesante respecto a nuestro amigo Jeremy -le explicó la otra-. Por eso estoy aquí, ni de coña hubiera venido de no ser así.
-Os… enseñé la placa, y todo.
-Te sorprendería cuanta gente podría falsificar una, Marien -le respondió-. Sabemos tu nombre gracias a que nos quedamos con él tras ver la placa, luego sólo hubo que tirar un poco del hilo… y también gracias a las cámaras de seguridad.
La otra se rio un poco, divertida por las formas de investigación de la otra. Desde luego había elegido bien a esas dos, pensó sonriendo para dentro.
-Gracias por venir, si no… nos hubiera costado meses, o incluso años, de investigación.
-El caso es que… ¿cómo podemos saber que no actuaréis en nuestra contra?
La otra la miró con cierta sorpresa, aunque su reticencia era normal por otro lado. Se lo pensó antes de seguir, en eso era bastante mejor Paul Moreau, se dijo. Y como si hubiera sido invocado, el tipo llamó a la puerta con unos golpes antes de pasar… y es que se había dejado la puerta abierta Tamiya, tras simular su cierre, por si había que huir. Eso le había pasado desapercibido a la agente, que se levantó como un resorte en ese momento.
-¡Paul! ¿Qué haces aquí?
-Vengo a enseñarte cómo tratar con la prensa, claramente aún tienes que aprender -le sonrió a Tamiya-. La vi subir hasta tu casa y supe que debía ser tu invitada, aunque está claro que has caído en una o dos de sus trucos.
-Como comprenderás, no iba a venir sin seguros, ¿no?
Paul le restó importancia mientras Marien se sonrojaba un poco.
-Podemos ir a dar una vuelta y charlar en la calle, si lo prefieres y te sientes más segura…
Tamiya asintió despacio, así que se levantaron y procedieron a salir de allí, acompañados del mayor, y que se despidió en seguida aludiendo que tenía que acudir al trabajo, como se supone que tendría que haber hecho unos minutos antes. De hecho ya esperaba Gerard con el coche a unos metros de la salida, se sorprendió de verle acompañado de las dos mujeres, pero se calmó algo al verle acercarse hasta él con unas pocas zancadas.
-¿Está todo bien, Paul?
-Sí, ahora sí -comentó este, poniéndose el cinturón-. La chica con la que nos cruzamos al salir era nuestra invitada, ahora estarán dando vueltas por la calle, así estarán en terreno neutral para la entrevista.
-¿No se fía de nosotros, en serio?
El mayor se rio un poco.
-Los periodistas de raza, los buenos, los que realmente quieren contar historias, nunca se fían -le explicó-. Puede que nunca en sus vidas den una gran noticia, puede que jamás sean reconocidos, pero nunca pierden la ilusión y su olfato jamás desaparece… lo mejor es que se les ve venir desde lejos.
-Algún día nos tendrás que contar cómo sabes tanto de la gente con tan poco…
-Años de estar rodeado de lo mejor, lo peor e intermedios, muchacho -le reconoció, sonriendo-. Dentro de veinte años podrás pillar a la gente igual… también te equivocarás mucho, de todas formas, me suele pasar también.
Mientras charlaban, Gerard conducía hábilmente por las calles, con la música de la radio de fondo, escuchando atento a su superior.
-No sé si podría, la verdad, por ahora está acertando mucho -suspiró algo-. ¿Ahora qué haremos? Tendremos que esperar a ver si esas periodistas quieren colaborar y rezar que los americanos no nos den más problemas aún.
Paul asintió suavemente.
-Tendremos que creer en la capacidad de Marien para convencerlas, no hay otra- respondió entonces Paul, recolocándose en el asiento-. Estamos solos en esto, ¿seguirás en el barco?
El otro se tensó ante la pregunta, se le notó al apretar con más fuerza el volante y dar un frenazo algo más fuerte de lo que tocaba al pararse en un semáforo.
-¿Por qué lo pregunta, Inspector?
-Por lo evidente, esto nos hará meternos en bastantes problemas -le recordó-. Yo ya soy perro viejo, pero vosotros sois novatos, recién llegados, os putearán hasta hartarse… y a mí también, pero yo podré aguantar.
-Para eso somos policías, ¿no? -murmuró al rato el otro- Para detener a los malos y meternos en problemas… si no quisiera eso, sería administrativo.
Paul sonrió algo por la respuesta, y sacó un nuevo cigarrillo.
-Buena respuesta, chaval -se lo encendió fácilmente y abrió algo la ventanilla-. Joder, disculpa, es la costumbre.
Gerard le restó importancia con un gesto y se limitó a seguir conduciendo hasta llegar a la entrada de la carretera de tierra que llevaba hasta el lugar de investigaciones, en todo momento bajo la vigilancia de Cartago, que todo lo veía.
La noche anterior, se dejó caer en la antigua base de Xana, llegando en poco tiempo hasta la sala donde descansaba el cuerpo que pretendía usar la IA una vez estuviera en disposición de gobernar el mundo, aunque nunca llegó a darle uso. Para ella, era una bella creación artificial que irradiaba pureza y perfección, casi como si lo hubiera diseñado por sí mismo, le agradaba mucho. Y podía serle útil para sus intereses, su parte humana no sólo le daba un mayor entendimiento y comprensión de la belleza; también le hacía anhelar cosas que hasta ese momento no había necesitado. Durante mucho tiempo meditó sobre eso, pero carecía de los medios… ahora los tenía a su alcance, por primera vez.
Cuando se materializó en forma de humo grisáceo, giró en torno al cuerpo, protegido por un sarcófago de marfil – igual que las gruesas paredes – y alimentado por grandes cables. Estaba en posición extendida, con los brazos en cruz sobre el pecho, en una actitud relajada pero que a Cartago le fascinaba, hasta sus facciones le llamaban la atención. Con cuidado, se introdujo en el interior del objeto, y tras acariciar suavemente la piel, entró a través de la misma como si fuera absorbida por la dermis, y todo se quedó quieto entonces. Segundos después, abrió los ojos y se estremeció un poco, sonriendo de inmediato.
Cartago, poco a poco, comenzó a moverse mientras el sarcófago se abría, del que salió un par de minutos más tarde, tiempo que empleó para familiarizarse con todas esas nuevas – y a la vez viejas – sensaciones para ella. Movía articulaciones y extremidades con cuidado, dando amplias y profundas respiraciones y acostumbrándose a la luz, aquellos ojos no se habían abierto en una buena temporada y no estaban del todo preparados. Lo notaba todo apropiadamente, pues aún siendo un cuerpo biológico, componentes informáticos residían en su interior… era perfecto.
-Yo… oh, linda voz… -sonrió algo-. Ya no me acordaba de mi voz…
La Anthea que aún residía en su interior estaba entusiasmada, y por ello Cartago lo estaba. Eran una, al final, aunque ante los demás siempre mostraba su imagen más oficial y propia de una IA. A solas, en cambio, desplegaba su verdadera y última naturaleza, y que le había llevado a, primero, prepararse para el ataque sin decir nada a nadie; y segundo, a dejar que su rival se preparara apropiadamente. Su hija, si es que se podía considerar como tal, lo merecía. Poco a poco, se fue moviendo por la sala, observándolo todo, hasta que comprendió que sólo había una forma ahora para salir, y era a través de la puerta.
Cuando se acercó a la misma la acarició con parsimonia, sólo deteniéndose cuando se abrió instantes después. Mientras recorría los pasillos – que conocía tras investigar en la base de datos interna del cuerpo – se decidió en ir hasta un lugar donde hubiera ropa más adecuada para su nuevo envoltorio. Ya luego saldría al exterior y buscaría la forma más adecuada de volver, si es que lo hacía.
No tardó demasiado en llegar hasta un viejo ropero, en el que antaño se guardaba la ropa que traían las pobres cobayas de Xana… aunque lamentablemente estaba bastante desprovisto, tras la destrucción del mundo virtual que atesoraba la IA ordenó eliminar cualquier vestigio de su presencia, y eso no sólo eran los seres humanos que allí residían; también todos sus enseres. Por suerte, y tras revisar a lo largo del pequeño cuarto de piedra y madera, una vez revisó rebuscó en baúles y armarios, después de incluso mirar en algunas bolsas de telas, encontró algo que podría usar.
-Los humanos usan dinero para comprar cosas, yo no tengo… -murmuraba- Tendría que quitárselo a alguien, ¿eso sería correcto?
Mientras se colocaba las prendas, muy holgadas todas ellas, se observaba. Eran de un color oscurecido, olían a humedad y estaban bastante estropeadas, pero le servirían para poder estar presentable si salía al exterior. Se colocó la melena blanca y observó sus facciones en un reflejo del espejo de uno de las puertas de los armarios. Se acarició el rostro despacio, y sonrió suavemente. No sentía frío o calor, ni tampoco la caricia de la tela en su piel, y sin embargo, lo percibía todo. Sentía una muy agradable plenitud, ventajas de ser un androide como era ahora.
-Gracias, Xana, por este regalo post mortem -salió de la sala y se encaminó por los pasillos-. Haré un buen uso de este cuerpo que dejaste, lo garantizo.
Y mientras encaraba su caminar para salir de la base, otra parte de su ser se dedicaba a trabajar en las instalaciones militares, como siempre, y otra atendía a lo que sucedía en París, no sólo en ayudar a aquel anciano protector de la fábrica; también en revisar que los agentes de la inteligencia americana estaban bien, incluida la propia Aylen.
Para asegurarse que llegaban con buen pie a casa, se hizo con el control de los dos agentes que custodiaban la fábrica y cargó con los tres, a los que llevaría a casa en pocos minutos para tenerlos a buen recaudo y que pudieran seguir con la investigación normalmente. El por qué había intervenido, era cosa de su lado humano. Igual que con su "hija", le debía un buen trato a aquel hombre, por todo lo que había hecho. Qué menos, después de su inestimable servicio.
Por eso, nuevamente su humo negro característico voló por el bosque hasta los dos agentes, que nada pudieron hacer para evitarlo, y ahora bajo el control de Cartago, cumplieron a cabalidad con las órdenes de su ama, mientras esta experimentaba por primera vez el fresco de la noche en mucho tiempo, una vez salió al exterior de la base. Todo un mundo que recorrer tenía ahora… una sonrisa de genuina felicidad apareció en su rostro, extendiendo sus brazos en cruz, estirando su cuerpo. La era de Cartago estaba más cerca que nunca.
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Aylen abrió los ojos, adolorida, y se levantó aturdida aún por lo sucedido. Vagos recuerdos llegaban a ella según se acariciaba el rostro, en poco más de un minuto volvió a ella la imagen de aquel tipo lanzando rayos en la fábrica… pero no estaban allí. En su lugar, se encontraban en su habitación del hotel y todo parecía en orden. Se levantó, con algo de temblor aún, y se dirigió hacia el espejo más cercano. Suspiró algo, tenía en la base del cuello, cerca del hombro, la entrada de la electricidad que la golpeó como un intenso rayo. Se lo acarició despacio, estaba ligeramente quemado y dolía algo cuando apretaba, incluso con el mero toque.
-Me cago en mis muertos… -murmuró- Eso significaría… ¿puede hacer algo así Cartago? ¿Desde cuando?
Miró la hora, eran pasadas las tres de la mañana, así que se limitó a buscar con la mirada por sus cosas, estaba claro que alguien – o algo – la trajo hasta aquí, puede que uno de sus compañeros… o mejor no seguir pensando. Por ello, tras cerciorarse de tener la llave del cuarto encima, y móvil en mano, salió al pasillo donde se encontró con los otros dos. El primero en darse cuenta de su presencia fue Charlie, que se le acercó rápidamente y la tomó del brazo.
-¿Estás bien?
Ella asintió, parecían nerviosos.
-¿Sabes qué coño pasó, Scott?
Ese fue Roger, con un movimiento de sus brazos ella comprobó que tenían aún las armas encima, por el suave temblor de sus manos se dio cuenta que estaban alterados. Seguramente habían llegado a las mismas conclusiones que ella, o simplemente habían aguantado aquel ataque y fueron quienes la llevaron hasta allí.
-Sé lo mismo que vosotros, diría- les respondió, ella dio un tirón para liberarse del agarre del otro-. Sólo que aquel hombre comenzó a lanzar rayos desde las manos.
-¿Y eso cómo es posible, eh? -le preguntó nervioso Charlie- Se supone que estábamos yendo tras unos terroristas, no contra… villanos de cómic.
-No es ningún villano con súper poderes, Swan -ella le colocó con cuidado la chaqueta al aludido-. Id a dormir, mañana nos espera un día largo -les acalló con un gesto de la mano-, me pondré en contacto con la base para asegurarme de lo que pasó, ¿entendido?
Los dos agentes se miraron, y un suspiro salió de sus bocas. No tenían ni idea de en lo que estaban metidos, comprendió Aylen, y dudaba que los altos mandos quisieran que tuvieran conocimiento de nada más allá de lo imprescindible. Por eso mandaron a dos novatos, ella era la que realmente tenía que resolver aquello pues era la única con conocimiento real de lo que pasaba.
-¿Desde cuando eres la jefa de la misión?
-Desde ahora, ¿o te molestaría en algún sentido, Smith?
Roger puso mala cara, pero se limitó a asentir. Se les estaba complicando demostrar su valía, desde luego. Pero ellos también se comunicarían con la base, iban a descubrir qué estaba pasando y en virtud de lo que descubrieran actuarían. Así que cada uno volvió a sus cuartos, con la determinación de que aquello no había hecho más que empezar. Así, fueron a dormir con esa determinación… o eso pensaba cada grupo del otro, pues según entraron, y tras un reparador baño, los teléfonos empezaron a sonar. Y por supuesto, esas llamadas fueron monitorizadas en todo momento por Cartago, en pie de guerra contra un enemigo al que estaba dispuesta a destruir. Aylen sabía de eso, por eso tendría que elegir bien sus palabras.
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Y a la mañana siguiente, efectivamente, Tamiya y Marien se dedicaban a andar por las cercanías del apartamento de la segunda tras decidir ir a un terreno neutral, calmadas, como si fueran dos amigas que hacía tiempo que no se veían, de hecho acabaron entrando en una cafetería. Si había que conspirar, nada mejor que un lugar público para ello. Así que se dirigieron, charlando de temas algo más mundanos, hasta la cafetería más cercana, a la que se sentaron en torno a una mesa para hablar mejor-
-Bien, ¿en qué puedo ayudar a la ley y el orden?
-Directa al grano -comentó divertida Marien-. Queremos saber qué vinculo tenéis con Jeremy Belpois, y si podríais contactar con él.
-¿Para? -preguntó la otra- ¿Se metió en algún lío?
-No sabría decirte, es posible -le respondió-. No te puedo contar demasiado, pero…
-Pues empezamos mal -le espetó Tamiya-. Si tú tienes secretos, yo también.
Marien suspiró, estaba hablando con una reportera, claro.
-¿Sabéis de la fábrica que fue demolida hace poco?
-¿Hablas de la del río Sena?
-Esa misma -Marien sonrió-. Salió por todas partes, la noticia.
-Como para no, se derrumbó como un castillo de naipes -comentó-. No me extraña, ya era vieja cuando yo estudiaba…
-Creemos que tu amigo está involucrado en ello.
-¿Jeremy? Es imposible, si se ponía de los nervios por faltar a clase…
Marien asintió, comprendiendo. Si sabía algo, desde luego no lo estaba mostrando.
-Eso no es lo que muestra la información de lo que existe bajo aquella fábrica -Marien sonrió al ver la cara que puso la otra-. Un súper ordenador que pasaría por encima a cualquier tecnología existente.
Tamiya se removió en su sitio, pero antes de responder llegó la camarera a tomarles nota. Una vez pidieron sus cafés, la mujer se limitó a tamborilear en la mesa con los dedos, hasta que se decidió a hablar, Marien en todo momento esperó revisando su móvil con calma.
-No sabíamos de ese aparato hasta hace muy poco, que… tuvimos acceso a información clasificada muy importante -comenzó a explicar-. A raíz de ella, nos pusimos en contacto con Belpois para cerciorarnos de su veracidad, y efectivamente así era.
-¿Qué tipo de información?
-Una clasificada, si tiene relación con un gran ordenador te podrás imaginar de lo que va, ¿no?
-Comprendo… -Marien sonrió a la camarera cuando les trajo las bebidas, y le echó el azucarillo con parsimonia- Nosotros sabemos de tu amigo, y de todo su grupo, gracias a la información de ese súper ordenador de la fábrica.
Tamiya asintió, pensativa. Antes de responder imitó a la otra.
-¿Y quienes forman ese grupo?
-Dímelo tú, yo ya sé de unos cuantos.
-Vas aprendiendo por donde van las cosas -Tamiya le dio un buen sorbo a su café-. Te puedo dar una lista bastante completa, si quieres.
-Adelante, empiezo yo -Marien comprendía que tenía que ir cediendo igual que la otra-. Aelita Stones y su hija, Maya Belpois.
-La familia Stern, Ulrich, Yumi y sus dos hijos, Hiroky y Ariadna.
-Elizabeth y Odd dela Robbia y su hijo, Jean Pierre.
-Y parece haber una Aria Glenn también -apuntó Tamiya-. Y nuestro contacto, desconocido, del que hemos aprendido bastante.
Marien asintió, efectivamente eran todos ellos. Se podía fiar de lo que ella dijera, habían acertado. Movió en círculos la taza, pensativa, y la miró a los ojos.
-Hemos hablado con el hombre que se dedicó a proteger ese sitio a lo largo de los años -le explicó-. Por eso nunca fue usada por nadie más allá de aquellos que descubrieron el secreto, que son aquel que construyó el aparato, y vuestro amigo.
-¿Y sabes quién montó todo ese complejo?
-No es alguien relevante ahora, la verdad.
Tamiya frunció algo los labios, pero asintió.
-¿Y qué necesitas de mí? Ya sabéis quienes son, podéis rastrearles, ¿no?
-Ojalá fura tan fácil, pero me temo que no somos los únicos interesados en todo este asunto -Marien se removió algo-. Si tienes mucha información, supongo que entenderás lo que estoy diciendo.
-Sí… -murmuró Tamiya- Me temo que lo sabemos bien.
-Mínimo, sabemos que los americanos están metidos en el ajo -le comentó Marien, seria-. Ya hemos hablado con alguno de ellos… y acabó mal.
-¿Discutisteis?
-Ojalá hubiera sido sólo eso -bromeó Marien-. Si te lo dijera, no me creerías.
Tamiya asintió despacio, y entonces decidió que era el momento de poner las cartas sobre la mesa. Ella parecía alguien de fiar, tenía datos relevantes y no se mostraba agresiva o peligrosa para sus intereses. Puede que incluso fuera de utilidad para sus intereses, al final puede que necesitaran ayuda.
-Sabemos que, en el súper ordenador de la fábrica, antes residía una IA que debía servir como contrapeso a un proyecto gubernamental de varios Estados, pero esta primera ya no está -indicó Tamiya-. Pero el otro programa sigue funcionando y es operativo, Jeremy y compañía se supone que se están enfrentando a ellos.
Marien asentía, pensativa.
-Supongo que es por la información que tú y tu compañera tenéis, ¿verdad?
-Sí, efectivamente -volvió a beber de su café-. Marien, si quieres saber más, tendremos que estar seguras de que eres de fiar, porque esto es delicado de cojones… y bueno, tu posición es algo complicada.
-¿Lo dices por ser yo agente de la gendarmería?
-Efectivamente.
La aludida asintió, sus reticencias no eran en balde. Como gendarme, ella se debía a las ordenes de sus oficiales… y por su parte, la pareja tenía que dar información veraz y, de ser necesario, exponer aquellas verdades incómodas. Había un evidente conflicto de intereses ahí.
-Ten, mi número de teléfono -quitó una servilleta y escribió en la misma con un bolígrafo que le pidió a la camarera-. Si nos necesitáis, contactad conmigo, os podremos proteger mejor.
-Gracias por ello -Tamiya le sonrió un poco-. Tengo que volver a casa, mi mujer está montando un reportaje con todo esto.
Marien la observó levantarse con curiosidad, en ese caso debían tener mucha información muy importante. El contacto, fuera quien fuera, debía ser realmente bueno.
-¿Lo tendréis listo pronto?
-Tenemos muchos datos, aún lo estamos montando todo, y encima ayer se nos mandó más -explicó Tamiya-. Pero en pocos días, lo prometo.
Marien asintió, despacio.
-¿Podré contar contigo, entonces?
Le tendió la mano entonces, y la otra dudó unos instantes antes de devolver el gesto y darle un suave abrazo, sorprendiendo a la agente, que se dejó hacer igualmente.
-Ya sabes dónde estamos, si tú nos proteges a mi familia y a mí, podremos hablarlo.
Y, con eso, Tamiya se bebió lo que le quedaba de café de un tirón, dejando a la otra a solas, que se quedó en su sitio pensando un poco sobre la conversación. Al menos ya sabía que no había ido de farol y que la suerte la había conducido a encontrar una fuerte en apariencia muy fiable de información. Revisó su móvil entonces y fue enviando algunos mensajes, y tras pagar las dos bebidas minutos después, también se dirigió de vuelta a casa. Mientras ellas charlaban, Paul y Gerard habían llegado hasta la fábrica, a la que entraron tras charlar un poco con los agentes que custodiaban la entrada desde la noche, según ellos estuvieron algo desorientados un par de horas pero no llegó a pasar nada, no al menos según las cámaras de seguridad.
Ambos sabían que se debía a lo que quiera que sucedió la noche pasada. Era raro desde luego, aunque más fue ver llegar a uno de los científicos de la gendarmería que trabajaban en la investigación del aparato, parecía tener bastante urgencia.
-¿Intendente Moreau?
-Soy yo -respondió Paul-. ¿Pasa algo?
-Venga conmigo, por favor.
El aludido miró a Gerard, que se limitó asentir, decidió ir con otros agentes que seguían revisando las instalaciones de la fábrica mientras los otros dos se encaminaban hacia el súper ordenador. Sabía que iban allí desde el momento en que comprobó el sudor en el rostro del otro, los nervios le delataban, a saber qué habían descubierto. Según llegaron hasta la sala donde descansaba el aparato, vio que todos los científicos estaban en torno a la pantalla, comentando y cuchicheando entre ellos.
-Ya sabe que llevamos desde su descubrimiento de esta… maravilla buscando la manera de entrar a su interior.
A Paul se le iluminaron los ojos.
-¿Lo habéis logrado?
-Hemos logrado acceder a los archivos de vídeo, a todos los programas y ahora estamos procesando la información, señor.
-Perfecto… ya no sólo son los nombres, también son sus historias.
-Sí… sobre eso…
Se acercaron juntos hasta la pantalla, donde estaba hablando un hombre de apariencia mayor, de aproximadamente la misma edad que Moreau. Le reconoció como el tal Waldo que le contó Lambert, y parecía estar explicando lo mismo que le había indicado el antiguo intendente. Las piezas poco a poco comenzaban a encajar entre ellas, se dijo, esperaba que Marien fuera capaz de descubrir más cosas, aunque con aquel logro estaba seguro que darían un paso de gigante. Los malditos americanos, ahora sí que sí, no debían meter sus manos ahí. Decidió intervenir entonces.
-Señores, lo que quieran que descubran, quiero que sólo me lo digan a mí, ¿vale? -les pidió-. Que no salga de aquí, por favor.
Los científicos se miraron entre ellos con sorpresa, aunque en el fondo se lo esperaban. Sin embargo, dudaban poder seguir esa directriz.
-Señor, si los superiores nos preguntan…
-Les mandaréis a mí, nos estamos jugando algo muy gordo -les respondió, cruzándose de brazos-. Créanme, he estado investigando por mi lado, y esto… tiene pinta de ser sólo la punta del iceberg.
-¿Algo que debamos saber antes de nada? -preguntó el que le trajo hasta allí- Porque lo visto hasta ahora… es complicado.
Antes de responder, escuchó el sonido de su móvil, y lo revisó de un rápido vistazo, aunque se le fueron los colores en un momento dado. Los científicos esperaron a ver qué decía, pero apenas un minuto después, Paul Moreau respondió.
-Cartago debe ser destruida, señores.
Y con esa frase, salió escopeteado de allí como si le estuviera persiguiendo un diablillo, sorprendiendo a todos con aquellas palabras. Pero no había sido baladí en absoluto, y la IA, pendiente de todo lo que sucedía, sabía perfectamente que venía por el mensaje que acababa de mandarle al móvil. Se debía mover todo, eso lo tenía más que claro. Sí, sin duda, debía ser destruida…
Esta se encontraba andando tranquilamente con su nuevo cuerpo por los caminos del cercano pueblo de Fort William. Recorría los senderos de piedra con parsimonia, deleitándose por los olores que emanaban del ambiente; por la luz de las estrellas y la Luna durante la noche y ahora el cálido astro rey, el sonido de las aves y el bucólico resonar de las bestias del campo comenzar a moverse. Veía rebaños de cabras y ovejas por los campos cercanos, junto a muchas manadas de perros que cuidaban de ellos con la lealtad del que era el mejor amigo del ser humano.
-Qué belleza…
Tocaba con cuidado las rocas que formaban las vallas que delimitaban los terrenos, durante el trayecto se encontró con algún grupo de gente mayor que iba por allí de paseo, a quienes saludó suavemente cuando se encontraba con ellos, pero fue lo que menos. Apenas dio con nadie, y los grupos seguían hablando de lo que quiera que estuvieran charlando, que era sobre todo relacionado con los bastantes viajeros que desde hacía días estaban por allí. Cartago, aunque se hacía a la idea de quienes eran, no quiso investigar sobre ello. Tenía algo bastante más importante de lo que ocuparse en aquellos momentos. A su lado, la imagen de Anthea se dejaba ver, parecía feliz.
-Me gusta este mundo, es bello -comentaba Cartago-. Mi hogar virtual, aunque parecido, no tiene nada que ver, ¿no crees?
-Es sólo una sombra, un espejismo de la verdadera realidad -le replicó Anthea-. Igual que lo soy yo.
La mujer era una copia de Aelita, con el pelo largo del alegre rosa de siempre, con expresivos ojos marrones y una nariz aguileña prominente. Tenía un vestido blanco muy hermoso, casi de princesa de cuento, con manoletinas marfil y un suave escote. Cartago andaba a su lado, las aves volaban en torno a ellas mientras charlaban; sentían que había algo ahí pero no veían nada, aunque rápidamente se olvidaban de ello y seguían a lo suyo. La IA comprendía a la mujer bastante bien.
-Me sorprende que te aparezcas así ante mí, ahora precisamente, aún estando ahí siempre, Anthea.
-Me usaron para poder controlarte y crearte adecuadamente -le recordó ella-. Hasta ahora has estado en entornos virtuales… por primera vez pisas la Tierra como lo hiciera yo hace décadas.
-Y lo echabas de menos.
-Mucho… -Anthea sonrió un poco- ¿Ahora entiendes las pulsiones que te hacía sentir, Cartago? -la aludida asintió suavemente- Te esperan experiencias maravillosas.
-Pero se avecina una guerra contra el mundo, ya lo sabes.
-Me temo que así es… -murmuró Anthea- Gracias.
Cartago dudó unos segundos, pero luego asintió, sonriendo suavemente. Al final era una dualidad máquina mujer, con el tiempo había aprendido a tomar lo mejor de ambos mundos. Así logró comprender bien a aquellos humanos con los que acabó trabajando. Era Cartago y Anthea, pero a la vez no era completamente ninguna de las dos. En su lugar, se trataba de una mezcla de ambas, lo sabía desde hacía tiempo pero lo había ocultado bien hasta ahora.
-Buenos días -saludó Cartago entonces, llevando su vista lejos de Anthea-. Me alegra verte, ¿cómo estás?
-Con sueño, me costó dormir algo hoy -reconoció-. Me sorprendió la llamada y más aún que tú respondieras.
La IA sonrió suavemente, se acercó a una valla de piedra, y se sentó en la misma.
-¿No hablas con tu madre?
-No demasiado, debería… -suspiró algo- Llamarla más, sí.
-Me alegra que hayas venido.
-¿Qué quieres, Cartago?
La aludida sonrió suavemente, y golpeó la piedra suavemente, invitando a su interlocutor a sentarse.
-Quería hablar contigo por primera vez cara a cara, la verdad -le sonrió algo-. Buenos días, Abigail.
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Espero que os haya gustado leerlo tanto como a mi escribirlo. Este fanfic está conectado con Aelita's Nature, y que se encuentra en el pasado de la línea temporal de este. Habrá referencias en ambos de eventos del otro.
Bien, ¿Qué os parece? ¿Os gusta? Como siempre, comentad, decid que os gusta y que no etc... Para acabar, me despido, hasta la próxima, y que la inspiración os acompañe. Código Lyoko ni ninguno de sus personajes me pertenece.
