Albert de pronto entró como a las 6 de la tarde a la habitación después de una cabalgata. Debíamos prepararnos para cenar con la tía Elroy y alguno que otro invitado de la familia que todavía rondaba la mansión. Yo estaba en la tina con espuma hasta arriba cuando él entró al baño.
"Ah, perdóname, Candy. No sabía que estabas ahí. Me iré a bañar a la ducha del cuarto de abajo".
"No te vayas…", le dije casi en un susurro. Él se giró y me miró entonces con asombro y curiosidad.
"Dime lo que necesites…Sabes que tenemos que cenar con la tía Elroy, y no debemos hacerla esperar".
"Só...sólo si queremos; no tenemos que ir…Ven, entra conmigo en la tina", le dije suavemente, imitando su tono regular de voz, y señalándole el agua para que entrara conmigo en ella.
Albert en ese momento parpadeó rápido, mirándome con cierta duda.
"¿Quieres que entre contigo en la tina…con ropa?"
"No. Quiero que entres conmigo en la tina…sin ropa", lo dije también susurrando y jugando coquetamente con la espuma, aunque sin atreverme a mirarle la cara en ese momento, porque sólo Dios sabe lo asustada que yo estaba, aunque supiera que, después de eso, no había marcha atrás.
Albert comenzó a quitarse cada pieza de ropa lentamente, como no creyendo lo que escuchaba. Yo adentro estaba que me moría de miedo, si les digo la verdad. Sentía mis piernas congeladas dentro del agua tibia. Sentía que me congelaba toda con el agua aún algo caliente dentro de la tina.
De pronto, levanté momentáneamente la vista, y volví a bajarla toda colorada mientras la última pieza de ropa interior bajaba de sus piernas. Él entró tentativamente en el agua y se acomodó al lado opuesto de donde yo me encontraba.
"Debí haber cerrado la puerta. Aunque estamos casados. Si nos ven no tenemos que explicar nada", me respondió con una sonrisa, y algo de nerviosismo que se le notaba en la voz.
La realidad es que la tina era grande, suficiente para que no nos tocáramos, y yo estaba, de nuevo, paralizada. No podía siquiera hablarle. Había tenido la valentía de invitarlo, pero parecía que nada más podía hacer, al menos no momentáneamente. Él, que siempre fue tan bueno conmigo, me dijo:
"Candy, yo no quiero que pienses que debes hacer nada para lo que no estés preparada. Te agradezco la invitación, pero no tienes que hacer nada si no quieres", y se levantó como para salir.
"Espera", lo detuve mientras intentaba taparse con una gran toalla que había dejado en el suelo. "No te vayas, por favor. Es que…es que quiero que te quedes conmigo. Quiero entender por qué tengo… por qué tengo tanto miedo. Quiero entender", le dije con la ansiedad en la voz, que se me notaba, y mirada de súplica.
"Candy, me voy a acercar a ti ahora, si me lo permites", lo hizo con sumo cuidado, dejando la toalla de lado, y arrastrando medio cuerpo desnudo fuera de la tina, lo que hizo que girara la vista, no sin antes darme cuenta de que estaba totalmente acelerado, con la voz ahogada, pero aún en control de la situación.
Yo le afirmé con la cabeza cuando me miró, y él entonces se sentó a mi lado a una corta distancia, sin tocarme y mirando hacia el mismo lado que yo miraba. Esperó un poco para hablarme, como que quería pensar qué decirme para que no sonara todo tan terrible.
"Por qué tienes tanto miedo", me preguntó después de pensarlo algunos minutos. "Sé que esto puede ser una experiencia intimidante, pero no es nada malo, Candy. Nos amamos y eso debe ser suficiente para poder comenzar nuestra vida juntos. Eso es parte de todo. Tienes que confiar en mí. Pero no te forzaré a nada aún si eso es lo que te preocupa. Cuando estés lista, me dices, y yo te llevo poco a poco, hasta que tengas confianza. ¿Quieres?"
"Sí…quiero", le contesté después de pensarlo un momento, en que él se enjabonada y me observaba, mientras yo pensaba qué decirle.
Albert me miró con ojos de ternura, y entonces se enjuagó, y salió de la tina, mojado, su cuerpo expuesto para que yo lo viera, y dejara a un lado la timidez.
"Ven", me ofreció la mano en ese momento.
Yo me sentí también expuesta y me tardé algo en querer salir. Mientras pensaba en su propuesta, de pronto lentamente levanté la mano y se la di. Él me dio un leve empujón y me sacó de la tina. Yo estaba mojada de pies a cabeza. Él buscó una toalla grande y me secó completa. Ese mismo proceso lo siguió con él después de dejarme la toalla.
"¿Quieres una bata?"
Yo le moví la cabeza que no.
"¿Quieres intentarlo ahora?", preguntó tentativamente
Yo le moví la cabeza como respondiendo que sí. La verdad es que no estaba segura, pero otra cosa sustituía el miedo. Sentía esas mismas pulsaciones que sentí con él debajo del vientre cuando me fue a rescatar de las garras de Neil. A él le pasaba lo mismo. Aún así, fue muy paciente y me llevó a la cama donde me acostó y me cubrió con la cobija, mientras él cerraba la puerta. Estábamos seguros de que nadie interrumpiría incluso si perdíamos que nos trajeran la cena, pero esto era algo que tomaría mucho tiempo, y que debíamos practicar para lograrlo, aunque les suene un poco crudo.
Luego de cerrar las cortinas para crear ambiente, vino lentamente hacia la cama y se acostó a mi lado, arropándose con la misma cobija con la que me había tapado segundos antes. Poco después, me preguntó si prefería que estuviéramos uno frente al otro o si prefería que alguno de los dos estuviera sobre el otro. Le dije que esa segunda alternativa era mejor, pues yo no sabía lo que tenía que hacer, y le pedí que fuera él quien se colocara cuidadosamente sobre mí. Entonces él lo hizo, mientras extendía mis piernas para acomodarse, pero no hizo nada más en ese momento. Yo sentía su peso, recuerden que él me lleva casi un pie completo y yo soy petite, pero era extraño, ya no tenía miedo; este fue sustituido por la curiosidad. De pronto recordé las palabras de la Srta. Pony y todo tuvo sentido en ese momento.
Él esperó otro instante para entonces decidir lo que haría. La realidad no sé cómo había tolerado todo ese deseo que llevaba por dentro. En parte le agradezco, porque después de esa primera vez, como dijo la Srta. Pony, todo fue más fácil. De hecho, nuestras primeras experiencias fueron algo torpes, pero ya cuando aprendimos a trabajar con las dificultades, hasta yo era la que comenzaba nuestros encuentros.
Bueno, pero como quieren detalles, pillinas, aunque no me voy demasiado técnica, les diré que estuvimos casi una hora en esa preparación. Él se me acercaba y me besaba, mientras se mantenía cerca de mí, pero no tanto como para evitar el susto que podría provocarme si era del algún modo brusco. Me preguntó si podía acariciarme, a lo que le decía que sí, lo que nos subía la temperatura a los dos unos cuantos grados. Luego de varias horas, me avisó tiernamente que iba a "completar el trámite", y cuando comenzó, sentí algún dolor, que él respondía deteniéndose y luego preguntándome, hasta que llegó al final del camino cuando le dije que continuara. No pudimos terminar, y así nos pasó varias veces, pero, de nuevo, luego de estos primeros intentos, todo fue más fácil incluso para él, que vivía con miedo de hacerme daño. Cada mínimo ruido de mi parte era razón para él detenerse hasta estar seguro de que no me mataba. Era difícil para él, pensando que siempre me cuidó y ahora me estaba "pervirtiendo" (ahora lo recordamos y nos reímos).
Por supuesto, todo el mundo sabía lo que estábamos haciendo en el ala este, solos y sin que nos molestaran, a veces pidiendo que nos dejaran la comida en la puerta. Pero la tía Elroy, aún lo permisiva que había sido desde que supo que su sobrino estaba enamorado de mí, comenzó a procurarnos. Sólo por cuestión de etiqueta, dos días antes de irnos de viaje, fecha que habíamos pospuesto por cuestión de practicar esta nueva hazaña que descubrimos que era maravillosa, decidimos regresar a la mesa del comedor principal. Y sí, se nos veía en la cara "la perversión", como le decía Albert seguida de ataques de risa que no podíamos controlar. Qué podíamos hacer. Nuestras risitas cómplices no pasaban desapercibidas por nadie. Para Archi, Annie y Patty eran graciosas. Para la tía eran motivo de vergüenza; y eso, que fue una, como quien dice, celestina nuestra. La verdad es que estaba disimulando su molestia. Estaba muy feliz de que, por fin, estuviéramos tratando de encargar un biznieto para ella, hijo del patriarca del clan.
"Ejem", decía la tía abuela con un gesto de seriedad simulada. "Espero que lleguen de Europa con… noticias…".
Lamentablemente para ella, o quizás por fortuna, eso no ocurrió sino hasta casi dos años después. Annie también esperó un poco para ser madre, aunque tenía más deseo que ninguna de nosotras. Fue la primera en serlo, pero no sin antes aprovechar esos cursos secretariales que mi esposo financió para ayudar a Archi en el corporativo, con los negocios, para lo que resultó buena, e increíblemente, parecía gustarle su nueva faceta profesional. A eso de la maternidad, después entonces, aunque para la tía, que sentía que cada minuto contaba, la espera desesperaba, y ni Annie ni yo se lo estábamos haciendo fácil…
…
Pareció una eternidad todo este asunto de la luna de miel retrasada, pero dos días después, salimos hacia la estación de trenes de Chicago. ¿Nuestro destino? Southampton en camino a Londres, a través de uno de los trasatlánticos de White Star Line, el Majestic, que tomaríamos en NY. Tanto lujo, yo no estaba acostumbrada. La única vez fue cuando fui a Londres, que el tío abuelo me matriculó en el Real San Pablo (aún me burlo de él), pero el RMS Majestic era todo eso y más. De hecho, sería nuestro hogar por algunas semanas, así que tuve que acostumbrarme.
En esos días en las fauces del monstruo marino, Albert y yo sólo participábamos de actividades dentro del barco cuando abandonábamos nuestro lujoso camarote. La verdad es que siendo que no soy de tantos lujos, estar allí dentro era hasta a veces molesto. Prefería mirar afuera, observar la vida marina en todo su esplendor, dibujar, hacer ejercicios y cuando no, estábamos encerrados todo el día, jugando los juegos de los recién casados. Una vez le "agarramos el golpe", no dejábamos pasar mucho tiempo entre encuentros. De hecho, en medio de la cena, de pronto nos mirábamos como adolescentes desesperados, y dejábamos la comida a medias. No nos importaban las miradas de desaprobación de nuestros vecinos de mesa, ni que las costumbres de los ricos no se adaptaran a su visión de lo que era correcto o no. Nosotros habíamos descubierto una fuente única y eterna de agradecernos por tantas cosas que teníamos pendientes. No íbamos a dejarla pasar, y nos escapábamos corriendo y muertos de risa. Perdimos así tantos espectáculos de vaudeville, que ni hablar…
…..
Como todo lo que era planificado por la tía Elroy, de pronto nos dimos cuenta, cuando llegamos a Londres, que nos esperaba una comitiva para llevarnos a la villa. Albert me miró como si quisiera decirle dos o tres cosas a la tía abuela. Primero era lo de la chaperona, luego la comitiva de despedida y ahora la comitiva de recibimiento. La realidad es que su gesto me recordaba lo de Matilde. De pronto los dos dijimos "Matilde" al mismo tiempo, y comenzamos a buscarla entre la comitiva y a reírnos entre nosotros, frente las miradas de extrañeza de los choferes que nos llevarían hacia la villa.
Allá, de entrada, nos esperaban varios miembros del clan y allegados que yo no conocía, así que se me pasó lo del aburrimiento varias veces, especialmente con las viejas tradiciones y las historias de los antepasados. No que no me interesaran, pero quería pasar tiempo con mi esposo, y pasar tiempo con mi esposo, bueno, ya saben a lo que me refiero. En este caso, él me miraba con cara burlona, como cuando se burlaba de mí por reclamarle por todos los secretos que guardó antes de que yo supiera la verdad de quién era y quién había sido en mi vida desde muy niña. Pero en medio de los teses, yo con mirada perdida y él de pie con los parientes europeos, se nos hacía bien largo el tiempo. Y mal de males, no podíamos continuar con nuestra "vida de casados", hasta que el último de ellos salía de allí. A veces se nos iba el día entero en esas. Para completar, estuvimos una semana que ni nos mirábamos, porque después del baño, caíamos rendidos en la cama con toda esta ceremonia del clan, que era interminable.
Por ratos, me daban deseos de decirle que nos fuéramos al Magnolia, que allí nadie nos molestaría, y él me daba la razón, pero también me recordaba que él era un rico heredero y que su lugar estaba con el clan, pero de que era molesto, lo era, y él lo admitía también…
Continuará...
