Sí, me gusta esta cabaña, con interior en colores gris y blanco, y su chimenea; parece a veces una gruta. También de pronto me hacía recordar el castillo escocés del duque de Granchester, pero esto no era algo de lo que quisiera o pudiera hablar con Albert. Sin embargo, no puedo negar que ese castillo había sido uno de mis lugares favoritos en la juventud, y que, cuando regresamos al colegio luego de esas vacaciones en Escocia, con todas las ilusiones que tenía, se me hacía que, a lo mejor, después de casarnos Terry y yo, podíamos regresar allí. Aunque si les digo la verdad, nunca me pareció que Terry y yo hubiéramos tenido éxito, y eso ahora lo entiendo. Pero en aquel momento, en que era una jovencita ilusionada, me parecía que estaba ciertamente en el reino de las posibilidades.

Como le dije a Albert y alguna vez también a Annie, Terry había quedado en el pasado. Lo único que quería de él era que estuviera bien. Y sé que lo estaba. En los diarios vi que se había comprometido con Susanna y que probablemente se casarían el año siguiente. Quería tanto que Susanna y Terry fueran felices. Ella luchó tanto por él, así que merecía que él la quisiera tanto como ella a él. En principio la odié un poco, pero más temprano que tarde entendí que yo estaba amarrada a ilusiones incumplidas. Jamás tuve, lo que se dice, una relación con Terry, y eso a veces, en medio de mis arrebatos adolescentes, pudo haber hecho pensar a más de uno, entre ellos a Annie y al mismo Albert, que era amor.

Recuerdo con cierto pesar el día en que el duque se apareció en la mansión para hablar conmigo y la tía abuela para lograr que Terry regresara a Londres con él, y usarme a mí como carnada. Ella me aconsejó que no fuera al hotel a buscarlo. La verdad es que nunca lo hubiera hecho. Ahora entiendo que no hubiera servido de nada, y que quizás, podía revolcar un avispero innecesario. En palabras finas, Terry fue mi amor de juventud, y ahí debe quedar por siempre. No hay más nada. Y como amigos que Albert y yo éramos de él, consideré erróneamente, por cierto, que debíamos mantener alguna distancia con ellos, no que se fuera a mal interpretar nuestras intenciones.

La última vez, por cierto, que vimos a Terry fue en una presentación de beneficencia en Chicago pocos meses antes de nuestra boda. Albert, por ser uno de los hombres más poderosos del mundo, es siempre invitado a este tipo de actividad. Él sabe que nunca se me acomodó lo de participar en este tipo de evento, pero ahora que soy su esposa, y como también su prometida antes, he tenido que bajarme el orgullo y adaptarme a esa parte de su vida.

Ese día, por cierto, que fuimos a ver la obra, la verdad es que me sentía sumamente nerviosa y abrumada, más aún cuando tuvimos que saludar a los actores, y fuimos, por cierto, los primeros, porque mi esposo, entonces mi prometido, es una celebridad por sus propios méritos. Cuando Terry nos vio, nos sonrió y nos invitó a pasar a su camerino, primera sorpresa de la noche. Allí vi a su madre y a Susanna. La verdad era que Albert no lucía incómodo, y eso me infundió un poco de valor. No es todos los días que uno se encuentra con una persona que fue importante en su vida. Pero la verdad, me tranquilizó cuando vi que ambos conversaban animadamente, y con confianza y hasta risas. Sí, parecía que ya todo se había superado, al menos entre ellos.

La madre, por cierto, se quedó aparte conmigo y Susanna, y hablamos un rato. Fue, por cierto, una maravilla que madre e hijo finalmente se reconciliaran y dejaran todo ese dolor en el pasado, especialmente después de lo de Rockstown. Tanto Eleanor como Susanna me felicitaron por mi compromiso matrimonial, y así todo volvió, aparentemente, a una rara normalidad; o por lo menos, eso era lo que parecía. De pronto, cuando busqué la carta que Eleanor me había enviado con el boleto de Hamlet en estreno en el joyero, pude respirar en paz. Parecía que tanto madre como prometida habían superado bien el asunto, así que no tenía más que hacer. Continué con la amistad con Susanna aún los vaivenes del destino, entre ellos, que Terry y yo hubiéramos sido…bueno, algo más que amigos. Pero eventualmente, dejé de tener ese contacto con ella. No sé, pero me dejé llevar por un bajo instinto. No quise retar al destino con ese tema. Aunque si hubiera sabido que no habría boda, sino funeral el año siguiente, quizás no hubiera interrumpido ese contacto que tenía con ella, especialmente porque ella me ayudó cuando necesité prepararle ese regalo de bodas que le di a Albert, que fue tan bello.

Supimos también por los diarios que a Susanna se le infectó la sangre por una bacteria. Parece que se lastimó una de las heridas que tenía en la pierna y no quiso enterar a nadie de lo que le pasaba. Quizás fue por no saber, por pensar que podía hacerlo ella misma sin molestar a nadie, pero ya era tarde cuando pasaron varias semanas y comenzaron las fiebres, los dolores musculares y todo lo que la llevó a decaer rápido. Murió un domingo, en su habitación de hospital, y solita, pues Terry tuvo que asistir a unos ensayos de teatro. Según supimos más adelante, ella parecía haber reaccionado a los medicamentos que recibió, pero a falta de antibióticos, ya que estaban en etapa experimental entonces, no era mucho lo que se podía hacer para salvarle la vida.

Este episodio me hizo recordar cuando nos atacó Dongo en la entrada del Parque Nacional de Chicago. Para suerte, las heridas de Albert fueron superficiales. De otro modo, Albert, al igual que Susanna, hubiera muerto, pero la verdad, tuvimos que actuar rápido Dr. Martin y yo. Comenzamos con los lavados y luego de limpiar bien el área, a curarle las heridas. Quizás hubiéramos podido hacer algo por Susanna, pero mucha gente desconoce cómo tratar heridas que pueden infectarse y dañar el organismo. Albert, que también tenía experiencia por su labor voluntaria en África, ofreció una que otra sugerencia. Claro, yo tenía un susto increíble, y me ayudó un poco a sortear mis sentimientos por él, pero incluso, que se tomara tanto riesgo por mí fue algo terrible, y que Dios permita, no volvamos a enfrentar. En aquel entonces, no pude soportar la idea de perderlo, si les digo la verdad. Y la otra parte de la que no me di cuenta, ya él había recuperado la memoria, así que se acordaba perfectamente de esa experiencia en África. Y yo de tonta, que estaba tan asustada, que ni cuenta me di. Siempre atolondrada, Candy, nunca cambiarás, eso me dice él cada vez que recordamos ese episodio…

Terry, sin embargo, siempre fue un tema difícil entre Albert y yo, y no porque mis sentimientos fueran algo más de lo que fueron. Simplemente, como le he dicho demasiadas veces a Albert, él fue una ilusión de juventud, y a veces las ilusiones nos dominan de formas impensadas. Pero más allá de eso, desde el día después de nuestra separación, comencé a superarlo. Pensaba que Susanna lograría que él la amara. En el fondo esperaba que lo hiciera de verdad, aún todo lo que pasó. La verdad, no sé si mi deseo de que Susanna lo conquistara fuera tan sincero al principio, pero la idea de superarlo nunca la cuestioné. En algún momento, lo de Susanna si fue algo muy sincero de mi parte.

Hasta pensar en Terry me dolía, no lo niego, y lo hace aún hoy. La realidad es que nuestra historia parece haber quedado incompleta. Y no niego que, aunque amo a Albert con toda mi alma, no sé qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido diferentes. Claro, Albert siempre estuvo presente, pero siempre pensé que no era posible para mí. Como le he explicado en un sinnúmero de ocasiones, no sé qué hubiera hecho si hubiera mostrado algún interés por mí antes, pero también me quedé con esa curiosidad de saber qué hubiera pasado si Terry y yo coincidíamos, en vez de llegar 5 minutos después de que se fuera el otro. Quizás fue mejor así, pues ciertamente, creo que Terry y yo hubiéramos terminado más tarde que temprano, aunque por momentos, me parezca una pregunta sin respuesta, que debió haberla tenido. No estamos para permitir que la curiosidad de lo imposible nos traicione, ni para sacrificar lo que es real y bello, pero la posibilidad de saber lo que hubiera ocurrido si todo fuera diferente, esa permanecerá por siempre.

Por cierto, también está lo del diario, ese diario que el tío William me regaló y que yo llené mayormente de delirios de amor adolescente. Yo salí del Colegio y le envié el diario de vuelta al tío William. Y el tío William sí leyó ese diario, lleno de mis delirios desesperados, que no eran otra cosa que una ilusión que nunca vio la realidad, y probablemente su ruborizaría con mis arrebatos de pasión. Recuerdo que él, luego de decirme que era el príncipe que yo añoraba desde niña, me devolvió el diario con el broche, que le habia devuelto después de ese descubrimiento. Cuando los vi encima del escritorio en el solario donde me reveló la verdad de que era el tío abuelo, y él mirando a lontananza, la verdad es que fue hasta peor que la cachetada que me dio Anthony años antes. Sentí un frío que me consumía todo el cuerpo.

"Lo leíste completo", le pregunté en voz baja.

"Sí", fue su respuesta sincera, su dulce voz empañada de dolor, aunque tratara de disimularlo.

A él no le bastaba todo el tiempo que habíamos pasado juntos, amándonos en silencio, sino el dolor que aún pudiera yo sentir por la fantasía, incluso las cartas y todo lo que pasó con la tía abuela. De algún modo, siempre fue un tema incompleto. Por eso, el día que fuimos a la obra, en parte me sentí bien, porque Terry lucía bastante tranquilo, y Albert fue a hablar con él de lo más bien. Susanna y Eleanor estaban también tranquilas, pero las dudas sobre este tema regresaron tan pronto abandonamos el teatro.

Albert nunca ha sido inseguro, de eso doy fe. El asunto de Terry, sin embargo, lo desestabiliza aún hoy, porque aún piensa que mi historia con él merecía un final distinto. Siempre tengo que demostrarle que no hay más, que ese fantasma ya no existe entre los dos, aún los cuestionamientos de si todo hubiera sido diferente. Es que, cuando estoy más centrada y pienso bien las cosas, llego a la conclusión de que esa historia yo sencillamente quiero dejarla atrás, en el joyero, y que de ahí no sale aún las veces que quiera visitar mis recuerdos en privado. Pero para él es difícil siendo que fue la persona en la que le confié mis más secretos temores y amores. Siempre quedará la duda suceda lo que suceda, aunque no lo diga en palabras…

Más allá del joyero, también tengo un baúl de madera roja, tallado por el mismo Albert para mí. Fue una de las cosas que no quise dejar en Chicago cuando salimos de luna de miel. Fue un regalo hermoso de mi amado. Él me lo dio cuando pidió mi mano a mis madres. Ahora dentro están el traje de novia de Rosemary con las modificaciones hechas para mí, el velo y su indumentaria escocesa también. Quise traerlo para recordar siempre ese día de nuestra boda. Tiene también la partitura que Susanna, el maestro de piano y yo creamos para él. Él la mira como si fuera un muchacho. Dice que jamás le habían regalado algo tan bello y valioso. También guardé el joyero que tampoco quise dejar atrás cuando salimos. Luego lo ubicaría en lo profundo de un armario donde aún guardo los recuerdos de mi vida en nuestro nuevo hogar, incluyendo ese baúl.

Sí, recuerdo aún el día de la boda como si fuera ayer. No había ni un ojo seco en todo ese jardín en Lakewood. Él, después de entregarnos a mí y a mis madres, el certificado de propiedad del Hogar, la verdad es que no esperaba esa maravillosa partitura que le di de regalo. Su rostro en el momento en que me senté a tocar y cantar la canción que compuse era la de un hombre que jamás había recibido un regalo tan especial. Y claro, él se ocupó haciendo de todo para que yo me quedara sin aliento con su regalo. En ese momento, él también se sentía de ese modo y no se lo esperaba.

También guardamos en el baúl la guirnalda que le regalé cuando nos tomamos las pequeñas vacaciones que me reveló que era el tío William, y nuestras tacitas, que compré cuando nos mudamos al Magnolia. Viendo esto y tantas cosas que ha hecho por mí, cómo podía yo siquiera pensar en dejarlo por una ilusión adolescente. Y no es tanto lo material; Albert me ha dado a mí tanto sino todo. Pero no sé cómo convencerlo de esto, puesto que cada vez que ve a Terry piensa que le ha robado un tesoro a su amigo.

Continuará...