Todas estas cosas las analizaba y recordaba, siendo que todo eso, la boda, la luna de miel y esa visita a un lugar maravilloso como esa villa, parecían un sueño. Luego de varios días de actividades sociales sin fin, un día nos quedamos por fin solos. Comenzaba a enfriar y estábamos cubiertos por las cobijas en la cama. Albert me miró y me dijo:
"Voy a dejar libre al servicio hoy, y haremos todo lo que no hemos podido hacer desde que llegamos aquí. Hace mucho frío afuera, pero nos podemos dedicar a nosotros mismos, sin tanta gente alrededor".
"Me parece bien. Te extraño", le dije coqueta, pero también con añoranza de que lo extrañaba demasiado. La verdad es que me estaba calentando la mente con la idea de hacer el amor todo el día. Pensaba que él estaba en mi misma frecuencia, pero no. Aunque él también innegablemente quería, de pronto se levantó de la cama y se colocó una bata de lana sobre su cuerpo desnudo (así le gustaba dormir cuando estábamos solos). Se dirigió a la cocina y preparó el desayuno como cuando vivíamos en el Magnolia.
Yo seguía en la cama tratando de controlar mis instintos, sin éxito.
"Albert, yo pensaba que hablabas de otra cosa", le grité en tono de protesta desde allí.
"Ja, ja, ja, mi pequeña pervertida. No…bueno quizás más tarde. Quiero ir hoy a esquiar. ¿Sabes cómo hacerlo?"
Me levanté al rato, completamente derrotada, me coloqué mi bata sobre el pijama y las pantuflas, y me asomé a la cocina, donde los olores a comida se concentraban. Le había dejado, por cierto, una sorpresita en la habitación para avivarle la pasión luego de rellenar la panza. (Qué razón tiene siempre Albert al pensar que soy una pequeña pervertida; lo admito, lo admito, lo admito). Pero volviendo al tema que nos tocaba al momento:
"¿Esquiar? Sí. Aprendí en la colina con esquís improvisados que hacíamos los niños con viejos materiales que encontrábamos en los terrenos de la finca del Sr. Cartwright", contesté sin despegar los ojos del tocino, que se freía crujiente y tentador. Si, tenía que admitir que tenía mucha hambre.
"Sé de un lugar cercano donde podríamos esquiar", mencionó mientras me servía un plato.
"Pero yo quiero jugar contigo antes, porfis", le dije hasta haciendo un puchero.
"Te amo tanto", dijo riéndose y dándome un beso de piquito. "¿De verdad quieres hacerlo antes de salir hoy?"
"Albert, llevamos toda esta semana recibiendo a tus familiares, y no es que tenga nada contra ellos, pero nos acabamos de casar y no quiero compartirte con nadie. ¿Quieres que esté pensando en esas cosas mientras salimos? Mejor no, jugamos un rato entre nosotros, y después nos divertimos y volvemos a "jugar" cuando regresemos", dije con un sonrojo, pero determinada a que él quisiera tanto como yo.
Albert se comenzó a reír con un poco de vergüenza. La verdad era que para nosotros era a veces difícil eso de vernos como pareja, y en ese momento, como marido y mujer. Él me conoció de niña siendo él adolescente, y nos enamorados siendo yo adolescente y él ya adulto. Nuestras diferencias de edades, aunque no tantas, lo hacían sentir a él a veces como si estuviera haciéndome daño. Por cierto, ya yo no soy una niña, y como niña siempre lo admiré, aunque no niego que me gustó desde el principio, y que buscaba cualquier excusa para estar cerca de él, pero los sentimientos nobles que desarrollamos, no, no los podíamos controlar. Yo no podía irme de paseo ese día sin dejar eso en claro.
"Albert, ¿sabes cuántos años tengo?"
"Sí, Candy, sé cuántos años tienes", me contestó mientras me endulzaba el café. De hecho, siempre supo lo que quería comer y cómo. Me conocía demasiado bien.
"Ya no soy una niña. Por tanto, sentir estas cosas y lo que pasa entre nosotros no es malo. No me haces daño. Deja de verme así, ya te lo he dicho antes, y terminemos, porque quiero jugar contigo un rato antes de irnos. No hay prisa, ¿cierto?"
Meneó la cabeza en respuesta. Luego nos levantamos de la mesa, limpiamos la cocina, y en un momento, lo tomé de las manos y lo llevé a la habitación, que yo había arreglado para la faena. Entonces me tomó en sus brazos y me colocó suavemente en la cama, y comenzamos el juego, que tomó alrededor de dos horas más. Fue fácil, porque él ya estaba desnudo debajo de su bata, pero a mí no hubo tiempo de quitarme las cosas, y eso fue parte del reto. Nada, pero luego de eso, nos dimos un baño y salimos, aunque yo, con el frío que hacía, me hubiera quedado en la cama todo el día.
Llegamos a un tipo de viejo hostal en medio de las montañas. La verdad es que el lugar era hermoso, y él lo había escogido muy bien. Luego de esquiar un rato por las laderas congeladas, me preguntó si quería ir a un lugar secreto que sólo él conocía, y donde me comentó que había llevado a una de sus amigas una vez cuando era estudiante. Lo miré con recelo, y él se echó a reír:
"Es mentira, Candy. La realidad es que, cuando lo descubrí hace años, me dije que era un lugar muy especial, y que sólo llevaría a la mujer más especial de mi vida allí. En aquel tiempo, no eras tú, mi amor, porque eras una niña, pero cuando lo vi, pensé en ti de algún modo. Me preguntaba si esa niña que había conocido en la colina no lo vería igual que yo. De hecho, jamás pensé en las amigas que había conocido, porque no me interesaban mucho, pero siempre supe que regresaría con alguien especial".
"Gracias, Albert, por ser yo esa persona. Me imagino que será hermoso. Quiero ir. Llévame", dije un poco desencantada, no les niego. Cómo era que mi esposo prefería ir a esquiar, en vez de ponernos al día con el otro asunto, no sé. Quizás era porque Albert nunca me desilusionaba, y por primera vez, pensé que algo no estaba bien.
Él, como ya expresé, me conocía bien, y así mismo, me tomó de las manos, y me llevó por un camino que bordeaba la pista de esquiar. Veía a las parejas esquiando a mi izquierda, mientras él se hacía camino hacia una quebrada que parecía congelada subiendo la montaña mucho más arriba. Al rato, llegamos a una cascada, y no pude evitar pensar en la que estaba detrás del portal de agua de Lakewood. Albert, al notar mi resistencia por temor a la helada, me dio un leve empujón para que lo siguiera detrás de la cascada.
Cuando llegamos al lugar, había como una apertura que parecía una gruta. Dentro de ella había un cuarto arreglado, y en el centro, al lado opuesto de la bajada de agua helada, una chimenea que él se dispuso a encender. En una mesa había alimentos calientes, listos para nosotros, y también una muda de ropa. Al fondo, un pequeño baño nos iba a servir para pasar la noche, para limpiarnos y acicalarnos. La realidad, yo daba vueltas mirando ese singular cuarto. Estaba boquiabierta. De pronto, esa desilusión inicial desapareció para superar de nuevo mis expectativas. Era un lugar increíble.
"Qué es esto, Albert".
"Sorpresa, mi amor. Hoy pasaremos la noche aquí".
"Pero mi vida, nos moriremos de frío", le dije aún en mi asombro.
"No te preocupes".
De pronto, él activó un dispositivo, y una puerta secreta nos separó del resto del mundo. Quedamos prácticamente a oscuras, pero protegidos de la brisa helada. Me sentí bien tranquila. Pero de pronto, Albert volvió a oprimir el dispositivo, y la luz del día se comenzó a filtrar del nuevo a través de la puerta natural, la cascada helada.
"Te gusta la luz del día, según veo".
"No, Candy, no es eso. Es que quiero hacerte el amor frente a esa puerta natural, y que nos vean los que nos vean. Pero muy poca gente sabe sobre esta gruta, así que no creo que pase nadie".
"Albert, sabes que te amo, pero me daría un poco de pena si nos vieran".
"No te preocupes, no pasará. Dame esa fantasía, mi amor. No te arrepentirás"
"Sí, claro. Vamos…", le contesté algo tímida, asustada, pero también increíblemente inspirada.
Albert comenzó a desnudarse poco a poco, y luego vino donde mí e hizo lo mismo conmigo. El frío era intenso y lo sentía quemándome la piel. Él me tomó, y me colocó sobre la cama, que era pequeña y nos tapó con unas cobijas bien calientes. Hicimos el amor tantas veces como pudimos, hasta que llegó la hora de la cena. Ya en la tarde, el frío era demasiado como para dejar abierta la pieza. Entonces nos encerramos ahí, y aunque todavía la luz del día se asomaba afuera, adentro parecía como lo que era realmente, una gruta detrás de una cascada.
Comimos algo, luego conversamos, él se puso a leerme cuentos, como hacía cuando vivíamos en el Magnolia, y yo me dormí primero. Luego se durmió él. De hecho, llegó el otro día y ni cuenta nos dimos. Cuando salimos de la gruta hacia el hotelillo, eran cerca de las 11:00 a.m. y entonces Albert entregó las llaves de ese cuarto natural. Regresamos a la villa a eso de la media tarde, y nos dirigimos entonces a bañarnos y de nuevo a preparar la cena. La verdad es que no me hubiera molestado que nos quedáramos unos días más allí. Los sitios naturales nos llenaban de mucha energía positiva y nos hacían muy bien. Siempre fue así, incluso desde antes de que nos convirtiéramos en pareja.
….
Ya estábamos en el umbral del otoño cuando decidimos regresar a Estados Unidos. La verdad es que a Albert le esperaba una jornada increíble de trabajo junto con su sobrino, el novio de Patricia, el buen Georges y Roger Ardlay. Aunque se había mantenido en constante contacto con Georges, la realidad es que esa vida de los negocios también le hacía falta. Decidimos entonces pasar una temporada en Chicago en lo que pasaban las heladas invernales, ya para la primavera del año siguiente. ¿Nuestro destino final? Lakewood, al menos un tiempo. De hecho, Doug se había ido para allá de vuelta con su familia, y Albert me contó que había renunciado a ser su mayordomo porque quería regresar a Lakewood y hasta abrir una panadería en la zona; esos eran unos planes que no me había contado en las cartas que nos intercambiábamos, pero probablemente no quería estar contando sus planes para que no se le dañaran. El día de nuestra partida utilizamos un barco de la línea de Star Line, pero de travesía más directa. La misma nos tomaría entre 10 y 12 días a lo sumo, más los cuatro adicionales para llegar en tren a Chicago.
En NY nos recibió una comitiva bastante más reducida. Me sorprendió bastante, pero parece que mi esposo expuso sus puntos al respecto, así que duda, no quedaba. Sin embargo, para nuestra sorpresa, Georges había decidido esperarnos y regresar con nosotros en los cómodos vagones de la familia en nuestro fabuloso viaje en tren de cuatro días. La verdad comenzaba a extrañar la villa en Londres, pero no podíamos seguir de luna de miel eterna, sin embargo, no me hubiera molestado para nada quedarme allí, no se los niego. Aún así, quería regresar al Hogar y ver el progreso de su remodelación.
De hecho, cuando entramos en la mansión, lo primero que hice fue marcar el Hogar. Mi esposo fue tan diligente en enseñarme a utilizar el teléfono, ese maravilloso invento que vino a revolucionar la tecnología en nuestros tiempos. Lástima que eso significara escribirnos menos. Y, por cierto, de una gran tienda en Londres, Albert me regaló un set de bolígrafos de esos que no requieren tintero. La verdad es que ese sí es un gran invento. Ahora trato de escribirles a todos más seguido simplemente por utilizar ese set. Me dijo que cuando llegáramos a Chicago también me enseñaría a manejar, aunque ahora rehúye del asunto. No que me tenga miedo, pues siempre he sido rápida para aprender, pero innegablemente le da algo de ansiedad luego de pensarlo bien. Yo me burlo de él, como él a veces hace conmigo. Y la prueba de fuego, también comenzó a enseñarme a cocinar.
Otro regalo que me hizo que me dejó prácticamente sin aliento, lo consiguió un día en que hacía mercado por uno de esos comercios callejeros que conocía incluso desde antes de que viviéramos en el Magnolia, y que acostumbraba a visitar muy a menudo donde estuviera. Albert, aún siendo un rico heredero, era un hombre sencillo, y muchas veces se paseaba por esos mercaditos, y descubría grandes tesoros muy difíciles de encontrar en tiendas de renombre y marca.
No sé si fue por juego del destino o por lo que fuera, pero me contó que estaba caminando por una callejuela separada de los estantes de venta en la calle. Él no sabía por qué algo le decía que debía caminar por allí. De pronto, al girar una esquina, vio una mesa llena de libros. Cuando preguntó, la dependiente le dijo que era un mercado de pulgas y que podía entrar si gustaba, pero que no le parecía que un hombre de su estatura debía estar en esos lugares. Él se disculpó y le contó parcialmente su historia, de cómo había sido pobre, y como sobrevivió cuando lo de Italia. La dependiente le dijo que se cuidara de todos modos, por si algún malandrín quería asaltarlo, pero ya sabemos que Albert es bueno para defenderse cuando tiene que hacerlo. Así, siguió por un largo pasillo bajo las miradas extrañadas de varios parroquianos. Había visto varias cosas folklóricas, y llevaba varios artefactos en la mano de lo más pintorescos, cuando de pronto, vio una mesa llena de lo que parecían ser tarjetas postales y chucherías de todo tipo. Boca abajo, en un plato lleno de estas postales, de pronto vio lo que parecía ser un cuadro. Cuando lo levantó, cuál fue su sorpresa al darse cuenta de que se trataba del Hogar de Pony visto en primavera desde la colina.
Albert me dijo que unas lágrimas se le saltaron de los ojos. El artista parecía conocer bien el lugar, y más, la vista desde la colina desde allí. Una señora, que era la dueña del local, se le acercó.
"¿Está usted bien, señor?".
Albert entonces la miró aún con lágrimas en los ojos, y le contestó:
"Es que este es un recuerdo que mi esposa y yo tenemos en el corazón todo el tiempo. Se trata del Hogar donde ella se crió de niña".
"¿Su esposa se crió en un Hogar de niños huérfanos? Y perdone que le pregunte, pero usted no me luce como un hombre que pueda casarse con una mujer que se criara en un Hogar".
"Mi esposa y yo nos conocimos en la colina que usted ve aquí cuando éramos niños".
Albert se dispuso a leer la firma del artista.
"Slim ¿Usted sabe quién es?"
"No".
"¿Sabe cómo llegó aquí?"
"No. Muchas veces recibimos donaciones u otros artículos de todas partes. Siendo que este lugar me parece que pertenece a suelo americano, me imagino que la persona que lo donó debe vivir en Londres. Si quiere, trato de averiguar ese dato, y se lo hago saber luego".
"Sería muy bueno. Aquí le dejo dónde estoy hospedándome en Londres y cómo localizarme en América, por si me puede dar alguna información adicional. Aunque voy a preguntarle a mi esposa lo que sabe de esta obra. Por favor, si me la envuelve, se lo voy a agradecer".
"Sí, señor".
Albert pagó una cantidad muy alta, mucho más del valor de la obra en ese mercado de pulgas. Cuando la señora le insistió en que no lo hiciera e intentó devolverle el dinero, Albert le pidió que lo usara para algo pendiente en el lugar. La verdad, según le explicó, era mucho el valor sentimental que tenía para nosotros ese paisaje retratado en la obra, y que esperaba que ese instinto que lo llevó a ese lugar recóndito sirviera para ayudar a tantas personas que era obvio que necesitaban la oportunidad que él les presentaba con un dinero que daría para toda esa comarca. Él le insistió que compartiera su buena fortuna con el resto de sus compueblanos y que le contara luego lo que habían hecho. Y por supuesto, les dijo que podía ayudarlos en la encomienda. Así se aseguraba de que se cumpliera lo que solicitaba en ese momento. De hecho, ese instinto de Albert era infalible. Cada vez que se le ocurría algo para mejorar, le salía bien. Es algo increíble. (Me acuerdo del pobre de Stear, que cada vez que comenzaba un proyecto, algo ocurría para descarrilarlo, mientras que a diferencia suya, su tío Albert, cada vez que comienza un proyecto, le sale hasta mejor de lo esperado. La verdad es que al pobre Stear no se le daba una aún sus mejores intenciones, pero sus inventos no dejaban de provocarnos una sonrisa, y el recuerdo de sus intentos de inventar algo que funcionara todavía más. Por cierto, todavía llevo en mi corazón la cajita de música, que una vez se me averió, y Albert la me arregló. Pero para evitar mayores daños, la he guardado en el joyero de mis recuerdos).
Por cierto, al año de regresar de nuestra luna de miel nos enteramos de que la bondad de mi esposo había logrado que ese pueblito progresara bien rápido, que hasta abrieron una escuela para niños y adultos a su nombre. Hacía falta allí. También habían utilizado un viejo edificio que anteriormente era un ayuntamiento, y lo convirtieron en clínica y hospital. ¿Su nombre? A petición de mi esposo, se le llamó también la Clínica Feliz de Dr. Martin.
Albert luego me contó que Dios lo había llevado hasta ese lugar, y que por eso le había dado mucho dinero a esa señora por una obra anónima como la de Slim. Pero para mí no era "una obra anónima" y le conté esa historia, bueno, lo que sabía, pues Slim llegó poco antes de yo salir del Hogar. Sabía, por cierto, que poco tiempo después de llegar, él fue adoptado por una familia de herreros. Lo que jamás pensamos era que podría desarrollar ese gusto que tenía por el arte y el dibujo. Ese cuadro, además de ser de valor sentimental, reflejaba fielmente el Hogar visto desde la colina, desde el mismo punto en el que Albert y yo nos conocimos hacía más de 15 años.
Continuará...
Nota: Este capítulo me resultó largo. Me hubiera gustado que la visita de Albert al mercado de pulgas fuera parte del 5, pero ni modo. Sé que a ustedes no les molestará ni un poquito. Nos vemos más adelante. Por cierto, aunque sigo una secuencia, hay cosas que las voy a cambiar porque se trata de dar un giro distinto a la historia. Disculpen cualquier inconsistencia con las versiones originales, y gracias por el respaldo.
